6 Aire
Cerrar los ojos y prestar atención con los otros sentidos
La boca masculina contuvo una sonrisa y se obligó a cerrar de nuevo los ojos.
Con la espalda y el cuello estirado se concentró en su respiración y en el sonido del mar a su alrededor: las olas descargando su furia sobre la orilla, el mar en movimiento, las gaviotas y sus graznidos, el resto del mundo en silencio…
Sintió la arena bajo sus pies, que mantenía apoyados en esta con firmeza, y extendió los brazos a cada lado de su cuerpo, con las palmas hacia adelante y los dedos estirados.
Sus movimientos eran pausados y tenían un claro objetivo.
Se puso en cuclillas flexionando y separando las rodillas. No quiso volver a abrir los ojos, pues sabía hacia dónde irían estos y volvería a desconcentrarse sin remedio. Si tenía que ser sincero, debía admitir que los últimos días había estado algo abstraído.
Se obligó una vez más a dejar la mente en blanco y apoyó las manos con más brusquedad de la cuenta frente a él, separando los dedos.
Se sucedieron varias respiraciones antes de continuar.
Mantuvo los brazos en tensión y aproximó las rodillas hacia sus axilas, inclinándose hacia adelante. Se fue encorvando hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo, conteniendo el aire y manteniendo el equilibrio durante unos segundos, cuando un exabrupto lo desequilibró.
—¡Mierda! —murmuró una voz que no le resultó desconocida.
Hans se enderezó de nuevo y dio por finalizada la sesión reprimiendo una sonrisa. Sin mirar atrás, se fue a la orilla, se despojó del bañador y se metió en el agua como cada mañana; tan solo él y el mar, sin nada que se interpusiera entre ellos.
Excepto unos ojos que no lo perdían de vista.
Aquel era el chute de energía que necesitaba para afrontar el día y ese, en concreto, se avecinaba interesante, porque en breve Iris estaría a punto y eso significaba que volvería a ponerse en movimiento.
Alana escuchó a su madre que le hablaba desde el salón, se acercó a ella y la ayudó a recoger los rotuladores y utensilios que sus hermanos habían utilizado la tarde anterior para hacer manualidades.
—¿Has salido a correr hoy? —le preguntó Estrella. Asintió con un gesto y un sonido de su garganta, sin dejar de afanarse en su tarea—. Papá quería ir contigo. De hecho, lleva toda la semana intentándolo.
—Me apetecía hacer una ruta por la playa —se excusó omitiendo bastante información en aquella verdad a medias—. Con él no puedo ir porque tiene que volver a tiempo para los entrenamientos.
—Intentad salir juntos pronto —le rogó su madre—. Me temo que, sin ti y sin tu tía acompañándolo, va a terminar pidiéndomelo a mí.
Alana sonrió y asintió dócil, conteniendo el suspiro que nació desde lo más hondo de su ser.
No había podido explicarle a su madre el motivo real por el que había ido a la playa antes del amanecer, ya que ni ella misma comprendía porqué se estaba convirtiendo en una mirona sin remedio, sin embargo, desde hacía días no podía resistirse.
Un amanecer, justo antes de marcharse a casa, había cometido el error de mirar hacia la playa y algo tiró de ella sin motivo ni razón hasta hacerla enterrar sus deportivas en la arena.
Allí, recortado por la luz del crepúsculo, un cuerpo masculino se movía con una gracia y una sincronía que le hizo no poder despegar sus ojos de él hasta que se metió en el agua, dejando a la vista una panorámica de su trasero desnudo que la perturbó durante horas.
Tras ese encuentro se había dicho a sí misma que no volvería a repetirlo y que se marcharía a casa nada más acabar el turno, no obstante y antes de que se pudiera dar cuenta, se veía escondida detrás de la misma agrupación de palmitos día tras día..
Y así había seguido sucediendo. Dos días atrás había tenido que cubrir a una compañera que se quedó dormida, por lo que cuando acudió a su escondite particular, Hans ya se encontraba dentro del agua, y ella suspiró desilusionada.
La mañana anterior, asumiendo que no ir ya no era una opción, decidió darle sentido a todo aquello y comenzó a copiar sus movimientos. Se sentía torpe e inexperta, aunque, como Hans no era consciente de su presencia, se atrevió a adoptar algunas de las posturas más sencillas.
Hubo momentos en los que creyó que no se le daba tan mal, sin embargo, cuando él se mantuvo en equilibrio sobre sus brazos, con las piernas encogidas y flexionadas, y ella lo intentó imitar, terminó comiendo arena y por muy poco no acabó perdiendo los dientes.
