12 Solo
Todo un mundo nace cuando dos personas se besan
Alana abrió los ojos y su cerebro tardó unos segundos en ubicarse, aunque las imágenes no tardaron en llegar hasta ella en tromba, dándole sentido a su estado actual.
Se mordió el labio inferior, giró su cabeza hacia la derecha sobre la almohada y observó la espalda morena y llena de pecas de Hans, que dormía plácido a su lado.
Apretó los labios con ilusión y dirigió su cabeza al techo, cerrando los ojos de nuevo y rememorando lo ocurrido horas atrás.
—Bésame, Hans. Por favor —le había rogado conteniendo la respiración.
—Alana…
—No va a significar nada, solo necesito un beso.
—¿«Solo»? —repitió incrédulo.
—Sí. No quiero preguntarme cómo habría sido cuando ya te hayas marchado.
Él, ante eso, inspiró hondo, separó sus cuerpos lo justo para mantenerse las miradas y, acariciando la barbilla temblorosa de Alana, se fue acercando con desquiciante lentitud hasta unir sus labios sin dejar de observarla.
El primer contacto con su barba le provocó cosquillas en los labios y rio con los nervios a flor de piel, apartándose unos segundos de él.
Hans sonrió de medio lado ante su reacción, aunque no permitió que se arrepintiera de lo que estaba ocurriendo entre ellos. Sin darle tregua, se abalanzó de nuevo hacia su boca dejando el contacto anterior a la altura de una mera anécdota infantil.
El sonido sorpresivo que emitió la boca femenina pronto se convirtió en un gemido de placer, al sentir cómo la lengua de él le invadía la boca, jugueteando con la suya e inundando con su esencia todos sus sentidos.
El beso se tornó carne y el aire mutó, densificándose y convirtiéndose en cómplice de lo que allí ocurría.
Alana cerró los puños alrededor de la camisa masculina, aferrándose a ella cuando la mano de Hans en su espalda la atrajo hacia él.
Las respiraciones de ambos resonaban aceleradas en la habitación al mismo tiempo que la joven caía rendida a las sensaciones que aquella boca despertaba en su cuerpo.
Al cosquilleo de necesidad que notaba crepitar en la unión entre sus muslos.
A la forma en la que su alma intentaba escapársele por la boca.
Aquello les resultó delicioso.
Él, por su parte, se encontraba a un solo paso de dejarse llevar por el impulso que le nacía de lo más hondo de las entrañas, donde la necesidad de desnudarla y venerar cada resquicio de su cuerpo era más grande que su propio sentido común.
Con dedos ansiosos deshizo la coleta de ella, provocando que el pelo cayese liso en torno a su rostro y, hundiéndolos entre los mechones, gruñó con deleite.
Alana tan solo le había pedido un beso, sin embargo, él no se sentía capaz de frenar lo que había nacido entre ellos; tan simple como que no podía despegar su boca de la de ella.
Eso era lo que había temido todo aquel tiempo, no poder separarse de su lado. Aun así, el eco de la voz trémula de Alana fue suficiente para detenerlo en el acto.
—Espera, espera…
Aquello provocó que se separaran, y Hans vio cómo se metía un mechón detrás de la oreja con cierta timidez.
—¿Estás bien? —le preguntó al cabo de unos segundos, al ver que no hablaba ni reaccionaba.
La chica asintió y se armó de valor para mirarlo de nuevo a la cara.
El brillo en sus ojos le dejó claro lo que anhelaba.
A pesar de ello, del cosquilleo que sentía por todo su cuerpo, de la necesidad en forma de agonía lenta y tortuosa que la atenazaba y la sensación de vacío que sentía desde que sus labios perdieron el contacto, no supo si estaba preparada para entregarse de esa manera siendo consciente de que él se marcharía en pocas horas.
Debía protegerse, aunque no pudo resistir la necesidad que nació en ella.
—¿Te puedo pedir algo más?
—Esa pregunta me da miedo —dijo Hans sincero.
La sonrisa de ella le supo a gloria.
—Quédate a dormir esta noche. —Antes de que él pudiese hacerse una idea equivocada, le aclaró su petición—. Quiero recordar esto como algo especial, jamás he dormido con nadie que no sea de mi familia. Tan solo quiero que me abraces y durmamos juntos, nada más. Solo eso.
No era tonta y sabía que habían estado a punto de ir más allá. Ambos estaban excitados, muy excitados, pero no había podido contener su lengua, que se había movido más rápido que su cerebro, embotado de aquellos deliciosos besos.
Por un momento, Alana creyó que iba a decirle que no, ya eran demasiados «solos» los que le había pedido y además, para un tipo de su edad, estaba segura de que era una petición de lo más absurda e infantil.
Hans observó la mezcla de decisión y vulnerabilidad en sus ojos y no pudo negarse. No obstante, tuvo que recurrir a todos los ejercicios de respiración que recordaba para retomar la calma. Si no lo hacía, aquella noche iba a resultarle muy larga.
Alana se maravilló de la naturalidad con la que él se despojó de su camisa y se metió en la cama. Ella acababa de salir del baño, donde se había colocado un escueto y fresco pijama y, mientras se acercaba a él, sintió cómo la examinaba y recorría toda su anatomía.
Ninguno de los dos dijo nada cuando se unió a él en el colchón ni tampoco cuando Hans desplazó su cuerpo, puso una mano en su cintura instándola a ponerse de lado y darle la espalda y, acto seguido, pegarse a ella para abrazarla, tal y como le había pedido.
Su respiración se volvió errática al sentir los dedos de él jugueteando en su abdomen. Su calor traspasó las escuetas prendas de ropa que la cubrían, aunque tras unos minutos de expectación se dio cuenta de que él no iba a ir más allá.
No supo si aquella certeza la tranquilizó o la decepcionó, y no fue hasta que ambos se hallaron relajados que él habló en voz baja.
—¿Quién te ha hecho eso?
Alana frunció el ceño sin abrir los ojos.
—¿Qué?
—Los moratones de tu abdomen y de tus muslos —aclaró con voz sombría—. ¿Fue tu amigo? ¿Él te hizo daño? ¿Por eso llorabas?
Alana se avergonzó al sentir cierto regocijo en aquella pregunta, en el hecho de que Hans se preocupase por ella hasta ese punto.
Se mantuvo en silencio unos segundos que a él se le antojaron eternos.
—Es de las clases de pole dance . Voy cada jueves, y aún no lo domino demasiado.
Hans notó cómo su capacidad pulmonar volvía a ser la de siempre y el aire entraba de nuevo con normalidad en su cuerpo.
Habló al percibir la garganta libre de la extraña opresión que había sentido desde que la vio salir del baño.
—No sé cómo lo haces, pero siempre terminas sorprendiéndome.
Alana se lo tomó como un cumplido y se incorporó, mirándole a la vez que sonreía.
—Gracias.
Con un gesto de satisfacción se acercó a él, besó escuetamente sus labios y se giró de nuevo. Retomó la postura que habían tenido, agarró su brazo haciendo que la rodease con él y no le costó conciliar el sueño.
Para Hans, sin embargo, la tarea no le resultó igual de sencilla.