Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 28 Scheiße
58%

28 Scheiße

La vida es pasión, no significado

La mano de Hans voló hacia el cuello femenino, aferrándose con ímpetu y sintiendo el contraste entre su piel suave y la tensión de sus músculos.

La atrajo hacia él y, sin pensar en nada más, en cómo podía enredar su ya de por sí extraña y perturbable relación o en la manera en la que las cosas iban a cambiar entre ellos, unió sus labios a los de Alana y los rozó de un modo tan revelador y a la vez sutil que la joven se estremeció.

Hans curvó los labios contra los suyos, y ella supo, sin necesidad de abrir los ojos, que estaba sonriendo.

Aquello fue más de lo que pudo soportar. Un gemido escapó de la boca masculina cuando ella llevó ambos brazos hasta sus hombros y los enlazó en su nuca, utilizando una de las manos para enredar los dedos en su pelo y tirar con fuerza.

No habían hablado de sus puntos débiles, él sabía que Alana no era consciente de la reacción de su cuerpo ante aquel gesto, aunque a aquellas alturas ya debía de haberse dado cuenta, pues la erección taladraba la tela liviana del pantalón de la joven, queriendo abrirse paso entre ellos y hacerse notar.

La lengua de Alana salió a su encuentro, dispuesta a explorar su cavidad. Él no tardó en enredarla con la suya, jugueteando con ella y arrancándole unos sonidos extremadamente eróticos.

Cuando el beso se les quedó corto, y necesitaron de más contacto, él llevó las manos al trasero femenino y se aferró a él, elevándose de su precario asiento, que a duras penas aguantaba el movimiento y peso de sus cuerpos.

Alana enredó las piernas alrededor de sus caderas, y Hans la ubicó justo por encima de su erección, que se contrajo con gusto ante el contacto.

— Scheiße [3] —maldijo Hans cuando ella volvió a tirar de su pelo para inclinar su cabeza y cambiar así el ángulo del beso.

Alana pensó que le había hecho daño.

—Perdón.

—No te disculpes —resolló—. No te disculpes…

Llevó la boca hasta el lugar bajo la pequeña oreja femenina y apresó el trozo de piel con sus dientes, sin llegar a hacer demasiada presión. Alana inspiró una brusca bocanada de aire y echó el cuello hacia atrás, rendida a las sensaciones.

Hans, sin perder el contacto de su boca y prodigando besos y mordiscos por toda la zona, rotó sobre sus pies y utilizó la cama como apoyo para depositar parte del trasero de la chica.

La altura del mueble parecía haberse realizado a la justa medida de sus caderas y, gracias a ello, Alana fue consciente de toda su envergadura.

El trasero de Hans se contrajo en un gesto oscilante de arriba abajo. Las bocas a escasos centímetros compartían el aliento y las respiraciones se mezclaron agitadas.

Lo hizo una vez más, y ella replicó aquel tímido gemido.

—¿Te gusta?

Ella abrió los ojos y los fijó en los de él, que brillaban excitados. Asintió varias veces, y él repitió el gesto, imitando el movimiento que haría al estar dentro de ella.

—Más —exigió la joven.

El hombre dejó ir una sonrisa torcida y cumplió su deseo gruñendo de placer. Se sentía al límite notando cómo el cuerpo de Alana se entregaba a él y su entrepierna le prometía un cobijo caliente donde enterrarse.

Llevó la mano derecha, que hasta entonces se aferraba a sus caderas y le servía de apoyo, hasta la unión entre sus muslos y palpó sobre la tela.

—Uhm —murmuró con gusto al sentir la humedad traspasar el tejido. Alana gimió e intentó retirarse de la caricia—. No. No te muevas.

—Yo…

No sabía cómo decirle que, aunque ya habían estado en una situación similar, tenerlo allí delante, observándola sin perderse detalle de cada uno de sus gestos, le resultaba algo perturbador.

—No te muevas —repitió y, al ver el gesto azorado de la joven, separó un poco su cuerpo sin perder el contacto de sus dedos sobre la entrepierna femenina—. No sabes lo que me gusta ver cómo te derrites.

—Hans, por favor…

—¿Qué?

La chica se mordió el labio y cerró los ojos al sentir la presión que el dedo corazón ejercía sobre su clítoris hinchado. Él se acercó y besó escueto sus labios.

—Hans.

—Mírame, Alana —susurró.

Inspiró hondo antes de cumplir su petición y, cuando retiró los párpados concediéndose a sí misma la visión, se maravilló al ver el gesto y la necesidad que desprendía el rostro de él.

