10 La playa
Los bombones al sol se derriten… Y las defensas también
Decidió recuperar las horas que el jueves había echado de menos en el camping y lo hizo en la noche de mayor volumen de trabajo, la del sábado, por lo que eran pasadas las doce del mediodía cuando recogía su mochila y se subía a su monopatín.
Al salir por la puerta, y justo antes de echar a rodar por la avenida, el claxon de un vehículo la sobresaltó. Miró en dirección al sonido y descubrió el llamativo coche amarillo de África y a sus amigas dentro, haciéndole aspavientos con las manos.
—¿Qué hacéis aquí? —les preguntó cuando llegó a ellas y se agachó hasta asomar su cara por la ventanilla abierta.
—Raptarte.
—¡Día de playa! —aclaró Alba tras reírse de la respuesta de África.
Alana suspiró cansada.
—Estoy muerta, chicas. Llevo desde ayer sin parar.
—Te dejaremos que sobes un rato en la tumbona. —La joven alzó una ceja ante aquella afirmación—. Y esta vez prometemos estar pendientes para que no te quemes con el sol.
Ante la insistencia de ambas terminó por aceptar, recibiendo unos ridículos vítores mientras se metía en el coche.
Sin embargo, no recorrieron mucho camino antes de darse cuenta de que les iba a resultar casi imposible aparcar, ya que ese primer domingo de septiembre parecía que todo el mundo se había animado a ir a Costa Serena a pasar el día en remojo.
—¿Y si lo metemos en el parking del camping ? —propuso su amiga más sensata—. ¿Crees que te pondrán problemas?
Alana lo meditó y al final asintió; sabía que había plazas libres y, tras hablar con su compañera, no tuvieron mayores inconvenientes.
Una vez instaladas en la playa se dejó caer en una de las hamacas y se quedó dormida al instante.
Sus amigas cumplieron con la palabra dada y se preocuparon de que su piel no mutase a un color rojo encendido, aplicándole crema en las zonas que no cubría la parte inferior del biquini o la camiseta del uniforme que aún llevaba puesta.
Pasaron un par de horas cuando Alba decidió despertarla.
—¿Qué hora es? —preguntó desubicada.
—Hora de despertarte, bella durmiente —la saludó Soto, pareja de su amiga, que se había incorporado al grupo mientras ella estaba inconsciente—. Vaya concierto de ronquidos nos has dado, teníamos un ambiente tan romántico aquí a tu lado…
Alba lo empujó divertida.
—No seas malo. Son las tres menos diez, cariño.
—Me muero de hambre —se limitó a decir cuando se incorporó y sus tripas rugieron con ganas.
Lo último que ingirió la noche anterior había sido una ensalada del súper y un zumo a una temperatura rozando la ebullición. Además, mientras comía, la interrumpieron dos veces los avisos de los huéspedes al teléfono del camping , así que su estómago se quejaba y con razón.
—Hemos traído bocatas.
Alana se acercó a la bolsa que Alba le señalaba y, tras estirar su espalda y sus brazos reprimiendo a duras penas un bostezo, se agachó y rebuscó, dando con un envoltorio de aluminio en forma de bocadillo y una botella de agua.
—¿Dónde está África? —preguntó con la boca llena.
La pareja, sentada sobre la toalla en una posición muy acaramelada, señaló al unísono con la cabeza hacia la orilla, donde la del pelo rosa reía encaramada a la espalda de un chico que corría sorteando las olas y haciendo aspavientos.
—¿Ese es quien creo que es?
—Muy a mi pesar, sí —contestó Soto.
Su amigo y aquel tipo se conocían desde el instituto y, aunque el que retozaba en la arena en ese momento con África había estudiado un par de cursos por delante de ellos, eso no había sido impedimento para que todo el mundo supiera su identidad, pues él solito se encargó de crearse una fama de rompecorazones y robanovias bastante conocida, y era raro encontrar a alguien que no hubiese tenido problemas con él.
Alana dedujo que el hecho de que su amiga cayese de nuevo en sus garras era del todo inevitable.
África solía colgarse de los más engreídos y difíciles, y de él ya lo había hecho antes de que este se fuese a vivir a Londres.
De hecho y desde entonces lo tenía colocado en los primeros puestos de su ranking de mejores amantes.
Y sí, por supuesto que su descarada amiga tenía un listado de tíos con los que se iba acostando, con sus respectivos teléfonos y puntuados con dibujitos de penes sonrientes marcando los que, según decía, merecía la pena recordar por si se presentaba de nuevo la ocasión.
Alana se entretuvo unos minutos hablando con sus amigos y observó a la tercera interactuar en la orilla. Los tortolitos le explicaron cómo se habían tomado los padres de Alba su compromiso y, para su tranquilidad, también le aclararon que no pensaban casarse de inmediato.
—Si fueses un desconocido, y no supiera que vas en serio con mi amiga, juraría que le pediste matrimonio solo para poder dormir juntos en tu casa.
—Me has pillado.
Él le guiñó un ojo y besó el cuello de Alba, que soltó una risita afectada.
