24 El refugio #2
—¡Ni se te ocurra!
—Vale, vale. —Elevó las manos en señal de rendición y eso hizo que sus ojos se encontrasen libres de restricciones—. Bonita ropa interior.
Y lo decía de verdad. El conjunto que llevaba en aquella ocasión era sugerente a la vez que inocente, y esa mezcla tan inverosímil lo desconcertó.
Alana gruñó en respuesta.
—Eres incorregible.
—Así soy yo. —Intentó avanzar hacia ella, que se apresuró en agarrar una de las camisetas esparcidas sobre la cama y ponérsela con rapidez—. ¿Por qué tardas tanto? Ya estamos todos listos.
Hans no mentía, había bajado al salón tras darse una ducha encontrándose con el matrimonio charlando en el sofá, listo para ir a dar una vuelta, tal y como habían quedado al regresar de su paseo agridulce.
Se tocó el pelo, algo húmedo y desordenado, observando la forma en la que ella se afanaba en rebuscar entre las prendas sobre la cama sin decidirse, y elevó ambas cejas.
Alana suspiró con brío y lo miró, consciente de su medio desnudez.
—No sé cómo lo haces.
—¿El qué? —indagó desconcertado.
—Vivir con tan poco —admitió—. ¿No echas de menos poder vestir con algo diferente a las cuatro prendas que llevas contigo?
A Alana no le gustó sentirse tan superficial, no obstante, lo decía de verdad. Llevaba con él tan solo unos días y ya empezaba a desesperarse por detalles tan nimios como aquel. ¿Cómo podía ser que Hans llevase viviendo así años sin importarle lo más mínimo?
—No, no lo echo de menos.
—Pues es frustrante. No sé qué ponerme sin sentir que voy igual y que no me he cambiado o aseado.
—Te acabas de duchar.
—Lo sé —contestó frustrada—. Me refiero a que…
—Sé a lo que te refieres, Alana, pero en mi lista de preferencias vitales no está el tener un armario enorme lleno de ropa. La verdad es que nunca lo ha estado. Imagino que es cuestión de prioridades. Le tendió un pantalón cualquiera—. Con esto estarás bien. Póntelo y vamos.
—Aún tengo que maquillarme —se quejó—. No tardaré, aunque si tenéis prisa puedes ir bajando y… ¿Qué haces?
Él se fue acercando a ella, que hablaba mientras recogía las prendas desperdigadas sobre el colchón, y se puso a su lado. Muy a su lado. Cuando se giró, y lo descubrió ahí plantado, se sobresaltó.
Hans salvó la distancia que los separaba y se recreó en su rostro desprovisto de cualquier máscara. Hasta aquel momento no había prestado atención al detalle del mar de diminutas pecas que cubría sus mejillas y toda la zona cercana a estas, dotándola de un aire más tierno y cándido.
—No te hace falta.
—¿El qué? —susurró a la vez que sentía los dedos de él acariciar su nariz de forma sutil.
—Esconder una cara tan bonita.
Alana frunció el ceño, desconcertada. No le dio tiempo a preguntar nada más cuando notó los labios de Hans sobre la punta de su nariz.
Cerró los ojos conteniendo la respiración y el gesto no pasó desapercibido para él, que decidió continuar con el acercamiento y volver a besarla en un punto demasiado cercano a sus labios.
—Hans…
—Dime. —Utilizó su mismo tono a la vez que le seguía prodigando besos.
—Para.
—¿Por qué?
—Porque sí.
El aire llegó a la cara de Alana cuando él soltó una breve risa. Abrió los ojos, enfocándolos en los que la escrutaban sin perderlo de vista.
—¿No quedamos en que «porque sí» no era una respuesta válida?
—Virginia y Juan Carlos están esperando.
—Pueden hacerlo un poco más —rebatió—. Pero te aseguro que esto ya no puede esperar ni un minuto.
Con su mano acarició el lateral del cuello femenino. La piel de Alana se erizó ante el contacto. Él le dio el tiempo suficiente para retirarse o negarse, dejando en evidencia sus intenciones. Sin embargo, ella no lo hizo. No se apartó.
Alana no pensaba cometer la atrocidad de impedírselo.
—Voy a besarte.
—Vale —murmuró.
—¿Quieres que lo haga?
—Sí.
—¿Y por qué no me lo has pedido? —indagó alargando el momento y aumentando la tensión entre ellos.
Con una mueca de satisfacción recibió gustoso el tirón de la mano de Alana sobre su camisa, atrayéndolo hacia ella. La chica había perdido la paciencia.
Antes de que pudiese sonreír victorioso, Alana impactó sus labios contra los de él, y ambos cerraron los ojos, dejándose llevar.
La boca de Hans tenía un regusto mentolado, y la lengua femenina quiso indagar en todos los recovecos de su cavidad, como si buscara parte de la cordura que parecía haber perdido en los últimos tiempos.
La chica, que llevó las manos a su nuca, agarró su pelo con intensidad desde el nacimiento y se acercó aún más a él. Aquel gesto, inesperado y cargado de determinación y desesperación, provocó que Hans dejara escapar un gemido ronco.
El sonido reverberó en la mente de la joven y actuó como un interruptor que enciende la corriente de todo un edificio.
Se dejó llevar y gimió en respuesta.
—Alana…
La aludida no le permitió continuar hablando. No pensaba detenerse, por lo que decidió llevar la voz cantante. Como bien había dicho él, esa tensión debía resolverse cuanto antes. Ya no podían más.