—Me vuelves loco, joder —masculló asaltando su boca de nuevo.

En lo que duró el beso, Alana comprendió que todo lo que le decía era cierto.

Notaba su reacción cuando gemía o se estremecía, el modo en el que la respiración masculina se aceleraba al son de la de ella, y supo que no había nada de malo en aquello, tan solo era una reacción natural de la que no debía avergonzarse, aunque la escasa experiencia que la precedía y la mucha que atesoraba él a sus espaldas jugaban un poco en su contra.

Cuando las manos de Hans se posaron algo más arriba, y desabrocharon el botón de su corto pantalón, cogió aire con fuerza.

—Voy a necesitar ayuda —le dijo él con voz grave.

—Vale.

El cuerpo masculino se separó un momento, y ella sintió la pérdida al segundo, sin embargo, no pudo pararse a pensar en su propia necesidad, ya que él la bajó de la cama y se afanó en deslizar la prenda por sus piernas.

Hans colocó una rodilla en el suelo al mismo tiempo que se agachaba y la despojaba de los pantalones. Las manos femeninas colgaban a cada lado de su cuerpo, algo torpes.

Cuando lanzó sin miramientos la prenda hacia atrás, y la observó, no pudo evitar el siguiente gesto. Se acercó a su cuerpo y fue recorriendo con la boca el camino ascendente desde su rodilla hasta la ingle.

Pudo sentir la piel erizada de Alana bajo sus labios y su lengua, y le resultó la sensación más deliciosa del mundo.

—Hans —murmuró ella una vez más, y él miró hacia arriba, elevando ambas cejas.

—Dime.

—Ven, sube.

—En un momentito —prometió, sonrió y besó su monte de venus sobre la tela de sus braguitas.

Alana no pudo dejar las manos quietas por más tiempo y las llevó hasta la cabeza masculina, sin saber qué hacer, en realidad. Sentía que necesitaba más, sabía lo que su cuerpo le estaba pidiendo a gritos, y Hans parecía no tener prisa, recreándose en cada gesto.

Cuando por fin lo tuvo frente a ella, erguido, movió su brazo y, sin dejar de mirarlo, apoyó la mano sobre su erección.

Hans contuvo el aire, sorprendido al sentir la presión de los dedos de Alana recorriéndolo, palpando y familiarizándose con su cuerpo. Si debía ser sincero, no esperaba que tomase la iniciativa, por lo que aquello le resultó novedoso y no quiso perderse la reacción de ella en todo el proceso.

—¿Te gusta? —imitó ella sus palabras.

—Sí.

—Eso me parecía.

El gesto divertido en el tono femenino lo hizo sonreír, pero la mueca se transformó cuando sintió cómo jugueteaba con la parte superior de sus bermudas y colaba la mano entre la tela y su piel.

— Scheiße … —masculló al contacto de sus dedos sobre su erección.

—¿Así te gusta más? ¿Es eso lo que significa?

—Me gusta todo lo que tenga que ver contigo, pero me muero por hundirme dentro de ti.

La respiración de Alana se volvió superficial por la promesa implícita de sus palabras, y no dejó de mover la mano alrededor de aquella piel suave y a la vez tersa que tenía entre los dedos.

—¿Vas a hacerlo? —preguntó en voz baja. Hans la miró frunciendo el ceño, y ella sintió la necesidad de aclarar su pregunta—. Hundirte dentro de mí.

—Me encantaría, sí.

—Creo que a mí también —admitió.

Las palabras llegaron a él a la misma vez que la reacción de su cuerpo ante un giro en la muñeca femenina.

Gruñó en respuesta, muerto de placer.

—¿Solo lo crees? —preguntó a duras penas.

—Nunca he llegado tan lejos.

La franqueza y sencillez de sus palabras dejó noqueado a Hans, que la miró incrédulo. Vale, era joven, aun así, daba por hecho que no tanto como para eso.

—¿Eres virgen?

—No —respondió ella con rotundidad.

—¿Entonces?

Alana detuvo el movimiento de su mano sin soltar su erección.

—Una vez montando a caballo…

Las cejas de Hans se juntaron, y ella necesitó romper el contacto visual al sentirse de pronto cohibida.

—Continúa —rogó elevando con un dedo la barbilla femenina, instándola a mirarle y acariciando con ellos su mandíbula.

—No soy virgen porque sangré montando a caballo. Mi madre me explicó que…, bueno, ya sabes, me explicó que mi himen se había roto.

Hans acarició su cuello con delicadeza midiendo sus palabras, ya que no quería hacerla sentir mal.

—Al margen de eso —dijo con tacto—. ¿Nunca has tenido sexo con un chico?

