23 Consejos
Y que todo arda…
Alana ya había apreciado algo sorprendente el día anterior cuando conoció a Virginia, y la mujer la miró con las manos apoyadas en sus mejillas, porque por un momento pudo sentir algo, la sensación de que con sus ojos era capaz de penetrar en el centro de su alma.
Sin embargo, fue en ese momento, sentadas la una frente a la otra a la mesa de la cocina, cuando tuvo la certeza de que su pensamiento no era en absoluto descabellado.
Cuando Vir la miraba, su cuerpo burbujeaba y se llenaba de luz. Se creaba una especie de conexión en su interior que provocaba que la pudiese sentir sonreír, aunque sus labios no se movieran, y eso era algo curioso, pues estos lo hacían mucho.
Llegó a la conclusión de que había miradas que traspasaban fronteras y tocaban el corazón, y aquella mujer poseía un don especial.
Ya llevaban varias horas en aquella casa.
La tarde anterior habían dado una vuelta los cuatro por la ciudad después de instalarse.
Recorrieron las animadas calles, cenaron algo y disfrutaron del ambiente donde las personas representaban diferentes escenas ataviadas con ropas de época y caracterizadas como hacía mucho tiempo atrás.
No regresaron demasiado tarde, pues Juan Carlos debía madrugar. Enterarse de que compartía profesión con su abuelo materno fue una bonita coincidencia, pues el marido de Virginia también formaba parte del cuerpo de Policía.
No obstante, a ellos les vino bien descansar de un día repleto de emociones.
Con Hans la cosa estaba algo fría; ambos mantenían las distancias. Rezó para que la mujer que tenía delante y que la miraba sin perderla de vista no se hubiese dado cuenta de lo que ocurría entre ellos.
—Echas de menos a tu familia, ¿verdad?
Alana asintió y miró la taza que tenía ante ella.
—He cometido algunas locuras y creo que he defraudado a mis padres.
Yo no suelo ser así, una rebelde que se escapa de casa o cosas por el estilo —admitió y, para su propia sorpresa, le narró una versión bastante resumida de cómo había llegado hasta allí.
Virginia la escuchó y se mantuvo en silencio cuando sintió que tan solo necesitaba recapacitar y retomar la narración; le resultó fácil abrirse de ese modo con ella.
Tras concluir el relato, no pudo evitar reflexionar sobre sus sentimientos.
»Es absurdo, pero me da la sensación de que estoy desperdiciando mi vida y tirando por la borda todo por lo que tanto me he esforzado y que ellos han apoyado.
No puedo evitar sentirme así, aunque no me guste e intente no prestarle demasiada atención a lo largo del día, porque en el fondo quiero estar aquí.
Bueno, aquí o donde sea, creo que me entiendes.
Su oyente afirmó con la cabeza con los labios curvados, sonriéndole con afecto.
—No es tiempo perdido, Alana, es tiempo aprendido.
—La muchacha frunció el ceño con sincero desasosiego—.
Los padres saben que los hijos tienen que volar por sí mismos llegado el momento, aunque a veces desearían evitarles la caída.
—Alargó la mano hasta agarrar la de ella, que reposaba en la mesa—.
Si la vida te ha puesto a Hans por delante, déjala fluir.
Si tu viaje acaba mañana mismo, ya sea porque lo decidas o por cualquier otro motivo, seguro que te llevarás una experiencia que recordarás durante mucho tiempo y un aprendizaje de vida, pero no dejes de disfrutar de lo que estás viviendo pensando en lo que dejas atrás, porque nunca se repetirá.
El resto ya vendrá, no empañes tu presente con lo que pueda ocurrir en un futuro.
—¿Crees que estarán enfadados conmigo?
Los ojos de la joven se ensombrecieron, y Virginia se encogió de hombros.
—No puedo saberlo, pero seguro que ellos sí conocen la respuesta. Quizá deberías llamarlos y hablar con ellos.
Alana titubeó.
