Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 27 Cállate
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27 Cállate

La vida no trae manual de instrucciones, pero sí incluye un padre

Hans detuvo el vehículo y la observó. Se había mantenido callada desde que abandonaron Villena y durante todo el transcurso de los escasos kilómetros hasta la estación de servicio.

Tenía los ojos algo espantados y brillantes, sin embargo, no se atrevió a preguntarle el motivo de su mutismo por miedo a lo que le pudiese contestar, a que quisiera dar media vuelta y regresar a su hogar.

Aunque, en el fondo, sabía que lo mejor sería quedarse solo.

Sí, no tenía ningún problema en admitir que Alana lo turbaba, pues la forma en la que había conseguido meterse en su interior decía mucho de lo que podía llegar a provocarle, sentimientos con los que él no estaba familiarizado y de los que siempre huía.

Estaba acojonado como nunca en su vida.

—Pararemos en unas… —dijo y miró el reloj antes de continuar— tres horas para picar algo y hacer una pausa. ¿Quieres que te traiga alguna cosa?

La chica sacudió la cabeza y miró a su derecha por la ventanilla.

—No, gracias.

—De acuerdo.

Hans se encogió de hombros y se apeó de la furgoneta para repostar.

Una vez a solas, Alana suspiró y se llevó ambas manos a la cara, dejando escapar un pequeño grito que sonó a caballo entre la frustración y la emoción.

—Mierda —soltó al recordar que lo mejor sería llamar a casa y explicar sus siguientes movimientos.

Agarró el teléfono y dudó sobre cómo comunicarles que se marchaba, y al final optó por enviarle un escueto mensaje a su madre, que leyó unos segundos después cuando apareció en línea.

Un par de minutos más tarde, mientras esperaba la respuesta jugueteando con una uña en su boca, el aparato comenzó a vibrar en su mano.

—Hola, mamá —contestó fingiendo una despreocupación que, obviamente, no sentía.

—¿Francia? —preguntó su padre conteniendo a duras penas el tono de su voz.

Alana se asombró al escucharlo. Cogió aire, infundiéndose valor para aquella primera conversación con él.

—Pauillac.

—Francia —repitió con voz neutra.

—Sí, papá, vamos a Francia.

Lo sintió inspirar hondo al otro lado. Cuando volvió a dirigirse a ella, el tono había cambiado, dulcificándose.

—¿Qué se te ha perdido tan lejos, pequeña?

—A Hans le ha salido un trabajo. Tenemos que estar allí mañana por la mañana.

—¿Conducirás tú?

—No —dijo rotunda—. Lo hará él.

—¿Durante toda la noche?

—Pararemos un poco cada dos o tres horas, no te preocupes.

—Sí que lo hacemos, nena. Una cosa es que te vayas a buscar respuestas a unas ciudades de distancia y otra es que te arrastre a cambiar de país.

Alana escuchó un cuchicheo femenino al otro lado de la línea y supo que su madre estaría mediando. Sintió que tenía que salir en defensa de Hans ante aquella acusación.

—Él no me arrastra a nada, papá. Es más, me quería llevar a la estación para que regresara a casa. —El silencio en la línea hizo que Alana continuase hablando—. Fui yo la que le pedí que me llevase con él. Voy por voluntad propia.

—Hija…

—En unos días volveré a casa —aseguró y no pudo evitar transmitir cierta congoja en la frase—. Le prometí a mamá que estaría allí para la fiesta de los abuelos.

—Está bien —terminó aceptando y murmuró unas palabras que a Alana le costó descifrar, pero que sonaron como una plegaria—. Prométeme que estás bien y que te mantendrás despierta toda la noche para darle conversación.

—¿Qué?

—Promételo.

—Papá…

La queja sonó infantil. Estaba tan cansada por lo poco que habían dormido la noche anterior, y por las emociones vividas, que no veía el momento de echar una cabezadita.

—Ese hombre va a conducir toda la noche, lo mínimo que puedes hacer por él es mantenerlo despierto.

