4 De pelotas
No molestar
Todo el que conocía a Alana sabía que no era una buena conductora. Se ponía muy tensa al volante y apenas disfrutaba del trayecto que realizaba. No obstante, se sacó el carnet en cuanto cumplió la mayoría de edad, ya que su padre le había insistido en ello y no solía contradecirlo.
Aquel aprobado le costó sudor y alguna que otra lágrima. Estaba segura de que a su profesor su paso por la autoescuela le supuso una úlcera de estómago, pero lo había conseguido; al tercer intento práctico se trajo el aprobado, y toda su gente lo celebró con una de sus típicas barbacoas familiares.
Aunque el hecho de que lo hubiese logrado y llevase engrosando las listas de las personas motorizadas tres años, no significaba que le gustase conducir.
De hecho, lo odiaba. Era una de las pocas cosas que detestaba, así que, el día que no le quedaba más remedio que hacerlo, terminaba siendo una jornada nefasta que tachar en el calendario y olvidar.
Aquel en concreto no parecía haber empezado mal.
Se había levantado sin el sonido estridente del despertador, pues los jueves su madre solía estar en casa, y ella no tenía que encargarse de sus hermanos.
Desayunó sin prisas, recogió un poco el apartamento y agarró una mochila con su ropa de deporte antes de montarse sobre su monopatín y marcharse al centro comercial a comprar un par de cosas que necesitaba.
A las doce entró en su clase de pool dance .
Como ya le había adelantado África días atrás, ni la semana anterior ni esa volvió a presentarse, por lo que se pasó en silencio casi toda la hora, excepto por algún quejido que escapó de sus labios tras realizar un movimiento más brusco de lo aconsejable al entrar en barra.
Acabó sudada, con el cuerpo dolorido, pero satisfecha. Aquel ejercicio le proporcionaba elasticidad y le servía para conocer otras disciplinas, algo que era justo lo que buscaba para sumar a su experiencia, por lo que no le importó sufrir cierto dolor.
Cuando acabó era casi la hora del almuerzo. Se marchó a su apartamento y, justo cuando iba a entrar en la ducha, recibió una llamada de su jefe.
La petición de este extrañó a Alana, pero, por supuesto, no lo cuestionó. Se apresuró en estar lista y poder llegar a tiempo para recoger lo que le había encargado, un paquete a su nombre en el hotel de la entrada del pueblo, todo esto antes de que comenzase su turno de trabajo.
En el momento en el que fue a salir de casa, cayó en la cuenta de algo que la hizo fruncir el ceño.
No podía ir en su medio de transporte habitual hasta el hotel, y no porque este estuviese a varios kilómetros del camping , eso no le suponía ningún problema, sino porque no sabía si podría transportar el encargo en su escueta mochila.
Aquel fue el primer traspié que propició que el día se empezase a torcer.
Muy a su pesar, tuvo que pedirle prestado el coche a su abuelo, ya que no pensaba ir en el de sus padres. Aquel tanque enorme de nueve plazas la ponía aún más nerviosa, por lo que aquella fue su única opción viable.
Toño, encantado, le cedió el vehículo. El hombre ya se lo había ofrecido en alguna ocasión, puesto que él apenas lo utilizaba y le daba pena que estuviese en el garaje, guardado todo el día y cubierto de polvo, pero la joven siempre se negaba.
Alana prometió devolvérselo intacto a la mañana siguiente, y, mientras arrancaba, cruzó los dedos para poder cumplir su promesa. Tras calarlo en tres ocasiones al salir del aparcamiento, enfiló hacia el hotel con los brazos en tensión.
Al llegar, observó incrédula lo que le tendía el chico de la recepción.
«¿De verdad he conducido hasta aquí para esto?», se preguntó.
Cerró los ojos e inspiró hondo, maldiciendo al pesetero de su jefe que no invertía ni en algo tan simple como en unas pelotas de tenis para su negocio y reutilizaba las que le donaban de otros sitios.
Aquello era patético.
Se despidió del recepcionista con esfuerzo a la vez que agarraba una bolsa en cada brazo e intentaba que el contenido no se saliese y acabase rodando por el suelo.
—¡De nada! Y cuidado con el escalón al salir.
Ella puso los ojos en blanco y se dirigió a la ranchera de su abuelo, que esperaba en la zona de carga y descarga de pasajeros con los intermitentes de emergencia encendidos.
Había dudado sobre dejarlo allí, aunque en aquel momento se alegraba de haber infringido las normas y, pese a que el trayecto de vuelta hasta el camping fue mejor de lo que habría cabido esperar dados sus resoplidos, al llegar a su lugar de trabajo se hicieron realidad sus peores pesadillas.
Se internó con el coche por el camino peatonal y lo paró un momento lo más cerca que pudo de la recepción, allí se bajó y agarró con dificultad los paquetes de nuevo, pero, justo cuando comenzaba a andar, una de las bolsas se rasgó por la parte inferior y aquel sonido le hizo contraer el gesto, anticipándose a la catástrofe.
