Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 25 Leo
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Cuidar y otras formas de amar

El ambiente nocturno que invadía las calles de Villena era embriagador, la gente paseaba eufórica, contagiando a todo el que se cruzase con ellos.

Decidieron parar en uno de los puestos callejeros a tomar algo, y Alana esperaba junto a Virginia de pie, sonriendo mientras veía a la gente interactuar, reír y disfrutar.

El teléfono de la joven comenzó a vibrar en sus pantalones. Lo sacó extrañada y miró la pantalla, donde un nombre que ella conocía bien y que por norma general no la llamaba, invadía parte de esta.

—¿Leo?

—Hola, guapísima —saludó la voz cantarina del hombre—. ¿Dónde andas?

Alana frunció el ceño, aún más extrañada.

El ruido a su alrededor le impedía escuchar bien, por lo que le hizo un gesto a su acompañante, y esta asintió sonriente.

Se alejó unos metros, deteniéndose en un lateral del imponente castillo que coronaba la ciudad y que había servido de fortaleza siglos atrás.

—¿Te pasa algo, Leo?

—No, ¿y a ti? ¿Está todo bien?

La joven no entendía nada. Aunque formaba parte de su familia desde hacía varios años, pues desde que fue pareja de su tía Alicia se había convertido en alguien indispensable para todos, no era normal que la llamase por teléfono.

Lo consideraba como a un tío, pero no a uno de esos que te llaman un viernes por la noche preguntándote cómo estás o dónde te encuentras.

—Sí, estoy bien.

—Eso es fantástico. Y ¿dónde «estás bien» para ser exacta?

—¿Qué?

Escuchó un exabrupto al otro lado de la línea y bastante ruido ambiental.

—Mira, Alana. Llevo una larga hora con todos sus minutos subiendo y bajando cuestas buscándote. ¿Te importaría decirme dónde estás y no moverte de ahí hasta que llegue, por favor?

—¿Cómo? —Miró a su alrededor—. ¿Estás en Villena?

—Sí, hija mía —contestó cansado.

—¿Por qué?

—Te lo cuento ahora cuando nos veamos. ¿Dónde estás?

Alana observó a su alrededor.

—En el castillo de la Atalaya. Estamos en uno de los tenderetes que hay cerca del mirador.

—Su puta madre —soltó llenándose la boca con el insulto—. Otra vez para arriba. Esto me lo cobro, vaya si me lo cobro —murmuró cabreado.

—¿Nos vemos ahora?

—Por supuesto —aseguró—. No te muevas de ahí, por lo que más quieras.

Ella le prometió que no lo haría y finalizaron la llamada. Observó durante unos segundos la pantalla del teléfono y negó con la cabeza.

Regresó al lugar del que se había apartado y fue consciente de la manera en la que Hans miraba en su dirección mientras hablaba con Virginia. Los ojos de ambos se encontraron, y él inclinó un poco la cabeza a modo de pregunta.

Alana sonrió en respuesta y terminó de acercarse a ellos.

—¿Todo bien?

La joven asintió.

—Era mi tío. —No quiso entrar en detalles—. Vive en Alicante y parece que se ha enterado de que estoy aquí, así que ha venido a verme.

—¡Qué bien! —exclamó Vir.

Alana sonrió con los labios apretados, y Hans aprovechó que Juan Carlos comentaba algo con su mujer para acercarse con tranquilidad a ella y tenderle el vaso desechable.

—No me preguntes por qué, pero me da la sensación de que no terminas de sentirte cómoda con que tu tío vaya a unirse a nosotros. —Dio un trago a su bebida y la escrutó al relamerse los labios. Los ojos de ella se desviaron a su boca y por un instante perdió la capacidad del habla—. ¿Es así?

—No es eso. A ver, entiendo que mi familia esté preocupada por mí, pero no puedo evitar sentir que me siguen tratando como a una niña cuando hacen cosas como estas. Creo que lo han mandado mis padres.

—¿Quieres mi opinión?

—Sí.

—¿A pesar de que sea posible que no te guste?

Alana giró su cuerpo para enfrentarse al de él y asintió.

—Sí.

Hans recolocó el pelo suelto de la joven, echándolo hacia atrás y despejando sus hombros. Dejó apoyadas las manos en estos, acarició su cuello y la miró con intensidad.

—Tienes que volar, Alana. Esto que has hecho viniendo conmigo es como plantar la mano sobre la mesa y dejarles claro que eres adulta y tomas tus propias decisiones, aunque te equivoques.

