Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 15 Locura
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15 Locura

Lo malo no es vivir en las nubes, sino bajar de ellas

Alana miró desmotivada la pantalla y colgó.

Era la tercera vez que llamaba sin obtener resultado alguno.

Resopló y observó a su alrededor, intentando encontrar el valor para tomar una de las decisiones más impulsivas de su vida, solo que, si se paraba a pensarlo tanto, ¿podía seguir considerándose impulsiva?

Además, el hecho de que no hubiese conseguido contactar en aquellas llamadas tenía que significar algo, ¿no?

Y ese «algo» no tenía más remedio que ser que valorase bien las consecuencias que podía acarrear su decisión.

Sí, quizá el universo estaba echándole un cable para que no la terminase cagando a lo grande.

«¿La voy a cagar a lo grande? ¿Es que acaso he perdido la cabeza?», se preguntó.

Se mordió la uña del pulgar izquierdo con nerviosismo, algo que no hacía desde que tenía cuatro años, y tamborileó con los dedos de la mano derecha sobre su rodilla flexionada.

Si lo pensaba con su habitual y fría lógica, debía olvidarse de aquellas tonterías infantiles y centrarse en el futuro y en el máster que debía empezar en breve, sin embargo, ¿por qué esa vez aquello no era suficiente aliciente como para obligarla a centrarse en su objetivo y sentía un revoloteo de algo parecido a la ilusión aflorando en su interior?

La voz de su conciencia la invitaba a dejar de perder el tiempo con locas ideas y la alentaba a que volviese a ser la chica responsable y sensata de siempre, y sí, en cualquier otro momento le habría hecho caso, pero en aquella ocasión hizo un hatillo con sus ilusiones y el subidón de adrenalina que sentía al rememorar el sabor de los labios de Hans, agarró la mochila con decisión y salió de casa con un objetivo fijo.

Hans se dedicó a rebuscar entre la ropa esparcida por aquí y por allá, recopilando monedas y billetes arrugados, sin preocuparse por la cifra que sumaban o si serían suficientes para saldar la deuda que había contraído con el camping .

Agradecía sinceramente que la muchacha de la recepción de esa tarde, una de las muchas que se cruzaron con él en multitud de ocasiones en ese último mes, le aplicase la tarifa de larga estancia, incluso no habiéndola contratado con la anterioridad que requerían las normas.

Además de eso, le hizo un descuento especial para «amigos», rebajando un veinte por ciento el total de su factura.

Con todo ello había obtenido un precio estupendo y, junto al documento corporativo con la cifra a saldar, también consiguió un papelito con un número de teléfono y el nombre de la chica, que se lo había tendido guiñándole un ojo.

En cualquier otro momento habría prestado atención a las señales, que eran tan claras como un luminoso sobre la puerta de un bar, y cerraría su estancia allí por todo lo alto, sin embargo, sentía que ya lo había hecho en cierta forma pasando la noche con Alana, por lo que lo apartó a un lado sin darle verdadera importancia, concentrándose en contar la recaudación que reunió sobre la encimera.

Al finalizar, agarró lo que necesitaba para poder zanjar su estancia en Costa Serena y metió lo que le quedaba en efectivo en un tarro que aún contenía los restos de lo que parecían galletas.

Tan solo fueron varios billetes, no obstante, serían suficientes para poder continuar el viaje hasta el siguiente trabajo temporal o encargo venidero.

Porque siempre llegaba algo, tarde o temprano su teléfono siempre sonaba y rara vez tenía que tirar del dinero para emergencias extremas.

Después de comprobar que su moto estaba bien asegurada en el soporte trasero de la furgoneta, y de que todo estaba listo para emprender el viaje, se colocó las gafas de sol y, con una sensación agridulce, se puso en marcha.

Mentiría si dijese que no le hubiera gustado que su rubia favorita se hubiese presentado por allí en algún momento.

De hecho, retrasó su salida pensando que la vería en su turno de trabajo, aunque no fue así, por lo que se obligó a no dedicarle más tiempo a aquel pensamiento mientras emprendía la travesía que tenía por delante.

Circuló por las mismas calles que ya tenía grabadas en su memoria y que podría recordar a la perfección con los ojos cerrados, y lo hizo con la certeza de que, con toda probabilidad, esa sería la última vez que las recorrería, pues rara vez repetía en los lugares en los que ya había estado.

El mundo era demasiado grande y tenía tantos rincones por descubrir que no se le ocurriría quedarse parado y estancarse en un punto ínfimo de su inmensidad.

Se le contrajeron las entrañas ante aquel pensamiento.

