4 De pelotas #2
No era la primera vez que tenía que llamar la atención a alguna pareja que armaba demasiado escándalo.
Era lógico que la gente en vacaciones se dejase llevar por el momento, sin embargo, en aquella ocasión toda la situación resultaba, cuanto menos, incómoda, porque tenía la certeza de que lo que había dentro de aquella casa rodante no era una pareja de tortolitos que, tras unas copas, se habían desinhibido más de la cuenta.
Y lo sabía con tanta seguridad porque el dueño de aquella furgoneta era, ni más ni menos, que el mismo que tenía revolucionada a casi toda la plantilla femenina del camping . «Casi», porque ella se negaba a admitir haber caído en las garras de su supuesto encanto, claro.
Esperó unos segundos a que los sonidos bajasen de intensidad y el valor hiciese acto de presencia. Cuando se percató de que aquel debía de ser el coito más largo e intenso de la historia de la humanidad, decidió llamar con los nudillos sobre la puerta con firmeza.
—Venga, parad… —murmuró tocando de nuevo una segunda vez a los pocos segundos.
No obtuvo la reacción que esperaba. Los amantes continuaban con su hazaña, ajenos a su entorno.
No podía permitir que el teléfono sonase una segunda vez recibiendo una nueva queja.
Alana tenía la obligación de hacerles ver que debían respetar ciertas normas o, de lo contrario, deberían abandonar el camping , aunque en el fondo sentía el regusto de cierta sensación de satisfacción por interrumpir el momento placentero de Hans.
Levantó su mano con la intención de hacer resonar sus nudillos una tercera vez cuando esta se quedó de forma ridícula en el aire al abrirse la puerta de golpe.
La imagen de Hans, con las mejillas encendidas y un pantalón corto de algodón desgastado y de cintura baja, se personó ante ella.
Tragó saliva.
—¿Qué? —soltó él.
Intentó procesar la escena y la visión que tenía delante sin éxito.
Los quejidos sexuales de la mujer le llegaban con más claridad, ya que la puerta estaba entreabierta, y fue consciente de que el hombre ceñudo que tenía ante sí no podía ser el artífice de los gemidos masculinos que la acompañaban en el ejercicio.
Pero ¿cuánta gente había ahí dentro?
Aquello sí que era nuevo para ella y sintió las mejillas arder.
Hans se movió ante sus ojos, cruzando los brazos y llamando su atención con el gesto.
—Buenas noches —comenzó a decir tras aclararse la garganta—. Hemos recibido quejas por el ruido, y en el camping hay ciertas normas de obligado cumplimiento.
Él levantó una ceja.
—¿Qué ruido?
La joven frunció el ceño.
—«Ese» ruido —repitió alucinada por su desfachatez.
—No sé de qué me estás hablando. Será en otra caravana.
Alana lo miró incrédula y alzó una ceja.
—Sale de aquí dentro.
—No lo creo.
—Me estás vacilando, ¿verdad?
La mirada de Hans se tiñó de interés al atisbar un inicio de enfado en ella. La interrupción lo había puesto de muy mal humor, pero la sensación parecía esfumarse por momentos ante la imagen de aquella chica que atormentaba su mente demasiadas veces a lo largo del día.
Decidió jugar con ella, solo un poco.
—¿Cuánto tiempo te llevó recoger todas las pelotas, Alana?
Se apoyó en el marco de la pequeña puerta mientras la banda sonora sexual los acompañaba. Sus mejillas se tiñeron un poco más, y él sonrió. Aquella marisabidilla le había jodido el momento, y pensaba sacarle partido a la situación.
—¿Podríais bajar el volumen? Estáis molestando a los demás —rogó.
—Seguro que no es para tanto.
—No me gustaría entrar y poner fin a la fiesta.
Tras su débil amenaza, él se hizo a un lado, invitándola a pasar con un gesto de la mano.
—Estás en tu casa. Eso sí, todo el que accede a mi furgoneta se tiene que quitar la camiseta —bromeó en tono serio—. Son mis normas, y todos debemos cumplirlas, ¿verdad?
El enfado por su poca vergüenza, y por la frustración que le causaba la atracción que sentía por él, se vieron acrecentados por el día que llevaba. Aquella mezcla fue el detonante para que salvase los dos escalones y se adentrase en el reducido lugar.
En esos microsegundos se había mentalizado para afrontar la escena que la esperaría dentro e imaginó que, tan pronto como la pareja reparase en ella, les pediría que se detuviesen y les leería a todos la cartilla.
No sabía quién iba a pasar más vergüenza, si aquellos o ella misma, ya que estaba decidida a borrarle de un plumazo la sonrisilla petulante a aquel tipo. Y, cuando barrió con los ojos el lugar, tan solo encontró una cama deshecha y ni rastro de los amantes.
Se giró para encarar a Hans y, al hacerlo, se encontró con su torso desnudo más cerca de lo que previó, por lo que tuvo que retroceder un paso, lo que la introdujo aún más en la furgoneta.
—¿Ves como no era aquí?
—¿De dónde…?
El clímax sexual se dejaba apreciar en la intensidad de los gemidos y en la velocidad de las embestidas. Alana buscó hasta encontrar el origen del sonido y giró la cabeza en su dirección, taladrándole con la mirada.
—Mañana me compraré unos cascos —prometió con aire inocente—. Ahora, si no te importa y solo en el caso de que no te quieras unir y ayudarme con lo que tenía entre manos, me gustaría estar solo. Bajaré el volumen para no molestar.
Los ojos de ella echaron chispas cuando abandonó el vehículo con las mejillas encendidas de vergüenza y algo de ira.
Los de él rezumaron diversión y frustración.
En el fondo esperaba que la chica se quedase, aunque era consciente de que no iba a ocurrir. Cuando estuvo solo, suspiró, apagó el televisor y abandonó la furgoneta, dispuesto a irse a la playa a practicar un poco de meditación nocturna.
Sí, Alana estaba trastornando toda su vida y poniéndolo a prueba, pero, a decir verdad, se lo estaba pasando muy bien.