29 Dentro
Ser tu peor enemigo
Hans se propuso no darle tregua. Alana aún andaba recuperando la respiración tras aquel maravilloso orgasmo que le había regalado cuando le metió las manos bajo el trasero, la empujó hacia atrás en la cama, haciendo que se introdujese en ella, y sin perder un segundo se despojó de toda la ropa que lo cubría.
Alana se sofocó y maravilló a partes iguales.
Ya sabía que su cuerpo estaba bien definido y en forma, pero, cuando se subió al colchón y la miró con esos ojos que conseguían traspasarla, se sintió morir.
Los movimientos de sus músculos al desplazarse la hipnotizaron y, para cuando quiso darse cuenta, lo tenía cernido encima de ella, sin rozarla.
—Parece que te gusta lo que ves.
—Hans, por lo que más quieras, deja de hablar de una vez. —Agarró su nuca e intentó atraerlo hacia ella, pero sus labios nunca llegaron a tocarse. El hombre hizo el esfuerzo titánico de resistirse al movimiento y a la petición que llevaba implícita—. Ven —imploró ella.
—Paciencia —pidió a la vez que reculaba y se apoyaba en el colchón, sentándose sobre sus talones.
Alana bufó.
—Te parecerá poca la que ya he tenido contigo.
La miró con media sonrisa y observó cómo los ojos femeninos recorrían su cuerpo y se demoraban unos segundos en su erección, que se alzaba orgullosa y expectante.
Él también quiso poder recrearse en su figura, por lo que estiró los brazos hasta agarrar una de sus pequeñas muñecas y tiró de ella, haciendo que se sentase en la cama frente a él.
Alana lo miró y se dejó hacer. Él agarró la parte inferior de su camiseta y la sacó por su cabeza. Llevó la boca hasta su hombro y comenzó a besarla por la línea de su clavícula, al mismo tiempo que conducía las manos hasta el cierre de su sujetador.
La piel de la chica se erizó y los nervios atenazaron su garganta, provocando una sensación parecida al ahogo que se fue diluyendo con los besos que él prodigaba sobre su piel.
Hans, por su parte, retiró la prenda que la cubría y llevó la mano izquierda al terso pecho derecho, acunándolo. Sintió que encajaba a la perfección en la cavidad de su mano ahuecada y no pudo resistirse por más tiempo.
Llevando la boca hasta el pezón sonrosado y erguido que tenía frente a sí, lo lamió y succionó. Cuando serpenteó con sus labios hasta la parte lateral y se retiró unos segundos, supo lo que había visto: su tatuaje.
—Aquí está —murmuró con regodeo, y ella se mordió el labio inferior—. Por fin…
Se mantuvieron la mirada durante unos segundos y ambos percibieron cómo la temperatura crecía en el espacio que compartían.
Hans se empeñó en recorrer con sus besos cada centímetro de tinta marcada bajo aquel trozo de piel, emborrachándose de su sabor y percibiendo cómo esta se erizaba ante su contacto.
Alana se concentró en la forma en la que la lengua masculina dibujaba el contorno del diseño, en cómo la miraba mientras lo hacía y en la forma en la que delineaba cada trazo de aquel discreto as de corazones, fundiendo milímetro a milímetro su piel y su cordura.
La garganta femenina dejó escapar un lamento y guio su brazo hacia delante, palpando con los ojos cerrados hasta encontrar lo que iba buscando. La erección de Hans saltó dándole la bienvenida cuando la acarició, y un gemido masculino llegó hasta sus oídos al apretarla entre sus dedos.
Durante unos minutos ambos se entregaron a las caricias del otro hasta que Hans, al borde de perder la cordura, se cernió sobre ella y la instó a tumbarse de nuevo. Alana lo hizo, pero se negó a soltarle y a dejar de masturbarlo, por lo que provocó que él tuviese que seguirla en su descenso.
Se echó a un lado y apoyó el costado sobre el colchón, disfrutando de las caricias que ella le prodigaba. Cuando sintió que sus testículos se contraían, dispuestos a derramarse en el siguiente gesto, le apartó con suavidad la mano y la besó.
—Tienes demasiada ropa aún —musitó contra su boca, y ella soltó una risita.
—Eres un poco exagerado.
Las manos de él se deslizaron por su cuerpo y solucionó su malestar despojándola de las braguitas y dejándola desnuda por completo.
La observó sin cortarse ni un ápice, y Alana se aventuró a abrir con parsimonia una de las piernas. Vio cómo Hans desviaba la vista hasta posarla en la unión entre sus muslos y se relamía, ávido de más.
—Y ahora voy a convertir tu sueño en realidad. —Ella sonrió con nerviosismo, sin embargo, la sonrisa se le congeló en el rostro, transformándose en una mueca de placer, cuando una de las manos de él la instó a abrir la otra pierna y coló la cabeza entre sus muslos.
Sí, hablaba en serio.
Durante lo que le pareció una dulce eternidad la estuvo atormentando con su lengua y sus dedos, volviéndola loca con los cambios de ritmo de sus movimientos.
