11 La petición
Si lo que deseas no viene a ti, usa el plan ve
Suspiró con pesar al no encontrarlo, sin embargo, le quedó un halo de esperanza al ver que su furgoneta seguía estacionada en el mismo lugar de siempre: «su» lugar.
Entonces, ¿dónde demonios estaba?
No se planteaba preguntar a alguna de sus compañeras por su paradero, si es que lo sabían, puesto que tendría que dar demasiadas explicaciones acerca del motivo por el que andaba merodeando por allí en su día libre, por lo que decidió esperarlo durante un rato.
Miró a Iris pidiéndole permiso para sentarse en el pequeño saliente que hacía de escalón y de entrada a la misma.
Una vez que lo hizo, movió su pierna derecha de manera involuntaria, arriba y abajo con velocidad, y no pasaron más de tres minutos cuando sacó su teléfono del bolsillo, dispuesta a mirar el reloj y marcarse un límite razonable de espera.
Justo cuando lo desbloqueó, le entró un mensaje de su hermano.
Bruno:
Aquí, en tu puerta, hay un tipo preguntando por ti. Es más raro que una mantis de hoja seca [1] . No veas el susto que me ha dado.
Alana:
¿Cómo?
Bruno:
Andaba por la cocina y, cuando me he dado la vuelta y he mirado por la ventana, estaba ahí, observándome fijamente. Por poco me cago encima. Literal.
La chica imaginó la escena, se mordió el labio y no pudo evitar soltar una risotada.
Alana:
No me refería a eso. ¿Cómo se llama?
Bruno:
Espera.
Alana aguardó unos segundos, los necesarios para celebrar cuando al fin leyó: «Bruno está escribiendo».
Bruno:
Dice que es el señor Müller. Vaya tío más rarito, ¿lo conoces? ¿Quieres que llame a papá para que le dé limosna o lo eche de aquí? ¿Llamo a la policía?
A ella le dio un vuelco el estómago al confirmar sus sospechas y se puso en pie sin perder ni un segundo.
Alana:
No hagas nada. Voy para allá.
No esperó la respuesta de su hermano. Bloqueó el teléfono, lo guardó en el bolsillo trasero de sus cortos pantalones vaqueros y echó a rodar con celeridad.
Intentó no pensar en el motivo real por el que el camino le estaba resultando más largo que de costumbre, buscó una excusa poco creíble para la inquietud que sentía en el estómago y, cuando por fin llegó a su puerta y descubrió que él no estaba allí fuera, calmó su desazón diciéndose a sí misma que quizá era lo mejor que le había podido pasar, pues debía centrarse de nuevo en sus metas, esas que de un tiempo a esa parte rondaban poco por su cabeza.
Sin embargo, cuando abrió no pudo evitar estirar los labios en una sonrisa.
—Hola —la saludó Hans apoyado en la isla de la cocina con una mueca idéntica a la suya.
—Hola.
Durante unos segundos se mantuvieron la mirada, y Bruno observó de manera alternativa de uno al otro, sintiéndose ignorado.
—Yo ya me voy. Es hora de hacer acto de presencia y esperar que papá y mamá no me interroguen o me maten…
—dijo sin recibir respuesta. Echó un vistazo de reojo a su hermana cuando se colgó la mochila al hombro.
Nada, ni un fugaz asentimiento. Frunció el ceño y probó suerte con su último comentario, era casi imposible que no reaccionase a este—: Ah, y la toalla la he dejado hecha una bola y mojada en el suelo del baño.
—Ujum —contestó ella sin mirarle—. Gracias. Hasta luego, Bruno.
El adolescente negó con la cabeza y salió por la puerta que conectaba con la casa de sus padres sin prestarles mayor atención, bastante tenía con librar sus propias batallas como para preocuparse por las historias de otros.
El sonido de la puerta al cerrarse anunciando que se encontraban solos les hizo reaccionar. Hans contempló las manos de Alana.
—¿Te he interrumpido mientras practicabas?
Ella siguió el curso de sus ojos, dándose cuenta de que se refería al monopatín. Lo apoyó sobre el soporte que tenía en la pared de la entrada y lo ajustó para que ambas ruedas sobresaliesen por igual.
Hans reprimió una sonrisa al apreciar el movimiento de la joven.
—No, vengo del camping .
—Vaya, casi nos cruzamos.
—Sí. —Inspiró hondo—. Fui a buscarte.
—¿A mí?
—Quería pedirte disculpas por mi actitud en la playa. «Quiero» pedirte disculpas… —aclaró corrigiendo el tiempo verbal utilizado.
—No pasa nada.
—Y también por haberte estado evitando.
—Has estado ocupada.
Los ojos de Hans le dejaron claro que no había creído aquella tonta excusa, el «tipo raro», como lo había llamado su hermano, era del todo consciente de cómo rehuía su cercanía.
—No tanto.
—Bien.
—Bien —repitió Alana—. ¿Me perdonas?
Ante su escrutinio, la chica se sintió expuesta.
—Por supuesto. Sin rencores.
—Gracias.
Notando los hombros más ligeros, soltó las llaves del apartamento y se adentró en su casa, dejando atrás la entrada. Ambos se decidieron a hablar a la vez, pisando al otro.
—¿Te apetece algo de beber?
—¿Por qué me evitabas?
Se echaron a reír, y él le hizo un gesto, invitándola a hablar.
—¿Qué te apetece beber? Hoy tengo algo más que agua.
—¿Leche?
