Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 16 Respira
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16 Respira

Haz una locura para mantener la cordura

Su cabeza había repetido tantas veces durante la última hora que se había vuelto loca de remate que en aquel momento lo creía sin lugar a dudas.

En su angustia, recordó una de las frases que le dijo su tía esa misma mañana: «Tu padre aún te visualiza jugando a las muñecas y teniendo miedo a la oscuridad».

La realidad era que sus hermanas menores habían heredado sus muñecas hacía ya varios años, antes de poder ser relegadas al olvido.

Sin embargo, en cuanto a lo otro… A decir verdad, no había vuelto a experimentar un miedo igual al de su infancia desde que se independizó, aunque lo que estaba padeciendo desde hacía una hora se le asemejaba bastante, y no era nada agradable.

Alba debería haberle cogido el teléfono cuando la llamó en repetidas ocasiones, dispuesta a contarle su plan y provocar así que su amiga la hiciese recapacitar, olvidarse de aquella locura. Sin embargo, no lo hizo, y ella se encontraba allí, encerrada y a oscuras.

Les había mandado un mensaje de explicación y auxilio a ambas a través del grupo que compartían, y había sido un par de minutos antes de tener que taparse la boca para acallar el grito involuntario que comenzó a salir de su garganta.

El teléfono cayó cuando afianzó las manos a las paredes que la emparedaban.

Un calor sofocante ocasionó que el sudor resbalase por sus sienes, la sensación de asfixia creció por momentos y el aire enrarecido de su alrededor cada vez le resultaba más escaso; por eso, cuando todo sonido y movimiento cesó y supo que no había peligro, se apresuró a liberarse.

Al fin iba a poder respirar profundo, desentumecer sus piernas al estirarlas y rodearse de luz.

—Hola.—Escuchó su voz.

Alana abrió los ojos de golpe y se topó con la mirada curiosa e incrédula de Hans frente a ella. Su semblante lucía petrificado a la vez que él le sonreía alzando una ceja en actitud interrogante.

Por más que quiso, se sintió incapaz de hacer que su garganta diese forma a alguna frase coherente.

Hans notó su congoja y dejó de sonreír.

—¿Estás bien? —La cabeza femenina se movió arriba y abajo, acto seguido negó y un segundo más tarde volvió a asentir—. Me dejas más tranquilo —ironizó divertido, intentando quitarle hierro al asunto.

—Hans… —balbuceó por fin y decidió que debía huir de su prisión, por lo que maniobró para salir del que fuese su escondite, todo ello bajo la concienzuda atención masculina—. Puedo explicarlo. No tendría que… Tú sabes que yo… Creo que…

Había comenzado a hiperventilar y tan solo conseguía balbucear frases inconexas. Hans, observando cómo su rostro se iba tornando ceniciento a la vez que hablaba y dándose cuenta de lo que le ocurría, se apiadó de ella.

—Ven aquí.

Agarró firme y cariñoso su mano, atrayéndola hacia fuera. Casi tuvo que tirar de ella hasta el bar que se ubicaba junto a la estación de servicio, al tiempo que Alana boqueaba como un pez fuera del agua. Tan solo le faltaba cargarla en brazos para que el bochorno de la chica fuese aún mayor.

Para desconcierto de ella no se detuvieron en la barra ni se sentaron a una mesa, ya que él sorteó sillas y camareros en su recorrido y los condujo hasta un pasillo ubicado en una de las esquinas del local.

Hans le dedicó una gran sonrisa a una señora que salía en ese momento por la puerta que él sostenía con galantería y la saludó de forma educada, luciendo su mejor y más recatada sonrisa.

Aquello dejó de manifiesto una estupenda educación que para nada casaba con la extraña situación. La respuesta de la mujer llegó seguida de un gesto reprobatorio, sin embargo, todo ello se quedó al otro lado de la madera cuando Hans los encerró en el habitáculo.

«Encerrada, otra vez», se lamentó Alana.

Él la condujo hasta el lavabo, se mojó una de las manos en él y la pasó por la nuca femenina.

Ella se estremeció por el contacto. Él, atento a los gestos y sonidos que emitía, le dio media vuelta y la agarró de los hombros con dulzura.

La giró hacia su cuerpo y agachó la cabeza hasta quedar a su altura, buscando sus ojos.

—Alana, mírame. Eso es… Respira. Respira conmigo, mädchen .

Una vez hubo establecido contacto visual con ella, puso una de las manos femeninas sobre su pecho y la apretó con las suyas. Realizó varias respiraciones profundas sin dejar de mirarla a esos ojos que transmitían una expresión desencajada e intentó infundirle calma y sosiego con los suyos.

Y, por absurdo que pudiese parecer, fue efectivo.

Se mantuvieron así varios minutos más antes de que Alana pudiese hablar. Al hacerlo, su respiración se encontraba más sosegada.

—Gracias, ya estoy bien —susurró.

—No del todo —puntualizó con ternura y peinó con sus dedos algunos mechones que se le habían soltado de la coleta y andaban pegados a sus sienes.

Con tranquilidad, llevó su boca a la despejada frente femenina y la besó.

A Alana, que aún se encontraba vulnerable, aquel gesto le resultó muy íntimo y familiar—.

¿Necesitas entrar? —Hans le señaló con la cabeza el cubículo donde se encontraba el retrete, y ella negó—. Está bien. ¿Vamos fuera?

—Ahora voy. Dame un minuto, por favor.