Para cuando el ambiente se hubo caldeado lo suficiente, tanto entre los amantes reencontrados como con los recién comprometidos, ella terminaba su bocadillo de tortilla y se deshacía de los restos del envoltorio.
—Me voy al agua, a ver si me despejo un poco.
—Vale.
—Por la sombrita, bombón —añadió Soto con diversión, sin dejar de atender a su chica mientras hablaba.
Ella le hizo una carantoña y se despojó de la ropa, recolocándose la pieza superior de su traje de baño mientras se encaminaba hacia el mar.
Decidió alejarse unos metros hacia la derecha para no cruzarse con la sirena pelirrosa y el que parecía sacado del póster de un gimnasio, y se estremeció cuando sus pies quedaron cubiertos por el agua.
Suspiró ante esa primera toma de contacto con el mar y el contraste de temperatura entre su cuerpo templado y el líquido salado varios grados por debajo.
Una vez superada la sensación inicial, avanzó con decisión hasta que quedó cubierta por la cintura y, solo entonces, reunió el valor necesario para hundirse por completo y mantenerse unos segundos sumergida.
Necesitaba desentumecer el cuerpo, por lo que comenzó a mover brazos y piernas nadando con maestría, sin ser consciente de que dos pares de ojos, ambos marrones, aunque muy diferentes entre sí, no habían parado de seguirla desde hacía un buen rato.
El dueño de uno de ellos, el de motas verdes alrededor de los iris, sabedor de que ella estaba evitándolo de nuevo y a propósito, e incluso él mismo no había hecho nada por impedirlo, se encaminó hacia su posición dispuesto a ponerle remedio.
Después de todo, tenía decidido marcharse del pueblo al día siguiente, por lo que al menos quería despedirse de ella.
Avanzó dejándose envolver por el mar y se colocó en el final del trayecto que ella repetía a nado.
Cuando emergiera la cabeza en busca de aire para dar la vuelta no le quedaría más remedio que darse cuenta de que estaba allí.
Y vaya si lo hizo… Del grito inesperado que profirió, varios bañistas a su alrededor se volvieron para mirarlos.
La chica tosió tras haber tragado agua y habló con voz ronca.
—¿Qué haces aquí?
—Hola. Yo también me alegro de verte. —Alana mantuvo las distancias—. Te estuve esperando ayer a las seis.
Su tono no fue de reproche, tan solo parecía estar intentando entablar conversación.
—No pude.
—Y hoy tampoco.
Alana negó con la cabeza, ajena a que el otro par de ojos, parapetado tras unas gafas de sol pasadas de moda, observaba la escena desde su posición oculta en la playa y se mordía el magullado labio inferior, atormentado por el sentimiento de culpa y de arrepentimiento.
—He trabajado hasta tarde.
—Entiendo. —Realizó un gesto con la cabeza y le sonrió—. ¿Una carrera?
—Ya me iba a salir —se excusó.
—¿Y si te lo pido como cliente? ¿Tu ética laboral te obligaría a complacerme?
Él elevó una ceja con gesto canalla, y ella no pudo evitar sonreír.
—Eso ya no te funciona conmigo.
—¿No? —Fingió sentirse ofendido y rozó su cuerpo bajo el agua.
Alana apoyó una mano en su cabeza y lo hundió entre risas.
Justo antes de emerger, él la agarró por la cintura y tiró de ella, tomándola por sorpresa. Ambos se removieron durante unos minutos entre carcajadas y chapoteos.
—¡Para! ¡Ya! ¡Me rindo! —le exigió una de las veces que ambos salieron a la superficie.
La joven tosió, y él soltó una risita, echándole hacia atrás el pelo mojado que tenía sobre la frente. Se quedaron mirándose en silencio durante unos segundos, siendo conscientes de que estaban muy cerca, tanto que podían sentir el calor del otro atravesar el agua que los envolvía.
Alana decidió romper el momento cuando apreció que Hans se aproximaba un poco más.
Bajo ningún concepto se podía permitir caer en la especie de embrujo extraño que ejercía sobre ella, por lo que debía alejarse de él sin perder un solo segundo o estaría perdida en esos increíbles ojos que se habían aclarado tras el baño.
—Tengo que irme. Nos vemos en otro momento, ¿vale?
No le dio la oportunidad de contestar; antes de terminar la frase ya estaba braceando hacia la orilla con celeridad.
Hans suspiró y negó con la cabeza a la vez que sonreía.
—Hasta luego —murmuró pasándose las manos por su propio pelo mojado.
Sin embargo, cuando la muchacha salió del agua, una figura femenina la interceptó en la orilla con los brazos en jarras.
—¿Quién es?
—Nadie —respondió sin establecer contacto visual y pasando de largo, con la firme intención de llegar a la tumbona, secarse y largarse.
—¡Eh! —África la agarró del brazo y detuvo su avance. Alba llegó entonces hasta ellas—. ¿Quién es ese tipo?
—Un cliente.
La ceja alzada de África la hizo bufar.
—¿Y desde cuándo jugueteas con los clientes en el agua? ¿Hay alguna nueva tarifa que incluya revolcón en el mar? Porque, amiga, he sentido la tensión sexual desde aquí y me he puesto hasta cachonda.
—¡África! —la riñó Alba.