Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 18 El sueño
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18 El sueño

Sueños de buenas noches

Hasta aquel momento, la noche estaba resultando mejor de lo que Hans había imaginado.

Como si Alana hubiese leído su aura, una vez entraron en la furgoneta ella no insistió ni se acercó a él más de lo preciso, y eso, teniendo en cuenta que habían tenido que dormir juntos en una cama que no era demasiado amplia, resultó todo un logro, puesto que aquel pequeño detalle les hizo estar irremediablemente cerca.

Ninguno de los dos sacó el tema del beso mientras se coordinaban en la diminuta cocina y picaban algo de cena, antes de prepararse para dormir. Cada uno tuvo sus razones para hacerlo, solo que en aquel momento no le pusieron voz.

Ella tan solo se atrevió a besar su mejilla justo antes de apagar la luz que pendía sobre sus cabezas y le musitó su deseo de que pasase buena noche, palabras que él correspondió con un murmullo ininteligible antes de girarse y darle la espalda.

Hans no quería despreciarla, no era para nada su intención, sin embargo, no estaba seguro de poder contenerse si volvía a abrazarla como había hecho la noche anterior en su apartamento.

Sabía controlar su cuerpo, aunque no tenía necesidad de pasarse de nuevo toda una noche con una erección de campeonato.

Por su parte, Alana no forzó la situación y evitó dedicarle demasiados pensamientos a la actitud distante de Hans. Supo leer en sus ojos que el momento había pasado y que no se sentía del todo cómodo, por lo que le concedió su espacio.

La luna se había desplazado varios metros en el cielo cuando ambos, por fin, se quedaron dormidos, y así hubiesen seguido hasta el amanecer de no ser porque ella le propinó un empujón que casi lo tiró de la cama, despertándolo en el proceso.

Hans pronto llegó a la conclusión de que Alana seguía dormida y estaba teniendo un sueño muy agitado, a tenor de los cambios de postura que no dejaba de hacer cada pocos segundos y a las muecas de lo más fascinantes que realizaba con la cara.

«Qué bonita es», se recreó observándola.

—Ey —le dijo en un susurro en otro de sus giros.

El cuerpo femenino descansó toda la espalda sobre el colchón, sin embargo, volvió su cara hacia él.

La boca de Alana se abrió a la vez que inspiraba hondo, hinchando su pecho tan solo cubierto por una escueta camiseta amarilla de tirantes finos.

Hans no se perdió ni uno de sus movimientos ni la oscilación agitada de su torso debido a su respiración, y creyó morir cuando algo parecido a un gimoteo escapó de sus labios.

Se llamó a sí mismo a la calma, diciéndose que lo más seguro era que estuviera teniendo alguna pesadilla. Quizá lo mejor que podía hacer era despertarla, y aquella idea se fue al traste cuando un sonido de goce se precipitó por la garganta femenina, atormentando su cordura.

—No, por favor —suplicó él en un susurro, contemplándola y sintiendo cómo su entrepierna despertaba del todo a la vida, a la vez que la respiración de Alana se volvía más rápida y superficial.

No podía estar pasándole aquello.

Sentía que iba a estallar, aquella media erección, que no conseguía bajar desde que había besado a Alana hacía unas horas, se erguía en todo su esplendor reclamando una atención que él no pensaba prestarle.

Bajo ningún concepto iba a aprovecharse de ella estando dormida, por mucho que pareciese estar a punto de romperse a escasos centímetros de él y de que se muriera por acallar aquellos eróticos ruiditos con su boca.

Se removió incómodo, mordiéndose el labio con saña. Su cadera realizó un movimiento involuntario debido a que su cuerpo parecía buscarla por inercia.

Inspiró hondo y cerró los ojos, intentando calmar su propia respiración, que parecía haberse acompasado a la errática de ella.

Tenía que despertarla. Ya. En ese mismo momento.

—Uhm… —captó que pronunciaban los labios femeninos adormecidos.

—Alana —la llamó en una súplica, rogando tanto que se despertase como que permaneciese dormida, ambas igual de opuestas que deseadas.

Su nombre no hizo efecto, ya que ella ni se inmutó, ignorante por completo al tormento que él estaba padeciendo al verla y escucharla en aquella situación.

Al contrario, el cuerpo de la chica comenzó a agitarse con más inquietud, oscilando las caderas, retorciéndose y contoneándose.

Hans creyó morir cuando el muslo de ella se apoyó sobre su más que dispuesta erección en uno de aquellos movimientos.

Contuvo la respiración y abrió los ojos, decidido a ser testigo de aquel orgasmo que a todas luces, estaba a punto de alcanzar.

Sus ojos volaron por inercia a los pezones marcados con descaro contra la fina tela que los retenía. Él había tenido uno de ellos pegado a su boca esa misma noche, con la camiseta de ella como única barrera entre ambos.

Se relamió.

