Eres la excepción que desmonta mis planes (Costa Serena 2) 3 Adaptarse
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Deja que la vida ocurra

Dentro del día a día caótico, sorpresivo e inesperado que Hans llevaba practicando desde el momento en el que se embarcó en aquella vida sobre ruedas, hacía ya tres años, aquella última semana se podía catalogar como lo más parecido a una rutina establecida.

Desde el primer día le quedó claro que el camping era un sitio a evitar en la franja horaria desde el mediodía hasta que caía la tarde, puesto que el lugar se llenaba de niños con una capacidad pulmonar digna de un soprano de ópera, padres más ocupados en disfrutar de un combinado en el bar de la piscina que en cuidar de su descendencia ruidosa y algo molesta, y una abrumadora actividad general incompatible con su necesaria paz mental.

Por lo que, sabiendo todo eso, había encontrado la fórmula para adaptarse al entorno sin perder su admirado pelo largo en el proceso.

Por la mañana se levantaba cuando el amanecer estaba cerca, se lavaba la cara, se hacía el característico moño desgreñado que tan cómodo le resultaba y se iba a la playa desierta a practicar su dosis diaria de meditación y yoga.

Ese momento consigo mismo y sus pensamientos le era tan necesario y fácil de alcanzar como respirar, aunque no siempre había sido así.

Comenzó a realizarlo al poco tiempo de marcharse su madre.

Aquel fue un momento crucial para Hans, ya que tan solo tenía dieciséis años y muchas dudas vitales.

Fue gracias a su ángel de la guarda, de nombre Virginia, que consiguió encontrar de nuevo el foco para centrarse y convertirse en un ser de luz y no de sombras.

Por su parte, ella también padecía la partida de su mejor amiga, sin embargo, la conexión espiritual y mental que tenía con el mundo era muy diferente a la de él. Hans llegó a envidiar su manera de afrontarlo todo y, de ese sentimiento, había nacido la necesidad de interesarse por sus técnicas.

Desde aquel momento la mujer se había volcado en instruirle, y él continuó con su legado cada día, pues ya lo había integrado como modo de vida.

Una vez terminada esa cita inamovible, solía darse un primer baño en el solitario e inmenso mar. Disfrutaba de la salida del sol y se empapaba de su energía, y todo ese ritual le servía para afrontar las siguientes horas frente al viejo motor de Iris.

La reparación le estaba llevando más tiempo del que previó al inicio, ya que, aunque tenía experiencia con la mecánica del vehículo, no era un experto. No obstante, ese detalle nunca había resultado un impedimento para él, ya que no le importaba dedicarle más horas hasta dejarlo bien.

El toque de diana para pausar los arreglos de la furgoneta se lo daban los primeros chiquillos que escuchaba gritar en la piscina, zona que quedaba relativamente cerca de su plaza en el camping .

Justo en ese momento se daba un segundo y rápido baño en el mar, se cambiaba de ropa, agarraba el casco de la moto y las llaves, y se iba a explorar las diferentes rutas y caminos, tanto de Costa Serena como de los pueblos aledaños.

Solía parar a comer en algún sitio económico y, a poder ser, cercano a la carretera. Allí almorzaba contemplando las vistas o dejándose empapar por el ambiente del lugar y sus gentes.

Hans no tenía grandes ahorros y, a pesar de que sí contaba con un colchón económico que solo utilizaba en casos de extrema necesidad, prefería vivir al día.

Solía gestionar bien su economía, rasgo que parecía haber heredado de su padre, al que tan solo conoció durante sus primeros años de vida, y del que su madre siempre le habló maravillas.

No tenía un trabajo fijo ni unos ingresos estipulados.

Sus cualidades y experiencia profesional abarcaban desde hacer de fotógrafo en eventos deportivos, actuar de relaciones públicas de alguna marca, ser instructor de buceo o esquí, modelar e incluso en una ocasión se había dedicado a rescatar pelotas de golf bajo el agua.

Hans era un buscavidas, y los que lo conocían sabían que siempre solía estar disponible para trabajos eventuales, por raros que estos pudieran parecer.

Por todo eso, y por su filosofía de vida, nunca fue propenso a darse caprichos; los gastos que tenía consistían en comida y gasolina o, como en aquella ocasión, para solventar las averías de Iris.

Después de perderse durante unas horas, al caer la tarde regresaba al camping .

El festival de gritos y familias ruidosas ya empezaba a aflojar y se respiraba otro ambiente en el lugar, por lo que aprovechaba para comprar en el supermercado algo de poca elaboración y cenaba contemplando la caída de la tarde con la espectacular banda sonora de las olas rompiendo en la orilla frente a él.

