22 Villena
Prender la mecha
El trayecto duró menos de una hora, tiempo en absoluto suficiente para que Alana se crease la máscara de indiferencia con la que pretendía afrontar aquel momento.
Durante todo el camino se estuvo reprendiendo por crearse falsas esperanzas. ¿A quién quería engañar? ¿A ella misma? ¿Hasta qué punto llegaba su enajenación mental? Ella no solía dejarse llevar de ese modo; por lo que, entonces, ¿qué le pasaba?
Sabía que su historia con Hans era casi imposible. Ambos tenían sueños muy diferentes, sus metas en la vida no tenían nada que ver y, para colmo, no debía olvidar los trece años de diferencia que se interponían entre ellos.
¿En qué momento le pareció buena idea permitir que se metiera en su mente?
Alana sabía la respuesta a aquella pregunta, en el mismo instante en el que lo conoció de verdad y descubrió esa esencia que desprendía.
Hans era despreocupado, aunque cuidaba de ella, se trataba de un hombre pacífico, reflexivo, que conocía mundo y tenía pensamientos bastante profundos; también era enigmático de un modo inquietante.
Un alma libre, un trotamundos que vivía tanto los lugares que visitaba que parecía que todos guardasen un trocito de su esencia y le pertenecieran un poco.
Lo más perturbador de todo era que no solo se hacía dueño de sus pensamientos, sino que también había embaucado a su corazón e invadido su cuerpo, porque, pese a que lo que habían hecho hasta entonces no se podía considerar una invasión como tal, haber tenido la boca de Hans enredada en la suya y sentir esa necesidad de él era más que suficiente para que lo sintiera así.
Alana no era dada a regalar aquella confianza a la mínima de cambio, de hecho, su amiga África a veces bromeaba por su nula vida sexual.
Bien, pues con Hans esa necesidad carnal había despertado a lo grande, trayendo consigo una marea revuelta, pero a la vez cálida, que la tenía desbordada.
Su cabeza tenía tal caos que, a la misma vez que se reprendía y lamentaba, se preguntaba por qué demonios no podía dejar de pensar y disfrutar de aquella experiencia.
¿No era eso exactamente lo que se propuso con aquel viaje?
No podía permitir que el primer acto de rebeldía que cometía en su vida, sin contar aquellas veces en las que se había maquillado a escondidas de su padre siendo una adolescente o lo del tatuaje a sus dieciocho años con sus amigas, se fuese por la borda así como así.
En efecto, debía dejar de darle tantas vueltas a todo e intentar disfrutar mientras durase. Ya tendría tiempo de pensar cuando volviese a su apartamento y a aquella realidad que la esperaba.
Con determinación, se dijo que se centraría en el momento que estaba viviendo.
—Bienvenida a Villena. —La voz masculina la sacó de sus pensamientos.
Alana miró alrededor, siendo consciente de dónde se encontraban por primera vez desde que comenzaron el viaje.
Hans observó con una sonrisa cómo oteaba el entorno. Había respetado su silencio durante el breve trayecto, sabía que Alana era una persona que se perdía con facilidad en sus pensamientos, por lo que se centró en el camino y en la melodía que sonaba a un volumen bajo por los altavoces.
Hans solía evitar las carreteras principales, le gustaba descubrir lugares y paisajes que no se podían disfrutar en una autopista, no obstante, en aquella ocasión no había dudado a la hora de tomar la ruta más corta, ya que debían llegar lo antes posible.
El lugar estaba en plenas fiestas patronales y sabía lo complicado que le iba a resultar estacionar a Iris en un sitio cercano a la casa de Vir, aunque para alguien que conocía aquellas calles no era imposible del todo.
Virginia… La echaba de menos. Había retrasado demasiado su vuelta y, en el fondo, deseaba rodearse de alguien más que no fuese su mädchen .
Estar con ella a solas aquellas más de setenta y dos horas había provocado que la muchacha acaparase cada uno de sus pensamientos, por lo que estaba seguro de que aquellos días allí le servirían para «desintoxicarse» de ella.
¿Desde cuándo permitía que alguien cobrase tanta importancia en su interior? Hans sabía la respuesta: desde nunca.
Cuando su madre se marchó tan solo permitió que Virginia continuase allí dentro; el resto de personas que habían llegado a su vida tan solo merodearon por los alrededores de su alma, puesto que el acceso a esta se encontraba más que clausurado.
Sin embargo, Alana, con aquella mirada vulnerable, pero decidida, esa responsabilidad que a veces rayaba en lo absurdo, una sensatez poco propia de alguien de su edad y aquella aura cargada de bondad y de ansias de aventuras, de algún modo encontró una pequeña grieta en su coraza impenetrable y se estaba haciendo dueña de todo lo que rozaba a su paso.