Aquel día, y tras el fracaso de la jornada anterior, Hans había decidido intervenir y tomar cartas en el asunto.
No quería que Alana terminase haciéndose un daño real que él mismo podría haber impedido.
Permitió que ella, ajena a su escrutinio y en su escondite habitual, se colocase en la misma posición que él había tomado minutos antes para su meditación.
Alana lo hizo y, cuando Hans observó que mantenía los ojos cerrados realizando los ejercicios de respiración, se acercó sigiloso.
—No fuerces la espalda, mantenla recta y sin tensionarla.
Alana los abrió de golpe y centró su mirada algo turbada en él.
—Hans.
—El mismo —bromeó—. Me alegra comprobar que ya no me llamas «señor Müller».
—Podría hacerlo.
—Estoy seguro de ello.
Se observaron, sonrieron, y él se colocó a su lado, sentado en el suelo y adoptando la misma postura que tenía momentos antes.
Alana no perdió detalle de sus movimientos, aunque, cuando las manos masculinas se acercaron a las suyas, se le aceleró el pulso.
—La respiración es en cuatro tiempos. —Lo observó cerrar los ojos y contuvo el aliento cuando posó una palma sobre la que tenía en su esternón y la otra sobre su zona abdominal.
Temió que descubriese lo rápido que le iba el corazón, que retumbaba en su pecho como un tambor en plenas fiestas patronales—.
Tienes que coger el aire por la nariz y llenarte de él de arriba a abajo.
—Ajá —fue lo único capaz de decir.
—Coge aire, Alana. —Ella lo hizo a duras penas y lo mantuvo dentro. Se estaba mareando y no sabía si era el resultado de aquel ejercicio o de su cercanía—. Cuando lo expulsas es al contrario.
La mano que sentía quemarle sobre el abdomen presionó su piel, y ella contrajo la zona abdominal al soltar el aire.
—¿Así? —preguntó en un titubeo.
—Demasiado brusco, pero sí, algo así. —Abrió los ojos y estos penetraron en los suyos al mirarla. Alana sintió que podía leer todos y cada uno de sus secretos y se le secó la boca—. Entre coger y soltar el aire tienes que parar, hay un tiempo para todo. ¿Una vez más?
—Sí.
—Cierra los ojos —murmuró, y el susurro erizó la piel de la joven, que imitó su tono.
—Vale.
Alana siguió sus instrucciones, intentando encontrar la serenidad que parecía envolverlo a él. Se concentró en su respiración y en la voz de Hans a su lado, muy cerca.
—Así es. Muy bien —la alabó y retiró las manos del cuerpo femenino. Ambos lamentaron la pérdida al instante—. Tiempo de inspiración, tiempo con los pulmones llenos, tiempo de expiración y tiempo con los pulmones vacíos.
Los fue enumerando a la vez que su cuerpo seguía las palabras.
—Creo que lo tengo —musitó ella.
—Lo tienes —corroboró él mirándola con una sonrisa—. Según el objetivo que tengas, el ritmo y el tiempo que utilices variarán.
—¿A qué te refieres?
—Con el yoga se pueden lograr muchas cosas.
La mirada de Hans le resultó estimulante.
—Y ¿qué consigues tú?
—Respira, Alana —la amonestó como un profesor exigente, aunque sin perder la calidez en su tono—. Concéntrate en tu respiración y, cuando estés preparada, imita mis movimientos, ¿vale?
La muchacha asintió y obedeció, y él se mantuvo paciente mientras ella le seguía el ritmo, dándole algún consejo o rectificándola. Evitó tocarla en exceso, pues notar el latir del corazón de ella bajo su mano le había hecho sentir acojonantemente vivo.
Para cuando dio por terminado el ejercicio, Alana se sentía cargada de energía y algo más, una sensación burbujeante por todo el cuerpo que no supo identificar.
—Estás en muy buena forma física. Además, tienes bastante elasticidad y eres tenaz —enumeró él de espaldas a ella—.
Tan solo te hace falta algo de práctica para no acabar como ayer.
—A Alana no le agradó la idea de que él fuese consciente de cómo había hecho semejante ridículo y se preguntó desde cuándo sabía que se estaba escondiendo allí para observarlo—.
No frunzas el ceño —la regañó sin mirarla.
Su voz divertida le hizo contraer el gesto aún más.
—No lo hago.
Hans se giró y señaló su frente hasta tocarla con la punta de los dedos índice y corazón.
—Sí que lo haces. Te espero mañana.
Su despedida no obtuvo respuesta.
Cuando él se metió en el agua, ella aún estaba intentando asimilar qué había ocurrido en la última media hora.