19 Tabarca
Nadie es como tú y ese es tu gran poder
Cuando la tarde anterior Hans le había prometido, en aquel precioso mirador y mientras era testigo de uno de los atardeceres más bonitos que había visto en su vida, que a la mañana siguiente irían juntos a aquella isla, no se le cruzó por la mente nada de lo que experimentó después.
A él ni se le pasó por la cabeza, cuando le hizo aquella promesa a Alana, que la experiencia le iba a resultar tan esclarecedora y enriquecedora.
Tras una noche en la que no hubo ninguna distracción por sueño húmedo —para lamento de Alana— ni ninguna interrupción torturadora —para tranquilidad de Hans, el dueño de la casa rodante se había despertado rayando el amanecer con las pilas cargadas y el positivismo que era habitual en él por las nubes.
Aquel sentimiento parecía haberle resultado esquivo en los últimos días, pero ya estaba de vuelta y no podía experimentar más que satisfacción al sentirse de nuevo él mismo, y no aquella versión tan incongruente y desquiciada en la que se había convertido.
Dejó durmiendo a la chica mientras hacía sus ejercicios diarios.
En aquella ocasión realizó algunas de las posturas más difíciles, aprovechando que no tenía que adaptarse a su nivel.
Al acabar, la sensación de cosquilleo de sus músculos estirados, despiertos y listos para afrontar el día, le provocó una sonrisa que lo acompañó mientras despertaba a la bella durmiente, que andaba soltando algún gracioso ronquido cuando entró en la furgoneta.
Alana había descansado de maravilla. No recordaba ningún sueño y creía haberse despertado en la misma posición en la que cayó muerta la noche anterior, por lo que, cuando Hans la despertó con aquella preciosa sonrisa, ella se contagió y fue incapaz de recriminarle el hecho de que no la hubiese llamado antes y olvidó por unas horas todo lo que arrastraba consigo en su cabeza.
Decidieron coger un ferri para llegar hasta la isla, que, si bien era algo más lento en su trayecto, les permitió ver el fondo del mar gracias a los miradores de visión submarina que tenía.
La actitud de ambos durante el viaje llamó la atención de los adultos de su alrededor, puesto que rivalizaron en ilusión y entusiasmo con los niños que viajaban con ellos y a los que sus padres sonreían.
Al llegar, sin embargo, el ánimo de Alana decayó un poco debido a que, aunque la cantidad de gente que ocupaba el barco debía servir de indicativo suficiente sobre lo que iban a encontrar una vez en tierra, la chica no había esperado tal cantidad de personas a su alrededor.
Hans, observando el cambio en el semblante de la chica, se colgó la mochila y le dio la mano, echando a caminar y alejándose del bullicio.
Recorrieron buena parte de la isla y se mezclaron con las personas que se trasladaban por ella a pie o en patinete eléctrico.
No había ni un coche y eso llamó la atención de Alana.
También captó su interés la cantidad de gatos que poblaban la isla y que se les cruzaban en cada calle.
A Hans, que no recordaba aquel detalle, le gustó redescubrir junto a ella aquel trozo de tierra que antaño había conocido tan bien.
De la mano se dirigieron a la zona sin poblar de la isla, llegando hasta el final y rodeando el cementerio.
Hablaron durante todo el camino sobre las amigas de Alana, que habían estado bombardeando el teléfono de la joven durante buena parte del trayecto.
Regresaron al faro que habían dejado atrás un rato antes y se detuvieron en una cala escondida y desierta en la que ambos se refrescaron, ya que el calor comenzaba a redoblar su fuerza a aquella hora cercana al mediodía.
—¿Has estado aquí muchas veces? —le preguntó ella cuando se sentaron en las piedras de la orilla y compartían un bocadillo algo aplastado por el trayecto en la mochila.
—Sí, unas cuantas.
Alana lo observó darle otro mordisco al trozo de pan y masticar, ajeno a su escrutinio.
—¿Por qué me da la sensación de que este lugar te trae tanto buenos como malos recuerdos?
Hans la miró y, unos segundos después, asintió.
—Eres muy perspicaz.
—Gracias. —Asintió orgullosa, y él se carcajeó mientras estiraba la mano y golpeaba la visera de la gorra que la protegía del sol.
Se mantuvieron unos minutos en silencio, tan solo comiendo y contemplando lo que les rodeaba, disfrutando de la compañía y el sonido del mar a su alrededor. Alana, dando por hecho que Hans no iba a explayarse en su explicación, se recreó en lo que les rodeaba y suspiró con placer.
Fue justo en ese momento cuando Hans comenzó a hablar.
—Nací en Berlín. Mi padre era alemán y vivimos allí hasta que falleció cuando yo tenía nueve años.
—Alana, con toda la atención fija en él, se percató de que mantenía la vista perdida al frente.
