21 ¿Jugamos?
Tu cuerpo desnudo y otras maneras de ser feliz
Alana se movió sobre el colchón buscando de manera instintiva el cuerpo de Hans, pero, al no dar con él, algo en su cerebro la alertó, sacándola del sueño en el que estaba sumida.
Sonrió de anticipación al escuchar el sonido del agua precipitarse sobre el suelo y supo lo que sus ojos verían antes incluso de abrirlos.
La noche anterior ninguno de los dos había hecho uso de la ducha, ya que estuvieron demasiado entretenidos el uno con el otro como para separarse los escasos metros que distaban entre la cama y el húmedo habitáculo, sin embargo, Hans parecía estar llevando a cabo su promesa, sin importarle la poco discreta situación.
Alana se puso de lado sobre el colchón, del todo despierta tras dejar a su cerebro vagar por los recuerdos de las caricias y los besos de Hans, y se deleitó con la visión de parte del cuerpo masculino en todo su esplendor.
Desvió los ojos, pues su conciencia la reprendió diciéndole que aquello no estaba bien, y se odió tanto cuando el pensamiento de hacer lo correcto asaltó su mente que volvió a centrar su mirada en el hombre.
La piel morena de su trasero era tan solo un tono más pálida que la del resto de su cuerpo, conservando ese brillo tostado tan característico en él. Aquella curva de su anatomía, que se alzaba orgullosa recibiendo la cascada de agua, dejaba en evidencia que se encontraba en plena forma.
Hans tenía un aspecto atlético y bien parecido y, aunque su musculatura se marcaba con cierta definición, no lo catalogaría como corpulento.
Su cuerpo parecía tener un equilibrio perfecto entre la resistencia y la elasticidad.
Y tenía un culo espectacular.
Se fijó en cómo sus manos arrastraron el agua desde el inicio de su cabello hasta la nuca. Tras esto, agachó la cabeza y se apoyó con las palmas en la pared del reducido habitáculo.
Hans mantuvo los ojos cerrados, disfrutando de la sensación del agua caliente sobre su piel, destensando sus músculos, liberando su frustración y activando su cuerpo.
No siempre podía disfrutar de aquel lujo tan cotidiano, así que se recreó en el momento, ajeno a la mirada de Alana, que, sentada en la cama, no perdía detalle de cada uno de sus movimientos.
Cuando se giró, y la descubrió observándolo con descaro, una sonrisa escapó de sus labios.
—Buenos días —la saludó sin pudor haciéndose oír sobre el ruido del agua.
—Muy buenos.
La voz de ella sonó rasposa.
Con algo de dificultad, Alana desvió la vista desde la entrepierna masculina hasta los divertidos ojos de su dueño, y tuvo que hacer grandes esfuerzos para no volver a dirigir la mirada a aquel punto tan interesante de su anatomía.
—¿Te quieres unir?
La voz de Hans tenía un deje divertido. Alana negó con la cabeza sin dejar de observarlo, y él, ante la negativa, le guiñó un ojo y continuó con su aseo personal.
El repaso al que estaba siendo sometido se concentró esa vez en sus labios; estos se abrieron para recibir el agua de la ducha y, un momento después, la dejó caer.
Se trataba de los mismos labios con los que Alana había fantaseado, los que habría podido sentir deslizarse sobre su cuerpo si ella hubiese querido, haciéndola gemir y retorcerse de placer.
No pudo evitar rememorar un momento exacto de la noche y transportarse a él, reviviéndolo de nuevo.
—Juguemos a un juego.
La mano de Hans se movía sobre su muñeca trazando círculos mientras cenaban en la pequeña mesita de la terraza. Aquel gesto la estaba volviendo loca, ya que habían estado besándose durante un buen rato justo antes de que llegase la cena y, al separarse, ambos respiraban con dificultad.
—¿Cuál? —preguntó Alana.
—Puedes elegir entre sueño, miedo o deseo, y yo tendré que contestar a lo que hayas elegido.
—¿Te lo acabas de inventar?
—Digamos que es una versión remasterizada de un juego de mi adolescencia, allá por el pleistoceno.
Alana soltó una carcajada.
—Vale. —Se acomodó en la silla, enfrentándolo, y apoyó la cabeza sobre el respaldo—. Elija lo que elija, no puedes negarte.
—Tú tampoco podrás. —Se la devolvió y el gesto de ella lo hizo sonreír—. No te preocupes, no tienes que contar nada que no quieras. Algo habrá por ahí que no sea inconfesable, ¿no?
—Está bien.
—De acuerdo. —Acarició con la yema de su pulgar el labio femenino, hinchado por sus besos. Estos se abrieron ante el contacto—. Empieza tú.
