9 Hermanos
Siete formas de decir familia
El apartamento de Alana resultó justo como su mente lo había recreado gracias a las pocas conversaciones que habían tenido tras los ejercicios de yoga de cada mañana.
Si bien no era demasiado grande, pues juraría que no pasaría de los treinta metros cuadrados, estaba muy bien distribuido.
Sonrió al observar un conjunto de fotos colgadas en la pared del femenino salón.
En concreto, llamó su atención una de ellas, donde Alana reía con la boca bien abierta y llena de manchas de lo que a simple vista parecía chocolate.
Tuvo que ser tomada algunos años atrás, ya que aún se apreciaba el espacio vacío de un diente que estaba por crecer.
Se demoró unos segundos más en su expresión de pura felicidad antes de dirigir los ojos a otra instantánea más reciente, donde una fila de ocho niños posaba de frente, uno al lado del otro, colocados de mayor a menor estatura en una llamativa escala visual.
—Somos mis hermanos y yo. —Escuchó la voz de Alana a su espalda y se giró para observarla—. Ya conoces a algunos.
Tenía mejor aspecto, sin embargo, en sus ojos aún se podía apreciar que había estado llorando, sobre su pecho, para ser exacto.
—¿Más tranquila? —Ella asintió, y Hans se hizo a un lado, invitándola con el gesto y media sonrisa a que se pusiera junto a él y frente a la imagen—. Cuéntame algo sobre ellos.
Alana agradeció su petición y poder así dirigir sus pensamientos a otra cosa. Suspiró antes de hablar.
—La más pequeña es Zahara. Acaba de cumplir tres años. —Sonrió—. Es una niña muy despierta y alegre, está mimada por todos y siempre consigue lo que quiere.
Hans asintió con un gesto calmado, sin apartar la vista de la instantánea
—Es preciosa.
—Lo es. Guille es el siguiente. —Llevó el dedo hasta la figura del niño—. Es un trasto de siete años, sin duda el más travieso e inquieto de todos.
—Se intuye —apuntó Hans divertido, señalando el detalle donde el pequeño se afanaba en ponerle un par de cuernos a una de sus hermanas.
Alana dejó ir una risita.
—Sí, aunque también es muy cariñoso —añadió antes de pasar con el dedo a la siguiente chica—. Ella es Fabiola, pero todos la llamamos Pato.
—¿«Pato»?
—Cosas de críos —le restó importancia—. Se lo puso mi hermano Bruno, por eso de que es la única morena entre todos… Ya sabes, el cuento del patito feo. —Hizo una pausa y bajó algo la voz—. Está pasando por una etapa un poco complicada.
—¿Qué le ocurre?
Hans se movió unos centímetros, apoyándose en la esquina del sofá. La miró con interés durante unos segundos.
Alana desvió de nuevo la vista al marco de fotos, y él continuó observando su perfil, embebiéndose de la forma en la que su cara se movía mientras hablaba, dejándole ver lo que escondían sus palabras.
Con aquella conversación tan solo pretendía tenerla distraída y que no volviese a llorar tan desconsolada como hacía un rato. Había podido sacarle poca información sobre lo ocurrido, ya que se había mostrado algo hermética al respecto.
—Es una niña muy sensible e introvertida y no se siente cómoda con sus compañeros del colegio. Detesto lo crueles que pueden llegar a ser los críos a veces. —Su tono tuvo un tinte amargo—. Siempre ha dicho que de mayor quiere ser policía.
—Y será una de las mejores.
Alana le sonrió agradecida antes de terminar el barrido por los mayores.
—Las gemelas son Diana y Emma. —Las apuntó al mencionarlas, y Hans pensó que él sería incapaz de diferenciarlas—. Son como la noche y el día. Emma es tranquila, responsable y saca las mejores notas de su clase. Diana… digamos que es —dudó al hablar— peculiar.
—Recuerdo el día que nos cruzamos en el pueblo y el comentario que…
—¡Exacto! —lo cortó algo abochornada, sin querer recordar lo que su hermana había soltado por su boca sobre Hans y su aspecto cuando él se estaba alejando—.
Esa es Diana: incorregible, deslenguada y siempre metiéndose en líos.
Y súmale a todo eso que están entrando en plena adolescencia.
—Puso los ojos en blanco—. No, no nos aburrimos.
Hans soltó una carcajada.
—Suena divertido.
—Lo es. A veces —contestó con cariño—. Y la peor enemiga temporal de Diana es Carolina. Quince años, rebelde y temperamental, y a la que desde hace un par de años solo le preocupan su imagen, la ropa y las redes sociales. No oses tocar su maquillaje o algo de su armario si no quieres morir.
—Lo tendré en cuenta —bromeó y pudo ver cómo ella reprimía una sonrisa.