—Pues no lo siento así —se sinceró.

—¿Y cómo lo sientes?

Alana inspiró hondo, desvió la vista a su alrededor durante unos segundos y habló sin conectar con su mirada de nuevo:

—Como un: «Me he vuelto loca, me escapo de casa como una adolescente rebelde sin dar explicaciones y he estado a punto de acostarme con un tío que me saca trece años, cuando siempre dije “de esta agua no beberé”, mandando a la mierda todas mis propias normas y creencias».

Las comisuras de los labios de Hans se curvaron con el inicio de una sonrisa, pero no le dio tiempo a replicar, ya que una voz masculina reclamó a Alana. Esta se giró al escucharlo y le dedicó una sonrisa que, ni por asomo, resultó tan genuina como las que le había dedicado a él en otros momentos.

Aquel pensamiento tan posesivo, y la satisfacción que le produjo, turbó a Hans.

—Dios mío de mi vida —se quejó el recién llegado, apoyando ambas manos en sus rodillas y resollando—. No pienso hacer ejercicio en un mes. Qué puta locura de calles.

La joven contuvo una carcajada.

Sabía que a Leo no le gustaba practicar deporte y entendía su descontento. Tenía el pelo pelirrojo algo pegado a las sienes por el sudor y se aireaba el estómago, algo más prominente que la última vez que lo había visto, moviendo la camiseta en gestos oscilantes para dejar pasar el aire.

Durante unos minutos se sucedieron las presentaciones, tras esto, Hans fue a la barra como buen anfitrión, y el matrimonio se apartó un par de metros de forma disimulada, regalándoles algo de intimidad.

Alana fue ajena a la conversación silenciosa que había ocurrido entre Leo y Hans, ya que este último, tras leer la mirada del recién llegado, les concedió el tiempo y el espacio que parecían necesitar con un asentimiento. Sin embargo, no dejó de observar sus espaldas desde la lejanía.

—¿Qué tal, cariño? —le preguntó él, poniendo una mano en su hombro con aire despreocupado, sin embargo, las arrugas alrededor de sus ojos no estaban allí tan solo como fruto de su edad.

—Bien.

—Eso está genial. —El silencio se instaló entre ellos, y Alana se mordió el labio inferior—. Parecen buena gente.

—Sí, lo son.

Las respuestas educadas, aunque cerradas, de Alana no ayudaban a que el recién llegado encauzase la conversación hacia donde necesitaba, por lo que sabiendo que el tiempo que tenían a solas era bastante limitado, pues tenía que volver a casa esa misma noche si no quería bronca con Leire, su mujer, se giró hacia ella y abordó el tema sin más dilación.

—Has revolucionado Costa Serena.

—Ya me imagino. Intuyo que los ánimos no estarán demasiado tranquilos por casa.

Leo observó a la joven y pasó un brazo por sus hombros, girándola un poco para observar las vistas nocturnas del lugar.

—No están enfadados, si es eso lo que te inquieta.

Alana giró la cabeza y le prestó atención.

—¿Lo dices para que no me preocupe?

—Lo digo porque es la verdad. —Apretó con su mano el hombro de la joven transmitiéndole calma—. Por lo que me ha contado tu tía Alicia, has estado a punto de provocar el divorcio de tus padres, pero por lo que se ve ya se han calmado las aguas.

Ella se separó horrorizada, sin embargo, al ver el rostro de Leo, soltó el aire.

—Eres tonto.

—Qué cosas más bonitas me dices.

—¿Y para qué te han mandado aquí?

Leo negó y le dedicó un gesto cariñoso.

—No me ha mandado nadie —aclaró—. He venido porque he querido, pero puede que chantajee a tu tía en algún momento próximo con la información que saque esta noche. Así que, dime, ¿cómo estás? Y esta vez de verdad.

—Estoy bien, solo algo agobiaba.

—Alana, tus padres son jóvenes y entienden que tienes edad para hacer lo que te venga en gana —aclaró en su tono despreocupado habitual—. Después de que tu padre haya salido del hospital tras el infarto que le has provocado, todo está tranquilo —bromeó.

Alana contuvo una sonrisa nerviosa. Le costaba creer todo aquello, aunque debía reconocer que sus padres, los dos, eran personas comprensivas y buenas, pese a que su progenitor a veces la hubiese sobreprotegido un poco más de lo normal.

Hans llevaba razón, ella había permitido todo aquello y la reacción de su familia tan solo era el reflejo de lo que fue sembrando con sus acciones pasadas.