Alana tuvo que tragar saliva cuando la mano de Hans se retiró de su boca. Le costó poner su cerebro a funcionar de nuevo.
—¿Cuál es tu mayor miedo?
Hans la observó pensativo durante un instante.
—Empiezas fuerte… Veamos. —Se irguió sobre la silla y lo meditó durante unos segundos—.
Creo que sentir, cuando esté al borde de la muerte, que no he vivido la vida que quería.
No hay nada que me dé más miedo que pensar en marcharme sin haber disfrutado de cada minuto y haber compartido mi felicidad con el mundo.
Alana asintió tras un instante.
—Muy tú.
—Supongo. —Se encogió de hombros.
—Te toca.
—Deseo —anunció sin titubear—. ¿Qué desea Alana sobre todas las cosas?
Formuló la pregunta con una voz que intentó que sonara sensual, sin embargo, ella frunció el ceño y movió los ojos por la estancia, mirando sin ver y buscando la respuesta a su pregunta en las paredes encaladas de la terraza.
A Hans le divirtió ver lo en serio que se estaba tomando aquel juego que había iniciado a la desesperada, intentando centrarse en otra cosa que no fuese colgársela al hombro, entrar de nuevo en la habitación y pasar de los besos a la verdadera acción.
—En el sentido trascendental de mi vida, deseo tener estabilidad financiera y la formación suficiente para poder convertirme en socia de mi padre. —Él la miró con ambas cejas alzadas y echó la cabeza hacia atrás, dirigiendo su vista al techo—. ¿Por qué sonríes?
Los ojos de él se fijaron en los femeninos, que lo observaban con una mezcla de curiosidad y vulnerabilidad que le provocó un pellizco en el abdomen.
—¿Puedo serte del todo sincero?
—Sí.
Hans asintió y se incorporó, fijando la vista en ella.
—Sé que tienes muy claro tu futuro, y eso está bien, es del todo lícito, pero me choca que con veinte años…
—Veintiuno —lo interrumpió y corrigió.
—Veintiuno —rectifico dándole la razón con un gesto de la cabeza—. Me choca que con veintiún años alguien te pregunte por tu mayor deseo, y tan solo pienses en esa posibilidad, sin contemplar nada más.
—¿Y eso está mal?
—No, pero ¿alguna vez te has planteado otras alternativas?
Alana se lo quedó mirando algo seria.
—¿Como cuáles?
—No soy quién para contestar a esa pregunta, se supone que son tus deseos, tan solo me da la sensación de que esos sueños un tanto idílicos están condicionados por alguna necesidad consecuente de tu mente, pensando sobre todo en tu familia y sus expectativas, no en ti.
La respuesta de Hans terminó de enfriarla.
Alana desvió la vista y se llevó un trozo de lasaña a la boca. Se entretuvo en darle vueltas al contenido de su plato, y Hans no rompió el silencio, intuyendo que necesitaba ese tiempo para pensar en lo que le había dicho.
—Sí que quiero trabajar con mi padre. No es el deseo de nadie más que el mío. Desde que empecé la carrera tuve esa meta —reconoció girándose hacia él.
—Está bien.
—Y ¿por qué piensas que no?
—No es eso, pero por lo poco que te voy conociendo me da la sensación de que eres una persona que se desvive por agradar a los demás y hacerlos felices.
Alana frunció el ceño.
—¿Es que acaso eso es malo?
—En absoluto, siempre que tengas claras tus propias necesidades y no antepongas las de los demás a las tuyas.
—No me arrepentiré de ello cuando esté al borde de la muerte, tranquilo —contestó mordaz.
Hans sonrió y asintió con la cabeza a la vez que se levantaba de la silla y se despojaba de la camisa, dejando su torso al descubierto.
Aquello la distrajo un momento. No era la primera vez que lo veía así, de hecho, casi siempre que habían coincidido él se mostraba medio desnudo, no obstante, sintió la boca seca cuando se volvió a sentar junto a ella.
—Tu turno —la animó con los labios curvados.
Ella asintió tras unos segundos mirándolo embobada.
—Está bien. ¿Cuál fue tu mayor deseo cuando eras un niño?
Hans, que en un primer momento pensó que le preguntaría algo que lo hiciese sentir la misma incomodidad que ella había padecido un momento antes, se quedó pensativo.
Alana tuvo que apretar los labios con diversión al verlo devanarse los sesos.
—¿De qué te ríes? —La escrutó con mirada acusadora al ver el brillo divertido en sus ojos.
—¿Tienes pérdidas de memoria ya?