—Y, por último, Bruno. —Alana se giró y lo observó, hablándole de forma directa por primera vez—. Es la mejor persona que conozco. Tiene dieciséis, es divertido, se desvive por los animales y tiene un corazón enorme, aunque a veces también lo mataría.
—¿Cómo no? —Ella sonrió enternecida, y él se la quedó mirando, a la espera de algo más. Cuando dedujo que no iba a continuar, habló de nuevo—: ¿Y qué me dices de ti?
La sonrisa de su rostro se volvió algo más tensa cuando Hans le hizo esa pregunta. Anduvo unos cuantos pasos y se sentó en los escalones que separaban el salón y la cocina del pequeño dormitorio de concepto abierto.
—¿Qué quieres saber?
Los pies de él entraron en su campo de visión cuando se acercó a su posición. Alana recayó entonces en que se habría descalzado en algún momento mientras ella se recomponía en el baño.
—Tienes todo un repertorio de elogios y palabras para tus hermanos, pero ¿de ti nada? —La aludida se encogió de hombros—. Veamos, ¿qué te gusta hacer?
—Practicar deporte.
—¿Qué más?
—Cuidar de mis hermanos e ir a la playa con mis amigas.
Hans negó con la cabeza.
Alana observó cómo agarraba una silla del pequeño comedor y, dándole la vuelta, se sentaba a horcajadas y agarraba el respaldo con sus manos de largos dedos.
Sus anillos brillaron al moverse y reflejar la luz del techo, hipnotizándola.
—Ve un poco más allá.
—¿A qué te refieres?
Lo observó con interés, y a él le fascinó la sinceridad y frescura de sus gestos.
—Si te digo que me gusta viajar, solo te estoy dando una información que se queda en la superficie, pero, si te explico que lo que de verdad me remueve el alma es empaparme de las diferentes culturas y costumbres de los sitios a los que voy, puedes hacerte una mejor idea de quién soy.
La joven se lo quedó mirando, recapacitando sobre sus palabras. Tras unos segundos rebuscando en su interior, se aclaró la garganta.
—Me encanta cuando salgo a correr con mi padre, tenemos un pique sano constante. —Se sintió sonreír—. Solemos terminar hablando de la vida, de los planes de futuro para su negocio o cosas así. Disfruto mucho de esos ratos.
Hans la observó, y ella sintió la necesidad de apartar la vista ante su escrutinio.
—Estás muy unida a tu familia.
Alana asintió con la cabeza, aunque aquella frase no había sonado a una pregunta.
—A veces, cuando están más intensos de la cuenta, me entran ganas de distanciarme una temporada de todos. Fantaseo con irme lejos y echarlos un poco de menos.
—En ocasiones no es malo dejar de lado las responsabilidades y escuchar lo que nos dice el instinto. Mírame a mí, es justo lo que hago cada día, y no me va del todo mal.
—En mi caso es complicado.
—Entiendo.
Alana dudó de que de verdad lo hiciese.
—¿Tú tienes hermanos, Hans?
—No.
—Lo siento. —Su voz sonó sincera.
—Gracias, aunque no tienes por qué. —Le dedicó un gesto cariñoso—. No puedo echar en falta algo que no he tenido nunca y la verdad es que no sé si sería capaz de vivir rodeado de tantas personas las veinticuatro horas del día.
—Ya, aunque yo vivo sola.
Hans elevó una ceja, y ella miró el reloj colgado en la pared de la cocina. Faltaba menos de media hora para que las agujas marcasen las dos de la madrugada. Sacó su móvil del bolsillo lateral de los pantalones del uniforme y lo desbloqueó, dirigiendo sus pasos hacia la cocina.
Pudo ver el aviso de un mensaje, la respuesta de su jefe a su explicación de por qué se había marchado a casa. Había mentido, sin embargo, como ese tipo de situaciones no eran habituales en ella, su jefe tan solo le respondió con un escueto « OK ».
Alana suspiró y lo bloqueó de nuevo, apoyándolo después en la encimera.
—¿Quieres algo de beber?
—¿Qué tienes? —Se interesó él, acercándose hasta su posición.
Ella escrutó el frigorífico y compuso un gesto de disculpa al girarse.
—Agua y algo de leche.
—Uhm. Voy a apostar fuerte: agua.
Compartieron una sonrisa mientras servía los dos vasos.
—¿Puedo confesarte algo? —le preguntó Alana.
Ambos se encontraban enfrentados, con la isla de la cocina como barrera entre sus cuerpos.
—Por favor.
—He visto tu Instagram, y creo que nadie se ha fotografiado más los pies en diferentes lugares del mundo que tú.
En el momento en que se lo dijo, se arrepintió, ya que con ello le daba a entender que se interesaba por él y por su vida más allá de lo racional entre un huésped y una trabajadora de camping .