Lo que le transmitía se le asemejó a la sensación que la invadía cada vez que presenciaba una tormenta: un espectáculo subyugante y atrayente en su tempestad, pero peligroso por lo que podría provocar a su alrededor.
No pudo dejar de observarlo, obnubilada, mientras continuaba hablando.
»Cuando murió, mi madre ya no tuvo motivos para seguir allí y, aprovechando que yo era pequeño y que aún no tenía demasiada vida social que dejar atrás, nos vinimos a España, a la casa en la que siempre había vivido con su familia y que le pertenecía por herencia.
Hacía ya muchos años que estaba deshabitada.
Era un completo desastre, a decir verdad.
—Un amago de sonrisa se asomó a sus labios—.
Trabajó día y noche para adecentarla y que fuese un hogar para los dos, un refugio donde sentirnos seguros y reconstruirnos como familia.
—Debe de ser una gran mujer.
Alana se lamentó por la interrupción, sin embargo, las palabras habían salido solas de sus labios sin poder hacer nada por contenerlas.
—La mejor —contestó él con una sonrisa trémula—.
Ahorraba durante todo el año para traerme aquí en las vacaciones de verano.
Hubo veces en las que solo pudimos estar unos pocos días; otras, un mes completo, y siempre lo disfrutábamos como si fuese la primera vez.
Al menos yo lo hacía. —Algo que a Alana se le antojó como nostalgia invadió su gesto y, ante eso, le dedicó una sonrisa.
Hans hacía mucho tiempo que no revivía esos recuerdos, en cierto modo, prefería dejarlos enterrados en su memoria, ya que aún le atenazaban el pecho y le dejaban una sensación rara en el alma.
—¿Cuánto hacía que no venías? —indagó Alana en un murmullo.
—Dieciocho años.
No dudó al contestar y, tras aquella confesión, ambos se mantuvieron callados.
Ella supo que en aquella pausa se escondía toda una historia por contar y, a pesar de que no le gustaba quedarse con tantas incógnitas por resolver, no quiso presionarlo.
Por lo poco que lo conocía, había podido apreciar cómo le afectaba aquel tema.
Ella no quiso ser la causante de la molestia que parecía ensombrecerle la mirada, por lo que hizo oídos sordos a las preguntas que se le atoraron en la mente.
Hans observó cómo Alana desviaba la atención al horizonte y se quedaba pensativa. No quería ser grosero con ella, aunque dedujo que había fracasado en el intento cuando escuchó su suspiro quedo.
Los ojos masculinos se movieron entonces por su cuerpo grácil y repasaron su anatomía, esa que ya había apreciado en numerosas ocasiones desde que se conocieron.
Le fascinaba la mancha de nacimiento con forma de corazón que tenía en la parte lateral de una rodilla, más oscura que el resto.
Le calentaba la sangre el modo en que su piel se erizaba sin motivo aparente…
En tan solo un segundo le pareció captar un destello negro, rojo y fugaz escondido bajo la tela de su biquini deportivo. Se sintió incapaz de dejar pasar aquella novedad que le había pillado del todo desprevenido.
Una vez más, Alana lo sorprendía.
Mordiendo los labios, buscó la mejor manera de hacerla hablar.
—¿Te gustan los tatuajes?
La chica lo miró algo confundida.
—Depende.
—¿De qué?
—De a cuál te refieras de todos los que tienes.
—No me refiero a los míos, sino en general.
Ella se quedó pensativa.
—Bueno, no lo sé. —Dudó—. No me disgustan.
—¿Tienes alguno? —La mirada penetrante de Hans estremeció a Alana, que se sintió entre la espada y la pared sin saber si decirle la verdad—. Imagino que, en tu caso, se trataría de algo fino, discreto y que, por supuesto, estaría escondido.
—Y ¿por qué piensas eso? —le preguntó un poco a la defensiva.
Él alzó una ceja cuando sus ojos se encontraron.
—¿Acaso me equivoco?
Alana lo odió durante unos segundos y fue incapaz de mentirle. Al final negó con la cabeza rehuyendo su escrutinio y se recolocó la parte superior del biquini, como si él pudiese ver a través de la tela.
Los ojos de Hans no se perdieron el movimiento y sonrió de nuevo.
—¿Me lo enseñas?
Ella clavó sus iris en él con los ojos agrandados por la sorpresa.
—¡No!
—¿Por qué?
—Porque no.
—«Porque no» no es una respuesta.
—Vaya si lo es.
—Pareces una cría.—Sonrió sin ser consciente de lo que había provocado con su comentario.
Las aletas de la nariz de la chica se abrieron y las siguientes palabras salieron de su boca teñidas de una molestia poco disimulada:
—A decir verdad, a tu lado soy una cría, así que asúmelo y no esperes otro comportamiento por mi parte.
