Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 8 Errores
18%

8 Errores

El monstruo de colores

Apartó el teléfono y contuvo una carcajada, evitando así derramar el contenido de agua que acababa de beber.

Terminó fracasando de manera estrepitosa.

Por fortuna, se encontraba sola en su apartamento y nadie fue testigo de cómo esta salía despedida de su boca y terminaba tosiendo de forma patética.

—Joder —farfulló con la respiración agitada.

El movimiento espasmódico de su estómago le envió un recordatorio sobre el estado de su cuerpo tras la última clase de pole dance y compuso una mueca dolorida.

Evitando pensar en sus magulladuras, cogió un pañuelo de papel de la cajita que siempre tenía destinada a tal fin en la mesa de centro de salón y secó el estropicio.

El móvil había continuado sonando durante ese breve lapso de tiempo, por lo que terminó desbloqueándolo y leyendo de nuevo la conversación:

África:

Es urgente, chicas. ¿Me puedo liar con un celíaco habiendo comido pan hace poco o tengo que esperar?

Alba:

¡¿Qué?!

África:

Urgente, amiga. Ur-gen-te.

Alba:

Espera, a ver qué dice Soto.

África:

¿Y por qué lo iba a saber él? No me jodas, Alba.

Alba:

Yo qué sé… De verdad no me creo que nos estés preguntando esto.

Decidió intervenir.

Alana:

Podría ser peor, conociéndola, cualquier día nos consulta si puede tener sexo oral con su intolerancia a la lactosa.

África:

Eso ya lo he comprobado por mí misma.

Ningún problema.

Alba:

Soto dice que para el pan esperes dos horas.

África:

No me jodas. ¿En serio?

Alba:

Y que, si lo que has comido son picos, es menos: de los duros, una hora y, de los blandos, con veinticinco minutos vale.

Soltó una risita.

Alana:

Soto, soy tu fan número uno.

África:

Perras, que no es broma. No puedo cargar con un cadáver a mis espaldas. Ya me tiene fichada la poli por lo del coche de mi padre.

Alba:

Es que eso fue muy fuerte, Afri…

Alana:

Llevas razón, con tus antecedentes te podrían detener por darle el beso de la muerte a ese pobre chico y acabarías tus días entre rejas.

África:

No tiene ninguna gracia. Venga, joder, que se le va a bajar el calentón como siga encerrada en su baño.

Alana:

Lávate los dientes y listo.

Alba:

Pero ¿tienes cepillo de dientes allí?

África:

Gracias, rubia. Sabía que podía contar contigo. Te quiero.

Alana:

Y yo a ti, Matahari.

Alba:

Vale, Soto no para de descojonarse, creo que me estaba tomando el pelo con lo de los tiempos, ¿eh?

Alana:

Qué inocente eres, Alba. Después de tantos años con él, ¿todavía no lo conoces?

La joven se quedó unos segundos observando su teléfono sin recibir respuesta.

Cuando entendió que sus dos amigas habían encontrado una distracción mejor que la de continuar con aquella charla, volvió a bloquear la pantalla y se levantó del sofá.

Aún le quedaban cuarenta y cinco minutos para tener que marcharse al trabajo, por lo que decidió hacer una visita a sus padres.

Al atravesar la puerta que conectaba su apartamento con la vivienda familiar, la recibió el sonido de platos y cacharros.

Vio a Juani en la cocina, aquella mujer ayudaba en casa desde que tenía uso de razón y la querían como a una abuela.

La muy testaruda se negaba a jubilarse, pese a haber cumplido los sesenta y cinco años, aunque debía reconocer que seguía teniendo la misma vitalidad de siempre.

La saludó con la mano y escuchó la voz de su padre a su espalda.

—¿Entras ahora a trabajar?

Se giró hacia él, le sonrió con cariño y asintió.

—Sí, ya me voy, pero tenía ganas de pasarme a ver qué tal iba todo por aquí.

—¿Nos echas de menos? Ya sabes que puedes volver cuando quieras, tu habitación está intacta.

—Papá —se quejó con una sonrisa—. Si vivo en el garaje.

—Demasiado lejos —contestó cariñoso y besó su cabeza—. ¿Quieres que te acerque? Hace demasiado calor.

—No te preocupes, con el monopatín llego pronto.