Hans sabía a la perfección lo que estaba provocando en ella, pero necesitaba tenerla así, ansiosa y preparada, para poder hacer lo que llevaba toda la noche imaginando.
Rectificó. No solo toda la noche, sino desde que se había colado en cada uno de sus pensamientos volviéndolo todo patas arriba.
Al introducir un segundo dedo, recibió un nuevo tirón en su pelo. Elevó la cabeza y la miró cegado por el sabor dulzón de ella en su boca. Los ojos de Alana conectaron con los suyos, suplicándole que se apiadase de ella, y decidió que no iba a prolongarlo más.
Se incorporó, ayudándose de sus manos, y se colocó sobre ella.
—Voy a hundirme en ti hasta que no quede ni un centímetro de mí que no esté dentro de tu cuerpo. Dime que quieres que lo haga, por favor.
Alana lo miró con los ojos brillantes y muy abiertos, sin poder pronunciar palabra; tan solo se limitó a tragar con dificultad, asentir y bajar la vista para ver cómo Hans se incorporaba, cogía un preservativo y lo colocaba por toda la longitud de su erección con movimientos algo desesperados.
Iba a pasar. Iban a hacerlo y, si era del todo sincera, sentía el regusto del más puro pánico pululando por su cuerpo, escondido en cada rincón de su pensamiento y dispuesto a salir a flote a la mínima oportunidad.
La boca de Hans la sacó de esos pensamientos y agradeció poder entregarse a ese beso sin preocuparse de nada más.
—¿Estás seguro? —le preguntó Alana cuando las miradas de ambos conectaron, y sintió cómo Hans posicionaba su erección en la entrada a su cuerpo y jugueteaba con ella arriba y abajo, haciéndola estremecer.
A él le resultó curioso que le preguntase algo así.
—Absolutamente. —Le sonrió—.Y tú, ¿lo estás?
Alana asintió al mismo tiempo que contenía la respiración.
—Sí.
—Pararé tantas veces como necesites —la tranquilizó—. Y, si no te gusta, me detendré y lo dejaremos si es lo que quieres.
—Vale.
Hans era consciente de que una vez que entrase en el cuerpo de la joven le iba a resultar casi imposible contenerse, mucho menos detenerse y olvidar lo ocurrido, aun así, necesitaba calmar la ansiedad que veía reptar por el rostro de ella e inundar sus ojos.
Sonrió y la besó de nuevo, con la sensación de que algo comprimía su corazón ante su mirada.
—Eres la cosa más bonita que he visto en mi vida, Alana.
La aludida sonrió con sinceridad y tuvo la osadía de sonrojarse.
Aquello le encantó y, con todo el cuidado del mundo, comenzó a introducirse en ella, milímetro a milímetro, retirándose en cada pequeño avance.
Le resultaba una dulce tortura, y se concentró en contener sus enormes ganas de acelerar el ritmo.
Ella intentaba dejar su cabeza en blanco y no pensar en cómo la erección de Hans exigía el paso a su cuerpo, haciéndose dueña de todo a su alrededor.
Sentía cada centímetro de su interior estirarse ante la penetración y la tensión por la invasión.
Se alegró de no notar dolor, tan solo una quemazón que no resultaba tan desagradable a como lo había imaginado.
En uno de los movimientos de las caderas masculinas su respiración se detuvo. Hans frenó el vaivén de su pelvis y elevó la cabeza de su cuello, donde había estado prodigando besos.
La miró con duda, y los ojos velados por el placer y la agonía de sentirla tan estrecha a su alrededor.
—¿Estás bien? —resolló rezando a cualquier ente superior para que no le pidiese que detuvieran aquello.
Alana tragó saliva.
—¿Ya está dentro del todo?
La duda fue real, puesto que la muchacha sentía que no podía albergar ni un centímetro más de él. La comisura derecha de Hans se elevó y se mordió el labio inferior, apartando de ella su torso, aunque sin desconectar la unión de ambos cuerpos.
—Compruébalo tú misma —la animó.
Bajó la mirada y observó cómo algo menos de la mitad de su erección se encontraba enterrada en ella.
Alana obedeció no sin cierta aprensión y lo que vio la dejó maravillada.
Sintió una especie de espasmo en su vientre, y Hans aprovechó su distracción para entrar unos milímetros más y salir de nuevo, dejando en evidencia el brillo de sus fluidos sobre el preservativo.
Sin dejar de fijarse en aquel punto hipnotizante, fueron testigos de cómo la piel de él poco a poco volvía a introducirse en ella, sin prisa, pero sin pausa.
La estampa les resultó embriagadora.
Durante un par de minutos, con cada acometida de él y lo que el cuerpo de ella le enviaba al cerebro en forma de olas de placer, Alana aprendió y eso la hizo anticiparse a lo que iba ocurriendo.
Hans no se perdió ni una de sus reacciones ni ninguna de sus muecas; sentía que poco a poco había ido avanzando gracias a la lubricación natural de Alana y a la cadencia de sus caderas, que estaban dispuestas a conquistar todo a su paso.
Los gemidos quedos de la chica cada vez que se introducía y salía de su cuerpo le daban la pauta para avanzar.