Tras unos segundos en los que pareció debatirse sobre qué hacer, él asintió y salió, dejándola sola.

Alana se apoyó entonces en el sucio lavabo y cerró por un momento los ojos, utilizando su respiración para calmar la angustia que aún sentía atenazar su pecho.

Hans, por su parte, se apoyó en la pared frente al aseo.

Se le cruzó la descabellada idea de si ella utilizaría aquel momento para escaparse por la ventana del baño, aunque terminó negando al recordar la robusta reja que había visto al entrar.

Cuando Alana recobró la compostura y salió, no lo encontró por el bar. A punto estuvo de perder el control de nuevo, solo que al mirar hacia fuera por una de las ventanas lo vio charlando con la misma señora de antes, que en aquel momento hacía aspavientos y hablaba acalorada.

—Hola. ¿Todo bien? —le preguntó cuando llegó hasta él.

Hans despedía con la mano a la mujer, que aceleraba airada.

—Todo perfecto. —Le tendió un vaso de cartón con una tapa de plástico y le sonrió—. ¿Vamos?

Echó a andar hacia Iris, recortada frente a ellos bañada por la luz del atardecer, y Alana aprovechó que no la miraba para oler el contenido. El inconfundible aroma de una tila llegó hasta ella y sonrió, sintiendo que se le derretía algo por dentro por aquel gesto protector.

Hans anduvo mientras calculaba la hora, dándose cuenta de que, debido a ese contratiempo, se le iba a echar la noche encima al reemprender el viaje.

—No tardaremos mucho en regresar —le dijo sin perder el gesto amable a la vez que se colocaba el cinturón—. Si te apetece puedes echarte un rato a dormir, y yo te aviso cuando estemos llegando. Seguro que te sienta bien desconectar un rato.

Alana desvió la vista, confundida. Hasta ese momento no había pensado en la posibilidad de que él la llevase de vuelta y, aunque durante todo el trayecto que había pasado metida en aquel reducido cubículo bajo la cama rezó para que la furgoneta diese media vuelta y poder así marcharse corriendo a la seguridad de su apartamento, en aquel momento la evidencia de que su aventura había acabado incluso antes de empezar y la certeza de que volvería a separarse de él hizo que su ceño se frunciera.

No quería volver.

No quería hacer, una vez más, lo correcto. Estaba segura de que sus padres no tardarían en descubrir su marcha, y escaparse con él era todo lo opuesto a lo que se esperaban de ella.

Y ¿no se suponía que en eso consistían las aventuras? ¿En hacer algo inesperado?

En el fondo sabía que no solo lo hacía por eso.

No quería irse sin Hans. Había experimentado su marcha desde el primer instante en el que abandonó su apartamento aquella misma mañana y, sencillamente, no podía hacerlo.

Él no iba a regresar para quedarse por voluntad propia allí, y mucho menos por ella, así que la decisión estaba clara.

Se giró en su asiento, lo miró directa a los ojos y su voz sonó firme y decidida al hablar.

—No quiero volver a Costa Serena.

—¿Cómo? —preguntó él estupefacto.

—Que no quiero volver.

—Te he oído —aclaró quitándose de nuevo las gafas de sol—. Pero no sé si termino de entenderte. ¿Quieres que te lleve a algún sitio?

—Quiero irme contigo.

—Pero si no sabes a dónde voy.

—Me da igual.

—Y vivo en un sitio pequeño y desordenado —le recordó sus propias palabras.

—No me importa.

Hans la miró en silencio, intentando descifrar sus ojos y lo que se escondía tras ellos. No podía estar hablando en serio, ¿alguien como ella, lejos de su casa y su familia, experimentando una vida nómada como la de él?

Le resultó tan inaudito como la primera vez que una imagen parecida se le cruzó por la cabeza unos días atrás.

Sí, había fantaseado con la idea de que ella lo acompañase en alguno de sus viajes, aunque lo había desechado de pleno al darse cuenta de lo que implicaría.

—Imagino que, en algún momento, querrás volver a casa.

Ella asintió, y ambos se mantuvieron unos segundos en silencio, sin dejar de escrutarse.

Hans se debatía en un mar que inundaba su mente y su cuerpo de pensamientos y sentimientos contradictorios.

No sabía cómo gestionar aquello, sin embargo, antes de que pudiese tomar una decisión, ella habló de nuevo.

—¿Le dijiste de verdad esta mañana a mi padre que cuidase de mí?

Hans elevó ambas cejas y, un segundo después, dejó ir una carcajada.

«Su padre».

Aquel tipo con pinta de estrujacerebros era su padre. Al fin entendía las miradas que le había dedicado.

—Pues eso parece, sí.

—Te podría haber matado al decirle que pasaste la noche conmigo. Lo sabes, ¿verdad? —exageró ella, y la sonrisa en la voz femenina le dejó claro que ya se encontraba mucho más tranquila.

—Afortunadamente, no lo hizo.

—Afortunadamente.

Ambos sonrieron cómplices, y Hans decidió seguir lo que su instinto le decía a voces, por lo que terminó asintiendo.

—Está bien, te llevaré conmigo.

—¿De verdad?

—Solo si me prometes que, cuando te devuelva a casa, tu padre no rematará la faena.

La risa cantarina de Alana, más aniñada que de costumbre y fruto de los nervios por cometer su primera travesura, pellizcó sus entrañas.

Tragó saliva y no pudo hacer otra cosa que arrancar a Iris y guiñarle un ojo.

—Vamos allá, mädchen .