Ella no estaba acostumbrada a tener que lidiar con sentimientos de ese tipo, por lo que dejó que sus instintos tomasen la iniciativa, reclamándolo como suyo.
Él supo que, si no se detenía de inmediato, no podría hacerlo más adelante. Si Alana continuaba devorando su boca de aquella manera, y emitiendo esos sonidos tan eróticos, iba a olvidarse de todo y hacerle cada una de las cosas que había imaginado con ella.
Aquellas imágenes lo acompañaban en sus momentos más húmedos, aunque escasos, y pensar en cómo se había corrido como un desesperado en un baño público o en la ducha de Virginia y Juan Carlos un momento antes, recreándola en su imaginación, no contribuyó a la calma.
Con una de las manos sobre su cadera, afianzó la otra en aquel delicioso trasero y atrajo la figura femenina hacia él, lo que hizo que ambos sintiesen la presión de su erección.
Alana gimió presa de la frustración y no sabría decir si el siguiente movimiento lo provocó ella, pero un instante más tarde sus piernas rodeaban el cuerpo de Hans y ambas entrepiernas entraban en contacto, lanzando descargas a su cerebro que reclamaba más y más.
Las manos masculinas se clavaron en la piel de su trasero, dispuestas a fundirse con ella.
Hans se desplazó unos centímetros y la apoyó contra la pared. El movimiento, un tanto brusco y apresurado, fruto de la urgencia, hizo que un pequeño cuadro se descolgase de la misma y cayese con un sonido sordo, detalle al que ninguno de los dos prestó atención.
Con la superficie contra su espalda, Alana giró la cabeza, permitiendo que él devorase su cuello con más facilidad.
—Joder… —maldijo muerta de placer.
—¿Te gusta esto?
El tirón que recibió en su cuero cabelludo le dejó claro a Hans cuál era la respuesta.
Sin dejar de besar el contorno de su mandíbula, decidió dar un paso más y llevó una de las manos a la unión de ambos cuerpos.
Alana no lo detuvo, y él se esmeró en acariciarla sobre la fina tela que la cubría. Estaba húmeda y no le hizo falta demasiada búsqueda antes de hallar el preciado haz de nervios, lugar que presionó con maestría, recibiendo un gemido de placer en compensación a sus caricias.
Con la mirada velada por el placer, la observó, y Alana le devolvió el gesto.
Durante unos minutos atormentó aquel punto de su anatomía y, cuando su mano derecha subió con la clara intención de torturar el dolorido pezón femenino, y la otra se aferró a ella, dispuesto a trasladarlos a una superficie más mullida, unos golpes en la puerta pausaron todo movimiento.
—¿Alana?
La joven no respondió, y él pellizcó su costado, haciéndola reaccionar.
—Contesta o entrará —farfulló Hans.
—¿Sí? —Obedeció la chica y alzó la voz algo temblorosa.
—¿Te queda mucho?
Alana miró a Hans con los ojos muy abiertos. Este negó con la cabeza conteniendo la risa. Aquella situación le resultó tan surrealista como divertida, aunque ella no compartía el sentimiento; estaba aterrada.
—No.
—De acuerdo —chilló Virginia al otro lado de la madera que tenían a tan solo unos centímetros—. Si necesitáis un rato más…
—¡No!
El gesto horrorizado de Alana hizo que Hans soltara una carcajada sin poderse contener.
—Está bien, Vir —respondió él consciente de que la mujer sabía lo que estaba ocurriendo allí dentro o al menos lo intuía—. Ya bajamos.
—Vale —canturreó con voz entretenida, y escucharon cómo sus pasos, esos que no habían percibido al llegar, se alejaban escaleras abajo.
Hans miró a Alana, que respiraba con dificultad y lo observaba con las mejillas encendidas.
—¿Estás bien?
Alana intentó zafarse de su agarre. Él no lo permitió.
—Hans, suelta.
—Contéstame.
—Sí. No. —Gruñó muerta de vergüenza—. No, no estoy bien. Sabía que estabas aquí.
—No hemos sido demasiado discretos.
—Esto no puede volver a ocurrir, es una falta de respeto.
—Alana…
—No se nos puede ir la cabeza de este modo. Mientras estemos aquí, tú y yo no podemos…
—Alana —llamó su atención de nuevo.
—Hacer esto más. No podemos olvidarnos de todo ni de dónde estamos. No puedes besarme así y, por supuesto, no puedes cogerme en brazos y provocar que…
La boca de Hans silenció su diatriba, y los ojos de ella se abrieron un poco más, si es que eso era posible.
—¿Ya? —indagó él tras retirarse—. Alana, para. Deja de darle importancia. Somos adultos, que ella sepa que estaba aquí contigo o lo que estábamos haciendo no tiene ninguna importancia. Mírame. ¿Ves que me preocupe?
—No.
—Pues no debería preocuparte a ti. —La soltó con lentitud y los pies de Alana volvieron a tocar el suelo—.
Esperaré fuera mientras terminas de vestirte.
—Y, contradiciendo a su cuerpo y a la necesidad que sentía, le dio un beso en la frente y cerró los ojos, llamándose a la calma antes de abandonar la habitación.
Justo antes de salir, se giró—. Esto no ha terminado, mädchen.
Y aquella promesa fue directa a cada terminación nerviosa del cuerpo de Alana.