Él hizo un sonido con la lengua en respuesta y terminó claudicando. Intentaba no ser tan protector con su primogénita, aun así, a veces le resultaba imposible no verla como aquel bebé que les cambió la vida a su mujer y a él cuando tenían tan solo dieciocho años.

Fede conocía a su hija, sabía que era responsable y siempre les había puesto las cosas fáciles en su papel como padres, sin embargo, también podía atisbar un pequeño destello de la misma ansia de liberación que a él le había acompañado en su adolescencia.

—Está bien, pero ten cuidado y llévate la gorra.

—Vale.

Alana regresó sobre sus pasos y, cogiendo su medio de transporte y la mencionada protección, salió del apartamento en dirección al camping , sintiendo el sol abrasador sobre su piel.

Mientras se deslizaba por la carretera no llegó a imaginar lo que le depararían las siguientes horas y tampoco lo vio venir después, ya que la noche estaba resultando bastante tranquila.

Le dio tiempo de terminar el inventario que su jefe les mandaba hacer cada jueves y que, de forma oportuna, a sus compañeras de la mañana nunca les daba tiempo a realizar.

También acudió al aviso de un grifo roto en una de las cabañas, contó con seis huéspedes como alumnos en la clase de gimnasia acuática que impartió en la piscina como parte del calendario de animación e incluso echó una mano a Edu a reponer en la tienda por todas las veces que este la había ayudado a ella.

Esos últimos días lo había notado más raro de lo normal, y eso ya era un decir en él.

Eran amigos desde hacía algunos años, sus padres habían forjado una relación estrecha gracias a los entrenamientos y a que tenían hijos en edades similares.

Debía reconocer que en un principio el chico le pareció un verdadero suplicio, tan friqui y callado, pero la animadversión le duró poco.

Fue gracias a sus juegos de cartas compartidos, y a escabullirse de sus hermanos pequeños, que terminaron creando un buen equipo, y continuó siendo así con el paso de los años, ya que, aunque cada uno tomó un camino diferente para cursar sus estudios, compartían el trabajo en el camping en épocas estivales y temporadas altas.

No obstante, debía admitir que lo conocía menos que él a ella.

Edu era un chico bastante reservado con su vida e intimidad y no era muy dado a mostrar sus emociones en público, por eso, cuando la alcanzó saliendo de la sala de empleados y lo observó reparando en su gesto contraído y la expresión de sus ojos, se asustó.

—¿Qué te pasa, Edu? ¿Te encuentras bien? —le preguntó preocupada apoyando su mano en el antebrazo del chico.

—Sí. —Se soltó de su agarre con brusquedad.

Se lo quedó mirando en silencio, esperando una explicación, sin embargo, él se mantuvo con los labios apretados, recriminándole algo con la mirada que Alana no llegó a comprender.

—¿Seguro que estás bien? —Su compañero murmuró algo que no captó, y ella insistió—. Edu, ¿qué te pasa? Si estás así por lo de Lola, ya te he dicho que no me importa cubrirla mañana en su turno, hablaré con mi madre y…

—No es eso —la cortó.

—¿Entonces?

Él no contestó, pero tampoco dejó de mirarla. Esa actitud provocó que Alana se sintiese incómoda.

—Bueno, pues luego nos vemos. Voy a ver si Juanma necesita ayuda en el chiringuito.

—¿Te gusta?

Alana se giró para encararlo.

—¿Juanma? ¡No! ¡Claro que no! —Frunció el ceño, contrariada, sin entender nada—. ¿A qué viene eso? Va a ser padre en un mes y me saca ocho años.

—Pues eso no parece ser impedimento —murmuró.

—¿Qué has dicho? —inquirió ella conteniendo el creciente enfado y sin querer levantar demasiado la voz—. ¿Se puede saber qué demonios te pasa? Y deja de decir que estás bien porque parece que te hayas tragado un calcetín sucio y estés intentando no vomitarlo.

—El tipo del yoga.

Alana sintió como si un puñetazo imaginario impactara contra su estómago.

¿El tipo del yoga? ¿Qué sabía él de aquello? ¿Cómo era posible que la hubiese visto si su turno siempre terminaba dos horas antes que el de ella?

La idea de que la hubiese estado espiando le puso el vello de punta.

—¿Te refieres a Hans?