Solo que entre ellos se había forjado una conexión que iba más allá de la racional entre un huésped y una trabajadora de camping , comenzando por el yoga que compartían cada mañana y terminando por aquel mismo instante, al que habían llegado después de que ella le hubiese llenado de mocos y lágrimas su camiseta, y él se hubiese ofrecido a acompañarla a su casa cuando comprendió que lo mejor que podía hacer era marcharse.
Hans rio sin contenerse.
—Mi Instagram, ¿eh?
—Lo siento. No debí haberlo hecho.
—No pasa nada.
—En serio. Para algo existe la Ley de Protección de Datos. No sé por qué no pensé en las consecuencias que podría…
—Alana —la interrumpió apoyando una mano sobre la suya—.
No pasa nada, nadie más que tú y yo vamos a saberlo, así que tranquila, no vas a acabar en la cárcel por ver unas fotos en una red social pública.
—A ella se le erizaron los vellos de los brazos ante su contacto y, en un acto reflejo, contuvo la respiración cuando él llevó los dedos a su entrecejo, acariciando la zona—. De verdad, deja de preocuparte.
Sus ojos conectaron con los de él y bajó la mirada hasta las arrugas que se formaron en la comisura de sus labios cuando sonrió. Ese simple gesto borró la culpa que la imagen de los pies de Hans le provocaba cada vez que la rememoraba, con el mapamundi tatuado y ocupando ambos empeines.
La emoción fue sustituida por otra mucho más carnal cuando lo vio entreabrir los labios y atisbó su lengua entre ellos.
—¿Tienes hambre? —dijo sin pensar.
—Sí, mucha.
La forma en la que él había pronunciado la escueta respuesta hizo que ella elevase la mirada hasta centrarla en sus ojos.
Hans la escrutaba con intensidad, y ella sintió un repentino calor por todo el cuerpo. Se llevó el vaso a los labios y dio un gran trago, rompiendo el contacto visual.
Carraspeó antes de hablar de nuevo.
—¿Cuál ha sido el lugar que más te ha gustado de todos los que has conocido?
Hans cogió aire y se encogió de hombros.
—No puedo quedarme con uno solo. De los de este año, sin duda, Bergen, aunque puede que eso cambie de aquí a Navidades.
—¿Tienes previsto viajar mucho hasta entonces?
Él sonrió.
—Llevo viajando sin parar desde hace tres años, así que sí, eso espero.
—¿Tanto tiempo? —Asintió—. Pero entre viaje y viaje pasas temporadas en tu casa, ¿no?
—No. Vivo en la furgoneta todo el año.
Los ojos de Alana se abrieron más de lo normal.
—Nunca volveré a quejarme del tamaño de mi apartamento.
Soltaron una carcajada, y ella chistó entre risas, instando a que bajaran el volumen.
—Me caes bien, Alana.
—Usted también a mí, señor Müller.
Hans sonrió complacido.
—Cuando me vaya, y alguien me llame así, no podré evitar acordarme de ti.
Y era cierto, aunque también era consciente de que no sería por lo único por lo que la traería a su memoria. No sabía qué le pasaba con aquella chica, pero le fascinaba de una manera inesperada, y eso en cierto modo le asustaba.
Alana apretó la mandíbula sin querer reconocerse a sí misma que la primera parte de la frase, ese «cuando me vaya», le afectaba más de lo que le hubiese gustado reconocer.
—¿Y ya tienes previsto el próximo viaje? —preguntó fingiendo despreocupación, dándose la vuelta y llevando los vasos vacíos al fregadero.
Hans se enderezó y se acercó a la entrada, donde había dejado sus sandalias olvidadas al llegar.
—En realidad, sí. —Se calzó y se pasó la mano por el pelo, afianzando el moño con un par de tirones—. Es la única cita del año que no puedo eludir, y ya debería estar en camino. El arreglo de Iris me ha retrasado más de la cuenta.
—Ah.
Alana se alegró un poquito de que su furgoneta estuviera averiada, se convenció de que ese sentimiento tan solo estaba motivado porque le gustaban los avances que estaban consiguiendo en las sesiones de yoga, y también porque Hans le parecía divertido y lo pasaba bien con él, pero nada más.
Aunque, cuando él volvió a hablar, notó un pellizco en las entrañas difícil de justificar.
—En unos días dejaré libre mi plaza en el camping —anunció antes de despedirse—. En nada estaremos listos para viajar de nuevo.
Si él hubiese prestado atención al rostro de Alana antes de salir por la puerta, habría descubierto el malestar y la determinación que brillaba en sus ojos, donde se podía leer a la perfección la decisión de tomar distancia de él, sin embargo, la realidad era que Hans estaba demasiado ocupado intentando gestionar sus propias emociones ante la perspectiva de abandonar Costa Serena y, por consiguiente, a ella.
Ninguno de los dos consiguió dormir demasiado durante aquellas escasas horas que restaban de la noche.