30 Francia
Atreverse es descubrir lo lejos que uno puede llegar
Alana, cumpliendo con la promesa que le había hecho a su padre, se quedó despierta toda la noche.
El ambiente estaba bastante enrarecido y se había propuesto no dirigirle la palabra, pero llegó un momento en el que sintió sus propios párpados ceder al cansancio que la invadía, por lo que no le quedó más remedio que buscar un tema intrascendental con el que entretenerse.
Hans se había mostrado callado, la mayoría de las veces respondía con monosílabos y, si no hubiese sido por la necesidad de continuar conduciendo para llegar a su destino a tiempo de realizar aquel trabajo, habría puesto cualquier excusa para largarse de allí en busca de soledad.
Sin embargo, iba demasiado justo y no se podía permitir algo así.
Era consciente de que se había comportado como un gilipollas con Alana y no sabía cómo enmendar la situación. Su respuesta se asemejó a la que habría presentado un animal que se encuentra herido y acorralado, pero es que así era como se sentía.
Había intentado no establecer contacto visual con ella durante la breve conversación que mantuvieron tras el sexo.
Verla salir con las mejillas aún arreboladas y sonrojadas, con ese brillo en los ojos cargado de satisfacción y su mirada a caballo entre la preocupación y la veneración, no contribuyó a que los pensamientos de Hans tomasen otra dirección.
Se había mordido la lengua, rezando para que ella volviese dentro y lo dejase allí con sus pensamientos, sin embargo, no tuvo esa suerte.
Ella se mostró amable, preocupada y mucho más madura que él.
Ni siquiera entró en cólera cuando él no pudo contener más su lengua y le soltó aquella pregunta cargada de veneno con la única intención de herirla.
«Aquella pregunta cargada de veneno».
Eso fue lo que lo atormentó durante todo el trayecto, lo que había fustigado su lengua obligándole a estar más callado de lo habitual y el motivo por el cual se sentía tan asqueado consigo mismo.
Pero jamás ninguna otra mujer le había despertado aquella necesidad de pertenencia, aquel instinto protector y, mucho menos, la falta de aire que le provocaba imaginarla en brazos de otro, y no lo comprendía.
Él, que había participado en algún encuentro sexual con más de una persona y disfrutó como el que más, que se había reído del regusto a celos que habían sentido algunos de sus amigos en determinados momentos…
, por más vueltas que le daba al tema no entendía qué había cambiado en él, en su mente caótica y despreocupada, para haber sentido algo así con Alana.
—¿Es aquí? —preguntó ella cuando él detuvo la furgoneta.
—Sí.
El gemido dolorido que emitió la garganta femenina al estirarse en el asiento, y el bostezo que le sucedió, le dieron la excusa perfecta.
—La carrera no empieza hasta las nueve y media —anunció en la frase más larga que Alana le había escuchado en las últimas horas—. Durmamos hasta las nueve.
La joven no rebatió su invitación. Necesitaba desconectar para reparar su interior y su cuerpo, por lo que encaminó sus pasos hasta la cama y, despojándose de los pantalones, se metió entre las sábanas deshechas, sin preocuparse de nada más, ni del olor a sexo que aún desprendían sus cuerpos ni en otra cosa más que en dejarse ir.
Sintió movimiento en el colchón un momento después y supo que Hans la acompañaba cuando este acomodó las sábanas y se colocó a su lado, aunque se abstuvo de tocarla ni rozarla.
Alana se durmió pocos minutos después.
Hans rogó porque su exhausto cuerpo lo acompañase en aquel viaje y se dejase ir de una vez en brazos de Morfeo, sin embargo, la culpabilidad le impidió conciliar el sueño hasta un buen rato después.
Cuando Alana regresó a la consciencia, el sol descargaba su furia sobre la furgoneta. Sintió la piel pegajosa por el sudor y la boca pastosa y seca. Elevó la cabeza, algo desorientada, y escrutó a su alrededor.
—¿Hans?
La voz salió de su cuerpo con un deje parecido a un graznido, aunque sus oídos fueron los únicos que pudieron notarlo, ya que por allí no había nadie más; supo que se encontraba sola incluso antes de llamarlo.
Halló una nota sobre la encimera que agarró con curiosidad:
No he querido despertarte, necesitas descansar. Volveré en cuanto termine la carrera en algún momento de la tarde. Bienvenida a Pauillac.
Sonrió al acabar de leer y se pinzó el labio inferior con los dientes. Era tonta por sentir aquel revoloteo en el estómago, no obstante, no podía contenerlo.
Se asombró al darse cuenta de que había pasado casi toda la mañana durmiendo y era la hora del almuerzo. Se aseó como pudo mojando una toalla en el fregadero, se vistió, agarró su teléfono y una bolsita de galletas que aún sobrevivía de las provisiones del viaje y se dirigió al exterior.
La noche anterior no se había molestado en observar el entorno o curiosear sobre el lugar, estaba tan cansada que tan solo se limitó a dejarse caer en la cama y dormir a pierna suelta, así que la imagen que la recibió la dejó asombrada.
