29 Dentro #2
Estaba siendo más cuidadoso que en toda su vida, aunque en uno de los lamentos de ella sintió que no podía ni debía prolongarlo más.
Aprovechó uno de los retrocesos para salirse por entero.
Con una de sus manos agarró su erección, jugueteó con ella sobre aquel delicioso clítoris, la volvió a colocar en la entrada y, al mismo tiempo que inspiraba hondo, se introdujo hasta el fondo de un empellón.
Y se quedó allí, muy quieto.
Alana, con los ojos abiertos por la sorpresa, buscó la mirada de Hans, sin embargo, los ojos masculinos se encontraban cerrados y apretados. Se fijó entonces en su boca, entreabierta en un mudo gesto de placer.
—¿Estás bien? —le preguntó Alana con dulzura.
Aquello hizo que él abriese los párpados y buscase su rostro.
¿Que si estaba bien? Se encontraba en la puñetera línea divisoria entre el cielo y el infierno e intentaba controlarse para no derramarse allí mismo.
—Sí —respondió él—. Perfecto. ¿Tú?
Alana asintió.
—No me lo esperaba —admitió en un susurro algo sofocado.
—Lo siento.
—Me gusta.
Él sonrió afectado.
—Y a mí. —Se agachó rozando el cuerpo de la joven y besó sus labios—. ¿Quieres que siga?
—Por favor.
Hans no pudo evitar besarla.
—No tienes que pedirlo por favor.
Sus caderas comenzaron un vaivén que robaba el aliento de ambos en cada acometida y provocaba que los gemidos llenaran la estancia.
Alana elevó una pierna por inercia para apoyarla en la cadera masculina. A él le gustó su iniciativa, y no pasó demasiado tiempo antes de que sintiese cómo sus testículos se contrarían. Llevó la mano hasta la unión entre ambos y la vio cerrar los ojos al tocarla, rindiéndose al placer.
Ella, que hasta entonces se aferraba a su cuello, colocó una mano de forma instintiva sobre su trasero, se asió a él con fuerza y lo instó a apretarse contra ella con más ímpetu en cada arremetida.
Necesitaba liberarse de nuevo, sentía la cima del orgasmo a punto de ser alcanzada; la quemazón del inicio había dado paso a un fuego que ardía en todo su esplendor, pero no conseguía quemarse del todo y la frustración comenzó a hacer mella en ella.
Hans se dio cuenta de lo que ocurría, se contenía, puesto que no quería que aquella primera vez ella sintiese nada negativo. Decidió cambiar de ángulo y de cadencia, imprimiéndole un nuevo ritmo a sus penetraciones, que se volvieron mucho más rudas y certeras, salvajes.
Las uñas que se clavaron con fuerza en su trasero y el descontrol en la respiración de Alana le hicieron gemir con esfuerzo.
—Te gusta duro, ¿eh? —murmuró agonizando de placer—. Qué jodida delicia…
No recibió respuesta, tampoco la necesitaba. Alana desfallecía bajo su cuerpo, y él la acompañaba.
La joven sintió los primeros espasmos de su orgasmo y escuchó los gemidos roncos de Hans, que no detuvo su movimiento en todo su ascenso.
Solo cuando supo que Alana estaba corriéndose, permitió a su cuerpo dejarse ir y, unos segundos después, las convulsiones de su propia eyaculación bombearon con furia.
Gruñó con fuerza en cada sacudida, con los gimoteos de Alana penetrando en sus oídos, y juró que jamás permitiría que nadie más la disfrutase así, quería cada uno de sus suspiros de placer y los quería para toda la vida.
Aquel pensamiento de tenencia lo invadió sin esperarlo, agriando la experiencia y haciéndolo fruncir el ceño, contrariado.
¿Qué demonios le pasaba?
Cuando el placer comenzó a descender en oleadas, Alana soltó el agarre de su mano, siendo consciente de que debía de haber magullado el trasero de Hans con sus uñas, pero no había podido hacer nada por evitarlo.
Respiraba con dificultad, intentando recuperar un ritmo normal, cuando sintió cómo él salía de su cuerpo, dejándola vacía, y se separaba de ella. Se estiró laxa en la cama y cerró los ojos con una mueca de satisfacción difícil de disimular.
