7 Un café
Hasta los ángeles necesitan un demonio que los invite a café
—¿Qué opinas del matrimonio?
Hans fijó la vista en ella y parpadeó aturdido, valorando el hecho de que aún estuviese dormido o que tan solo hubiera escuchado mal.
—¿Qué?
—Nada, déjalo. —Hizo un ademán con la mano—.
Es que mi amiga Alba se casa. ¡Se casa! A ver, que me parece bien, que conste, esto era algo que todos sabíamos que ocurriría, si hasta ella misma lo decía.
Soto y ella acabarían casados, viviendo en una casa rodeada de un bonito jardín, un par de niños y algún perro correteando a su alrededor.
Solo es que creo que es demasiado pronto, todo ha surgido porque los padres de él no los dejaban dormir juntos en su casa.
Ya ves el drama… Es que, ¿qué prisa hay?
No sé, llámame loca, pero de verdad que no veo la urgencia en dar ese paso a nuestra edad.
—Tras aquel discurso, Alana fijó la vista en el rostro masculino que la escuchaba sin pronunciar palabra, apostado a la altura de un par de escalones de distancia.
Al ver su gesto, se mordió el labio inferior—. Te he despertado, ¿verdad?
Hans asintió mientras continuaba apoyado en el vano de la puerta abierta. Compuso una media sonrisa somnolienta y se encogió de hombros.
—No importa.
—Lo siento. Joder, lo siento de verdad, Hans. No sé ni por qué he venido aquí —murmuró contrariada—, es que acabo de leer el mensaje con la noticia y estoy un poco descolocada.
—¿Qué hora es?
La joven, que aún sostenía el teléfono en la mano, miró la pantalla cuando esta se iluminó.
—Perdóname —volvió a disculparse bajando la voz—. Qué mal… Son las cinco menos veinte. ¿En qué estaba pensando? No, está claro que no pensaba.
Hans, divertido por su verborrea y aún con los ojos hinchados, frenó aquel discurso más dirigido a ella misma que a él.
—¿Quieres café?
Alana se detuvo y dudó al ver el gesto de su mano, invitándola a entrar. Se debatió entre lo que debía hacer y lo que de verdad necesitaba, y es que aquel café sonaba tan tentador y efectivo para despejar su mente de aquella noche tan surrealista que le costó resistirse.
En realidad, se había sorprendido a sí misma al ser consciente de estar allí, ya que no llegaba a comprender por qué había ido en busca de Hans para desahogarse sobre lo de Alba.
—Aún me queda más de una hora de turno.
—¿Y sueles tener mucho trabajo de madrugada?
Ella lo pensó unos segundos y negó con la cabeza.
—No.
—Pasa, por favor.
Se giró sobre sí mismo y se adentró en la furgoneta sin esperarla.
La coleta rubia de ella se movió cuando miró a ambos lados antes de poner un pie tras otro sobre los escalones, pero, como ya sospechaba, no encontró a nadie despierto en los alrededores.
—¿Cómo lo tomas?
—Me da igual —contestó Alana observando los músculos de su espalda, que se contraían y relajaban hipnotizándola.
Hans se movía con soltura en la cocina teniendo en cuenta el espacio tan reducido y su propio tamaño personal, que, aunque tampoco suponía el de un oso cavernario, sí que contaba con un cuerpo musculoso y viril que mostraba sin pudor y a la mínima de cambio, tal y como hacía en ese momento, en el que tan solo tenía cubierto el tren inferior por un pantalón de tela de algodón fino y corto que dejaba poco a la imaginación.
Alana sintió la tentación de hundir la cabeza en el fregadero y remojársela con el agua del grifo. Se sentía justo como cuando enfermaba y le subía la fiebre.
—¿Quieres que te sorprenda?
Se encogió de hombros sin saber qué contestar con exactitud, pero, como Hans no se volvió a mirarla, hizo un sonido de afirmación con la garganta.
Mientras él se entretenía en preparar la bebida, ella observó a su alrededor sin recato. El caos y el desorden que reinaban empequeñecían aún más los pocos metros de vivienda, sin embargo, eso no escandalizó a Alana, ya que las habitaciones de algunos de sus hermanos tenían un aspecto similar.
—¿Hace cuánto que trabajas aquí? —se interesó Hans a la vez que le tendía la taza.
A ella no le pasó desapercibido el hecho de que él se hubiese servido el brebaje en un cuenco, aunque no dijo nada.
—Este es el tercer verano.
Lo vio retirar algunas prendas de ropa que lanzó hacia la cama sin interés y la invitó a sentarse. Lo hizo en el pequeño asiento que se encontraba entrando a la izquierda, al mismo tiempo que él se apoyaba en la encimera, cruzando las piernas en un gesto distraído.
—Se ve que te gusta.
—¿Trabajar en el camping ?
—Sí, atender a la gente, apagar fuegos por aquí y por allá… Se te da bien ser la perfecta chica todoterreno.
A pesar de que su tono pretendía ser halagador, a Alana no le hizo sentir bien aquella afirmación.
—No es el trabajo con el que soñé mientras estudiaba la carrera, pero es lo que me permite pagar los gastos y ahorrar para cumplir mis metas.
—Tus metas… —repitió él con un deje que le resultó algo socarrón.
