Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 26 Abrázame
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26 Abrázame

Si quieres a alguien déjalo dormir

Al regresar a la casa, bien entrada la madrugada, ambos se marcharon a su habitación despidiéndose con una sonrisa cómplice, aunque unos minutos después, cuando Hans se despojaba de la camiseta y la tiraba en la primera superficie a mano, la puerta se abrió con sigilo.

—¿Se puede?

Aquel susurro le provocó un cosquilleo en el estómago. Alana se le había adelantado, puesto que él tenía la misma intención de asaltar su dormitorio.

—Pasa —la invitó sin querer elevar la voz.

Ella se adentró y cerró tras de sí, quedándose unos segundos apoyada en la superficie. Un momento después, cuando pareció reunir el valor necesario para lo que había ido a hacer allí, se acercó.

—¿Puedo dormir contigo?

Hans sonrió y terminó de quitarse la ropa, quedándose en calzoncillos ante ella. La joven no se amilanó por el hecho de tenerlo delante y casi desnudo, una vez más.

—Por favor —rogó él.

Alana, aún con alguna duda sobre todo aquello, lo miró a los ojos mientras lo imitaba y se despojó de los pantalones, quedándose tan solo con la escueta camiseta y aquellas diminutas braguitas que le hicieron la boca agua a Hans.

Con el corazón retumbando en su pecho se metió en la cama y esperó a que él se le uniese.

—Ven, abrázame —le exigió cuando lo hizo.

Se puso de lado y lo agarró del brazo para, de espaldas a él, hacer que lo pasara por su cintura.

Hans debía reconocer que Alana tenía claras sus ideas, no le quedaba duda de que aquella postura se había convertido en su favorita, por lo que apenas pudo contener una sonrisa ante el gesto.

Sin embargo, cuando se acercó a su cuerpo y recordó la escasez de prendas sobre la chica, fue incapaz de contenerse.

—¿No quieres quitarte nada más de ropa? ¿Enseñarme el tatuaje, tal vez?

Ella contuvo una carcajada nerviosa y cerró los ojos, sintiendo la respiración de Hans en su nuca.

—Estoy bien así.

—Y tanto que lo estás, más que bien, además.

—¿Eso es un cumplido?

—Sí, por si no te ha quedado claro durante todo este tiempo, me pareces sorprendente.

—Ser sorprendente no siempre es bueno. Puedo parecértelo para mal.

—Te aseguro que no es el caso. —Sintió el trasero de Alana realizar un leve balanceo, movimiento más que suficiente para que su entrepierna terminase de cobrar vida y se alzase orgullosa entre ellos.

Inspiró hondo—. Pero estoy seguro de que yo sí lo haría si te dijese todo lo que se cruza por mi mente ahora mismo.

—¿Qué es…?

—Mejor no quieras saberlo o pensarás que soy un viejo verde.

—Pues resulta que el verde es mi color favorito, señor Müller —rebatió entre susurros mordiéndose el labio inferior.

Hans protestó con un sonido gutural y afianzó el agarre de su brazo.

—Ay, Alana. Si no me tuvieses tan acojonado…

Alana frunció el ceño, extrañada ante sus palabras.

Hans abrió la palma de la mano sobre la estrecha cintura de la joven y la deslizó hasta la parte inferior de su vientre. Un gruñido acompañó el siguiente movimiento, en el que la oprimió contra él, haciendo que ella sintiese una interesante parte de la anatomía masculina acoplada a su trasero.

—Hazlo.

—¿El qué? —Ella no respondió de manera inmediata—. ¿Qué quieres que haga, mädchen ?

—Lo que me harías si no tuvieses miedo de mí.

Hans dejó ir una carcajada ronca y los dientes que se clavaron en el lóbulo de la oreja femenina precedieron su siguiente jugada.

Con confianza, movió su lengua sobre el cuello de ella y sincronizó el avance con el jugueteo de la punta de sus dedos, que se adentraban un poco más cada vez en los confines de la diminuta ropa interior.

