Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 5 La camarera
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5 La camarera

Por encima de mi cadáver

Alana volvió a ignorarlo de forma deliberada mientras servía una piña colada y una cerveza a la pareja que murmuraba acaramelada en el extremo de la barra.

Al girarse, repasó de reojo la bebida que Hans tenía delante y comprobó que aún no necesitaba reponérsela, por lo que continuó con sus quehaceres tras la barra.

Era sábado, hacía cuatro días que la vorágine del cambio de quincena había pasado, a pesar de ello, aún encontraba caras conocidas entre los nuevos huéspedes.

Por ejemplo, la de él, Hans, o como ella seguía decidida a llamarlo: el señor Müller, al que intentaba evitar desde hacía dos días, justo tras el incómodo momento en su furgoneta.

El susodicho llevaba allí un buen rato. Al llegar, la miró de manera intensa y le sonrió con complicidad, y ella giró la cara, turbada al recordar lo cerca que habían estado el uno del otro.

Lo había visto aparecer con su camisa beige de lino abierta, más de lo que el decoro calificaría como correcto, enfundado en unos pantalones celestes holgados y esas sandalias de cuero que siempre llevaba cuando no estaba descalzo.

Las muñecas llenas de pulseras de hilo y cuero, el collar de pequeñas conchas blancas, los dedos con algún anillo adornándolo y los tatuajes que se adivinaba aquí y allá ya no eran novedad para ella, pues esos detalles de su aspecto parecían grabados en su mente como información de vital importancia, aunque no podría determinar cuándo se había fijado tanto en él como para memorizarlos.

Desde el principio le llamaron la atención los ángulos tan marcados de su rostro, comenzando por su mandíbula: bien definida, de corte cuadrado y con el mentón acabado en pico; o terminando por la barba: no demasiado larga, con un espesor y delineado siempre en su lugar.

La chica no podría asegurar dónde lo había leído, sin embargo, sabía que esa atracción hacia aquel rasgo en particular se daba de forma inconsciente, ya que una mandíbula como la de Hans era un claro indicativo de una alta cantidad de testosterona y un buen sistema inmunitario.

Se justificó alegando que, de manera involuntaria, su instinto lo marcaba como un buen candidato para tener descendencia y por eso llevaba varios días sin poder quitárselo de la cabeza.

Solo que, en realidad, Alana no tenía intención de perpetuar la especie ni mucho menos de interesarse de forma consciente por alguien como él.

Hans, ajeno a los pensamientos de la muchacha y sin perderla de vista, se pasó la mano por el pelo y buscó la gomilla que siempre utilizaba para recogerlo en un moño despeinado. Después de no dar con ella, volvió a soltarse la melena, que cayó sobre sus hombros de forma desordenada y con gracia.

Unos segundos más tarde jugó con el pequeño arete que surcaba el lóbulo derecho de su nariz. Cuando fue consciente del movimiento involuntario de sus dedos sobre él, se detuvo.

Respiró hondo hasta en tres ocasiones.

Sabía lo que le ocurría a la perfección y no estaba cómodo con ello. Necesitaba disculparse con Alana, a pesar de que ella parecía estar ignorándolo a conciencia desde que llegó y meneaba su larga coleta rubia de un lado para otro, al ritmo de sus gráciles movimientos tras la barra.

El día anterior había probado suerte, pues al entrar en la tienda que hacía las veces de supermercado ella estaba allí, ejerciendo las funciones de cajera.

Alana había logrado ignorar su intento de contacto sin perder la profesionalidad y lo había hecho muy bien, ya que sonrió a las dos adolescentes que esperaban tras él en la cola para pagar y le devolvió su cambio sin establecer contacto visual con sus ojos sin parecer grosera.

Y era posible que no hubiese elegido una noche demasiado oportuna para un nuevo acercamiento, porque el bar estaba atestado de gente, aun así, no podía posponerlo más.

Esa mañana y la anterior había sido incapaz de encontrar su paz interior mientras meditaba, la jodida parecía haberse ido a miles de kilómetros desde el instante en el que Alana, desde el otro lado de la puerta, lo miró con esos perturbadores ojos y le riñó por estar infringiendo alguna absurda normativa, con esa voz que le volvía loco sin esfuerzo y el rostro arrebolado por la vergüenza.

Se hubiese echado a reír como un loco en el mismo momento en el que ella por fin comprendió lo que ocurría allí dentro, pero no lo hizo porque la manera en la que se tiñeron sus mejillas le pareció deliciosa. Y eso, a decir verdad, lo tenía consternado.