Alana sopesó sus palabras y terminó aceptando. Cuando Hans entró en la cabina, ella ya se despedía.

La observó en silencio, con los brazos llenos de lo que había pillado en la gasolinera. Le dedicó una sonrisa cuando la joven cortó la llamada y encogió los brazos en un gesto, evidenciando su motín.

—¿Qué? ¿Te apetece algo?

Alana no lo dudó, tiró del envoltorio brillante de una chocolatina y lo miró a los ojos.

—Gracias.

—Sabía que te gustarían.

La joven le devolvió la sonrisa, y él le tendió todos los artículos excepto una de las latas de refresco con cafeína, que se fue bebiendo en los siguientes kilómetros.

Y ella, cumpliendo con la promesa realizada a su padre, le dio conversación durante todo el trayecto, así fue como supo en qué consistía el trabajo que iba a realizar.

Le pareció algo excéntrico y extraño en un principio, no obstante, cuando lo pensó bien llegó a la conclusión de que ese tipo de experiencias eran las que siempre podría asociar con Hans.

Se detuvieron de nuevo unas tres horas después, enfrascados en una conversación a la que ninguno de los dos supo cómo había llegado.

—¿Mis compañeras? —preguntó estupefacta a la vez que él asentía divertido.

Alana sabía que estas habían estado bastante revolucionadas por la aparición de Hans, pero no era consciente de que habían llegado a esos extremos.

—¿Te sorprende? —preguntó al ponerse de pie y entrar en la parte habitable de la furgoneta.

—Pues sí.

—¿Por qué? ¿Tanto asco doy?

La joven se le unió y se apoyó sobre el respaldo de su sillón, observándolo.

—¡No! Es que eras un cliente. Es inapropiado. —Elevó los brazos en un gesto que demostraba la obviedad de sus palabras.

Hans alzó una ceja y anduvo un par de pasos hasta llegar a ella. Alana lo miró con el ceño fruncido, sintiendo cómo invadía su espacio vital y acariciaba con el pulgar su cuello. Aquel simple gesto encendió su piel no solo donde la tocaba, sino más abajo.

Mucho más abajo.

—También era tu cliente.

—¿Y?

—Y venías cada mañana a practicar yoga, lloraste en mi pecho, me pediste que te besara y que durmiese contigo…

La lista que elaboró le resultó imposible de negar, sin embargo, Alana odiaba perder.

—Yo no te propuse sexo.

Él soltó el aire conteniendo una risa y elevó ambas cejas.

—No. —Negó con la cabeza acompañando sus palabras—.

No lo hiciste en aquel momento, de hecho, más bien me exigiste todo lo contrario.

Te recuerdo que hasta me prohibiste tocarme una de las noches porque estaba molestando a mis vecinos.

—Alana rememoró la escena y se mantuvo callada, mordiéndose un carrillo—.

Además, que no me lo hayas propuesto no significa que no te haya imaginado desnuda, entre mis brazos y gimiendo cada noche desde que te conocí.

Alana no salía de su mutismo por la sinceridad de sus palabras y lo que provocaba en ella. Los ojos de la joven estaban conectados a los de él.

—No puedes decir algo así.

—¿No? —murmuró juguetón—. ¿Por qué no?

Ella se mordió la lengua para no soltar un «porque no», ya que fue lo primero que se le vino a la cabeza, pero el gesto de Hans le dejó claro que sabía lo que había pensado; de algún modo sentía que entraba en su mente.

Él se sentó en un pequeño taburete y apoyó la espalda en el lateral de la cama. Alana jugueteó nerviosa con la lengua en sus labios sonrosados y carnosos, sin ser del todo consciente de que con aquello estaba dando pie a todo lo que vendría después.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Ya.

Cuando levantó la vista y miró a Hans, este se estaba entreteniendo en desabrocharse la camisa. Él fue consciente de la manera en la que ella tomó aire, y sintió los ojos femeninos posados sobre su cuerpo, abrasándole la piel.

—¿Qué haces?