—¿Villena? —preguntó la chica sin dejar de observarlo todo cuando se bajaron del vehículo.
Las banderolas e iluminación que colgaban por encima de sus cabezas, así como el ambiente que se respiraba en la calle, dejaba más que claro que estaban de celebración. Le encantó.
Alana amplió la sonrisa y lo siguió, colgándose su mochila al hombro.
—Es el lugar donde nació mi madre y donde nos instalamos cuando regresamos de Berlín.
—Ella fijó la vista en él, y Hans pudo ver cómo sus ojos brillaban con un sentimiento que no supo terminar de interpretar.
Se mostró dubitativo a la vez que giraba en una esquina—.
Te conté aquella historia. Después de morir mi padre…
—La recuerdo —lo interrumpió—. Este fue vuestro refugio.
La piel de Hans se erizó ante aquellas palabras y el hecho de que ella recordase con exactitud cómo lo había llamado. En efecto, allí estaba su casa, el refugio de su madre y de aquel niño que no entendía demasiadas cosas que le había tocado vivir.
Se mantuvieron en silencio a la vez que continuaron caminando.
Acababan de adentrarse en una plaza adoquinada cuando, de un edificio con la fachada amarilla y regias molduras blancas, les salió al encuentro una mujer de cabello oscuro y corto, delgada como un junco y que desprendía energía con cada movimiento.
—¡Hans! —chilló abalanzándose sobre él y salvando los escalones que los separaban.
Él la recibió gustoso, uniéndose a sus carcajadas y fundiéndose en un abrazo compartido. La alzó del suelo y giró con ella en brazos.
La mujer reía y lloraba a la vez.
Alana, que escuchó el chillido femenino y era espectadora del momento, sintió algo áspero reptar por su columna vertebral.
Decidió obviarlo y componer la mueca alegre que tenía más que ensayada.
Se mantuvo así hasta que la pareja se separó, y no le pasó desapercibido cómo Hans limpiaba las mejillas de la mujer con cariño.
—Estás más delgada —recriminó sin dejar de sonreír—. Voy a tener que hablar seriamente con Juan Carlos.
—Déjate de gilipolleces y olvida a mi marido, que bastante tiene ya con aguantarme —soltó la mujer con una risotada.
Alana dejó escapar el aire que había estado reteniendo al escucharla—.
Estoy igual que siempre, solo que más vieja y arrugada, aunque como hace tanto tiempo que no vienes a verme se te olvida.
La recién llegada reparó entonces en Alana, que los observaba con una mueca un tanto constreñida.
La mano de la mujer voló rauda al bíceps de Hans y le dio una palmada.
—¿Por qué no me dijiste que venías acompañado? ¿No piensas explicarme quién es esta preciosidad?
—Claro. —Sonrió él—. Iba a hacerlo en cuanto me dejases de reñir, «mamá» —le contestó con retintín y miró a Alana sin borrar el gesto de felicidad, señalándola con la mano—.
Te presento a Alana, una buena amiga. Alana, ella es Virginia, la única persona que me aguanta y, para sorpresa de todos, me quiere.
—Calla —lo amonestó la aludida.
—Encantad…
Alana se vio sorprendida por el abrazo de la mujer, el cual no esperaba en absoluto, por lo que no pudo ni terminar la frase. No supo qué hacer con sus brazos y, tras unos segundos sintiéndose rodeada por aquel cálido gesto, la mujer se separó y la escrutó sonriente.
Alana pudo observarla más de cerca y se fijó en las marcas en las comisuras de sus labios y sus ojos.
Intentó encontrar similitudes entre ambos, pero no las halló en ese rápido vistazo.
Las manos nervudas de la mujer se posaron en sus mejillas y la miró a los ojos, provocándole un extraño y fugaz bienestar con su escrutinio.
—Solo hay que mirar profundo para lograr entender lo simple —le dijo.
La sonrisa en la boca de la joven titubeó ante aquella extraña frase susurrada y, por un momento, se sintió expuesta, sin embargo, un carraspeo masculino la hizo volver a la realidad, sonriendo en respuesta.
—Encantada de conocerla, Hans me ha hablado mucho de usted.
La mirada del susodicho se posó en ella con extrañeza, sin entender por qué mentía, ya que él jamás le había hablado de Vir.
No supo qué pretendía, pero no tardó demasiado en descubrirlo.
—No me trates de usted. —La exigencia en sus palabras chocó con lo afectada que parecía la mujer—. Vaya, ¿te ha hablado de mí? Eso sí que no me lo esperaba.
—¿Cómo no iba a hacerlo? Eres su madre.