Alana giró la cabeza en su dirección con la respiración superficial, y Hans delineó el camino hasta su barbilla.

Justo antes de besarla, se detuvo y la miró a los ojos.

—Hazlo —rogó la chica en un lamento.

Sin perder un segundo más, unió su boca a la de ella, recreándose en el contacto y deleitándose con cada una de sus respiraciones superficiales. Se tomó todo el tiempo del mundo para saborearla y, cuando la sintió del todo entregada, se separó unos milímetros y habló sobre su boca.

—Necesito terminar lo que se quedó a medias esta tarde cuando nos interrumpieron. ¿Te parece bien? —Su voz sonó enronquecida al notar la ropa interior de la muchacha impregnada de su deseo.

Alana se estremeció y asintió con la cabeza. Ni loca pensaba frenarlo esa vez.

Los dedos largos y nervudos de él se colaron por fin entre su piel y su ropa interior, haciendo que se estremeciera ante el primer roce.

Hans bañó un par de ellos en su humedad y, dirigiéndolos hasta el clítoris, le dedicó unas cuantas y efímeras caricias. Sonrió al percibir cómo las caderas de la joven se movían buscando un mayor contacto.

—¿Ansiosa?

—Sí. —Acompañó su rotunda respuesta llevando la mano hasta su entrepierna y apretando la palma contra la extremidad masculina que la atormentaba.

Él gruñó en respuesta justo antes de imprimir una nueva cadencia y presión sobre aquel hinchado botón que lloraba por él.

Los sonidos de la joven se sucedieron cada vez con más fuerza y, cuando sintió que la tenía a punto de estallar, se apoderó de su boca, acallándola y bebiendo cada uno de sus gemidos.

Alana se rompió en mil pedazos, experimentando el orgasmo más intenso y largo de su vida.

Tardó unos minutos en recuperarse, tiempo durante el cual no abrió los ojos por miedo a que todo aquello hubiese sido producto de su imaginación.

No obstante, la respiración agitada de Hans en su hombro le dejó claro que había sido real.

Con lentitud, levantó los párpados dispuesta a devolverle cada suspiro de placer que él le había regalado, sin embargo, Hans se inclinó sobre ella, agarró su nuca y la besó con dulzura.

—Cierra de nuevo los ojos y descansa, preciosa. —Ella lo miró contrariada, y él supo en qué estaba pensando—. Duerme.

—No tengo sueño.

Su cuerpo contradijo aquellas palabras cuando soltó un bostezo. Hans sonrió con cariño y acarició su cuello.

—Duerme, por favor.

—Quiero continuar.

—Y yo, joder —dijo frustrado—. Pero no hoy. No aquí.

Ella no entendió cómo su voz podía sonar tan serena, a excepción del taco que había soltado, cuando por su cuerpo desfilaba un batallón entero de minúsculas partículas que hacían cosquillas en su piel y que solo parecían calmarse con sus caricias.

—Al menos déjame tocarte.

Hans soltó el aire en un lamento y detuvo el avance de la mano femenina hasta su entrepierna, que se agitó contrariada ante la negación del contacto.

Ya se le rebelaba hasta el cuerpo.

—Por favor, Alana —rogó a punto de perder la batalla—. Tal y como estoy, no me voy a conformar con que me toques.

—Pues no te conformes.

—No voy a follarte en un lugar en el que tenemos que contenernos para no despertar a toda la casa.

—Aquella palabra soltada sin tapujos, y lo que su cerebro recreó al escucharla, la encendió aún más.

Intentó zafarse del agarre que él mantenía sobre su mano con la firme intención de reducir sus defensas, pero él volvió a interceptarla—.

Cuando ocurra quiero empaparme de todos y cada uno de tus gemidos sin preocuparme por nada más.

Además, ¿qué pensaría Iris si después de aguantarnos durante todo este tiempo no le regalásemos algo así?

—¿Iris? —Alana lo miró incrédula.

—Es una voyeur .