—Muy graciosa, jovenzuela —bromeó. Cuando retomó su discurso, Alana lo observó asombrada—.
Desde los nueve años quería un maletín de maquillaje.
Por supuesto, nunca lo tuve, eran otros tiempos y nadie iba a regalarle a un niño algo así.
Desde que nos mudamos de Alemania, mi madre no volvió a maquillarse jamás y en mi inocencia pensé que así podría ayudarla a que estuviera más feliz, tal y como lo había estado cuando él vivía.
—Hans…
—No te preocupes. —Cambió el tono, obligándose a separarse de aquellos recuerdos—. No te robaré tu neceser, por si acaso al espíritu de tu hermana Carolina le da por invadirte.
Alana no prestó atención a la broma ni al hecho de que hubiese recordado un detalle tan exacto de aquella conversación que habían tenido frente al cuadro de su apartamento, ya que no pudo evitar que algo se encogiese en su interior al imaginarlo siendo tan solo un niño y con aquellas carencias; con la necesidad de hacer sentir mejor a su madre, anteponiendo sus necesidades y teniendo que asumir que su padre nunca volvería y que ya solo serían ellos dos frente al mundo.
Le costó ubicarse en una situación parecida, puesto que su familia era numerosa y no podía concebir una estampa similar, no obstante, eso no evitó que el corazón se le apretase lleno de aflicción.
—Ahora me toca a mí. —Hans se le acercó y la dirección de sus pensamientos cambió cuando observó un destello de deseo en sus ojos. Alana tragó saliva, notando que el ambiente, con una facilidad pasmosa, volvía a caldearse en una milésima de segundo—. Elijo deseo. Cuéntame tu último sueño erótico.
Los ojos de Alana se abrieron, y él aguantó una carcajada.
—Ni de coña.
—Te prometo que todo lo que está pasando aquí se quedará aquí. Cuando nos marchemos de la isla haremos como si nada de lo hecho o dicho hubiese ocurrido.
Negó con la cabeza. Por nada del mundo iba a admitir que su último sueño erótico había sido con él, así que volvió a besarlo, y él dio por válida aquella respuesta.
Podría haber asegurado que aquella noche darían un paso más, pues sabía que Hans estaba más que dispuesto, sin embargo, no fue así, y no podía afirmar que hubiese sido gracias a ella, ya que le había puesto las cosas difíciles rogándole un beso tras otro.
Sin embargo, ahí estaba el susodicho en aquel momento, paseando su figura tan solo cubierta por una toalla sobre las caderas, moviéndose de aquí para allá por la habitación.
Aquella visión le secó un poco más la garganta.
—Pareces sofocada… ¿Tienes calor?
—No es nada.
A Hans no le pasó desapercibido cómo las mejillas de Alana lucían un intenso color rosado y quiso torturarla un poco.
—Una ducha puede obrar maravillas. Prometo no mirar.
Él le guiñó un ojo, convencido de que le soltaría alguna respuesta evasiva y declinaría su oferta. Cogiéndolo desprevenido, ella le estampó la almohada sobre el pecho y saltó de la cama, despojándose de la camiseta y quedándose en ropa interior ante él.
Tras eso, le sacó la lengua y se metió en la ducha.
Alana sintió los ojos de él sobre su cuerpo durante todo el tiempo que el agua caía sobre ella. No quiso pensar qué hubiese ocurrido de haberse desnudado por completo, ya que la actitud de Hans se asemejó de forma peligrosa a la de un león a punto de atacar a su presa.
Y, cuando unas horas después bajaron del barco, Alana supo que lo que había ocurrido en aquella isla, aquel acercamiento tanto físico como emocional, marcaría de alguna manera el destino de ambos.
La actitud que mantuvieron lo certificó, ya que, durante todo el tiempo que estuvieron preparando la furgoneta para emprender el viaje, cruzaron miradas cargadas de significado.
Alana suspiró al abrocharse el cinturón y observó cómo Hans se ponía las gafas de sol.
—¿Lista?
—Eso creo.
—¿Ya has borrado tu memoria?
—No sé a qué te refieres.
Ambos compartieron una sonrisa cómplice. Él le guiñó un ojo a la vez que arrancaba el vehículo.
—Pues vámonos, y espero que estés preparada, porque en un rato vas a conocer a la mujer más importante de mi vida, que aguanta mis ausencias y me quiere sin condiciones.
Esas palabras hicieron que el corazón de Alana se replegase sobre sí mismo, atrincherándose tras los restos derruidos de las murallas que antaño habían estado erigidas para evitar salir dañado.
Hasta aquel momento no se había preguntado hasta dónde se había colado Hans en su interior.
Justo en aquel instante lo supo.