Hans supo que había metido la pata. Tuvo que contener una sonrisa satisfecha cuando ella le rehuyó la mirada.
Le gustaba ese carácter que sacaba a relucir cuando algo no le parecía bien.
Podía dar la sensación de ser tranquila, conformista y responsable y, aunque lo más seguro es que fuese todo eso y más, también escondía un fuerte carácter que la hacía aún más irresistible.
—Perdóname —le dijo acercándose. La empujó con el hombro y le sonrió cuando ella lo miró al repetir el gesto—. No tengas en cuenta a este viejo carcamal que ya empieza a desvariar —bromeó.
Alana se resistió y terminó mirándolo sin poder contener más sus labios, donde un sutil arqueo la delató.
—Eres idiota.
—Lo sé. —Compartieron una mirada cómplice—. Pero ¿me lo enseñas?
Lo empujó fingiendo ofenderse, y él soltó una carcajada.
—¿Qué es lo que más te gusta de la isla? —le preguntó cuando él le pasó un brazo con familiaridad por los hombros.
Aquel gesto la puso nerviosa, y cuando se sentía así su boca iba por libre.
Hans tan solo la observó, y a Alana le dio un vuelco en el estómago ante el destello travieso de su mirada.
—¿Quieres verlo por ti misma? —indagó con una mueca pícara dibujada en sus labios.
—¿Vale? —Dudó recelosa.
Hans no se amilanó y durante las siguientes horas le explicó de la mejor manera que sabía todas las cosas que le habían hecho amar aquellos escasos ocho kilómetros de tierra: haciendo que ella misma lo viviese.
Sacó de su mochila el equipo necesario, agradeciendo haber sido previsor por una vez en su vida.
Bajo la atenta mirada de Alana, que a duras penas contenía el entusiasmo, nadaron desde la cala donde estaban hasta el islote de la Galera, y él celebró que ella estuviera en tan buena forma y no le asustase ningún tipo de ejercicio físico.
En el camino que recorrieron sumergidos, uno al lado del otro, una multitud de peces de todos los tamaños y colores, y unas increíbles praderas de posidonias [2] que casi les llegaban al abdomen mientras nadaban, maravillaron a Alana, que mantuvo los ojos desorbitadamente abiertos.
Hans, aguantando una sonrisa satisfecha, agarró su mano bajo el agua, y ella lo miró interrogante. Él le hizo un gesto para que lo siguiera, y nadaron rodeando el islote.
La visión de aquellas aguas profundas y turquesas, donde los colores de los peces resultaban aún más llamativos que los que se habían cruzado un momento antes y la perspectiva de los rayos de sol penetrando la superficie e invadiendo con sus haces de luz aquel remanso de vida marina, la sumió en una calma subyugadora.
Nadaron sin prisas, recreándose en todo lo que los rodeaba y cargándose de una energía que enamoró a la muchacha.
Tanto fue así que, cuando volvieron a la cala de la que habían partido y salieron a la superficie, se abrazó a Hans, que la recibió con una carcajada.
La chica no paró de darle las gracias una y otra vez, y de repetirle lo maravilloso que le había parecido.
Justo al separarse de él, Hans inspiró hondo y cerró los ojos durante unos segundos.
Antes de dar la jornada por finalizada le explicó otro de sus lugares favoritos, quizá el que más: ver el atardecer desde la antigua muralla que aún se mantenía en pie.
—Es un momento único —admitió—. A esa hora ya se han marchado todos los turistas y la isla se queda desierta. Es todo un espectáculo.
«Como tú mirándome así», añadió sin darle voz a sus pensamientos.
Y fue en ese mismo instante, en el que la emoción sincera que él había experimentado cuando era tan solo un niño invadió por completo a Alana, a la que le brillaron los ojos ante la perspectiva de poder vivir algo semejante, cuando Hans supo que aquella chiquilla se había colado dentro de su alma sin contemplaciones.
La sensación de estar del todo perdido chocó con la certeza de encontrarse en el lugar y la compañía adecuada, y tuvo la revelación más fuerte y a la vez más acojonante de su vida cuando entendió que haría lo que fuese por ella.
Asustado como pocas veces en su vida, aunque sin poder hacer nada por remediar sus sentimientos, decidió dejarse llevar y gastar el poco efectivo que le quedaba para pasar la noche en aquella isla y regalarle un atardecer más.
Sería la mejor decisión que tomase en mucho tiempo, incluso sabiendo que la idea de permitirle que ahondara aún más en su interior le causaba pavor y oprimía sus entrañas.
Y confirmó todas sus sospechas al embeberse de su sonrisa cuando le dio a conocer sus planes.
Tragó saliva preguntándose cuándo demonios había pasado eso y por qué no había huido a tiempo para evitarlo.