Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 31 Valiente
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No son los años de vida, sino la vida de los años

Se mordió el labio inferior y se armó de valor para lo que estaba a punto de hacer.

¿De verdad iba a ser capaz? Aquella vocecita molesta y aguda, que ella visualizó asociada a la imagen de una vieja repeinada y sabionda, le dio el empujón que necesitaba cuando esta soltó tan solo seis palabras: «Esto no es propio de ti», frase que bastó para mandar cualquier pensamiento al cuerno y seguir adelante con su plan.

Sonrió con decisión y picardía ante la anticipación de imaginar lo que pensaría Hans al despertarse y encontrarla en tales menesteres, y le gustó imaginar la reacción, mezcla de sorpresa y placer, que colmaría su rostro.

Durante unos minutos jugueteó con sus dedos sobre el cuerpo masculino.

Puso el foco en la piel descubierta de su garganta, la zona expuesta bajo su oreja derecha, sus labios…

Y, cuando se sintió preparada, descendió más y más hacia el sur, recreándose en el bulto que ensanchaba la zona delantera de sus pantalones.

Cuando los roces sobre la tela le resultaron insuficientes, coló los dedos con cuidado a través de la cinturilla y no le hizo falta demasiada búsqueda antes de toparse con la erección de Hans, que se despertaba ansiosa por ser el centro de sus atenciones.

La sintió suave y a la vez tersa. Cogió aire con dificultad, pasando la vista desde el movimiento lento de su mano dentro del pantalón hasta la cara masculina. Le pareció inverosímil que él no se hubiese despertado, aunque así era.

Se mordió el labio y se recolocó sobre la cama.

Con ayuda de la otra mano, bajó con mucho cuidado la liviana tela del pantalón y observó con deleite el vaivén oscilante que ejercía su agarre mientras friccionaba arriba y abajo, haciendo que la punta, algo más gruesa que el resto, se escondiese y saliese de nuevo a la superficie con cada movimiento en un baile hipnótico.

Sintió una punzada en su labio inferior y se dio cuenta de que había estado mordiéndose con saña.

Hans movió las caderas, buscando consuelo a aquella necesidad que sentía en su húmedo sueño, y ella aprovechó el momento para bajar un poco más los pantalones, provocando que la tela revelase todo lo que antes no podía ver.

Observó los testículos contraerse a la vez que su mano aumentaba a media velocidad el baile sobre su miembro. Oprimió la palma, cerrando un poco más su agarre, y, cuando sintió un nuevo espasmo en su propio sexo, soltó un débil gemido apretando ambos muslos contra sí.

Se sintió valiente y osada, por lo que acercó la boca a la entrepierna de Hans y, con timidez, sacó la lengua y lamió con curiosidad la punta de su erección.

Sus papilas gustativas registraron su sabor, algo salado y especiado.

Sin sentirse satisfecha, repitió el ademán yendo un poco más allá, delineando en aquella ocasión el contorno del hinchado miembro.

La humedad que aquello aportó al vaivén de su mano la hizo estremecerse. ¿Cómo era posible que, sin ser ella la que estaba recibiendo las caricias, sintiese tal humedad entre sus piernas? Contrajo la vagina en un espasmo casi involuntario y el vello de su cuerpo se erizó.

Todo le estaba pareciendo cautivador y novedoso, aunque sentía que le faltaba algo, y ese «algo» era él. Quería provocarle tanto placer que fuese incapaz de continuar dormido, aunque no supo si sería capaz.

Deseaba que sus caricias y sus besos le resultasen tan irresistibles que, por más agotado que se sintiera, encontrara el camino de vuelta y abriese los ojos, dándose cuenta de lo que ella le estaba haciendo.

Y puso todas sus energías en conseguirlo.

Cuando el cerebro de Hans registró lo que su cuerpo estaba experimentando, y un gemido femenino inundó sus oídos, abrió los ojos y miró aturdido a su alrededor. La visión que encontró lo dejó sin palabras.

¿Seguía soñando? No terminaba de creerse que aquello no fuese producto de su subconsciente, aunque cuando sintió el leve roce de los dientes de Alana surcar la piel de su más que erguida polla, perdiéndose esta de vista dentro de su boca, supo que era real, por asombroso que pudiera parecerle.

