Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 24 El refugio
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24 El refugio

Un pasito más, sí se puede

Aún no se podía creer que hubiese tenido tan poco tacto y no paraba de preguntarse cómo no se le había ocurrido que, si cuando Hans hablaba de su madre siempre lo hacía en pasado, debía significar algo tan importante como aquello.

—Lo siento mucho.

—Ocurrió hace bastante tiempo.

Hans echó a andar alejándose de la moto, y ella lo siguió.

—¿Tanto?

—Tenía dieciséis años.

Alana dejó pasar unos segundos.

—Aun así, lo siento.

—Gracias. —Dejó ir un sonido parecido a una risa, aunque no lo fue—. Pero, de verdad, no pasa nada. No tienes que actuar siempre de un modo tan correcto, Alana. Sabes que conmigo no hace falta.

Aquella frase le tocó la fibra sensible, pues ella era la primera que sentía que en los últimos tiempos era la antítesis de la perfección, todo lo opuesto a lo que había sido siempre y de lo que su familia se vanagloriaba cuando la alababan frente a terceros.

Alana, la perfecta y responsable hija mayor.

Al ver la mueca que Hans le dirigía, puso los ojos en blanco y bufó.

—Eres idiota. ¿Te parece eso lo suficiente poco correcto o debo ser más explícita? —Hans soltó una risa sincera y continuaron caminando a un ritmo tranquilo—. ¿A dónde vamos?

—A donde nuestros pies nos lleven.

—Oh, venga, Hans —se quejó observando su perfil—. Deja las frases profundas para otro momento y volvamos a la casa, estoy cansada.

La mentira salió de los labios de la joven con una facilidad pasmosa, aunque él no la creyó ni por un segundo.

Hans, que sabía que estaba comportándose como un capullo, intentó frenar esa actitud y abrirse a ella, lo cual le costó un mundo, ya que su mente le gritaba que escapase de esa situación una vez más.

—No pretendía acabar aquí, pero me imagino que mi subconsciente ha decidido jugármela.

—Cogió aire con fuerza y hundió un poco los hombros cuando señaló con la cabeza—.

Llevaba sin venir mucho tiempo. No es fácil para mí…

Cuando murió llevaba sin hablarle varios días por una estupidez que en aquel momento me pareció un mundo.

La visión del ladrillo que cubría la fachada despertó recuerdos en Hans.

Trató de tragar saliva y le resultó imposible, ya que se le había formado un nudo en la garganta.

Malinterpretando el silencio de Alana, que aún no se había pronunciado y parecía ajena al esfuerzo que hacía despertando aquellos recuerdos, cerró por un segundo los ojos, inspiró profundo y se giró sobre sus talones con las manos metidas en los bolsillos.

—¿A dónde quieres que vayamos ahora?

La pregunta de él, que no detuvo el paso en ningún momento y ya rebasaba el vallado de la vivienda, desconcertó a Alana.

—Hans… Hans, ¡espera! —Él la ignoró, y ella corrió hasta alcanzarlo—. ¿Es que no piensas parar?

La cabeza masculina giró en su dirección y negó con un gesto.

—No, prefiero irme de aquí.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

Agarró su brazo para evitar que continuase andando, y ambos se detuvieron. Alana cogió aire y lo observó con mirada apesadumbrada.

—No sé cómo actuar ni qué decir sin que parezca que quiero consolarte, cuando en el fondo es lo que me gustaría hacer —admitió dejándole ver lo que sus palabras habían causado en ella—.

Aunque sí quiero darte las gracias por traerme aquí.

Imagino lo duro que debe de resultarte, lo que debes de sentir al recordarla y entiendo que no quieras hablar sobre ello.

Solo quiero que sepas que, si lo necesitas, estoy aquí.

Hans se giró y la observó.

En el fondo sabía que Alana no se merecía que proyectase su dolor en ella, sin embargo, era incapaz de no sentirse enjaulado en cierto modo.

Desde que había enfilado aquella carretera, una sensación de asfixia le comprimía los pulmones sin intención de abandonarle, y el contacto de la pequeña palma de ella sobre su brazo le quemó.

Necesitó moverse, salir de allí, de aquella calle, de aquel lugar, de ella…

Alana no se perdió ninguno de sus gestos, fue testigo de cómo Hans cerraba los ojos durante un par de segundos y cogía aire por la nariz, inspirando hondo.

Cuando volvieron a conectar las miradas, los labios masculinos compusieron una sonrisa de disculpa y, con delicadeza, rozó su mano y la separó de su extremidad, haciendo que Alana lamentase la pérdida del contacto con su cuerpo.

—Gracias, pero, de verdad, no quiero hablar de ella —admitió—. Y gracias también por acompañarme, sé que te da miedo montar en moto y, aun así, has venido.

—No me da miedo.

—Ah, ¿no?

Alana negó.

—No, es que mi padre dice que… —Interrumpió su explicación al ver la expresión de Hans—. ¿Qué?

—¿Siempre haces lo que te dice tu padre?

—Obvio que no.

—Al margen de esta vez.

—Es mi padre —se defendió.

—Eso no significa que sea tu dueño o que tenga la verdad absoluta. Lo sabes, ¿verdad?

Alana se detuvo y lo encaró.

—Me dice las cosas por mi bien. Claro que no es mi dueño, pero tiene mucha más experiencia que yo y quiere lo mejor para mí.

—¿Meterte miedo es «lo mejor para ti»?

—¡No me mete miedo!