—Me da miedo haberlos defraudado.
Una risa de Vir llegó hasta ella y, desconcertada, movió sus ojos de la taza a la cara de su acompañante.
—Ya entiendo por qué lo tienes en ese estado.
—¿Cómo? —Dudó sin querer darle alas a lo que estaba imaginando.
—Si hay algo que Hans valora por encima de todas las cosas es que la gente se muestre tal y como es ante él, sin dobleces ni engaños, sin embargo, me temo que no está acostumbrado a vivirlo demasiado a menudo y también creo que se le ha olvidado cómo debe mostrarse ante las personas que pueden ser importantes en su vida.
Alana se la quedó mirando, recapacitando en sus palabras.
Virginia se levantó y recogió ambas tazas vacías.
—Voy a ver si ha podido encontrar lo que le pedí.
Por la mirada que le dedicó, Alana supo que el rato que Hans llevaba en aquella buhardilla sí que había sido tiempo perdido.
—No hay ninguna carpeta azul que buscar, ¿verdad?
—Uf, estoy muy mayor y me parece que estoy empezando a perder la memoria. Quizá era verde…
La carcajada que soltó Alana cuando la mujer salió de la cocina la tomó por sorpresa.
Haciendo uso de la seguridad que le transmitió Virginia en aquel lapso de tiempo, cogió el teléfono del bolsillo trasero de su pantalón y buscó el número de su padre.
Dudó al marcar y, finalmente, se armó de valor y agarró con fuerza el aparato mientras este daba el tono de llamada.
No obtuvo respuesta y se avergonzó al escuchar su propio suspiro de alivio.
Lo intentó con su madre con idéntico resultado.
Fue entonces cuando probó suerte con su tía. Sabía que ella siempre solía estar disponible y, además, estaba al tanto de su situación, pues era con la única persona con la que había hablado sin contar a sus amigas.
Tamborileó con los dedos sobre la superficie de madera de la mesa y se enderezó cuando Alicia descolgó el teléfono.
—Hola, cariño.
—Tata…
Tragó saliva con un inesperado nudo en la garganta.
—¿Cómo estás?
—He llamado a mis padres, pero no he podido hablar con ellos, ¿sabes algo? —Hizo una pausa—. Tata, ¿están tan enfadados que por eso no me contestan?
Alicia se mantuvo en silencio unos segundos, y Alana temió su respuesta.
—Espera un momento, creo que tengo por aquí a alguien que puede responder a esa pregunta mejor que yo. Dame un par de minutos, por favor.
Contuvo la respiración mientras al otro lado del teléfono se escuchaba movimiento y, al final, cuchicheos.
—¿Alana?
—¿Mamá?
—Hola, mi vida. ¿Estás bien? ¿Me has llamado?
—Aquel tono preocupado y dulce, unido a los nervios que tenía acumulados en el estómago desde que había emprendido aquella aventura, la sobrepasaron.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas y, aunque intentó controlarlas, le resultó imposible no sollozar como una niña pequeña.
Qué absurda se sentía al creerse a salvo con tan solo escuchar a su madre.
»Eh, cielo —la animó esta con preocupación—. Mi vida, ¿dónde estás? Dime qué te ocurre.
—Estoy bien. —Intentó tranquilizarla entre hipidos—. Es solo que…
El llanto la silenció de nuevo.
—Alana. —Escuchó la voz de su tía—. Dinos dónde estás. Podemos ir a buscarte y…
—¡No! —exclamó sin pensar e inspiró hondo para repetirlo algo más calmada—. No. De verdad, estoy bien. Estoy con Hans y su familia en Villena, no hace falta que vengáis.
—Espera que busco en el GPS a cuánto está de…
La voz de su tía fue interrumpida por la de su madre.
—Alicia, mi hija es adulta y si dice que está bien y no quiere que vayamos, yo la creo.
La barbilla de la muchacha tembló.
—Gracias, mamá.