La risa escapó de los labios de la joven sin poder contenerla y al final retiró la mano, entendiendo que aquello no iba a ocurrir en aquella cama, por mucho que le pesase.

De algún extraño modo lo entendió.

—No me gustaría enfadar a Iris —continuó la broma.

—Ni a mí —corroboró—. No sabes cómo se las gasta.

Ambos sonrieron, y Alana, con el índice sobre su propia mejilla, reclamó un beso de buenas noches. Una sonrisa escapó de los labios masculinos antes de terminar haciendo lo que ella le exigía, recreándose unos segundos de más en el contacto.

Se aferró de nuevo al agarre en su cintura, ella terminó de girarse, y él se puso cómodo para intentar relajar su cuerpo y su mente, tarea ardua y complicada donde las hubiese.

Un momento después escuchó la dulce voz de su tentación hecha mujer.

—Gracias por esta noche. Por lo de antes y por lo de ahora. Ha sido genial.

—No tienes que darme las gracias por algo así.

—¿Para ti también lo ha sido?

Hans mordió su hombro.

—No me puedo creer que lo dudes, mädchen . Por supuesto que para mí también. Y ahora deberíamos dormir, en un rato tocarán diana y nos vendrá bien descansar.

Se volvieron a dar las buenas noches y ambos se dejaron ir en los brazos de Morfeo.

Cuando Alana escuchó un sonido repetitivo y estridente, tuvo la certeza de que tan solo había cerrado los ojos hacía un par de minutos, sin embargo, ya despuntaba el sol en el cielo y ese detalle la dejó desconcertada.

La joven maldijo a lo que fuese que armaba tal jaleo, gruñó y se movió en la cama, tapándose la cabeza con la almohada. Aunque fue algo brusca en sus movimientos, Hans ni se inmutó. Se encontraba dormido como un tronco y parte de su pierna, enredada en la de ella, aprisionaba su extremidad.

Alana sintió como si pesase una tonelada y empujó con su talón, intentando zafarse de él.

—Maldita sea —rebufó por el esfuerzo.

El cerebro de Hans le envió una alerta al resto de su cuerpo cuando registró el exabrupto y pudo apreciar cómo esta se movía bajo él.

Elevó la cabeza, desconcertado, e intentó ubicarse.

—¿Qué ocurre?

—Diles que paren.

Frunció el ceño ante la petición malhumorada de la joven, pero en cuanto captó la algarabía de la calle soltó el aire en un amago de risa y se pegó a ella, cerrando de nuevo los ojos.

—Duérmete un rato más.

—Como si me resultase fácil —se quejó.

Y, por si aquel jaleo no fuese suficiente, el timbre del teléfono de Hans comenzó a taladrarles los oídos con su tono insistente y monocorde que él ignoró.

—¿Es que no piensas cogerlo?

—Luego —respondió soñoliento.

Alana soltó el aire, exasperada, y se movió en la cama pasando por encima de él. Hans gruñó complacido cuando el cuerpo de la joven se rozó con el suyo y apoyó parte del peso en su anatomía. Con los ojos cerrados, palpó con las manos y la agarró en aquella postura.

Soltó un sonido de pura satisfacción cuando ella se contoneó sobre él, intentando llegar hasta la mesilla.

—Así no me importa madrugar, ¿ves tú?

—¡Hans! —se quejó al no poder moverse. El teléfono en su mano dejó de repiquetear, y él abrió un ojo en una mueca algo cómica—. Suelta, anda.

El tono que empleó no resultó nada convincente, por lo que hizo oídos sordos.

—Buenos días. ¿Alguna vez te he dicho lo bonita que estás cuando te despiertas?

Ella sintió un leve espasmo a la altura de la entrepierna masculina y tuvo que contener todo su cuerpo y su corazón, que discutían sobre cuál de los dos se iba a ofrecer antes en bandeja a aquel hombre.

Hans se mordió el labio inferior y la escrutó con hambre en su mirada.

—Buenos días —le respondió turbada, y la conexión se rompió cuando el teléfono volvió a sonar entre sus dedos.

