20 Yo invito
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida
Aquel trozo de tierra perdido en el medio del mar podría haber sido una minúscula e insignificante mota de polvo en comparación a la inmensidad del planeta tierra, sin embargo, para Alana significó un antes y un después.
Lo significó todo.
La caída de las barreras erigidas, el conocimiento de que no podía luchar por algo que crecía a pasos agigantados dentro de ella y la certeza de saber que el destino los había unido por alguna razón.
El hecho de que ambos estuviesen dispuestos a descubrirlo juntos tendría que decir algo, ¿no?
Su mente, de forma silenciosa, había ido sembrando semillas conforme fueron sucediendo esos pequeños gestos de él hacia ella; miguitas de pan desfilando en un reguero del que ella no había sido consciente y que en aquel momento, justo en aquella isla, habían germinado al mirarlo y darse cuenta de cómo los ojos masculinos brillaban al contemplarla emocionada.
Observándolo, por su cabeza desfilaron algunos de los recuerdos en los que aseguró que jamás tendría una relación con alguien más mayor.
«Quién me ha visto y quién me ve», rio para sí misma.
Años atrás había odiado el modo en el que su padre llamaba la atención de sus amigas y esa situación dio pie a numerosos enfados con ellas.
Había dictado sentencia en contra de la diferencia de edad entre parejas, tan solo basándose en su experiencia, que era ninguna.
Sin embargo, a sus veintiún años podía asegurar haberse dado cuenta de que todo aquel discurso rayaba en lo absurdo, pues la edad parecía resultar tan solo una cifra anclada a la razón a la que el corazón no prestaba la más mínima atención, ya que no le interesaba.
—Podemos quedarnos esta noche —anunció Hans.
—¿Aquí? —preguntó emocionada.
Él asintió jugueteando con sus anillos, y Alana se detuvo a mirar a su alrededor, dándose cuenta en aquel instante de la calma que comenzaba a reinar en el lugar.
Hans tenía razón, cuando todos los turistas se marchaban de la isla se respiraba una tranquilidad muy reconfortante.
Se sintió muy agradecida de que la hubiese llevado hasta allí y lo miró sonriente ante la perspectiva de pasar la noche en aquel lugar y nada menos que con él.
No obstante, la sonrisa se le congeló en el rostro al caer en un detalle en el que no había reparado. Un detalle pequeño, pero muy importante.
—Solo he traído mi identificación y algo de dinero suelto, no creo que me llegue para pagar el alojamiento.
—Invito yo.
Alana lo escrutó frunciendo el ceño.
Sabía que Hans vivía al día, él mismo se lo había dicho cuando le explicó sus diversos métodos para ganarse el sustento. En aquello eran tan diferentes como la noche y el día, así que era consciente de que un gasto como aquel supondría una merma considerable en su economía.
Y se sintió culpable.
—Te daré mi parte en cuanto volvamos con Iris.
Hans se giró para observar el rostro de la joven. Se sintió absurdo, pero, el hecho de que mencionase el nombre del vehículo como un ente propio, tal y como él hacía, le gustó.
Pellizcó su pequeña nariz y le sonrió con calma.
—Vamos.
Sin darle la importancia que ella sí le estaba otorgando, la agarró de la mano para ayudarla a bajar de la muralla y no la soltó durante todo el recorrido entre las callejuelas empedradas de casas bajas.
El aroma de las flores esparcidas por las fachadas y la luz cálida de las farolas los acompañó, embriagándolos.
No sin dificultad encontraron una habitación libre en un pequeño hostal, bastante sencillo, pero encantador.
Decidieron alquilar un solo dormitorio, pues, como ya habían dormido juntos esas noches atrás y a ninguno de los dos le suponía un problema, no quisieron hacer un gasto mayor.
Sin embargo, cuando Alana entró y descubrió que la ducha se encontraba integrada en la habitación y que tan solo los separaría de la vista del otro una mampara de cristal, translúcida y sin una mota de cal, sintió cómo la sangre se le agolpaba en las mejillas y estas ardían ante la perspectiva de lo que su imaginación recreaba descontrolada.
