17 Santa Pola
Bésame, hasta que tu boca sepa a mí
Improvisar formaba parte de él, de hecho, se le solían dar mejor los planes organizados sobre la marcha, sin embargo, no le estaba resultando nada fácil hacerlo teniendo al lado a la montaña rusa emocional que estaba suponiendo Alana.
Tan pronto reía de forma eufórica que se mantenía callada o, cuando la miraba, sus ojos se volvían vidriosos por el llanto contenido.
En un momento dado, observó por el rabillo del ojo cómo se afanaba en devorar la uña de su dedo pulgar.
—¿Estás bien? —le preguntó sin desviar los ojos de la carretera.
La muchacha se encogió de hombros.
—¿Crees que ya se habrán dado cuenta? —Hans la miró un segundo y una sonrisa tierna le rasgó los ojos.
—No, de haberlo hecho te hubiesen llamado.
—Ya.
Alana no había tardado en contarle, al poco de emprender la marcha y de recuperar su teléfono del escondite en el que había viajado durante la primera hora de polizón, lo de la escueta carta que escribió a sus padres y que dejó en su apartamento.
Lo hizo con complicidad, haciéndole partícipe de la locura que aquello significaba para ella y, en cierto modo, con ilusión por estar llevándola a cabo.
Sin embargo, al terminar de materializarlo en voz alta, se vino abajo y comenzaron las dudas.
Era obvio que aquella chica jamás había hecho algo parecido a aquello.
—¿Nunca te has retrasado al volver a casa después de estar con algún novio o te has escapado para poder irte de fiesta con tus amigas? —le preguntó él, creyendo conocer de antemano la respuesta.
La mirada esclarecedora de la joven sirvió como contestación.
Hans no supo si había hecho lo correcto llevándola con él. Aún no era tarde, quizá debía hacer oídos sordos a su petición y dar media vuelta en la carretera para devolverla sana y salva a su apartamento; él no era una persona dada a complicarse la existencia ni a nadar a contra corriente.
Sin embargo, sí era egoísta, quería tenerla un poco más para él en exclusiva.
Estaba sumido en aquellos pensamientos cuando las indicaciones en la carretera actuaron como mecha para prender una idea fugaz que cruzó su mente a toda velocidad.
Era conocedor de que, si se desviaba de su camino, no llegaría a tiempo y tendría que dar alguna que otra explicación que justificara aquel nuevo retraso, aunque en el fondo supo que merecería la pena.
Con ánimos renovados, y un brillo en su mirada de anticipación, tomó la siguiente salida y continuó las indicaciones hasta que detuvo la marcha. Estaba deseando ver de nuevo el característico brillo en los ojos de Alana e intuyó que aquello podría hacerlo regresar.
No paró el motor ni las luces cuando le habló. Ella andaba mirando dubitativa su teléfono y con una expresión como si esperase una aparición mariana en él.
—Hemos llegado.
Alana levantó la cabeza, sintiéndose aliviada al tener una excusa para dejar de responder los mensajes de sus amigas, que la habían acribillado a preguntas desde que había vuelto a dar señales de vida.
Su teléfono jamás había tenido tantas llamadas perdidas de África y Alba, y mensajes pendientes de leer en el grupo y por privado, como en aquella ocasión.
Con curiosidad escrutó por la ventanilla lateral, giró el cuello hasta enfocar la vista en la frontal, y luego, en él.
—¿Dónde estamos?
Por un momento el temor que reflejó su tono de voz hizo que Hans se mordiera los labios con afecto. «Tranquila, mädchen , no te va a pasar nada malo estando conmigo», quiso transmitirle con la mirada.
—En un pueblo de Alicante que se llama Santa Pola —aclaró él girado en su asiento tras desabrocharse el cinturón—. Pasaremos la noche aquí y ya mañana retomamos la marcha, ¿te parece bien?
Alana se mantuvo en silencio unos segundos, procesando aquella información.
Había estado todo el trayecto preguntándose si aquello era una buena idea.
Esa manera de vivir de Hans yendo de un lado para el otro, sin un rumbo fijo y dejándose guiar por la espontaneidad, no sabía si iría con ella, sin embargo, cuando sus ojos se enfocaron en lo que les rodeaba, se olvidó de todas las dudas.
—¿Podemos ir? —preguntó en un susurro solemne sin separar la vista del frente.
—Claro.
A él le enterneció el hecho de que ella le pidiese permiso, como si fuese su padre y necesitase su aprobación para salir del vehículo. En teoría podría serlo, solo que en la práctica, a decir verdad, prefería que no lo mirase con esos ojos.
Hans había estacionado en una zona muy cercana al mar y a todas luces desierta a esas horas de la noche, pues pasaban de las once cuando se había desviado.