Alana lo miró durante unos segundos, arrugó la nariz en un gesto adorable y tragó saliva antes de negar.

—Nunca con penetración.

—Pero sí que te han hecho otras cosas. —Dio por hecho.

Ella asintió mordiéndose el labio inferior.

—Sí.

—¿Hasta dónde has llegado? —indagó curioso y, cuando vio que ella iba a abrir la boca, se adelantó—. ¿Puedes contestarme mientras sigues haciendo eso de antes con la mano? Se te daba muy bien.

Rio nerviosa y retomó el movimiento, tal y como le había pedido. La erección saltó entre sus dedos, contenta de recibir sus atenciones de nuevo.

—¿Por qué quieres saberlo?

—¿Por qué no?

Alana se pegó a él y agarró su cuello atrayéndolo. Hans agachó la cabeza y dejó que la boca femenina se enredase con la suya.

—Esto ya lo había hecho antes. —Hizo presión con la mano en su erección a la vez que lo admitía entre beso y beso, susurrándole. Las comisuras de los labios de Hans se alzaron en respuesta.

—Sigue.

—También me han tocado.

—¿Cómo? —preguntó y se movió.

Aquello provocó que ella se soltase de su agarre por el movimiento. Hans la arrastró con él hasta la cama e hizo que se subiese a ella de nuevo.

Sin perder un segundo, le abrió las piernas, coló un dedo por el lateral de la ropa interior y sintió cómo sus dedos resbalaban a causa de la excitación de la joven.

Acarició aquella sedosa piel, lo que hizo que ella se estremeciera y profiriera una pequeña cadena de gemidos con sus movimientos repetitivos.

—¿Así te habían tocado?

La joven asintió, incapaz de hablar.

En teoría sí que lo habían hecho, aunque los pocos que le habían precedido habían resultado un amasijo de dedos torpes y bocas igual de inexpertas que ella.

Hans no era así. Él irradiaba confianza en cada uno de sus movimientos, sabía el punto exacto donde tocar y cómo debía hacerlo para volverla loca.

El dedo corazón de Hans, con la mano vuelta y la palma apuntando hacia arriba, se apoyó en la entrada a su cuerpo y penetró un escaso centímetro.

—Pero no han entrado aquí.

Alana se envaró ante la sensación.

—No —se obligó a contestar.

—¿Ni con los dedos? —repitió el movimiento de entrada y salida.

—Solo yo.

La erección de Hans saltó ante la imagen que se escenificó en su cabeza.

—Y ¿te gusta cuando tu dedo se cuela dentro?

Ella contrajo el gesto. No entendía por qué hablaba tanto. Los chicos con los que había estado, pocos y de su edad, nunca mantuvieron con ella una conversación mientras la masturbaban.

—Obvio que sí.

Sin embargo, la mueca se le congeló en el rostro cuando él avanzó un poco más en su exploración.

—Y, «obvio que sí», que te lo haga yo parece que también te gusta.

—Hans…

—Me vas a gastar el nombre, mädchen. —El tono divertido de su voz no reflejó la determinación de los movimientos de los dedos de su mano, que entraban y salían del cuerpo femenino, conquistando cada vez más territorio.

El ritmo mantenido hasta entonces se fue acelerando y la respiración de la chica se volvió más superficial y rápida.

Tras unos segundos en silencio, Alana creyó que ya podía relajarse y disfrutar de la experiencia que él le estaba regalando, sin embargo, Hans rompió la quietud que tan solo sus respiraciones entrecortadas llenaban.

—¿Has metido alguna vez algo en tu cuerpo cuando te has masturbado? —indagó, muerto de curiosidad.

Alana cogió aire.

—Sí —susurró.

Hans cerró los ojos, intentando deleitarse con la escena. Lo que vio le envió una descarga directa a su olvidado miembro.

—¿Y te gusta tanto como esto? —Afianzó su dedo en el interior de ella, sintiendo cómo los músculos se contraían a su alrededor.

Lo dejó dentro y curvó la palma, estableciendo contacto con su clítoris.

Movió toda la mano y aquello hizo que ella abriese los ojos y le mirase aguantando la respiración—.

Contesta —insistió con la voz contenida por el esfuerzo y su propia necesidad.

Ella negó varias veces con la cabeza, se aferró al cuello masculino, lo atrajo hasta su boca y lo besó. Hans expulsó el aire contra sus labios, tragándose el aliento acelerado de Alana, que no lo soltó.

No permitió que la boca de él se separara de la suya hasta el final, y así, respirando ambos el placer del otro, se dejó ir.