Unos minutos después se fijó en el cartel que anunciaba que salía de Costa Serena e inspiró hondo cuando atravesó el pequeño y característico túnel de roca natural de no más de cinco metros de largo, por el que cruzaba la carretera y daba comienzo o, como en su caso, salida al pueblo.

—Bueno, Iris. Vamos a intentar animarnos, ¿no?

—Forzó una sonrisa y encendió el equipo de música, de donde comenzó a sonar el acorde melódico de un instrumento de percusión y una voz rasgada que lo acompañaba—.

Eso es… —gimió cerrando por un segundo los ojos y moviendo la cabeza de un lado a otro, siguiendo el ritmo hipnotizante que invadía la cabina.

Hans acompasó su voz a la del cantante en algunas estrofas.

El inglés lo dominaba a la perfección, aunque no podía decir lo mismo de la melodía, ya que en cada frase dejaba en evidencia su nulo oído musical y su falta de afinación, no obstante, su vieja y motorizada compañera de viaje nunca se había quejado, y él puso toda su energía en hacerle los coros al cantante, intentando desprenderse de la sensación de pérdida que lo invadía.

Después de esa canción vinieron más, con la misma pauta que la primera. Para cuando se quiso dar cuenta el sonido del teléfono lo trajo de vuelta al presente, donde varias llamadas sin atender se perdían en un mar de notificaciones olvidadas, a la vez que la alarma sonaba con insistencia.

Y es que había cosas que Hans cumplía a rajatabla, como no aferrarse a las cosas materiales, no comer nada de procedencia animal y tratar a Iris como si esta fuese un miembro de su familia; alguien de la tercera edad, por supuesto, y justo por eso intentaba hacer numerosas pausas para descansar.

Él aprovechaba para ir al baño, tomar algo fresco y estirar las piernas, y el vehículo se echaba una siestecita para luego arrancar ambos con ánimos renovados.

Así que cuando su cerebro procesó el sonido que anunciaba que llevaba el tiempo suficiente conduciendo y debía parar, tuvo que hacer un movimiento de última hora en el volante, con la finalidad de salir de la carretera en el desvío de la estación de servicio que quedaba a tan solo cien metros de su posición.

El giro, algo brusco e inesperado, hizo retumbar en el habitáculo el choque de varios objetos no identificados contra el suelo, pero lo que de verdad captó su atención fue un sonido extraño y amortiguado.

¿En realidad había escuchado lo que creía haber escuchado?

Juraría que había sido un chillido. El de una mujer, para ser más exacto.

—¿Qué…? —Escrutó con el ceño fruncido por el retrovisor, sin embargo, no consiguió ver nada fuera de lo normal. Por su mente pasó incluso el absurdo pensamiento de que la vieja furgoneta hubiese adquirido la capacidad de lamentarse—. ¿Has sido tú, Iris?

Sonrió con extrañeza y maniobró hasta detener el vehículo en el primer lugar que encontró libre, dejó las gafas de sol en el salpicadero y se desabrochó el cinturón de seguridad.

—¿Hola?

Anduvo un par de pasos, se agachó para recoger un bote de metal y un embudo de plástico, objetos que habían caído en su maniobra de última hora, los apoyó en la encimera y se acercó a la cama.

Agarrando con sigilo la colcha que había estirado esa misma mañana, y donde se adivinaban los bultos de algunas prendas que quedaron debajo, tiró de ella con brío.

Nada. No había nada.

¿Se habría imaginado aquel sonido?

—¿Hay alguien aquí?

Negó con la cabeza y sonrió, incrédulo con la situación.

Definitivamente, debían de haber sido imaginaciones suyas. No haber descansado demasiado la noche anterior le estaba jugando una mala pasada.

Abrió el portón con la firme intención de olvidarse de aquello y salir a por ese café que se le antojaba tan necesario para despejarse, no obstante, en el último momento se lo pensó mejor y, mirando hacia atrás, se mordió el labio inferior y cerró de nuevo, manteniéndose en silencio dentro del habitáculo.

Tenía un pálpito y tan solo siguió su instinto, y no le hizo falta esperar demasiado, ya que su plan de último momento dio sus frutos dejándole claro que no se estaba volviendo loco.

Alguien se había colado de polizón en su furgoneta y podía jurar que se había escondido en el compartimento de almacenaje que había bajo la cama, a tenor del ruido y de los movimientos que estaba haciendo en ese instante que se creía sin vigilancia.

Sonrió expectante cuando el colchón comenzó a levantarse, se apoyó en la carrocería y cruzó los brazos con un chisporroteo de esperanza naciendo en él.