Alana bebió un sorbo del contenido de la taza y arrugó el gesto debido al amargor de la bebida. Solo y sin azúcar.
—Por Dios.
Hans soltó una carcajada.
—Pues sí, parece que te he sorprendido. —Soltó una risa ante el gesto enfurruñado de ella—. ¿Qué estudiaste?
—Ciencias del Deporte.
Hans asintió al acabar de beber.
—Creo que te pega.
Alana levantó una ceja, curiosa.
—¿Me pega?
—Sí, no sé. Al igual que a mí no me pegaría ser banquero, ya sabes.
—Y ¿por qué no?
—Bueno, en realidad, no creo que haga falta que te responda a esa pregunta. —Se irguió y mostró unos cuantos de sus tatuajes.
Alana ya tenía memorizados algunos de ellos sin ser del todo consciente.
—Se pueden esconder con la ropa.
—Ya, pero no tengo ningún interés en ocultarlos ni en supeditar mi vida a un trabajo que me obligue a hacer algo que no quiero.
Alana asintió.
—Creo que yo tampoco aceptaría un trabajo así.
—¿No? —preguntó con una sonrisa, y ella negó algo confundida—. ¿Te puedo hacer una pregunta?
Alana observó cómo él, tras dejar apoyado el cuenco vacío en la encimera, se dejó caer con un suspiro en la cama, donde acabó rodeado del caos de las sábanas, ropa y demás bultos indescifrables.
—Supongo.
—¿Cuáles son tus metas?
—Terminar de formarme y trabajar con mi padre —respondió como quien tiene la lección aprendida.
—¿Y tus sueños?
Ella frunció el ceño y desvió la vista. Hans apreció su cambio de actitud y no insistió.
—Eso son dos preguntas. Me toca. ¿Cómo puedes vivir en un espacio tan pequeño y desordenado?
Hans la miró divertido. Si pretendía incomodarlo, no lo había conseguido.
—Sabía que dirías algo así en algún momento.
—No te vengas arriba, que no me conoces —rebatió a la defensiva.
Hans se giró hacia ella en su postura horizontal antes de hablar.
—Yo no «vivo» en este espacio, sino en el mundo exterior.
—¿Eso es de alguna peli de Disney?
Él soltó una carcajada y la miró estupefacto. Aquella chica era fascinante.
—¿Hablas en serio?
—No —negó frunciendo el ceño sin creer haber dicho eso en voz alta. Sus mejillas se colorearon—. Continúa, por favor.
—No vivo aquí, lo hago ahí afuera: en cualquier playa, pueblo o carretera que tenga alrededor y donde me apetezca parar. Y eso es lo especial de un sitio tan pequeño y que puedes llevar contigo a donde quieras. Iris solo es mi medio para conseguir ese fin.
Al escucharlo, sintió un anhelo que no llegó a entender. Hans la observó con curiosidad mal disimulada.
—¿Iris?
—La furgoneta, se llama Iris—aclaró.
Alana contuvo una sonrisa mordiéndose el labio. Le hacía gracia la idea de que Hans humanizase aquel vehículo hasta tal punto. Ella jamás había pensado en bautizar a su monopatín, y eso que era su bien más preciado.
—Entiendo.
—En cuanto al desorden, me temo que no tiene arreglo —añadió él encogiéndose de hombros—. Me viene de serie, pero a mí no me molesta, la verdad.
—Ni a mí, eres tú quien vive aquí.
—¿Tú eres de las que tienes etiquetados hasta los botes de la despensa?
Alana soltó una risotada culpable y espontánea que culminó con un rebufo nasal, semejante al sonido que habría emitido un cerdo condenado al matadero.
A Hans aquello le resultó muy divertido y se rio mientras ella se flagelaba en su fuero interno e intentaba controlar la risa.
Tras el extraño momento de antes, ambos pudieron notar el halo de camaradería que se había formado entre ellos y aquella certeza los cautivó por igual.
—Para —se quejó la joven mordiéndose el labio para controlar la sonrisa.
—Entonces, ¿tu amiga se casa? —Alana asintió y apretó los labios—. ¿Y por qué te molesta?
—No lo hace. —Se envaró—. Es solo que no quiero que cometa un error.
—Y ¿por qué iba a ser un error?
Alana abrió la boca, dispuesta a enumerarle los motivos, pero ninguna palabra salió de sus labios. Se quedó en silencio observándolo.
Él, al sentirse objeto de su mirada, conectó con sus ojos y le sonrió con esa mueca despreocupada que ya conocía.
—¿Qué?
—¿Cuántos años tiene tu amiga?
—Los mismos que yo.
—Que son…
En ese momento cayó en la cuenta de que, aunque conocía la edad del hombre por su ficha de cliente: treinta y cuatro, él no tenía por qué saber la de ella.
La certeza de saber que él ignoraba la diferencia de edad entre ambos la acobardó.
—Veintiuno.
Hans asintió sin darle importancia y, cogiendo impulso, se levantó de la cama y le pellizcó la nariz.
—Ya es lo bastante mayorcita como para saber qué es lo que quiere o no hacer con su vida o para dejar que los demás decidan por ella, ¿no crees? —Sin darle opción a réplica, abrió la puerta y, justo antes de salir, añadió—: ¿A las seis en la playa?
Hans necesitó poner distancia.
Alana necesitó procesar sus palabras.