Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 30 Francia #2
65%

30 Francia #2

Antes de que pudiese parpadear dos veces, ya se había dejado caer en la cama, sin preocuparse en desvestirse siquiera y, pocos segundos después, el sueño lo venció.

Alana sentía las mejillas arder. Quiso achacarlo al espléndido sol que la había acompañado durante las horas que había pasado fuera y a las sonrisas que había ido regalando, como las que no pudo contener al ver algunos de los disfraces de los participantes, las de gratitud hacia las personas que ofrecían degustaciones o las de sincero agradecimiento por la amabilidad de algunas de las que se cruzaron con ella en aquellas horas.

El ambiente era estupendo y eso se notaba.

Y sí, podría achacar su estado a todo eso, aunque en realidad sabía que el principal causante de todo era el contenido de los vasitos desechables que fue ingiriendo sin apenas darse cuenta: el vino.

Cuando trastabilló, y un señor tuvo la amabilidad de ayudarla a no caer, soltó una risita de disculpa y decidió que era el momento de regresar a la furgoneta.

Se preguntó si Hans habría terminado el trabajo, aunque lo dudó, pues el ambiente aún continuaba y la gente no parecía dispuesta a dar por finalizada la fiesta, sin embargo, un momento después, se le heló la sangre en las venas al buscar la llave en el lugar en el que ella la había dejado horas atrás y no encontrarla.

Intentó tranquilizarse sin demasiado éxito. Instó a su cerebro embotando a pensar con serenidad, dejando de lado el aturdimiento causado por el alcohol y se agachó para escrutar con la mirada la zona contigua a la rueda.

Nada.

No halló nada y unas inmensas ganas de llorar la invadieron. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué demonios iban a hacer si no aparecían?

Inspiró profundo y soltó el aire de forma controlada por la boca, intentando serenarse.

Se sentó en el saliente que hacía las veces de escalón de entrada a la furgoneta y se fustigó por lo que había ocurrido.

¿Qué se suponía que podía hacer? Preguntarle por ellas a todo el que se cruzase en su camino no parecía una opción, en primer lugar, porque la mayoría no hablaba su idioma.

«Mierda, ¿cómo le voy a decir a Hans que he perdido las llaves?», se lamentó echándose las manos a la cara y frotándose la piel con ellas.

Elevó la cabeza cuando un sonido en el interior del vehículo captó su atención y se puso en alerta, enderezando la espalda.

Pegó la oreja al metal e intentó agudizar sus sentidos.

¿Había alguien allí dentro? ¿Podría ser que no hubiese perdido las llaves después de todo? El rayo de esperanza que sintió quedó eclipsado por la posibilidad de que un intruso se hubiese colado dentro de Iris, algo que tampoco la tranquilizó demasiado.

Decidida, buscó con la mirada a su alrededor.

No dio con nada que le sirviese como arma, por lo que, ataviada con sus puños y sus ligeros conocimientos de defensa personal, rezó a todo ente superior que se le ocurrió para que el intruso también hubiese bebido aquel delicioso vino y sintiese el aturdimiento que ella experimentaba en las extremidades y la lengua, algo que, sin duda, le brindaría una oportunidad.

Inspiró hondo y abrió con ímpetu el portón, sabiéndose en inferioridad de condiciones al estar algunos centímetros más baja, y confiando en que el factor sorpresa jugase a su favor, pero toda la tensión que sentía se esfumó al escrutar la estancia y ver que el cuerpo de Hans era el que ocupaba la cama y allí no había nadie más de quien preocuparse.

Sonrió aliviada, exhaló el aire contenido en sus pulmones y bajó los puños, agradeciendo que no se hubiese despertado. Cerró con sigilo tras su espalda y se acercó a la cama sin dejar de mirarlo y sonreír bobalicona.

El pelo le caía por la frente, ocultando parte de su rostro; uno que se mostraba plácido y sereno, y que dejaba en evidencia la perfección de esa cara tan masculina.

Repasó con los ojos el contorno de su mandíbula, donde el vello no demasiado largo le cubría la piel, aunque no tan tupido como para no dejar entrever el destello moreno de su dermis.

Se enterneció al advertir las pequeñas pecas desperdigadas por su nariz y pómulos, algo que ella misma poseía y que siempre se afanaba en ocultar, sin embargo, en él le parecían de lo más apropiadas y servían para restarle algo de fuerza a su apariencia.

El gesto apacible en su cara y su respiración profunda y sonora la instaron a acariciar la piel que contemplaba, sin reparar demasiado en lo que hacía.

Se recreó unos segundos de más en su rostro, utilizando el tacto de la yema de sus dedos como las caricias sutiles de una pluma; descubrió la piel tostada de su cuello y arrastró la camisa en su paseo, acariciando el contorno de su clavícula en un etéreo roce.

Hans se removió cambiando de postura. La mano de Alana se mantuvo quieta en el aire, deteniendo su actividad, y sofocó una risita. Solo retomó sus movimientos cuando la garganta masculina emitió un pequeño ronquido que la hizo sonreír.

Se había colocado boca arriba y una de sus nervudas manos, de dedos largos, llenos de anillos y uñas castigadas, descansó sobre la zona media de su abdomen.

No supo si fue el alcohol o si en el fondo ya lo había perdonado, aunque no lo mereciera. Quizá fuese una combinación de ambas cosas, pero una idea fugaz e inesperada cruzó por su cabeza.

Lo más seguro era que se tratara de una mala idea, aunque no la supo catalogar como era debido a causa de la neblina que cubría sus pensamientos. No obstante, en el fondo de su subconsciente, supo que podía llegar a arrepentirse cuando esta se disipara.

No le importó.

Tragó saliva y retomó las caricias de sus dedos, sin hacerle el menor caso a la voz que la advertía y que mandó a paseo al apreciar que la reacción que buscaba en el cuerpo masculino empezaba a darse.