—Hans —murmuró, y él subió la mirada desde su cuerpo hasta su rostro, creyendo que, por fin, había despertado—. Ha-Hans —repitió de manera entrecortada, abandonada a los lujuriosos brazos de Morfeo.

La muchacha cogió una bocanada de aire y dejó de respirar durante unos segundos, mientras su cuerpo se mantuvo rígido.

El de él se tensó expectante, conocedor de lo que venía a continuación.

Se embebió de su gesto y tuvo que hacer verdaderos esfuerzos por no asaltarle la boca y devorarla allí mismo cuando una serie de gemidos sacudieron el cuerpo de la joven para, al momento siguiente, quedarse laxa sobre la cama.

Hans estuvo a punto de correrse encima.

—Joder…

Se levantó de allí algo aturdido, con la sensación de que le faltaba el aire y, observándola una vez más, no dudó en salir de la furgoneta cuando una furia animal le rugió en el oído que fuese y se hundiese en ella.

Salió sin perder un segundo y la dejó tendida en la cama con cara no de haber roto un plato.

Si hubiera sido fumador, aquel habría sido un buen momento para encenderse un cigarrillo, sin embargo, tuvo que conformarse con andar de un lado para el otro durante unos minutos, como un león enjaulado, hasta acabar sentado, ironías de la vida, en la misma roca de la noche anterior.

No miró el reloj, pero supuso que ya pasarían de las siete, puesto que estaba comenzando a amanecer.

Observó el horizonte, el mar siempre lo calmaba, y él necesitaba aquel sosiego de manera urgente. Respiró hondo varias veces, intentando dejar la mente en blanco.

Iba a levantarse de su improvisado asiento para dirigirse a la playa y hacer, a la desesperada, algún ejercicio de relajación, cuando una mano en su hombro lo sobresaltó. No obstante, la sensación de electricidad que le recorrió tras el contacto le dejó claro de quién se trataba.

—Hola —lo saludó ella con cierta timidez ante su mirada penetrante.

—Buenos días —correspondió sin mirarla.

—¿Por qué no me has despertado?

Hans se mordió la lengua e inspiró hondo antes de girarse y embeberse de su imagen.

Sus labios hinchados y sonrosados, el rubor de sus mejillas y sus ojos somnolientos lo aturdieron por un momento.

—Necesitabas descansar.

—¿Has dormido bien?

—Sí, ¿y tú? —Él ya conocía la respuesta a aquella pregunta.

«Sí, y me he despertado justo después de que tu cabeza se hundiese entre mis piernas y me llevases al mejor y más intenso orgasmo que he tenido en mi vida, conseguido en tiempo récord.

Ha sido fantástico, ardiente y tus ojos mirándome mientras me lo hacías no se me terminan de ir del cerebro, lo único que lamento es que solo haya sido un sueño», le contestó en su mente.

No, mejor no le decía eso.

—Sí —se limitó a pronunciar Alana con las mejillas arreboladas, ya que, por mucho que él pensase que siempre era sincera, en aquella ocasión no iba a soltar prenda.

Lo que desconocía era que Hans estaba más cerca de aquella información de lo que ella podía imaginar.

—Voy a ir a la playa, ¿te apetece unirte?

No hizo falta aclarar a qué iba, ambos conocían aquella rutina. Por supuesto le acompañó e hicieron los ejercicios juntos. Hans se limitó a movimientos sencillos y evitó mirarla más de lo necesario.

Un buen rato después, justo cuando se sumergió en el agua y sintió la presión en sus pulmones al contener la respiración un poco más de lo habitual, supo que había conseguido enjaular de nuevo a aquella bestia inmunda que lo había poseído, dejándose invadir por una calma más que necesaria, aunque no supo por cuánto tiempo podría retenerla.

La camaradería que tuvieron los días en el camping regresó y el resto de la mañana la pasaron entre la arena y el mar, alargando ponerse en marcha de nuevo.

Hans aprovechó un momento en el que ella fue al baño público para hacer algo que no podía posponer más: llamar a la mujer que lo estaba esperando.

Se suponía que debía haber llegado la noche anterior a casa de esta para acudir al compromiso anual que había jurado no incumplir antes de marchare.

La había conocido cuando su madre y él dejaron su Alemania natal y regresaron a España, a aquella ciudad que era capital de la comarca del Alto Vinalopó y de la que su progenitora tantas veces le había hablado, pues nació y creció allí.

En ese momento, y después de esos tres años vagando, Virginia era lo único que unía a Hans a aquel pedazo de tierra, del que tan solo le quedaban recuerdos de tiempos bastantes lejanos y, ya que no quería preocuparla de manera innecesaria, la llamó para explicarle que le había surgido un contratiempo y se retrasaría un poco más.

Lo que no le dijo es que lo haría acompañado. Ya cruzaría aquel puente cuando llegase el momento.

Alana se había encerrado en aquel sucio baño para hablar por teléfono con su tía Alicia, tras ignorar varias llamadas de sus padres durante la mañana.