Alana intentó detener el desparrame de pelotas utilizando la otra mano y aquella maniobra fue aún peor, ya que con el movimiento desatendió la que aún se mantenía intacta en su otro brazo, que también terminó volcando su contenido.
Gruñó.
Genial. En ese momento tan solo tenía dos millones de las dichosas y llamativas esferas desparramadas por toda la entrada de recepción.
—Maravilloso… Es que es maravilloso —ironizó malhumorada—. ¡Joder! Mierda, si es que lo sabía. Lo supe desde que tuve que coger el coche. Tendría que haberme negado, pero yo no hago esas cosas, ¿verdad? ¡Pues no! Claro que no, ¿cómo iba a hacer algo así? Idiota, si es que eso es lo que soy…
Continuó murmurando imprecaciones sin levantar demasiado la voz, pero sin poder contenerse, al mismo tiempo que se agachaba y analizaba cómo narices se habían reproducido en los escasos minutos de trayecto, puesto que allí, en el suelo, se esparcían más esferas peludas amarillas de las que podían caber en las dos bolsas de papel.
—Hola, ¿te pillo en mal momento?
Supo a quién pertenecía esa voz sin necesidad de verlo.
Cerró los ojos unos segundos antes de levantar la cabeza y toparse con unos dientes ridículamente blancos que asomaban tras una sonrisa entretenida.
—Disculpe, señor Müller. —Se enderezó y sacudió sus manos, señalando después al suelo con ellas—. Como puede ver, ha ocurrido un accidente de pelotas. —Hans soltó una carcajada, y Alana lo observó, cayendo en la cuenta de lo absurdo y cómico de su frase—. Quiero decir…
—Me hago una idea de lo que has querido decir, Alana.
No te preocupes. —La salvó de seguir haciendo el ridículo con una actitud divertida y enternecida y se acercó a ella con la firme intención de agarrar la bolsa de sus manos y ayudarla.
A Alana el roce con su piel cálida la perturbó—. Venga, te echo una mano.
—¡No!
Se quedaron unos eternos segundos mirándose a los ojos, calibrando el ánimo del otro.
En el interior de ella se libraba un tortuoso debate sobre disculparse por el trato que le había dado, pedir que la besara con esos bonitos labios fruncidos o, como un bebé, ponerse a hacer pucheros de pura frustración.
Al final Hans levantó las manos en señal de rendición y le guiñó un ojo.
—De acuerdo, todo tuyo. Hasta luego.
Observó cómo se marchaba en silencio y, tras autoflagelarse un poco más por aquella serie de catastróficas desdichas, terminó de recoger el estropicio y comenzar su jornada de trabajo.
No obstante, su humor no mejoró y, aunque de cara a los clientes era todo sonrisas y amabilidad, hasta su fiel compañero, Edu, terminó por abandonarla esgrimiendo una excusa pobre y dejándola sola en el chiringuito de la piscina.
Por suerte, aquella noche habían instalado un cine de verano en la playa, a varios metros del camping , y la mayoría de los huéspedes abandonaron pronto la zona para acudir a aquella cita.
Recogió los últimos vasos mientras pensaba en ponerse a picar algo de cena cuando el sonido de una llamada rompió de manera temporal sus planes.
Se trataba del teléfono del camping . En el turno de noche siempre lo llevaba consigo, pues a partir de las nueve no se encontraba nadie en recepción de manera fija.
Cuando descolgó, la voz femenina de la dueña de una de las caravanas estacionadas en el sector noroeste, en concreto, de la parcela catorce, por poco perforó su tímpano.
La señora se afanó en explicarle que alguien parecía estar montándose una buena fiesta privada y que los sonidos «obscenos y molestos» —calificativos que recalcó para su trastorno— no dejaban dormir a sus hijos y tenían alterado al perro.
Alana se disculpó con la señora y corrió a llamar por el walkie a la compañera que compartía turno con ella y que siempre andaba moviendo su melena llena de bucles morenos de aquí para allá.
Como era de esperar, en ese momento en el que necesitaba que fuese a averiguar qué ocurría, la chica parecía estar ocupada, por lo que la segunda vez que no obtuvo respuesta por la emisora decidió ir ella misma a solucionarlo.
Cerró la caja registradora llevándose consigo la llave y puso el cartel que informaba a los clientes de que los atenderían en unos minutos. Con paso diligente, y su coleta rubia alta balanceándose al son de sus zancadas, llegó a la zona.
No le hizo falta mucho trabajo de investigación para averiguar de dónde provenían los ruidos a los que la mujer había hecho referencia, aun así, quiso estar segura y se acercó cautelosa a una de las ventanas abiertas, aproximando a ella su oído.
Por suerte para su salud mental, las cortinillas estaban corridas y no podía ver el interior, aunque eso no disminuyó su nerviosismo.
—El broche de oro de un día de mierda. Sí, señor…