13 Despierta
Una aventura es más estimulante si huele a peligro
Aún sonreía al rememorar los sucesos de la noche anterior cuando un sonido y la certeza de haber cometido un grave error llegaron hasta ella, acelerándole el pulso. Miró espantada hacia la puerta, donde el picaporte se comenzó a mover, y contuvo la respiración rezando todo lo que sabía.
Cayó en la cuenta de que no había cerrado el maldito pestillo después de que Bruno se hubiese ido de su apartamento.
—Joder, mierda —murmuró agarrando la sábana y cubriéndolos con ella en un gesto ridículo, puesto que la silueta de Hans se podía apreciar en su plenitud, por no hablar de su cabeza de pelo revuelto sobresaliendo por la almohada.
En los escasos segundos que transcurrieron la respiración de Alana se volvió superficial. Sus ojos horrorizados conectaron con los experimentados de su visitante, que se detuvo de forma abrupta al ver la escena.
Juani apretó los labios, compuso una sonrisa cómplice e hizo el gesto de cerrar una cremallera sobre su boca antes de retroceder, salir y cerrar con sigilo la puerta.
Alana no supo cómo reaccionar durante los primeros segundos. Una oleada de calor subió por su cuerpo hasta explotar en su cara y en sus orejas.
—Hans —lo llamó en voz baja, pero, al ver que no se inmutaba, lo zarandeó con más brío y alzó la voz—. Hans, ¡despierta!
Él por fin lo hizo, levantó la cabeza de la almohada y se la quedó mirando con los ojos hinchados por el sueño.
«Qué guapo es el condenado», pensó para su total bochorno mientras él le sonreía ajeno a todo.
—Buenos días.
—Pues no lo son.
Hans se incorporó con parsimonia sobre el colchón, bostezó y se pasó las manos por la cabeza, haciéndose un moño con la gomilla que tenía alrededor de su muñeca derecha, enredada con las muchas pulseras que la adornaban.
—¿Has dormido mal?
—Sí. Quiero decir, no. —Miró el reloj de su teléfono y resopló.
En el fondo había tenido suerte de que su padre no hubiese ido a buscarla para salir a correr—.
Me dejé la puerta sin cerrar y nos ha pillado mi abuela.
Bueno, no es mi abuela, en realidad, es la señora que nos ayuda en las tareas de casa, pero es como de la familia… Ay, joder, ¡qué mal!
Hans la miró alucinado, creyendo que estaba exagerando, sin embargo, cuando Alana lo fulminó y lo amonestó por su sonrisa, se dio cuenta de que hablaba en serio.
—¿Quieres que hable con ella y le diga que no ha pasado nada?
—¡No! —dijo horrorizada, levantándose de la cama—. No hace falta.
Él imitó su gesto y se incorporó, rescatando la camisa y poniéndosela bajo la atenta mirada de ella.
—Me tengo que ir —le dijo Hans con calma—. Aún tengo que preparar muchas cosas antes de marcharme. ¿Estás bien?
Alana había olvidado por un momento que aquella sería la última vez que iban a verse, que aquella conversación sería, con toda probabilidad, la que siempre recordaría como punto final de aquella extraña relación.
Intentó dejar de lado lo que bullía en su interior e inspiró hondo.
—Sí, solo estoy un poco nerviosa.
—¿Segura? —Se acercó a ella y puso ambas manos en su cintura.
Alana asintió y tragó saliva cuando lo sintió tan cerca, algo absurdo, pues habían dormido tan pegados que parecían siameses.
Hans se maravilló de la vida que parecía bullir en sus ojos, donde todas sus emociones se agolpaban al unísono, chocando entre sí y provocando chispas de energía que él sentía crepitar cuando la miraba.
La observó, con el pelo suelto y algo alborotado, la señal de las sábanas en la mejilla derecha, donde unas pequeñas pecas se dejaban adivinar y que se asombró de no haber visto antes, y los calcetines que se había puesto la noche anterior para dormir aún adornando sus pies.
Le pareció adorable y muy apetecible, aunque, muy a su pesar, había llegado el momento de despedirse de ella, por el bien de ambos.
Alana se separó unos centímetros de él y le tendió la mano.