—Alana, por favor…

—No quiero seguir manteniendo esta conversación.

—Está bien —dijo y retomó el paso.

El tono que utilizó la enervó, por lo que clavó los ojos en su espalda queriendo fulminarlo con ellos. Tan solo les separaban de la moto unos metros más cuando no pudo contenerse por más tiempo.

—«Está bien» —lo imitó y avanzó varias zancadas hasta alcanzarlo. Era asombroso cómo conseguía sacarla de quicio con unas simples palabras—. Es verdad que no tienes sangre en las venas. ¿Tan fácil te resulta siempre zanjar una conversación o lo haces solo conmigo?

—No te puedo obligar a hablar si no quieres, yo no soy tu padre, por mucho que tenga edad para serlo —rebatió él hiriente, y ella lo miró furibunda.

En el fondo, Hans creía que necesitaba despertar y permitirse desarrollar esa personalidad que reprimía entre capas y capas de corrección, perfección y buenas formas.

Caminó tranquilo sin perderla de vista, apretó los labios cuando ella pisó con brío el suelo, adelantándolo, y no pudo evitar curvarlos cuando la observó cruzar los brazos al llegar al lado del vehículo y esperarlo.

Se recreó en los últimos pasos, dotándolos de una parsimonia que crispó aún más los nervios de la joven. Descolgó el casco del manillar y se lo tendió, y ella lo aceptó en silencio.

—¿Te ha comido la lengua el gato, Alana?

—No, de hecho el último que me la comió fuiste tú —soltó sin pensar.

La carcajada de Hans, junto con la mirada que le dedicó, convirtió su enfado en otro tipo de emoción. Había sido grave, gutural y hambrienta o al menos así le pareció a ella y a todo su cuerpo, ya que este se había estremecido con la vibración del sonido sin poder hacer nada por impedirlo.

Se preguntó cómo era capaz de pasar de una emoción a otra con tanta facilidad.

A él no le pasó desapercibido el brillo en la mirada de la joven y cómo se ruborizaron sus mejillas.

—Cierto —susurró acercándose a su cuerpo. Le colocó el casco sobre la cabeza y abrochó el cierre bajo su barbilla. Aprovechando la quietud de la joven, deslizó un dedo por su cuello, recreándose en el tacto de su piel—. Y no te haces una idea de cómo me gustó hacerlo.

A ninguno de los dos le importó que su deseo quedase expuesto ante el otro, preferían lidiar con él a hacerlo con otros sentimientos menos agradables.

—Sí.

—¿Sí?

Alana tragó saliva y agradeció estar cubierta por el casco.

—Sí, me hago una idea de cómo te gustó hacerlo porque yo sentí lo mismo.

Hans se mordió el labio inferior y negó sin dejar de fijar los ojos en ella.

—Lo dudo.

Ella lo miró desconcertada ante la respuesta de su cuerpo. Era ver cómo aquellos labios algo castigados por el aire se curvaban, encendiendo el brillo travieso de su mirada, y todo su sistema se ponía en alerta, despertando del letargo en el que estaba sumido.

Parecía que daba igual si unos segundos antes hubiese deseado matarlo con sus propias manos. Aquella vehemencia en sus sentimientos la tenía desconcertada y maravillada a partes iguales.

Hans, por su parte, no imaginó una mejor forma de descargar toda la tensión que había acumulado en ese último rato que fundiéndose con su cuerpo. La necesitaba, era algo imperioso, y sabía que no podría aguantar mucho más tiempo sin dar un paso más.

La observó allí, a su lado, con esa mirada perdida, el ceño algo fruncido y los brazos cruzados contra su abdomen, y deseó besarla.

Montó en la moto y la puso en marcha.

—¿Vamos? —Le hizo un gesto, y Alana se subió tras él—. Agárrate bien.

Las grandes manos de Hans buscaron las más menudas de ella a su espalda y, una vez que las encontró, las guio haciendo que rodearan su cintura. Con premeditación, las posó encima de la liviana tela de su camisa y las apretó unos segundos, justo por encima de la zona donde acababa su pantalón.

Su erección presionó contra la tejido, aunque él la ignoró y tan solo se recolocó sobre el asiento.

—¿Lista? —le dijo girando unos cuantos grados el cuello hacia ella.

La caricia del pulgar femenino sobre su abdomen le sirvió como respuesta y giró el puño con fuerza sobre el acelerador.

La escuchaba murmurar desde el otro lado de la puerta, aunque sabía que se encontraba sola en la habitación.

Dudó en llamar, puesto que no sabía si quizá se encontraría hablando por teléfono, pero algo en el tono de la chica le hizo tocar con los nudillos sobre la madera, provocando que el sonido en el interior cesara.

—¿Sí? —Apreció el cambio en su voz y sonrió.

—¿Se puede?

Alana dejó pasar un par de segundos antes de contestar.

—¡Un momento! —Hans decidió obviar la petición y presionó el picaporte—. ¡Espera! Hans, ¡mierda…!

Alana se cubrió con la almohada y observó cómo él, tras recrearse en la imagen que le ofrecía, se tapaba los ojos.

Aquella maldita y deliciosa boca curvada le dejó claro lo divertida que le parecía la situación.

—Perdón.

—No lo sientes ni un poquito —refunfuñó—. Date la vuelta.

—Alana, te he visto en traje de baño y en ropa interior mojada en una ducha. Esto es absurdo.

Hizo el amago de quitar la mano que cubría su visión, y ella lo detuvo con una aguda advertencia.