No sabía por qué, pero no se atrevía a afrontar la conversación, por lo que tomó la vía fácil y le pidió a su tía que intercediera por ella, asegurándole que estaba bien y que no corría ningún peligro.

También aprovechó y le envió un nuevo mensaje a su jefe, explicándole que le había ocurrido algo personal y que había tenido que abandonar Costa Serena, por lo que no iba a poder incorporarse hasta nuevo aviso. Él contestó de nuevo escueto, y Alana suspiró con pesar.

—¿Estás viva? —le preguntó Hans esa tarde asomando la cabeza dentro de la furgoneta, lugar en el que llevaba un buen rato metida aprovechando el tiempo que él había dedicado en ir con la moto a por algunas provisiones—. ¿Qué haces?

Él observó cómo ella se movía por el interior del vehículo, el cual, de manera asombrosa, parecía más grande que antes de marcharse.

—Recogiendo un poco —contestó sintiéndose algo culpable.

—Ya veo.

—Espero que no te importe, he utilizado algún hueco libre para guardar mi ropa.

Hans negó con la cabeza, sonriendo y depositando la compra en la despensa sin demasiada ceremonia.

—No me importa, no te preocupes. Lo que me sorprende es que hayas encontrado sitio para hacerlo.

—Después de ordenar la tuya, sí que había.

Por la forma en la que Alana lo miró, como esperando una reprimenda, él no pudo más que soltar una carcajada.

—Vamos, déjalo y ven conmigo. Quiero enseñarte algo.

—No me voy a montar en la moto —le dijo de nuevo, por si las anteriores cuatro veces que lo había repetido ese día no le habían resultado del todo claras.

—Iremos caminando.

—Vale —aceptó al tiempo que estiraba la sábana sobre la cama—. Y ¿a dónde vamos? ¿Me tengo que llevar algo?

—Nada. —Tiró de su brazo cuando estuvo a su alcance—. Date prisa o nos lo perderemos.

Anduvieron un buen rato por un camino bastante pedregoso.

Hans mantenía la vista al frente y lucía una sonrisa que a ella le hacía cosquillas en la boca del estómago.

No supo las veces que había observado su perfil, con su característica barba no demasiado larga y aquella maldita mandíbula tan marcada que tanto le fascinaba.

Pronto, el pavimento bajo sus pies cambió, suavizándose. Al frente se encontraron con el inicio de una pasarela metálica por la que se internaron a la izquierda. El camino serpenteaba en paralelo al borde de un acantilado sobre la costa.

Alana dejó de prestarle atención a él y se centró en lo que tenía alrededor. Se maravilló por volver a ver la inmensidad del azul del mar Mediterráneo, el mismo que bañaba su querido pueblo al que, aunque odiara admitirlo, ya echaba de menos.

Hans, al ver su entusiasmo y la curiosidad que emanaba de ella, le explicó la historia de la pequeña isla que emergía del mar a unos cinco kilómetros al frente, y fue tal la ilusión que inundó los ojos de la joven cuando le habló de la posibilidad de llegar hasta ella en barco, que no se pudo resistir y le prometió que la llevaría al día siguiente, pues a aquella hora ya era imposible.

La sonrisa tan deslumbrante que Alana le dedicó al escucharle mitigó la pequeña culpa que suponía aquel nuevo retraso en la llegada a su destino final.

Antes de dormir, Alana volvió a besar su mejilla, concediéndole su espacio.

No se movieron del lugar en el que habían estacionado la noche anterior, no volvieron a dejarse llevar por lo que les poseyó el día de antes, pero lo que sí cambió fue que, en aquella ocasión, Hans no le dio la espalda, y Alana tiró de su brazo para que la cubriera con él, rodeando su espalda y recreando la noche que pasaron juntos en su apartamento.

Aún no lo sabían, aunque el recuerdo de aquellas noches lo evocarían por separado mucho tiempo después, saboreando la magia que las hacía tan especiales y añorando revivirlas.

—Buenas noches, mädchen —susurró él antes de rendirse al sueño.

Alana sonrió con regocijo. No sabía qué significaba aquella palabra, sin embargo, le gustaba cómo la pronunciaba y se la dedicaba a ella en exclusiva.

A Hans no le pasó desapercibido el detalle del pequeño marco de fotos que ella había guardado bajo la almohada, donde toda su familia posaba frente a la cámara con sonrisas amplias y sinceras, formando una piña y dejando ver a todo el que observase la instantánea lo unidos que estaban.

Él no le dijo nada.

Ella se lo agradeció en silencio.

La boca masculina dejó ir un bostezó, y ella lo imitó.

El vuelco que Hans sintió en las entrañas al apreciar el tranquilo suspiró femenino al acomodarse, acoplándose el uno al otro a la perfección, lo acalló depositando un beso en la rubia coronilla de ella.