—También. —Rio—. Y refrescos y cerveza.
—Lo mismo que tomes tú estará bien.
Alana asintió y sacó dos botellines de la parte trasera de la nevera, ocultos por otros envases y botes. Hans chocó el cuello del cristal con el de Alana, y ambos bebieron, mirándose a los ojos.
La joven no pudo evitar contraer el gesto ante el amargor de la bebida, que, si bien no era la primera vez que la tomaba, no terminaba de agradarle.
A su acompañante se le escapó un sonido extraño por la nariz al intentar evitar reírse que hizo sonreír a Alana.
—¿Qué me habías preguntado? —Se movió unos cuantos pasos hasta llegar al sofá y lo miró.
Hans la siguió y se sentó a su lado, descalzándose y estirando las piernas bajo la mesa de centro. A ella ese gesto de familiaridad surgido con tanta naturalidad la fascinó y asustó a partes iguales.
—¿Por qué me has estado esquivando?
—La verdad es que prefiero no ahondar en el tema.
—Está bien.
Lo miró durante unos segundos y se dio cuenta de que lo decía de verdad, y esa conformidad contrarió a Alana, pues, aunque no quería explicarle sus sentimientos, esos que ni ella misma entendía, tampoco comprendía que se conformase con tan poco.
—¿Siempre eres así?
El tono utilizado le dio a entender a Hans que el ambiente había cambiado y que se había molestado por algo.
—No, quiero creer que cada día soy mejor persona.
—¿Te da igual que no te explique por qué no quería verte?
Hans alzó una ceja y bebió de nuevo.
—Mi curiosidad no es más fuerte que mi respeto hacia ti, Alana. Si no quieres contármelo, no voy a forzarte a hablar.
Ella se quedó callada unos segundos, procesando lo que acababa de decirle.
—No tienes sangre en las venas —concluyó, y él rio con diversión.
—Créeme, sí que tengo.
—Y eres un poco exasperante.
—Vaya, gracias por el cumplido. —Puso una mano sobre su pecho con fingida modestia.
—¡Arg! —gruñó ella. Depositó con brío el botellín sobre la mesa de centro—. ¡Me gusta estar contigo! ¡¿Vale?!
—Cualquiera lo diría.
La chica suspiró con el medidor de paciencia bajo mínimo. Se llevó dos dedos al puente de la nariz, lo pinzó y cerró los ojos antes de hablar:
—Hans, vamos a ver. Tú te vas a marchar.
—Sí, en unas horas —aclaró mirando el reloj de la pared—. Unas catorce o quince. Salgo mañana por la mañana.
Aquello cogió de improvisto a Alana. Saber con certeza que esas serían las últimas horas que estarían juntos le cayó como un jarro de agua fría. Quizá no había sido buena idea decidir verlo para disculparse, ya que de no haberlo hecho él se habría marchado y nunca más se habrían vuelto a encontrar.
Por el contrario, sentía una mezcla peligrosa: un dolor sordo en el pecho, unas increíbles ganas de zarandearlo y la imperiosa necesidad de echarse a llorar.
Para Hans la situación tampoco era de su agrado; que se le iluminase la cara de aquella forma cuando lo vio al llegar le provocó unas irrefrenables ganas de besarla hasta robarle el sentido.
Y, pese a que no era la primera vez que le nacía esa necesidad ni tampoco la segunda, volvía a enterrar sus impulsos.
Se había planteado incluso dejar las cosas como estaban y no ir a verla esa noche a su apartamento, pero le pudo la necesidad de enterrar el hacha de guerra y también de darle su número de teléfono para mantenerse en contacto.
No obstante, viendo cómo pasaba de la risa al enfado y luego a estar al borde del llanto, la entendía todavía menos que antes.
—¿Por qué lloras? —murmuró mientras se acercaba, preocupado, al cuerpo femenino.
—Por nada, no lloro. —Sorbió por la nariz, y su gesto infantil le arrancó una sonrisa cariñosa.
—Ven aquí.
Hans tiró de su muñeca y la atrajo hacia él, envolviéndola entre sus brazos.
Apreció cómo ella contenía la respiración, reflejo de su mismo gesto, y unos segundos después ambos inspiraron al unísono, intentando calmar el latido de sus corazones.
Se mantuvieron así unos minutos, sin necesidad de palabras, ajenos al torbellino de sentimientos del otro.
Fue Alana la que al final habló, apoyada en su pecho y sin moverse.
—Hans.
—Dime —contestó con el mismo tono bajo que ella había utilizado.
—Me gusta estar contigo.
—A mí también.
—Me gusta mucho. Por eso te evitaba. —Él se quedó callado un instante. Alana no soportó la tensión y se separó un poco. Hans no la soltó de su agarre, por lo que ambos se miraron con la cara a escasos centímetros de la del otro—. ¿Me entiendes?
—Creo que sí —respondió con cautela.
—Tú te marcharás y tengo miedo de querer más.
—No tienes que tenerme miedo.
—No te temo a ti, sino a todas las cosas que me haces anhelar. —Observó cómo él se pasaba la lengua por los labios en un gesto inconsciente y su barba bailaba con el movimiento. Sin embargo, no habló, no osó romper ese halo casi místico que parecía envolverlos—. Si te pido algo, ¿me lo darás?
El susurro de ella los rodeó a la vez que sentían el ritmo acelerado del otro crepitando en sus propios cuerpos.
—No lo sé, Alana.
Ella inspiró hondo y cerró los ojos.
—Bésame, Hans. Por favor.