La joven revisó en un gesto involuntario la pantalla y leyó en voz alta un nombre masculino que cambió el semblante de Hans.

—Tengo que cogerlo —soltó como única respuesta.

Alana se echó a un lado cuando él comenzó a moverse y le concedió el espacio que parecía necesitar. Cuando Hans colgó, unos minutos después, se mantuvo en silencio intentando organizar sus pensamientos.

No había podido rechazar la llamada, puesto que su interlocutor siempre lo buscaba cuando tenía algún trabajo para él y, dada su escasez de recursos tras los recientes gastos, no se podía permitir decir que no a una oferta laboral.

Contra todo pronóstico, y por primera vez desde hacía muchísimo tiempo, no quiso moverse de donde estaba y odió aceptarlo.

No solo pensó en que con ello rompería un poco más su promesa a Virginia, ya que después de haberle robado parte de la semana que siempre reservaba para ella tampoco se podría quedar para el fin de fiesta, sino que, en realidad, lo que más le atenazaba las entrañas y lo perturbaba era tener que decirle adiós a Alana.

—¿Ocurre algo? —preguntó ella sentándose en la cama para terminar de calzarse.

Hans se giró y la observó, y ella supo que lo que fuese que le habían dicho no era una buena noticia.

—Me ha salido un trabajo.

Ella frunció el ceño.

—Ah, genial. ¿No?

Él cabeceó y se movió para colocarse la misma camisa arrugada del día anterior en un acto mecánico, rehusando el contacto visual con la joven.

—Esta tarde te llevaré a la estación —soltó a bocajarro, y el corazón de Alana se aceleró de puro miedo.

—¿A la estación?

—El trabajo es en Francia —se justificó intentando aparentar indiferencia, aunque en el fondo se sentía morir—. No puedo decir que no, Alana, así que tienes que volver a casa.

La joven se mantuvo en silencio, procesando la frialdad con la que él estaba manejando aquella situación y la forma en la que no parecía afectarle que ambos fuesen a separarse.

—¿No piensas mirarme? —Los ojos de Hans conectaron por fin con los de ella, y ambos se mantuvieron en silencio. Alana fue la que terminó rompiendo esa quietud, exponiéndose una vez más ante él—. No quiero ir a casa. Aún no.

La mirada masculina reflejó súplica, una petición muda para que no continuase por aquel camino, ya le estaba costando un mundo entero imaginarse sin ella, y no le hacía falta que se lo pusiera más difícil.

—Alana, yo no…

—Quiero ir contigo —lo interrumpió.

—¿A Francia?

—A donde sea.

—¿Y tus padres?

Ella frunció el ceño y lo encaró.

—¿Mis padres? —preguntó incrédula y algo molesta—. ¿De verdad los mencionas cuando ayer me decías que tenía que volar y no sé qué de plantar el puño sobre la mesa?

—Pero no me refería a cambiar de país.

—Y ¿por qué no? —sonó exasperada, y Hans tuvo que morderse la lengua para no explicar la obviedad de la distancia y de lo que ocurriría si cambiaba de opinión o algo se torcía entre ellos—. Solo son unos kilómetros más.

—«Solo».

Hans, que se odiaba por tener que marcar una fecha en el calendario que fijase la despedida entre ambos y que a la vez necesitaba montarla en el primer tren de vuelta porque sabía que todo aquello que sentía estaba echando raíces en su interior, sopesó la petición y valoró las posibilidades.

Le maravilló, una vez más, la determinación en el rostro y en los gestos de Alana, algo que, a pesar de su edad, la caracterizaba.

—Está bien —claudicó sintiéndose incapaz de negarle nada más.

—¿En serio? ¿Me llevas a Francia?

Hans cogió aire ante la incredulidad de la joven, que sonreía con sincera ilusión, y rezó para no estar cometiendo una locura de la que luego pudieran arrepentirse.

Resultaría la mayor de su vida, sin duda, pero ajeno a aquella información terminó afirmando con la cabeza.

—Sí, nos vamos a Francia.