—Tengo calor.

Se incorporó un poco y agarró una de sus manos, arrastrándola con él y haciendo que se sentase allí mismo, sobre sus piernas.

—¿Qué…?

—Dime qué pasa.

—Nada —repitió.

—Alana… —la amonestó elevando una ceja.

—¿Qué es lo que quieres que te diga, Hans?

—Lo que te ocurre.

Ella le mantuvo la mirada e intentó obviar el calor que el cuerpo masculino desprendía bajo ella. Se decidió por ser sincera.

—No me ha gustado lo de las propuestas de mis compañeras.

—¿Por qué?

Las aletas de la nariz de la joven se ensancharon, y él tuvo ganas de besarla.

—Porque imaginarte acostándote con ellas no es agradable.

—No lo hice. —Alana no contestó, tan solo le mantuvo la mirada retadora, lo que provocó que quisiera jugar un poco con sus límites—. Aunque he tenido sexo con muchas otras mujeres.

—No necesito saberlo.

—De muchas formas, en cada rincón del mundo.

—Cállate.

—He escuchado gemir tantas veces mi nombre que he perdido la cuenta.

—Que te calles.

Alana hizo el amago de levantarse y poner distancia, pero él se lo impidió agarrando su cintura y ciñéndola a él. Le mantuvo la mirada.

—¿Estás celosa de ellas, Alana?

El gesto femenino le arrancó una sonrisa que no pudo contener.

—No.

—No te enfades.

—Eres un grosero.

—Soy sincero.

—Vete a la mierda, Hans.

—Guauu. —Fingió asombro—. Hasta palabrotas. Debes de estar muy enfadada.

—Ni te lo imaginas.

Él acarició despreocupado su propio pecho cubierto de vello rubio. La mirada de Alana siguió el movimiento de sus dedos, pero, al darse cuenta de lo que hacía, elevó bruscamente la vista y volvió a fijarla en sus ojos.

—No hay nada de malo en reconocer que estás celosa.

—Para estarlo hay que pensar que la otra persona te debe algún tipo de lealtad, y está claro que no es el caso.

—Estás muy equivocada.

—Ah, ¿sí?

—Mucho.

—Ilumíname, ya que eres tan sabio —ironizó ella cruzándose de brazos.

—Como bien dices, tú no me debes nada y, sin embargo, me enciende pensar en lo que has sentido con otros e incluso contigo misma cuando te das placer.

—Alana no pudo hablar, la garganta se le había cerrado.

Hans se movió y agarró una de sus manos, llevando la extremidad femenina hasta su abdomen—. Me quema aquí.

—¿Qué? —musitó aturdida por el contacto.

—Arde cuando recreo la forma en la que tu cuerpo se contonea y tu garganta emite pequeños y discretos gemidos.

Se me incendia el cuerpo al imaginarlo. —Los ojos de Alana no dejaban de escrutarlo, atenta—.

Fíjate cómo de absurdos somos que podemos sentir celos hasta de algo no real, como un sueño.

Yo los sentí del tuyo. Deseé estar en él, quise ser yo el que te estuviese provocando un placer tan grande que, incluso dormida, te corriste.

Así que sí, se pueden tener celos sin deberle lealtad a alguien porque yo los padezco contigo.

Alana procesó sus palabras y, tragándose la vergüenza que le provocó saber que él había sido testigo de aquel momento que hasta entonces había intentado mantener en secreto, se sinceró.

—Sí, estuviste en mi sueño.

—Cuéntamelo.

—Ya te lo imaginarás.

—Dilo, por favor. —Se retaron con la mirada, y Hans se acercó a ella, que se mantuvo imperturbable en su posición. Ambos sintieron la respiración agitada del otro de tan cerca como estaban. Le susurró—: Dilo, mädchen .

Ella obedeció.

—Metiste la cabeza entre mis piernas y no te detuviste hasta que grité tu nombre.

Y esas simples, pero poderosas, palabras desencadenaron el resto de los acontecimientos.