Le gustaba hacer lo correcto, ¿por qué tenía que negar lo obvio?

Sabía cuáles eran sus debilidades y sus fortalezas, era consciente de esa perfección a la que hacían referencia y que la hacía dejarse la piel por ser la mejor, practicar el mayor número de deportes, sacar buenas notas en la carrera, continuar formándose para ser una profesional de la que sus padres pudiesen sentirse orgullosos y que este quisiera que formase parte de su negocio.

Sin olvidar de cuidar de sus hermanos cuando el matrimonio no podía hacerlo y empeñarse en ganar un sueldo y ahorrar para pagar sus propios estudios, algo que ellos podían hacer sin demasiado esfuerzo, pero de lo que ella prefería ocuparse desde que era adulta.

Sin embargo, también sabía que todo aquello podía convertirse en una gran debilidad. Porque no, no era perfecta, y ella era la primera que tenía que interiorizar esa afirmación.

—Gracias por venir a verme. Parece que me quieres un poquito.

Alana echó los brazos alrededor de su torso y se apretó contra él. El pelirrojo elevó un poco los hombros, quedándose descolocado, aunque corrigió la reacción rápido y terminó por devolverle el gesto con una sonrisa.

—Claro que te quiero —aseguró—. Menuda marcha se gastan aquí, ¿eh?

—Sí —contestó divertida separándose de él—. Hay muy buen ambiente.

Alana sintió la presencia de Hans antes de que este se pronunciase. Se giró y contuvo la respiración al ver la sonrisa que les dedicaba, franca y sin dobleces.

¿Qué era lo que tenía que hacía que le gustase tanto? Por más vueltas que le daba, no terminaba de entenderlo.

Hans era todo lo opuesto a lo que ella imaginó como «ideal». Era caótico, disperso, desorganizado, impulsivo, algo excéntrico… Parecía que vivía feliz sin planear nada y no le preocupaba el futuro más allá de su felicidad momentánea.

Ella era todo lo contrario. Sus principios y su modo de ver la vida la hacían meticulosa, en cierto modo, maniática, complaciente y perfeccionista.

Le gustaba tener su futuro planeado, saber dónde, cuándo y cómo, y la falta de respuestas a esas preguntas desde que se había embarcado en aquella aventura era lo que más descentrada la tenía.

Pero esa atracción que sentía hacia él, ese tirón físico que percibía en todo su cuerpo cuando él estaba cerca y le sonreía de aquel modo, era innegable.

—Hola —le dio la bienvenida y le devolvió la sonrisa.

—Hola —contestó él mirándola con fijeza.

Ambos se observaron durante unos segundos, y Leo elevó ambas cejas, notando que ninguno de los dos era consciente de lo que desprendían con esa conexión tan intensa.

—Hola —añadió Leo y tendió la mano para que alguno de los dos reaccionase—. Gracias por la cerveza, tío. Estaba sediento de tantos escalones. Qué barbaridad de sitio.

—Hay que esforzarse, sin embargo, las vistas son maravillosas, ¿verdad?

Alana sintió algo moverse en su estómago con esas palabras, pues, aunque parecían despreocupadas, el hecho de que no hubiese dejado de mirarla y sus ojos desprendiesen ese brillo, la había hecho sentirse foco de las mismas.

—Verdad —contestó Leo viendo cómo ella le devolvía la sonrisa.

Supo que sobraba. Era evidente que no iba a marcharse tan pronto, acababa de llegar y aún no había podido mojarse la garganta con el líquido ambarino que oscilaba en el vaso, aun así, de algún modo sintió que lo que había ido a hacer allí ya estaba finalizado.

Hans cuidaba de Alana.

Ese era el mensaje que debía transmitir. Se guardaría para él mismo el hecho de que esa protección parecía incluir un deseo sexual por ambas partes, que traspasaba incluso los muros de aquella fortaleza, una creencia que se fue afianzando con cada minuto que pasó con ellos.

Cuando se despidió de Alana, un buen rato después, lo hizo con el deseo de que aquel tipo de aspecto desaliñado, que se preocupaba y velaba por ella, la ayudase a echar a volar.

Si Leo le hubiese preguntado a Hans, y este se hubiese despojado de todas sus reticencias, le habría asegurado que se dejaría la piel en ello.

Si alguien hubiese tenido en cuenta la opinión de Alana, esta habría abierto los brazos, fijado la mirada en Hans y se habría dejado caer sin dudarlo.