—Ha sido un placer conocerle, señor Müller.
Él soltó una risotada.
—Lo mismo digo —contestó con solemnidad estrechándosela, y ella se mordió el labio inferior con nerviosismo—. Sé que es pedir demasiado, pero estaría encantado de que infringieses alguna ley por mí y te apuntases el número de teléfono de mi ficha de cliente.
—Vale.
Alana aguantó la risa e intentó recuperar su mano. Él no la soltó.
—¿Crees que te pillo en mal momento para un beso?
Ella se fijó en cada uno de sus gestos mientras la acercaba a él y en la forma en la que fijó la vista en sus labios, con un hambre mal disimulada.
—Ya estás pidiendo demasiado.
—¿Sí?
—Está bien, pero solo uno.
—Por supuesto. Solo uno.
El eco de sus risas cómplices resonó en las paredes del apartamento mientras fundían sus bocas en un beso que a ambos les supo a amarga despedida.
Cuando se separaron, Hans no quiso demorarlo más y comenzó a andar hacia la puerta. Echó un vistazo por encima del hombro antes de que la muchacha llegase a la entrada y le guiñó un ojo, gesto que ella recibió sonriendo para, por último, decirle adiós con la otra mano sobre su abdomen.
Alana se agarró a la puerta sin dejar de observarlo, él también se volvía cada pocos pasos y hacía alguna mueca divertida.
Antes de que la figura masculina abandonase el jardín de la vivienda, y, con ello, su vida, cerró provocando que la madera se interpusiera entre ambos.
Se demoró unos segundos con la frente apoyada en la fría superficie que los separaba. Cerró los ojos e inspiró hondo, intentando calmar los latidos acelerados de su corazón.
Hans se detuvo antes de cruzar la valla de la propiedad, aun sabiendo que ya no la vería. Siempre actuaba por impulsos y frenar el que le nacía le estaba costando más de lo previsto.
—¿Lo puedo ayudar en algo? —Escuchó una voz algo hostil y masculina a su derecha.
Se giró y observó a un hombre que rozaría los cuarenta, con ropa de deporte, el cuerpo sudado y la respiración agitada, avanzando hacia él. Cuando lo tuvo a un par de metros de distancia, frunció el ceño.
Le sonaba demasiado aquel tipo.
—Buenos días. No, gracias.
El otro levantó una ceja y observó la edificación tras ellos, como si aquel conjunto de ladrillos, cemento y pintura tuviera las respuestas a sus dudas existenciales.
—¿Buscabas a Alana?
—Sí, no. —Dudó—. Ya me iba.
Se contemplaron durante unos segundos, y Hans por fin cayó en la cuenta de dónde le sonaba aquel tipo. Si no se equivocaba, era el mismo del camping , el que había besado a Alana en la mejilla la noche en la que a ella dejó de llamarlo «señor Müller».
—¿Quieres que le dé algún recado?
Hans pensó en su pregunta. En realidad sentía que ya estaba todo dicho y añadir más leña al fuego solo dificultaría las cosas, así que se limitó a pedirle lo que de verdad le nacía.
No sabía qué relación unía a su inesperado amigo con Alana, pero sí era consciente de que esta era lo suficiente íntima como para que aquella noche ella le hubiese dado un abrazo con tanta familiaridad.
—Solo asegúrate de que está bien, ¿vale? Es una chica muy especial y esta noche me lo ha confirmado.
Las aletas de la nariz del tipo rubio y musculado se expandieron en respuesta, no obstante, para cuando tuvo la mandíbula a punto de explotar por la presión que ejercían sus dientes, Hans ya cerraba la cancela y se encaminaba calle abajo.
Fede observó cómo aquel tipo se marchaba con unos andares despreocupados, del todo ajeno a lo que acababa de prender en él.
—Me cago en mi puta vida —murmuró utilizando un lenguaje que rara vez se permitía desde que se había convertido en padre veintiún años atrás.
Respiró profundo, cerró los ojos y se acercó a la puerta de su hija mayor, llamando sin saber cómo gestionar aquello.
Alana se mordió los labios conteniendo una sonrisa cuando escuchó los golpes en la madera. No hacían ni cinco minutos que se habían despedido y, aunque ella también sintió la tentación de abrir la puerta y pedirle que entrase de nuevo, se obligó a no hacerlo.