La carcajada que soltó Virginia hizo eco en la plaza en la que se encontraban, y Alana se quedó algo pasmada por su reacción. El sonido, a caballo entre un gruñido y un bufido que escapó de la garganta de Hans, le hizo girar la cabeza en su dirección.
La joven no estaba entendiendo nada de todo aquello y su gesto así lo demostró.
—Ella no es mi madre —dijo él serio.
El ceño fruncido de la chica conmovió a la mujer, que se apiadó de ella. La agarró del brazo con cariño y se arrimó en un gesto cómplice.
—Por supuesto que no lo soy. Te aseguro que, de haber tenido hijos, estos habrían aprendido de su madre a cómo dominar sus emociones y las situaciones que escapan de su control, en vez de parecer un perro mojado y cabreado con su dueño por no darle una chuche —dijo en tono jocoso sin dejar de mirar a Hans—.
Vamos, venid conmigo a casa, esto está empezando a llenarse de gente por la representación de las seis.
Alana, que no prestó demasiada atención a aquella información, se quedó algo cortada tras la mirada que le dedicó Hans al retomar la marcha. ¿Es que acaso estaba enfadado con ella?
Como una marioneta en manos de la otra, continuó su avance mientras su mente no dejaba de trabajar.
A solo unos pasos por detrás, él intentaba digerir sus emociones. Cierto era que consideraba a la mujer como a una madre desde hacía muchos años, aunque ante las palabras de Alana había notado un regusto amargo al final de la garganta que le hizo tragar con dificultad.
Sin saber con exactitud qué le ocurría, y por qué actuaba así cuando ella no tenía la culpa de nada, se sintió mal por haberse comportado como un neandertal tras su comentario.
—¡Juan Carlos! —voceó la anfitriona nada más traspasar la puerta—. ¡Tenemos visita!
El susodicho, con la cabeza rapada, alto, de cuerpo fornido y grandes ojos marrones, salió de una puerta y los interceptó en la entrada.
—¡Hombre! ¡Qué alegría! Ya pensábamos que no venías.
La exclamación precedió a nuevos abrazos y presentaciones y, para cuando se quiso dar cuenta, Vir los instalaba en las que serían sus habitaciones y se marchaba escaleras abajo con su marido.
Se excusó con Hans, que la miraba expectante, y alegó querer despejarse un poco del viaje y entrar en el aseo, sin embargo, la realidad era que necesitaba algo de soledad para digerir todo lo que había ocurrido.
No obstante, cuando se sentó sobre la cama y suspiró, tras el sonido de unos nudillos en la puerta, alzó la cabeza e intentó recomponerse.
—¿Se puede?
—Claro, pasa.
Hans lo hizo y cerró tras él.
Alana se lo quedó mirando, esperando saber por qué se encontraba allí cuando estaba más que claro que estaba molesto.
—¿Estás bien?
—No demasiado —contestó ella con sinceridad—. ¿Y tú?
—No demasiado.
Él se acercó hasta su posición y se sentó a su lado en el colchón, apoyando los antebrazos en las rodillas y colando las manos unidas entre sus piernas.
—Te sientes incómoda estando aquí —vaticinó.
Alana miró al frente y meditó sus próximas palabras. El hecho de que él no la estuviese mirando le confirió algo de aplomo al responder.
—No te voy a negar que me he planteado volver a la furgoneta y quedarme allí hasta que decidas reemprender la marcha, sin embargo, no me siento incómoda estando aquí, sino con esta situación.
—Giró la cabeza, y ambos conectaron las miradas—.
No sabía a dónde venía ni para qué, tampoco a quién conocería, y la verdad es que en el fondo me daba igual porque estaba contigo; sin embargo, cuando he visto cómo te ha molestado que confundiese a Virginia con tu madre, me he arrepentido de no haberte preguntado antes muchas de mis dudas y así evitar meter la pata.
—No estoy molesto contigo.
—Hans, si te soy sincera, no entiendo nada.
Él suspiró y agachó la cabeza. Sabía que se encontraban en aquella situación por no haber sido claro con ella, sin embargo, no podía abrirse de esa forma; en realidad, no sabía hacerlo.
—Lo siento —se limitó a contestar y se levantó de la cama, imponiendo una distancia no solo física entre ellos. Alana lo miró y se mantuvo en silencio—. Sé que me he comportado como un idiota y es normal que estés molesta conmigo. Lo siento.
Hans no permitió que ella respondiera y salió de la habitación cerrando con cuidado tras de sí.
Alana se preguntó cómo demonios habían pasado de la complicidad e intimidad que habían compartido en la habitación de aquel pequeño hotel en la isla a aquella distancia y frialdad, y la respuesta que se formó en su cabeza no le gustó en absoluto.