Era un cabrón con suerte.

Contuvo la respiración y llevó las manos con lentitud hacia la cabeza femenina. Enredó los dedos en su pelo y movió las caderas hundiéndose con más ímpetu en su boca, dejándole claro que estaba allí con ella, que era consciente de lo que hacía y que lo estaba volviendo loco con aquellos soniditos.

Alana mantuvo los ojos cerrados y su corazón redobló el ritmo de sus latidos cuando supo que Hans se había despertado al fin. Se armó de valor, elevó los ojos hasta él y separó la boca lo suficiente para que ambos echasen en falta el contacto al instante.

—Hola —susurró ella, sonriéndole.

—Hola.

La voz de Hans sonó grave y ávida de más. Verla así y allí había sido una sorpresa para él, sentir cómo lo devoraba le resultó jodidamente increíble, pero lo que hizo que todo se le volviese del revés fue observar sus ojos, regalándole un perdón que, por supuesto, no merecía.

—Por favor —le rogó—, no te detengas.

Alana curvó las comisuras de sus labios antes de descender la cabeza y retomar el movimiento.

Durante unos gloriosos minutos, ambos se entregaron con deseo y pasión a lo que estaba ocurriendo, experimentando y aprendiendo el uno del cuerpo y las reacciones del otro y, cuando Hans sintió que no podía más, habló con voz entrecortada.

—Me voy a correr. —Su tono instó a Alana a retirarse si así lo deseaba.

Él imaginó que lo haría, esperó sentir el impacto del aire a su alrededor y la frustración de verse privado de sus atenciones cuando la boca de ella lo abandonase, sin embargo, no se detuvo.

Al contrario, presionó con más fuerza los labios alrededor de su tallo y afianzó el agarre en sus testículos, comprimiéndolos entre sus dedos.

Hans puso los ojos en blanco y dejó caer la cabeza sobre el colchón con un sonido de derrota. Se sintió morir y gimió con fuerza cuando comenzó a correrse. Sus manos se cerraron en torno al pelo de ella y todo se volvió nublado en su cabeza.

La chica nunca había hecho algo así, jamás había regalado placer de esa forma ni mucho menos se habían corrido en su boca.

Ante aquella nueva experiencia, sintió cómo su garganta se comprimía en un acto reflejo cuando el líquido caliente impactó contra su campanilla, aunque el amago de arcada que amenazó con estropear el momento nunca llegó a producirse debido a la sorpresa que experimentó ante el tirón de la mano de Hans en su pelo.

Aquel gesto envió un ramalazo de placer que, en contra de todo lo que hubiese esperado, esquivó el dolor y tomó el camino directo a su entrepierna, que se contrajo de anticipación.

Tragó de manera instintiva y el líquido descendió por su garganta.

Y aquello fue superior a Hans, que no dejó de mirarla asombrado.

—Jod… joder —masculló—. Qué maravilla. Qué puta maravilla, Alana…

Su abdomen se contrajo un par de veces más antes de que su cuerpo quedase rendido y las manos soltasen el agarre de la cabeza femenina.

La chica sintió una leve caricia en su sien derecha y miró hacia arriba, conectando con la mirada de él. Hans no perdió detalle de cómo la boca de ella recorrió, en una última y lenta caricia, la piel de su satisfecho miembro.

Cuando se retiró por completo, Alana se aclaró la garganta y relamió sus labios, notando que el sabor de Hans inundaba todos sus sentidos, algo que no le resultó desagradable y que podía llegar a convertirla en adicta.

—Eso ha sido…

Detuvo la frase a medias ante la sorpresa de sentir el cuerpo menudo de ella reptar por el suyo. La joven no estaba dispuesta a terminar aquello tan pronto, no cuando toda ella ardía de necesidad. No, cuando sabía lo que Hans podía procurar con su boca, sus manos o su cuerpo.

La mirada hambrienta que Alana le dedicó, más de mujer decidida que de niña asustada, de la que no quedaba ni rastro en aquel momento, le dejó claro que aquello no había terminado.

En absoluto.