—¿Ya echas de menos mis labios? —comenzó a decir, medio en serio medio en broma, sin embargo, la última palabra se le quedó atascada en la garganta junto con una inspiración sorprendida—. ¡Papá!
El susodicho había cerrado los ojos y su pecho se había hinchado reteniendo más aire en sus pulmones que de costumbre.
—Joder —susurró.
—Papá, ¿estás bien?
—Dame un segundo —contestó sin mover los párpados.
Alana frunció el ceño. Todavía quedaba una remota posibilidad de que no la hubiese escuchado.
—¿Qué ocurre? —preguntó con cautela.
Fede abrió los ojos y los fijó en los de su hija. Esta encorvó un poco la postura, aunque no sé amilanó y le mantuvo la mirada.
—Estoy intentando entender qué es lo que acaba de ocurrir ahí fuera —aclaró con un tono cargado de divertida incredulidad.
—¿Ahí fuera? —indagó seria—. ¿Qué ha pasado?—Su padre por fin entró en el apartamento y observó a su alrededor, como intentando hallar las pruebas incriminatorias de su teoría. Alana lo observó desde la entrada y cerró la puerta—. Papá…
—Pensé que estarías cansada después del día de ayer y no te he querido molestar esta mañana llamándote temprano.
—¿Gracias? —titubeó ella.
Fede se giró hacia ella y torció la cabeza, observándola con gesto curioso.
—¿Quién era ese tipo?
—¿Quién?
—El que me ha pedido que te cuide y ha insinuado que ha pasado la noche contigo.
«¿Qué? ¿Mi padre y Hans se han cruzado? Mierda».
—¿Te ha dicho eso?
—Básicamente.
Ella sonrió y se le borró el gesto cuando vio a su padre mirarla alucinado.
—Es un cliente. Está pasando una temporada en el camping , aunque en realidad va dando tumbos de aquí para allá por el mundo —comenzó a explicar sin poder detener las palabras—.
¿Sabes que lleva tres años viviendo en su furgoneta?
Se llama Iris, y tiene una forma de ver la vida muy interesante. Él, no Iris, claro.
Alana se echó a reír nerviosa, y Fede sintió un pellizco a la altura de su corazón. Por un momento lo noqueó la sensación de haber comenzado a perder a su hija.
—Pequeña…
—Ha dormido aquí, papá —admitió—. Pero no es lo que piensas, él y yo no…
—¡No, por favor! —la interrumpió levantando las manos y poniendo frente a ella las palmas extendidas—. No quiero saber más.
—Papá, es que no hemos hecho nada de lo que te piensas.
—Pequeña, por favor, no quiero morir de un infarto antes de cumplir los cuarenta, tu madre no podría sola con todos tus hermanos —rogó alucinado—. No me des detalles y dime tan solo que te ha tratado bien.
Ella frunció el ceño.
—Sí, claro.
Fede inspiró hondo y asintió una sola vez. Su gesto se había tornado algo más serio. Necesitaba hablar con Estrella, su mujer, porque, pese a la edad de su primogénita, no se había preparado para un momento como el que estaba viviendo.
—Supongo que eres adulta.
—Supongo —contestó ella divertida—. ¿Por qué me miras así, papá?
—Por nada. Voy a casa.
—Papá —repitió ella—. Habla conmigo, por favor.
En el fondo, Alana necesitaba saber que todo estaba bien con su padre.
En el fondo, Alana a veces no se sentía demasiado adulta debido a su inexperiencia en ciertos aspectos de la vida.
En el fondo, que su padre le dijese que, siendo sincero, no se había esperado encontrarse con esa situación viniendo de ella le había dolido. Y no por sus palabras, sino por lo que estas significaban para ella.
Porque, en el fondo, Alana sintió que lo había defraudado, aunque esa sensación solo era el reflejo de sus más profundos miedos.
Y eso, sumado a la certeza de que no vería más a Hans, de que él no tardaría en abandonar Costa Serena y volvería a dejarse llevar por su libertad, esa que a veces ella tanto anhelaba, fue más de lo que pudo soportar.