—¿Hans? —repitió incrédulo y compuso un gesto de repulsa—. ¿Desde cuándo llamas a los clientes por su nombre de pila?

—¿Desde que ellos mismos me lo piden? —rebatió con una pregunta retórica cargada de indignación—. ¿A qué viene esto?

—Es igual.

—No, no lo es, Eduardo. —Le cortó el paso cuando él quiso avanzar para marcharse—. ¿Qué es lo que estás insinuando?

El aludido se volvió hacia ella y, en un arranque de falsa y rabiosa valentía, la acorraló contra la pared, apoyando las manos a cada lado de su cabeza y la besó con rudeza.

La sorpresa y la brusquedad del movimiento hizo que Alana contrajese el gesto, intentando minimizar con su respiración las punzadas de dolor que atravesaron su abdomen y piernas ya magulladas.

Lo empujó con todas sus fuerzas.

—¡¿Se puede saber qué demonios haces?! —Alana no llegaba a creerse que aquel que tenía delante con expresión lunática fuese el Edu que ella conocía.

—¿Te gusta ese tío? —repitió acercándose a ella un poco más—.

No me lo esperaba de ti. ¿Cómo puede llamar alguien como él tu atención?

¿Qué tiene para conseguirlo? ¿Es por el pelo?

¿La barba? ¿Esa pinta de vagabundo lleno de tatuajes y piercings ?

—indago a escasos centímetros de ella—. ¡Dime qué es!

—¿De qué demonios estás hablando? ¿Tú te escuchas?

—No me lo podía creer —murmuró más para sí que para ella—.

Hasta que no lo vi con mis propios ojos no me lo creí, pero era verdad todo lo que decían.

Os he estado observando, ¿me oyes? Y no eres diferente a todas las demás, que babean y se ofrecen en bandeja como unas vulgares rameras cada vez que él pasa por delante.

Solo te faltaría colgarte la mochila al hombro y seguirlo como su perrita faldera para coronarte.

—¿Qué mierda dices? Yo no he hecho nada de eso y te aseguro que tampoco me esperaba esto de ti. Se te ha ido la olla.

Edu la miró enfurecido y, con expresión desquiciada, volvió a intentar besarla con furia. Alana no titubeó y le mordió, soltándose de su agarre y alejándose varios pasos.

El joven trastabilló descolocado, se llevó la mano al labio observándose el rastro de sangre en los dedos y la miró. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, su expresión mutó a una de verdadero pavor.

—Vete de aquí —ordenó ella furiosa.

—Alana…

—¡Fuera de mi vista! —chilló.

Edu murmuró algo que no llegó a comprender antes de darse media vuelta, alejándose de allí con celeridad y torpeza.

La joven se giró y comenzó a caminar, a grandes zancadas al principio para terminar echándose a correr segundos después. Se detuvo al girar una de las esquinas de los baños del sector noroeste y apoyó ambas manos en sus rodillas, doblándose en dos al sobrevenirle una arcada.

La voz masculina de Hans descuartizaba una conocida canción mientras tarareaba, debido a que no afinaba con el tono ni reproducía de forma correcta la melodía, sin embargo, eso era algo que no le importaba en absoluto.

Andaba de regreso a su casa rodante de un excelente humor gracias a haber pasado las últimas horas del atardecer en una cala que le cautivó desde que sus ojos repararon en ella.

Había finalizado el día disfrutando del trasiego nocturno de aquel jueves en el paseo marítimo y pasaban de las doce cuando aparcó la moto en la zona de entrada al camping .

Caminaba hacia su parcela cuando algo captó su atención. Intrigado, detuvo el tarareo sin dejar de avanzar y no tardó en discernir la figura de una persona en cuclillas.

Al acercarse, y darse cuenta de quién se trataba, sonrió preguntándose qué hacía su chica favorita allí en aquella postura.

A Alana no le dio tiempo a terminar de inspirar hondo y asimilar lo que acababa de ocurrir cuando una voz ronca y a la vez dulce, que ya le era del todo conocida, llegó hasta ella.

—Hola, mädchen . ¿Te pillo en mal momento?

Alana levantó la cabeza y fue justo en aquel instante cuando no pudo contener más las lágrimas.

Sin pensar en nada más, se echó a sus brazos pillando a Hans desprevenido.

A él se le borró la sonrisa y las ganas de seguir tarareando.