Al observar que ella se animaba a moverse, detuvo el motor y apagó las luces, sumiendo el vehículo y sus alrededores en una oscuridad momentánea que erizó la piel de Alana, provocando que contuviese la respiración.
Cuando salieron y cerraron las puertas, la vista se les acostumbró rápido y el reflejo de la luna en el mar les resultó suficiente iluminación para poder caminar sin tropezar.
Llegaron juntos hasta un conjunto de piedras que se alzaba en la arena.
Alana se sentó sobre una de ellas y respiró hondo. Tan ensimismada se encontraba que no se percató de que, cuando él llegó hasta ella, se agachó, recogió arena en su mano, se llevó el puño al pecho y movió los labios en una frase muda antes de abrir los dedos y vaciar su contenido.
Se mantuvieron en silencio unos minutos hasta que ella habló:
—Es precioso y justo lo que necesitaba.
—Creí que te gustaría.
—Gracias.
—No tienes que dármelas.
Los ojos de ella se desviaron a los de él, agradecidos e irradiando un brillo que viajó hasta los de Hans colándose muy dentro de su cuerpo.
Él rompió el contacto visual y el sonido de las olas muriendo en la orilla los acompañó durante un rato. Ninguno de los dos se atrevió a romperlo, sin embargo, al final Hans rasgó la quietud y le habló desde su posición, un par de pasos tras ella.
Necesitaba darle forma a la pregunta que rondaba por su mente desde que había aceptado llevarla consigo en aquella estación de servicio muchos kilómetros atrás.
—¿Te arrepientes de haberte escapado?
—No.
—Puedo dar media vuelta y…
—No, Hans. No quiero volver.
Él acortó la distancia que les separaba y se sentó a su lado.
—Está bien, no seré yo el que te convenza de lo contrario, pero quiero que entiendas que vamos a convivir juntos en muy pocos metros cuadrados.
—Jugueteó con uno de sus anillos mientras escrutaba su perfil—.
Este tipo de vida no tiene muchas de las comodidades que utilizas a diario y en las que estoy seguro de que ni siquiera reparas; además, tú y yo apenas nos conocemos y la intimidad que puedas necesi…
Alana no le permitió terminar la frase.
La forma en la que lo acalló resultó inesperada para ambos, ya que la joven impactó su boca contra la de él.
Por un momento, el asombro inundó a Hans y no reaccionó. De nuevo ella le rompía los esquemas. Jamás hubiese esperado aquella reacción por su parte, aunque cada vez le quedaba más claro que con Alana no podía dar nada por sentado.
—Me da igual —susurró la joven separándose unos centímetros de él, justo antes de volver a unir sus labios para, esta vez sí, ser correspondida.
Él se repuso de la sorpresa inicial y se permitió deleitarse con el sabor femenino, a la misma vez que sentía cómo ella se aferraba con fuerza a su camisa, con los puños cerrados en torno a la tela.
Ambas lenguas invadieron el espacio vital de la otra y juguetearon traviesas, tentando y explorando el territorio; bailando sin música.
Hans inspiró hondo, siendo consciente de cómo su organismo respondía a ella, a cada uno de sus suspiros, a sus ojos entornados y a su cuerpo tembloroso. Sus manos guiaron a la joven, atrayéndola hacia él.
Acomodó su postura y aquello mejoró el ángulo en el que se besaban, otorgándoles mayor libertad de movimientos. Alana gimió cuando Hans mordisqueó su labio inferior, y él tomó aire con dificultad, encendido ante el gesto ruborizado de ella al moverse contra su cuerpo.
La joven se lamentó por haber detenido sus besos la noche anterior, ya que aquella explosión de sensaciones estaba resultando devastadora para su cuerpo y para su cordura; una mezcla de ternura y seguridad que nunca antes había experimentado en un beso.
Dada su pericia, no le cupo ninguna duda de que Hans había hecho aquello miles de veces, por lo que prefirió no pensar en cuántas bocas habían rozado sus labios y se centró en aquel momento.
—Me encanta cómo besas —se sinceró ella en un susurro, separándose de él y quedándose a tan solo un suspiro de su rostro.
—Y a mí me encanta que siempre digas lo que piensas.
—No siempre lo hago.
Sonrió frunciendo el ceño, y él dio por terminada la breve charla, puesto que necesitaba más de ella. Agarró su cuello con certera precisión, obligándose a sí mismo a no asustarla, ya que algo le decía que si dejaba salir a la bestia que lo consumía lo haría.
La atrajo hacia él y devoró de nuevo esos carnosos labios que brillaban llamándole a gritos.
No recodaba la última vez que había perdido tanto los papeles con una mujer; en realidad, no estaba seguro de haberlo hecho nunca.
Sin embargo, aquella chica que casi acababa de salir al mundo lo estaba volviendo literalmente loco con el simple hecho de respirar.