Él, que no era un tipo célibe ni mucho menos, sentía que con aquella chica le ocurría algo diferente, que no solo se le despertaban sus instintos más básicos al observar esos labios gruesos en forma de corazón, su cuello largo y tentador o el cuerpo estilizado que se escondía tras ese desfavorecedor uniforme, sino que el sentimiento de protección que le nacía al observar su mirada de cervatillo asustado competía en intensidad con el otro y, a decir verdad, no sabría decir cuál de los dos iba ganando la partida.

De lo que sí estaba seguro era de que debía disculparse por haberla hecho pasar aquel momento tan incómodo, por mucho que ella no estuviese dispuesta a ponérselo fácil.

Contuvo una sonrisa cuando la vio acercarse con la botella de whisky en su dirección. Por mucho que no pareciese inclinada a dirigirle la palabra, no podía negar que se mantenía pendiente de él, detalle que lo satisfizo de forma especial.

Su mano se movió de forma casi involuntaria sobre el mostrador y acarició la muñeca de la joven.

Alana, que concentraba su visión en el líquido que pasaba de la botella al vaso, sin perder un segundo, desvió los ojos hasta la cara masculina, y ambos se mantuvieron la mirada un efímero instante. Los de ella lucían expectantes. Los de él, embelesados.

Fue Alana la que rompió el contacto visual y se alejó. Tuvo que inspirar hondo antes de atender a otros huéspedes e intentó no prestar atención al hecho de que su pulso acelerado hacía que sus manos temblasen ligeramente.

Un brazo voluminoso y un aroma masculino a la derecha de Hans captaron su atención, esa que hasta el momento había estado centrada en la joven.

Aquella presencia le dejó claro que su compañero de barra ya no era el mismo y que él no se había percatado siquiera, de tan sumido como estaba en sus pensamientos y en no perder de vista a Alana.

Giró la cabeza en su dirección y compuso un gesto de diversión al observar a aquel nuevo y apuesto partenaire , un tipo de una edad parecida a la suya y que, de forma nada sutil, intentaba captar la atención de la camarera.

Elevó una ceja mientras lo observaba, ajeno al parentesco que lo unía con la muchacha.

—Suerte con eso, amigo. —Le señaló con la copa el lugar donde Alana cobraba un pedido y sus ojos se detuvieron durante un par de segundos en el trasero redondo de la joven—. Yo llevo intentando hacerme ver toda la noche, pero me temo que es dura de roer.

—¿Disculpa? —Su nuevo compañero se volvió hacia él.

Hans podría haber jurado que se hinchó a la vez que respiraba hondo y lo observaba. ¿Era posible que hubiese duplicado su tamaño, ya de por sí imponente?

—La camarera —aclaró con su habitual tono despreocupado, obviando el gesto hostil de aquel hombre—. Aunque, ¿quién sabe? Quizás tengas más suerte que yo y le caigas en gracia.

—¡Hola!

Hans giró la cabeza hacia la alegre voz de la chica y observó cómo caminaba con prisas hacia la salida del cubículo. No perdió de vista cómo el tipo de bermudas granate y camiseta blanca se acercaba a ella justo después de echarle a él un rápido vistazo con aire asesino.

Si no hubiese sido por el tamaño de sus bíceps, le habría resultado hasta cómico.

Observó con curiosidad cómo él besaba la tersa mejilla femenina a la vez que ella lo abrazaba por la cintura.

Frunció el ceño mientras los labios de ambos se movían por turnos en una conversación que no pudo adivinar y, cuando sintió cómo se le retorcían las tripas, decidió que era el momento de retirarse e intentar encontrar la tan esquiva tranquilidad mental de otra manera más efectiva, puesto que su interior en aquel momento era un caos de sensaciones y pensamientos que no terminaba de saber controlar.

Dos horas después, Alana se sentía exhausta.

Le dolían los pies, deseaba desprenderse de la coleta y sentía la garganta resentida de tanto forzar la voz por encima del sonido de la música.

La noche latina había resultado un rotundo éxito, los huéspedes fueron muy participativos en la pista de baile y las copas se sucedieron una tras otra, sin embargo, ella ya no podía más.

Para colmo, había olvidado su bolsa térmica con la cena. Por suerte, su padre acudió a su rescate. No había podido comer antes de comenzar su turno en el bar y, a aquellas alturas, su estómago no paraba de emitir sonidos vergonzosos.

Tiró con un suspiro de la puerta de la salita para empleados y se adentró en ella, escrutando el interior de la mochila.