Intentó serenar su respiración antes de volverse hacia él. Le resultó imposible.
—¿Qué pasa? —indagó Hans, que, al seguir el curso de su mirada, fue incapaz de contener una sonrisa—. Anda, pues parece que al final sí que voy a descubrir el misterio.
—¿Qué misterio?
Ella giró la cabeza, dándose cuenta de su semblante divertido. El gesto que realizó, con aquella mueca canalla y señalando la ducha, terminó por aclarar a qué se refería.
—El de tu tatuaje.
—No pienso entrar ahí.
—¿No? Si vivieras durante más tiempo en un lugar sin ducha, te aseguro que no la despreciarías tan a la ligera.
—¿Tú vas a utilizarla?
—Por supuesto. La higiene es primordial.
—¿Estás hablando en serio?
—Totalmente.
—Pero… se ve.
—Ya me he dado cuenta.
—Te voy a ver —recalcó, por si no le había quedado claro.
—Solo si miras.
Le guiñó un ojo mientras se desprendía de los botones de la amplia blusa, desnudándose ante ella.
Alana lo observó atónita, sin llegar a creerse que de verdad fuese a llevarlo a cabo. Era consciente de que él no tenía ningún pudor, ya que se bañaba desnudo en la playa cada mañana, no obstante, aquello lo sentía del todo diferente.
A decir verdad, pese a que Hans hablaba en serio cuando aseguró que la utilizaría, no se refería a en aquel mismo instante.
Sin embargo, la actitud horrorizada de Alana provocó que imprimiese premura a sus movimientos.
Tuvo que contener una carcajada ante sus ojos desorbitados al terminar de despojarse de la prenda.
Ella tragó saliva, consciente de que no iba de farol.
Supo que no iba a poder con aquello.
—Hans.
—¿Uhm?
—Hans —volvió a llamarlo, esperando que la mirase y le prestara atención.
—Dime —contestó girando la cabeza y estableciendo contacto visual con ella.
—¿Te puedo pedir un favor?
—Sí.
Alana se mordió el labio inferior buscando la manera correcta de abordar aquello que le bullía por dentro, necesitaba encontrar las palabras adecuadas.
—¿Recuerdas lo que ocurrió en la roca? —Él la escrutó en silencio, detuvo el movimiento de los dedos sobre sus pulseras y asintió en un gesto casi imperceptible—.
Sé que te arrepientes de aquello, pero, si vas a meterte en esa ducha y vamos a rebasar esa línea, creo que es justo que sepas que yo no lo hago.
Me gustó. Mucho. Y, para serte sincera, preferiría no tener que verte desnudo.
Giró su cuerpo hacia el de ella y sus ojos mostraron la admiración que sentía por aquella chica, que, incluso muerta de la vergüenza como parecía estar, admitía sus sentimientos y lo que pensaba de aquella situación.
Le encantaba su sinceridad, le cautivaba que no se arrepintiera de haberlo besado, le hechizaba su sonrojo, y es que era tan simple como que la adoraba y punto.
Aunque también le gustaba hacer que sacara esa garra que sabía que escondía bajo capas y capas de educación y corrección, por lo que, conteniendo una sonrisa, la picó.
—No tienes que verme desnudo si no quieres, puedo hacerlo mientras estás en la terraza o si te das la vuelta no me…
—No.
—¿No? —La miró apreciando cómo la joven fruncía el ceño.
—No —repitió.
Hans, apoyándose en la mesita, cruzó brazos y piernas, a todas luces entretenido.
—¿Tengo prohibido ducharme?
El tono que utilizó fue más de lo que Alana pudo soportar.
Se estaba haciendo el tonto, ya que sabía a lo que se refería, pero decidió seguirle el juego.
Contuvo una sonrisa ante sus pensamientos. Le iba a dejar claro que no pensaba acobardarse ante él ni ante nada.
Hans terminaría por huir espantado como la otra noche, así que, decidida, se le acercó todo lo que pudo, apoyó las manos en sus hombros armándose de todo el valor que consiguió reunir y, recurriendo a un tono de voz que jamás había utilizado con nadie, habló en su oído rehuyendo así su mirada.
