14 Tía Alicia
Si la montaña viene hacia ti, échate a correr porque se está derrumbando
Unos involuntarios pucheros se sucedían en su barbilla, y aún no había conseguido dominarlos del todo cuando el tono de llamada sonó en su oreja y su tía Alicia descolgó el teléfono.
—Hola, cariño —recibió su voz cantarina.
—Tata —contestó titubeante—. ¿Estás en tu casa?
—Sí, claro. ¿Qué te pasa? ¿Estás llorando?
—¿Puedo ir?
La línea se quedó en silencio unos segundos.
—Por supuesto, cariño. Ven, te estaré esperando.
Colgó y se puso lo primero que pilló en el armario, ya que hasta ese momento no había sido consciente de que continuaba con el escueto pijama que se había colocado la noche anterior, antes de meterse en la cama con Hans.
«Hans…».
Cuando su tía abrió la puerta de su vivienda, Alana no pudo evitar sonreír a la vez que dos gruesas lágrimas cayeron por sus mejillas.
—Llamémosle intuición femenina, pero me ha parecido que lo necesitabas. —Le tendió un bote del helado favorito de ambas.
—Gracias —contestó agarrándolo y dejándose guiar hasta dentro de la casa.
—No es nada, ven aquí.
Alicia la abrazó por la cintura mientras avanzaban hasta el sofá y se sentaban.
Alana pudo ver cómo apartaba una caja llena de ejemplares del libro que acababa de publicar.
Se podía decir que su tía había logrado muchos de sus sueños, y lo que había comenzado siendo un canal modesto de internet sobre cocina se había convertido en un fenómeno nacional próspero y con una proyección imparable.
—¿Crees que necesitamos terapia completa?
Los ojos de la mayor se movieron sugerentes, apuntando hacia la televisión, donde se podía apreciar la reconocible proa de un barco, con la imagen superpuesta de los rostros de una pareja de diferente clase social que encontrarían el amor en brazos del otro, ajenos a que sus destinos ya estaban sentenciados sin remedio a la peor de las desdichas: Titanic .
Alana dejó ir una risa lastimera. La mezcla de helado y Titanic eran palabras mayores para ellas.
—De momento, no. Necesito contarte algo.
Suspirando, comenzó a hablar. Alicia la escuchó paciente mientras le hacía un resumen de todo lo que había ocurrido en el último mes, terminando por lo de hacía tan solo unas horas en su apartamento.
Cuando finalizó, un dolor irracional y que no sabía gestionar había invadido su cuerpo y a duras penas podía contener las lágrimas.
—Bueno, conociendo cómo es tu padre y sabiendo que es la primera vez que se enfrenta a que te ves con alguien, no creo que haya ido tan mal.
—Tata —rogó Alana.
Entendía lo que su tía le estaba queriendo hacer ver, no obstante, le podía la situación.
—Cariño, él aún te visualiza jugando con las muñecas y teniendo miedo a la oscuridad.
Ella resopló y sonrió a la vez.
—Ya. No lo culpo.
—Estoy segura de que no se esperaba que te vieras con alguien tan mayor y que, además, pasase la noche en tu apartamento, así, de buenas a primeras.
—La joven se quitó con brío otra lágrima que cayó inoportuna—.
Alana, eres su pequeña, su primogénita. Da igual que tengas tropecientos hermanos y decenas de años más, eso no va a cambiarlo.
Siempre seguirás siendo su niña, y él siempre querrá protegeros porque es un hombre maravilloso.
Alana se encogió de hombros.
—Imagino que sí.
—Aunque no estás así por lo que ha ocurrido con tu padre, ¿verdad?
Ambas se miraron durante unos segundos.
—¿Qué más da? No voy a verlo más, se estará marchando del pueblo si no lo ha hecho ya.
—No hablo de él, sino de ti —rebatió su tía empatizando con ella—.
Al margen de su marcha, tienes que pensar en lo que sientes tú y ser libre de elegir qué pasos quieres dar en tu vida, cariño.
A veces no es fácil tomar decisiones, pero puede que merezca la pena arriesgarse, te lo digo por experiencia…
Alana salió de allí un rato después y caminó sumida en sus pensamientos.
Dio vueltas a todo lo hablado y a los consejos que le había dado su tía. Por más que se devanó los sesos para encontrar algo por lo que quisiese arriesgarse sin pensar en las consecuencias o en nada más allá de en ella misma, no dio con nada interesante.
Y no fue hasta que se tiró en la cama y se dejó envolver por un olor ajeno, un aroma especiado y único que había impregnado sus sábanas y que la hizo sonreír como una tonta, que no dio con la respuesta.
Se sentó de un salto en el colchón, se mordió el labio con incertidumbre y no pudo evitar reír con nerviosismo.
¿Y si…?
No, no. Era una locura.
Una completa, total y absoluta locura.
Algo que jamás nadie se esperaría de ella.
Aun así, ¿y si…?