Una vez que lo dispuso todo sobre la pequeña mesita, y justo cuando masticaba con ganas el primer trozo de pollo asado y agarraba un champiñón con el tenedor, un destello de pelo castaño claro con mechas rubias se coló por el hueco de la puerta.

Supo que no podía escaparse y enderezó la espalda.

—Que aproveche —le dijo Hans divertido al ver el azoramiento de la joven.

La había visto entrar en aquel lugar mientras aparcaba su moto y no dudó en aprovechar la oportunidad que el destino parecía estarle brindando.

—Gracias —contestó ella como pudo, tapándose la boca.

Él la observó durante un momento y sonrió.

—¿Puedo pasar?

Alana se encogió de hombros. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Avanzó hacia ella, pero se detuvo a un par de pasos. En aquel impase de tiempo, Alana por fin pudo tragar la bola de comida y recuperar su dignidad, por lo que compuso su tono más profesional y forzó una sonrisa.

—¿Lo puedo ayudar en algo, señor Müller?

Soltó los cubiertos mientras hablaba, y Hans apreció su intención de levantarse, así que la frenó con un gesto de la mano.

—No, por favor. Continúa comiendo, Alana. No quería interrumpirte, pero me ha parecido un buen momento para disculparme por lo de la otra noche. Fui grosero y estuvo fuera de lugar. En mi defensa diré que me pillaste desprevenido.

Ella asintió, queriendo acabar con aquello cuanto antes. Volvía a estar a solas con él en un espacio reducido y no se sentía del todo cómoda con las reacciones de su cuerpo ante ese hecho.

—Está bien. Está perdonado.

—Por favor, no me hables de usted. Me haces sentir viejo y aburrido —le pidió una vez más con media sonrisa—. Si te soy sincero, creía que después de esforzarte tanto por ignorarme, me iba a resultar un poco más difícil conseguir tu perdón.

La muchacha negó frunciendo el entrecejo.

—Yo no te he ignorado, tan solo tenía trabajo.

—Ya.

—Bien.

Se sostuvieron la mirada en un silencio que terminó rompiendo él.

—Por regla general no soy tan capullo como la otra noche.

Por cierto, ya me he comprado los auriculares —le dijo intentando quitarle hierro al asunto, y Alana mantuvo sus ojos fijos en él.

A Hans le gustó ver que, aunque la conversación parecía avergonzarla, no se amilanaba e incluso le dedicó una leve sonrisa—. ¿A qué hora terminas tu turno?

—No te preocupes, si necesitas algo puedes llamar al teléfono de recepción en cualquier momento, siempre habrá alguien disponible.

—Me refería a ti en particular.

—¿A mí? —Hans asintió ante su gesto contrariado—. ¿Por qué?

—Porque es a ti a quien le hice pasar un mal rato.

—Ya está olvidado.

—Alana.

—De verdad, no fue nada.

Rogó porque lo dejase estar, pero parecía que ese no iba a ser su día de suerte.

Se fijó en aquellos ojos que lucían oscurecidos por la escasa iluminación de la salita y se mordió el labio con consternación cuando él se acercó hasta el mismo sofá en el que ella estaba sentada y se apoyó en el respaldo sin dejar de mirarla.

—¿Me vas a obligar a preguntarle a alguna de tus compañeras por tus horarios? Hay una chica morena de pelo rizado que siempre anda rondando cerca de mi caravana, quizá ella pued…

«Por encima de mi cadáver». El pensamiento la pilló desprevenida, al igual que las palabras que salieron de su boca interrumpiéndolo:

—A las seis.

La imagen que formó la mente de Alana fue tan nítida que aún podía ver cómo la susodicha cantaba como un pajarito a cualquier cosa que él le pidiese.

—Para que veas que voy en son de paz, a esa ahora suelo estar en la playa haciendo yoga. —Los ojos de la chica brillaron con un interés que se apresuró en ocultar con un halo de indiferencia—. Si te apetece, estás invitada a unirte.

—Lo pensaré.

—Bien. —Sonrió y sus ojos se llenaron de arruguitas—. Te dejo para que cenes tranquila.

—Gracias.

—No hay de qué. Hasta luego.

—Buenas noches, Hans.

Alana observó su silueta alejándose hasta que no fue más que un borrón en la penumbra del exterior y fue incapaz de llevarse nada más a la boca, ya que su estómago había decidido cerrarse sin motivo aparente.

Hans se mordió el labio a la vez que echaba a andar, rezando para que tuviese en cuenta su invitación y conteniendo una sonrisa victoriosa al haber escuchado por primera vez su nombre en los labios femeninos.

Había sonado muy muy bien.