—No, no lo tienes prohibido. Y sí, quiero verte desnudo, pero preferiría no hacerlo, porque entonces también querré más cosas, y eso sí que será un problema, ya que no me conformaré con volver a la caravana a refugiarme del viento, como la otra vez, y hacer como si nada.
Las manos masculinas se aferraron a la cintura de Alana, y ella no pudo contener el temblor ante su cercanía.
«¿Por qué no huye?». Había dado por hecho que aquello lo achantaría y dejaría de jugar con sus límites, pero parecía que se había equivocado en su teoría.
Tragó saliva y cerró los ojos.
—Hans, suéltame.
—¿Por qué?
—No quieres esto.
—Y ¿quién lo dice?
—Tú.
Hans la atrajo hacia sí, derribando la débil barrera que suponía la rigidez de ella y haciendo evidente lo que el cuerpo de él sentía.
—Sí que quiere, ¿no lo notas?
—No me hagas esto. —Abrió los ojos y, de lo cerca que se encontraban, pudo apreciar el dibujo hipnotizante de sus iris atravesándola—. Por favor.
—¿Qué quieres tú, mädchen ?
—¿Qué significa? ¿Es alemán? —susurró, necesitaba una vía de escape para toda aquella locura.
Él asintió.
—Te lo explicaré cuando tú me contestes. Dime, ¿qué es lo que quieres? Solo una cosa y te la daré ahora mismo.
No. No podía contestarle con sinceridad si no quería que aquello se desmadrase, porque deseaba muchas cosas, pero en el fondo sabía que no estaba preparada para ellas.
Se decidió por lo más seguro: su boca.
Quiso volver a sentir sus labios, que su lengua la invadiera y percibir su húmeda tersura deslizarse por su cavidad.
Necesitaba más. Quería más, aun así, se conformaría con eso hasta estar segura de dar el siguiente paso.
—Un beso —dijo.
Hans sonrió y el gesto embotó un poco más los sentidos de Alana.
—¿Solo uno? —La cabeza femenina asintió—. Recuerdo que una vez alguien me dijo que «solo» necesitaba un beso mío y que no iba a significar nada, y mira dónde nos encontramos.
—No sé de qué me estás hablando —bromeó.
—No, ¿eh?
Alana aguantó una risa nerviosa mordiéndose el labio y contuvo la respiración cuando las manos de Hans llegaron hasta su cuello, agarrando con delicadeza su cara y guiándola hacia él.
Se preguntó si de verdad iba a pasar de nuevo o estaría sumergida en otro de sus sueños húmedos. Se dejó ir y la sonrisa de satisfacción que vislumbró en ese rostro tan viril fue lo último que contempló antes de cerrar los ojos.
Se abandonó a lo que necesitaba y permitió que todos sus sentidos se centrasen en la sensación de los labios de Hans sobre los suyos, en el movimiento acompasado de sus bocas y en la cadencia lenta de su lengua.
Sin embargo, aquel no era el beso que ella recordaba.
Sí, eran los mismos labios y también se trataba de la misma persona, aunque algo fallaba; no se sentía morir ni tenía la sensación de que su cuerpo podía ponerse a levitar en cualquier momento.
¿Estaría soñando de verdad?
—No. —Se separó de él, que se detuvo en el acto al escucharla—. Así no.
Hans la miró confundido.
—¿Qué?
—Hazlo como la otra vez —contestó ella, y ambos se mantuvieron la mirada.
—Alana… —Su nombre en los labios de Hans fue una advertencia.
—Me has dicho que me darías lo que quisiera —le recordó.
Él suspiró frustrado, miró al techo unos segundos buscando algo de cordura y habló con sinceridad.
—Aquella vez estuve a punto de perder el control y cometer una locura allí mismo, y lo sabes —le explicó con las manos en su cintura—. De eso a utilizar la ducha juntos no hay ni un paso.
Ella sonrió ante las expectativas.
Él negó reteniendo el aire en sus pulmones.
Y la erección que se apretaba en sus pantalones sufrió un espasmo ante la idea de salir a jugar.
—Bésame, Hans.