—Aunque debes prometerme algo. —La joven asintió con la cabeza incluso sabiendo que su madre no podía verla—. Estarás aquí para la celebración de los abuelos. No puedo imaginar no tenerte con nosotros en un día tan especial.
Alana hizo las cuentas, aún había tiempo.
—De acuerdo.
—Hans también puede venir, por supuesto —añadió algo forzada.
Alana soltó una risotada fruto de los nervios.
—No, mamá. No te preocupes. Él y yo no tenemos ese tipo de relación.
Una sensación poco agradable se instaló en sus entrañas al decirlo y no pudo evitar recordar cómo había extrañado dormir con él, incluso con la presencia de aquel muro congelado e invisible entre los dos.
Qué irónico que, tras solo unas noches, lo echase tanto en falta.
—De acuerdo. —Las siguientes palabras comenzaron con un leve titubeo que puso en guardia a Alana—.
Cariño, sé que eres prudente como para no necesitar que te diga esto, y que eres toda una adulta, pero ten cuidado, ¿vale?
Y, dado el caso, toma las precauciones necesarias. Soy demasiado joven para ser abuela.
Escuchó la risa de su tía y la respuesta similar de su madre ante su lamento.
—Oh, Dios mío, mamá —se quejó muerta de vergüenza.
—Te está diciendo algo muy lógico —la defendió la otra—. Si el «tipo de relación» que tenéis llega a ese punto…
—Por favor, tata. No hace falta que me expliquéis nada. Soy consciente de lo que estáis queriendo decirme. No debéis preocuparos por eso, de verdad —aseguró y volvió a ponerse seria al abordar lo que quería tratar desde el inicio de la llamada—. Mamá, ¿qué dice papá de mi escapada?
—Todo está bien, cariño.
—Tú tranquila —añadió su tía—, para cuando vengas, con un poco de suerte y un par de milagros de por medio, ya habrá entrado en razón. Tú, por si acaso, reza una plegaria cada noche. Tenemos que quemar todos los cartuchos antes de llamar al sacerdote para que le practique el exorcismo.
Alana sonrió ante la broma y, tras unos minutos más de conversación, finalizó la llamada con el compromiso de mantenerlas informadas sobre su paradero y la tranquilidad de que todo estaba bien.
Miraba el móvil a la vez que caminaba saliendo de la cocina cuando chocó contra algo cálido y vivo que olía más que bien.
Hans.
—Perdón —se apresuró a disculparse, retirándose un par de pasos hacia atrás.
—Perdonada —contestó con una leve sonrisa—. ¿Y Vir?
—Fue a buscarte hace un rato.
Hans escrutó a Alana. La joven se mantenía distante con él desde la tarde anterior y, a decir verdad, él no había hecho demasiado porque aquella situación cambiase.
Si debía ser sincero, no entendía del todo el sentimiento de protección que le nacía cuando la veía triste o apagada, como en aquel momento. Que sus emociones dependiesen del estado anímico de otras personas no era algo a lo que estuviese acostumbrado y no terminaba de saber gestionarlo.
Y Alana había llorado, sus ojos no podían mentirle.
Sin poder hacer nada por remediar el sentimiento que lo asaltaba, cargó con la responsabilidad de aliviar parte de su congoja, por lo que, sin pensarlo demasiado, le propuso lo primero que se le vino a la mente.
—¿Te apetece dar una vuelta con la moto?
Alana lo observó elevando ambas cejas.
Ya se había negado a montar en ella, y Hans no había insistido de nuevo hasta aquel momento.
No recordaba la cantidad de veces que su padre les había repetido a sus hermanos y a ella la cifra de muertes que ocurrían cada año por montar en «esos aparatos del demonio», como los llamaba, pese a las burlas de sus hijos, y, aunque siempre le había picado la curiosidad, en el fondo le daba respeto porque no estaba dispuesta a morir tan pronto.
Sin embargo, en aquella ocasión vaciló.