Había sido perfecto, la molestia que había notado al principio desapareció con la pericia de cada movimiento masculino. Bien era cierto que en aquel momento sentía palpitar toda su entrepierna, sin embargo, no le resultaba doloroso, sino más bien todo lo contrario.
El sudor que cubría su cuerpo se fue secando y su respiración recobró un ritmo normal.
Fue entonces cuando elevó la cabeza y buscó a Hans con la mirada, cayendo en la cuenta de que no había reparado en él ni se había interesado por su estado de tan satisfecha como se encontraba, aunque, a juzgar por los bramidos masculinos que llenaron sus oídos mientras el orgasmo la recorría, podría jurar que le había gustado tanto como a ella.
Esperó encontrarlo a su lado, pero la cama estaba vacía.
Dirigió sus ojos por la estancia y se fijó en que la puerta estaba un poco abierta. ¿Tan ida había estado que no se había enterado de nada? Se levantó, agarró la camisa arrugada de él y se la metió por la cabeza, impregnándose del perfume natural de Hans.
Descalza, se dirigió al lugar por el que entraba la lejana luz artificial de la estación de servicio y abrió con curiosidad.
Se asombró al encontrarlo con los pantalones puestos y sentado en el escalón.
Sí, había estado tan perjudicada y borracha de placer como para no percatarse de nada de todo aquello.
—¿Hans? —Él volvió la cabeza y observó la indumentaria de la joven. No tardó en romper el contacto visual, llevando de nuevo la vista al frente—. ¿Qué haces aquí?
—Tenía calor —contestó escueto.
Alana se sentó junto a él, aunque Hans no hizo nada por darle la bienvenida. Frunció el ceño, contrariada.
—Me ha gustado —le dijo, pues creía que quizá lo que le ocurría podía estar relacionado con la duda de si ella lo había disfrutado—. Mucho.
—Me alegro —soltó sin mirarla.
El tono juguetón que solía emplear con ella había desaparecido y permanecieron en silencio durante unos minutos. Alana no supo qué había podido ocurrir para que él presentase esa actitud cuando a ella todo le había parecido perfecto.
—¿A ti te ha gustado? —indagó en voz baja.
Hans suspiró y se pasó la mano por la nuca. Se encontró incapaz de mentirle.
—Sí.
La joven se pensó si formular o no la siguiente pregunta, aunque la curiosidad pudo con ella.
—¿Tanto como con las demás?
Aquello provocó que, por fin, Hans la mirase de verdad. El vacío que encontró en los ojos masculinos heló la sangre que corría por las venas de Alana.
—No tienes que preocuparte por eso.
—Contéstame, por favor.
—¿Para qué, Alana? ¿Sientes envidia de ellas? ¿Te avergüenza haber sido tan pasiva o algo así? —le respondió hiriente y a la defensiva.
El deje en su voz hizo que Alana se mordiera la lengua. No quiso entrar en aquel juego, así como tampoco estuvo dispuesta a empañar lo que acaban de hacer y lo que sintió durante todo el tiempo que estuvo debajo de su cuerpo.
El silencio se instauró entre ellos y, tras unos minutos, Alana se levantó decidida a ir adentro, quitarse aquella prenda y poner distancia. Quedaba claro que lo que habían compartido no había significado lo mismo para él que para ella, por lo que, cuanto antes lo asumiera, mejor.
Justo antes de entrar, con el pie apoyado en el escalón y la mano sobre la puerta, decidió hablar y ser sincera con sus sentimientos, pues era lo mínimo que todo aquello merecía.
—Hans. —Él volvió la cabeza en su dirección, pero no llegó a mirarla—. No me avergüenzo de nada y no tengo envidia de tu pasado, lo que siento por ti no tiene nada que ver con todas las demás con las que te has acostado. Y, si te soy sincera, creo que no te mereces ni uno de estos sentimientos.
Se marchó y, cuando se quedó a solas allí sentado, cogió aire con fuerza, enterró la cabeza entre sus manos y reprimió un gruñido de pura frustración.
Ella tenía razón, no la merecía en absoluto.