Se encontraban muy cerca del agua. A su espalda el puerto de Pauillac.
Frente a ella, una avenida con diferentes comercios y edificaciones en línea de no más de tres plantas y con bastante encanto, aunque lo que más llamó su atención fue el despliegue de medios que habían montado para la ocasión: carpas desperdigadas por toda la avenida, carteles anunciando el evento y una enorme meta hinchable de color azul.
Recorrió la zona, observando el ambiente que reinaba entre los habitantes y visitantes del lugar. Sabía por Hans que lo que se estaba celebrando era una carrera que se había vuelto bastante popular y que era bastante insólita: La Maratón de Médoc.
En un principio no entendió el motivo de que se la catalogara como «la más lenta del mundo».
Para ella, una maratón significaba competición, aunque cuando observó, no sin cierta sorpresa, cómo algunas de las personas que portaban dorsales se encontraban disfrazados y pasaban su tiempo en las pequeñas carpas temporales, bebiendo vino y comiendo a dos carrillos, entendió que aquello no se basaba en ganar, sino en disfrutar, por raro que aquello le pudiera parecer.
Recorrió varios kilómetros a pie sin ser del todo consciente.
Se sentía descansada y recuperada del viaje, por lo que recibió con una sonrisa y mirada asombrada los ofrecimientos de degustaciones de algunos de los puestos.
Se entretuvo observando a las orquestas que amenizaban el ambiente con sonidos festivos y se encogió de hombros, divertida, cuando una chica algo más joven y otra de mayor edad le hablaron en francés, preguntándole algo que ella no entendió y que, por supuesto, no pudo responder.
Echó de menos a Hans y no tuvo reparos a la hora de admitirlo.
Le hubiese gustado compartir con él aquella experiencia, por mucho que se hubiese comportado como un cretino.
No obstante, entendía que no había podido ser, justo estaban allí para que él cumpliese con el encargo que le habían asignado, que no era otro que grabar y fotografiar a un grupo de ocho empresarios que estaban participando en la carrera y que iban a pagar una absurda suma de dinero a quien desempeñara la tarea.
¿Estaría bien? Sabía que no había dormido más que un par de horas y se preocupó mientras se disculpaba ante el ofrecimiento de una ostra que le tendieron, mirándola con cierta aprensión. Negó con una sonrisa.
La preocupación de Alana hubiese enternecido a Hans, que la habría besado con adoración olvidándose de todo, pero en aquel momento se encontraba tan ocupado regodeándose en su miseria que tan solo se concentraba en terminar el trabajo que había ido a hacer allí.
Si no hubiese sido por la absurda necesidad de dinero que tenía, ya haría rato que hubiese dejado colgados a aquella pandilla de gilipollas.
Estaba cansado, de mal humor, enfadado y decepcionado consigo mismo, y tenía tantas ganas de perder a aquel grupo de vista que su único consuelo fue pensar en el momento en el que sus huesos diesen con el colchón y pudiese rodear a Alana con su brazo para dejarse ir.
Casi pudo sentir el calor y el olor del cuerpo femenino.
Dudó sobre si ella le permitiría hacer algo así de nuevo. Se había comportado tan mal que era consciente de que podría haberlo arruinado todo, pero no sabía cómo hacer bien las cosas, porque Alana y lo que parecía sentir por ella representaban algo a lo que temía: pertenencia, familia y hogar.
—¡Eh, tío! ¿Estás en lo que estás? —le espetó uno de los capullos a los que debía inmortalizar, ataviado con un ridículo disfraz policial de poliéster.
Le consoló el hecho de pensar que debía de estar cociéndose con su propio sudor ahí dentro, pues, aunque la temperatura aquel día era agradable, resultaba algo elevada para aquel atuendo.
Hans respiró hondo, volvió al presente, forzó una sonrisa acompañada de una disculpa, y retomó su trabajo.
Unas eternas horas después, dio por finalizada la jornada laboral.
Tenía recorridos solo unos cuantos metros cuando encontró a un par de chicos guardando un equipo de grabación en un vehículo bastante ajado.
No perdió la oportunidad y, haciendo gala de su mejor sonrisa y su trato amigable, los convenció para que lo acercasen hasta los muelles, a unos pocos kilómetros de allí.
Cuando se apeó del coche y se despidió, colgándose la cámara al hombro, supo que, si ellos no hubiesen aceptado llevarlo, se encontraría tirado en el arcén de la misma carretera, varios kilómetros atrás, durmiendo como un bendito sobre el asfalto.
Se encaminó hacia la furgoneta, confiado en que Alana se encontrase en su interior; no obstante, cuando intentó abrir el portón, este estaba cerrado.
Rebuscó sobre la rueda trasera derecha, tanteó con los dedos el pequeño saliente del chasis que quedaba oculto de la vista y que siempre le había servido de escondite para las llaves cuando no las llevaba consigo, y sonrió al hallarlas ahí.
—Si es que es perfecta —murmuró entrando en la casa rodante.