Alana se maravilló por lo que estaba sucediendo.
Hacía un momento, cuando decidió asaltar su boca, había actuado por un impulso poco propio en ella, sin pensar en realidad en lo que podía desencadenar en él, y tan solo deseando que Hans dejase de regalarle excusas o motivos para decidir dar marcha atrás en su plan de huida.
No obstante, en aquel momento y fundida en su boca, se maravilló de haber sido espontánea por una vez y se preguntó por qué no había saqueado sus labios cuando se le presentó la primera oportunidad, ya que se sentía en el cielo.
Ambos gimieron a la vez cuando él elevó el cuerpo femenino unos centímetros, utilizando el agarre a su trasero como ancla y rozando sus cuerpos encendidos en el proceso.
Alana contuvo la respiración al notar cómo los labios de Hans, calientes y hambrientos, descendían por su cuello y continuaban el recorrido hasta su escote, donde lamió y jugueteó, tanteando el valle de sus pechos.
Hans, en aquella nebulosa, apreció cómo las diminutas manos de ella se enredaban en sus mechones revueltos por el viento. Le pellizcó con suavidad uno de los pequeños pezones que se marcaban contra la tela que los cubría y que reclamaban su atención.
El gesto le regaló un delicioso gemido femenino que fue directo a su erección, tensándola más, si es que eso era posible.
—Hazlo otra vez —rogó ella entregada al placer.
Hans se mordió el labio inferior con saña, retirándose lo justo para poder apreciar la expresión de satisfacción de la muchacha al repetir la acción.
Aquella visión y entrega lo llevó al límite.
Cegado por los ojos de ella, que se anclaron a los de él y lo embrujaban con su destello cargado de deseo insatisfecho, se rindió a lo que su cuerpo le estaba reclamando desde hacía un buen rato y llevó la boca hasta su pecho.
Cuando ella gimió entregada supo que aquello no era suficiente. La necesitaba a ella acogiéndolo en su interior, y lo necesitaba con urgencia.
Acababan de volver a unir sus bocas en un beso voraz, dispuestos a dar un paso más, cuando ambos se sobresaltaron, separándose y haciendo que la brisa del mar penetrara entre sus cuerpos, enfriándolos.
El sonido repetitivo de un claxon, junto con las voces cargadas de mofa de unos chicos que pasaron por la carretera con su vehículo, acabaron con la magia del momento.
—Joder —se quejó Alana llevándose la mano al pecho, al mismo lugar sobre su camiseta que lucía la marca de humedad que la boca masculina había dejado tras su paso.
—¿Qué…?
Hans, confundido, se mesó el pelo sin saber si reír y agradecer la interrupción, puesto que había estado al borde de perder la cordura y desnudarla allí mismo para hundirse en ella o echarse a llorar como un niño pequeño, debido a la frustración que toda aquella situación le estaba provocando.
¿Qué demonios había estado a punto de hacer?
En aquel momento, y más que nunca, llegó a la conclusión de que continuar con aquel viaje no iba a ser una buena idea.
Iba a convivir con Alana durante un tiempo indeterminado y, aunque tarde o temprano ella le rogaría regresar, los días que pasasen juntos…
No, él no podía involucrarse de aquella forma.
Necesitaba su libertad, su soledad y su paz mental, y aquello que precisaba era todo lo que ella parecía haberle robado desde que la vio por primera vez, agachada y maldiciendo en voz baja como un camionero, a la vez que se peleaba con aquella impresora.
Parecía que hubiese pasado una eternidad de aquello, pese a que tan solo hacía un mes. El porqué de que se recreara en cada momento que habían vivido juntos era toda una incógnita para él.
—Casi me da un infarto. —La voz de ella lo sacó de sus cavilaciones. Alana lo miró, y él rehuyó sus ojos. Ella, extrañada por su actitud callada y seria, ya que Hans era de todo menos eso, se preocupó—. ¿Estás bien?
—Claro —contestó sacudiendo la cabeza. Se pasó las manos por la cara, intentando despejarse—. Será mejor que vayamos dentro, Alana. Se está levantando viento.
Dicho esto, no la esperó y comenzó el regreso al vehículo.
La chica asintió y lo siguió diligente. Al ir por delante de ella, Hans no pudo apreciar la sonrisa que lucía su rostro algo aniñado ni la ilusión que teñía sus mejillas, puesto que, en aquel momento, la cabeza de él no paraba de erigir muros de contención para lo que sentía dentro, algo tan fuerte como aterrador por lo que podía suponer y provocar en su vida.
Ajena a los pensamientos algo funestos de él, Alana saltaba mentalmente y aseguraba que, solo por recibir aquel beso, merecía la pena toda aquella locura, durase lo que durase. Antes de cerrar la puerta, rezó para que Hans volviese a besarla una vez más.