Dudó porque echaba de menos al Hans que compartía con ella momentos cómplices como los que vivieron en la isla.
Extrañaba sus risas despreocupadas, las lecciones de yoga al amanecer, su socarronería y que pasasen tiempo juntos.
Y era absurdo, ya que no habían transcurrido ni veinticuatro horas desde que habían estado así, pero de alguna manera el tiempo parecía magnificarse desde que decidió saltarse todas y cada una de sus propias reglas y embarcarse en aquella aventura.
Así que, cuando un buen rato después se apeó del vehículo, sintió como si sus piernas hubiesen sido sometidas al más estricto y eterno entrenamiento militar.
Notaba las extremidades muy pesadas y resentidas de la tensión.
Eso por no hablar de su mandíbula, que había apretado sin ser consciente durante todo el trayecto y que en ese momento le enviaba punzadas de resentimiento en forma de dolor.
—¿Te sientes bien? Estás muy pálida. —Se preocupó Hans al verla deambular con movimientos extraños a su alrededor a la vez que se quitaba el casco.
—Estoy bien.
Contuvo una mueca ante su tono crispado.
—¿Segura?
—Totalmente.
—¿Te pasa algo en las piernas?
—No.
—Pues cualquiera lo diría.
Alana se volvió hacia él y lo miró furibunda.
—¿Y a ti qué te pasa? —espetó furiosa—. ¿Tienes algún trastorno de la conducta o algo así?
—Que yo sepa, no.
—Pues cualquiera lo diría —rebatió imitando su tono.
—¿Qué se supone que he hecho ahora? —indagó sintiéndose aliviado al ver que la congoja en los ojos de Alana se sustituía por un creciente enfado.
Le servía, podía lidiar con su cabreo, pero no con su tristeza.
—¿Para qué preguntas si ya lo sabes?
—No, qué va.
La joven se le encaró y lo apuntó con un dedo.
—Me sacas de quicio, Hans.
—No es mi intención —la contradijo tranquilo—. Si me explicas de qué se me acusa podría…
—¡De volverme loca! —lo interrumpió elevando los brazos, exasperada—. Se te acusa de volverme loca, Hans.
—¿Loca en el buen sentido?
—Cállate.
Le costó un mundo sofocar la risa al ver el gesto que ella le dedicó.
Fue obediente e hizo lo que le había ordenado, sin embargo, no pasaron ni dos segundos cuando la voz de Alana volvió a invadir aquel trozo yermo de tierra donde estaban parados.
—Creo que me voy a volver andando. O, mejor, voy a aquella casa y pido ayuda, seguro que alguien se apiada de mí. Toma, ya no lo voy a necesitar.
La joven le tendió el casco, pero él no lo agarró. Alana esperó unos segundos y, al ver que no obtenía respuesta, se giró y lo descubrió mirándola con un gesto que no supo interpretar.
A Hans aquel duelo de respuestas le alivió en parte la carga que llevaba sobre los hombros, aunque las últimas palabras de Alana le afectaron más de lo que le hubiese gustado reconocer.
Él no era un tipo dado a compartir con la gente que apenas conocía aspectos importantes de su vida, pero en aquel momento sintió que debía hacerlo con ella, tenía que sincerarse para que lo entendiese de una maldita vez.
Era posible que Vir llevase razón con respecto a su nula capacidad para abrirse a los demás, sin embargo, perdiéndose en los ojos encendidos de ella, supo que quería hacer un esfuerzo e intentarlo.
Meditó su siguiente frase y no supo cómo ordenar las palabras, por lo que tan solo cerró los ojos y las dejó salir.
—Aquella casa era nuestro refugio. —Abrió los párpados y pudo ver un destello de comprensión en la mirada que Alana le dedicó—. Nadie vive en ella desde hace muchos años.
—¿Por qué? —preguntó con la voz ahogada, intuyendo la respuesta.
—Porque mi madre está muerta, y yo no pude soportar estar ahí sin ella.