10 La playa #2
—Déjate de tonterías. Todas sabemos quién te ha puesto así, no me eches las culpas a mí —espetó Alana alzando una ceja y apuntando con la cabeza en dirección a las tumbonas, donde Soto y el entretenimiento de su amiga charlaban.
África la miró sonriendo, sin amilanarse—.
Nos hemos cruzado de casualidad mientras nadábamos y nos hemos saludado, eso es todo.
—Ya —rebatió incrédula.
—Chicas —siseó Alba—. Disimulad. Sale del agua y está mirando hacia aquí.
Alana escrutó por el rabillo del ojo y se dio cuenta de que África no seguía los consejos de su amiga, ya que estaba observándolo con descaro.
—¿Cuántos años tiene? —La miró frunciendo el ceño.
—Treinta y cuatro —contestó con la boca pequeña.
—¿Perdona? ¿Tú coqueteando con un tipo tan mayor? —le recriminó—. ¿Ahora quién es la que está enferma? Porque perdona que te diga, pero tú me habrás dicho eso ochocientos millones de veces cuando te explico el amor que siento por tu padre.
—Afri —la amonestó Alba aguantando una sonrisa.
—No, da igual, no te preocupes —le dijo Alana a Alba, y se giró para encarar a África y constatar que Hans ya no estaba por allí—.
Lo que tú dices sentir por mi padre no es amor, son tus ganas de molestarme.
No te rías, sabes que es verdad. Además, Hans se irá en unos días a cualquier parte del mundo, y yo me quedaré aquí, así que no hay de qué preocuparse.
Dicho eso, se giró, y ambas amigas la observaron sin moverse. Cuando Alana se despidió de Soto, y se dirigió hacia la salida de la playa, Alba volvió a hablar:
—¿Por qué tengo la sensación de que sí hay de qué preocuparse?
—Por lo mismo por lo que no ha negado que estuviera coqueteando con él —añadió África con una mueca satisfecha—. Creo que alguien va a salir de su cascarón, y no me refiero ni a ti ni a mí.
Alana miró con incredulidad a su hermano.
—Bruno, ¡eso es peligrosísimo!
—¿Y qué querías que hiciese? Fueron los capullos de mis colegas, yo no tenía ni idea —se excusó.
La mayor aún no daba crédito a lo que le acababa de contar. Su hermano, su hermano pequeño y adolescente, para más señas, que había pasado el fin de semana con unos amigos, le acababa de decir que le habían gastado una broma de dudoso gusto y que incluso, bajo su criterio, rozaba la ilegalidad.
—Y ¿estás bien?
—Que sí, que no ha pasado nada —le contestó con las mejillas encendidas y sin mirarla a los ojos—. Solo tuve dolor de estómago y mareos. Ya casi no tengo nada, pero necesito darme una ducha antes de volver a casa. No quiero que papá y mamá me interroguen cuando me vean llegar así.
Alana lo observó bien, fijándose en el deplorable estado que presentaba: ojeras, un color ceniciento en la cara y la ropa tan arrugada como si la hubiese metido a presión en la secadora y esta hubiese dado mil vueltas comprimida.
Bruno aún estaba procesando el hecho de que sus amigos le hubiesen mezclado viagra con la bebida justo la noche en la que tenía previsto perder su virginidad. Lo que le había dicho a su hermana era cierto: aunque había estado a punto de tener que ir al hospital, ya se encontraba mejor.
Tan solo le omitió el resto de la historia, la cual se guardó de forma oportuna para él. Por fortuna, Laura, la chica con la que llevaba todo el verano saliendo, lo cuidó cuando él había empezado a encontrarse mal.
Al armarse de valor y subir a la habitación no tardó en sentir que le recorría un sudor frío por todo el cuerpo. Pronto empezaron las náuseas y, cuando la chica vio que se doblaba en dos sin resuello, no dudó en salir a buscar ayuda.
Para Bruno fue bastante humillante seguir empalmado en aquella situación tan bochornosa, aunque pronto supo el motivo. Al verlo así, sus amigos se asustaron y admitieron su culpa. Fue justo entonces cuando ella los echó de la habitación y decidió cuidar de él.
Había sido su ángel salvador y, si a Bruno ya le gustaba la muchacha, después de aquello estaba dispuesto a entregarle su alma.
Así que sí, necesitaba una ducha y recomponerse un poco antes de regresar a casa del fin de semana más terrorífico y asombroso de la historia de su vida.
Alana preparó algo para picar que comieron sentados a la pequeña mesa del comedor. Ella se encontraba más callada de lo habitual, pero si su hermano lo notó no dijo nada.
Por un lado se sentía mal por haberse marchado de aquella forma de la playa, dejando a Hans en el agua con la palabra en la boca, cuando se veía a la legua que estaba dispuesto a hablar con ella y limar asperezas; por otro, tenía la sensación de que aquello era lo mejor que podía hacer: distanciarse y esperar a que se marchase del pueblo, cosa que ya le había adelantado que no tardaría en hacer.
Jamás imaginó que estaría así por alguien como Hans, sintiéndose en esa montaña rusa emocional en la que parecía haberse subido desde que lo había conocido hacía un mes, y tenía la certeza de que aquel pensamiento nada tenía que ver con su físico o con la característica manera de vestir que tenía, ni siquiera con su filosofía de vida, tan diferente a la de ella, pero que le llamaba tanto la atención.
En realidad, el verdadero detalle que la tenía desconcertada y sin saber cómo actuar era la diferencia de edad entre ellos, otrora insalvable e imposible para ella. Hasta África, su amiga más liberal y abierta de mente, se había asombrado al verla coquetear con él en la playa.
Porque sí, justo era eso lo que habían estado haciendo, por más que quisiera negarlo.
Para cuando su hermano se metió en la ducha, y ella recogió lo que ensuciaron, ya tenía tomada la decisión de, al menos, ir a despedirse de él.
Era lo mínimo que se merecía después de las molestias que se había tomado la noche en la que Edu la acorraló en el camping . Hans había soportado estoico su llanto, la tranquilizó acariciando su espalda y, para terminar, la acompañó a casa y distrajo, tanto en el camino como al llegar.
Sí, era justo que, al menos, le diese las gracias.
—Bruno —lo llamó desde el otro lado de la puerta, recibiendo su respuesta amortiguada—. Vuelvo en un rato. Si te marchas acuérdate de dejar las luces apagadas y la toalla colgada, por favor.
El aludido replicó con una afirmación, y Alana, con un extraño cosquilleo en el estómago, cogió sus llaves y el monopatín, y puso rumbo al camping .
Tan solo esperaba no llegar demasiado tarde.