Al otro lado del pueblo, en una casa familiar llena de cariño, risas y también llantos infantiles, rabietas y mocos, Alana se dedicaba a cuidar de sus hermanos mientras sus padres trabajaban.

La joven mentiría si admitiese que no hubiera preferido utilizar las mañanas que tenía libres en el trabajo para practicar algunos de sus deportes favoritos, ir a la playa u holgazanear un poco en su apartamento, no obstante, en ese momento en el que todos los niños tenían vacaciones en el instituto, colegio o guardería —según la edad de cada uno—, Alana era el salvavidas familiar, y lo hacía gustosa sabiendo que la pareja se marchaba tranquila de casa; además, contaba con el plus económico que aquello le reportaba, puesto que sus padres se habían empeñado en pagarle el tiempo que empleaba en el cuidado de sus hermanos y, pese a que ella se negó al principio, entendió que discutir con ellos era una causa perdida, ya que cada semana su padre le metía varios billetes en su caja para los imprevistos, que no era más que una lata de galletas que había pertenecido a su bisabuela y que Alana escondía en su armario, lejos de las manos curiosas de sus hermanos.

Después de esas caóticas, aunque divertidas mañanas, cuando Estrella y Fede regresaban para la hora del almuerzo, la muchacha se marchaba a su apartamento, comía y se preparaba para ir a trabajar.

Esa mañana había llevado a sus hermanos a dar un paseo y a hacer algunas compras por el pueblo. Bruno, de dieciséis, y Carolina, un año menor, rehusaron la salida y se quedaron en la casa, y el resto se movían alrededor de ella como si fueran moscas cerca de un tarro de miel.

Y justo así fue como se la encontró Hans.

Él se marchaba de la tienda de repuestos, donde había recogido una de las piezas de la furgoneta. No la reconoció de inmediato. De hecho, si no hubiese sido por el cruce de miradas entre ambos, no lo habría hecho, pero una vez que ubicó aquellos ojos de cervatillo deslumbrado no tuvo dudas.

Para Hans, ver a Alana rodeada de niños fue algo inesperado.

Parecía demasiado joven para que fuesen suyos, aun así, era innegable el parentesco y parecido entre ellos.

Lo que de verdad le asombró fue darse cuenta de que los pensamientos que había tenido hacia ella unos días atrás eran acertados, comenzando por su físico.

Por lo poco que pudo atisbar en las ocasiones en las que se la cruzó en el camping , se le adivinaba un cuerpo atlético y en forma.

Aquella chica no era como sus compañeras, que ideaban todo tipo de fórmulas para mostrar cuanta más piel mejor.

En el caso de Alana, le resultó difícil estudiarla, porque parecía esconderse tras esa ropa corporativa y sin forma, anodina y alguna talla mayor que la de ella.

Y, aunque la visión de su figura, enfundada en unos pequeños pantaloncitos verdes y una camiseta de tirantes finos que dejaba su ombligo al aire, era tentadora, no fue lo que más le impactó.

Lo que lo noqueó fue su mirada. Los ojos de aquella muchacha eran, por llamarlos de alguna forma, excepcionales, e incluso aquella palabra no le hacía justicia.

Recordaba haberlo pensado el primer día, cuando se encontraron en la recepción y ella se empeñó en comenzar a llamarle «señor Müller», costumbre que lo divertía y que ella seguía imponiendo cada vez que se cruzaban.

Esos ojos, tan celestes que parecían imposibles y que lo hipnotizaban, hablaban más que su sensual boca. Mostraban sensatez, bondad y una determinación que para nada se reflejaba en su voz suave y a veces titubeante.

Verla allí, rodeada de niños que reclamaban su atención, sin perder los nervios e imponiendo su voluntad de una forma afable, pero firme, le demostraba una vez más que sus instintos no le habían fallado.

Parecía que detrás de aquella fachada de chica buena se escondían unas cualidades muy interesantes.

—¿Madre precoz? —le preguntó él divertido.

Alana se encogió de hombros y sonrió sin poder evitarlo.

—Hermana mayor, más bien —aclaró agarrando algo que le tendía la única jovencita morena del grupo.

—¿De todos? —se interesó, haciendo un rápido barrido ocular hasta contar cinco cabezas de diferentes alturas a su alrededor—. Tu casa tiene que ser muy divertida.

—Vivo sola —puntualizó.

—Ah.

Pasaron un par de segundos en los que Alana supo que con su tono había enfriado el encuentro, así que, para remediarlo, volvió a hablar.

—Faltan dos.

Él echó un vistazo dubitativo, sintiéndose observado por demasiados pares de ojos claros.

—¿Dos qué? ¿Dos hermanos más?

Alana asintió y aguantó una sonrisa ante su mirada. Este la observaba con interés y algo de sorpresa.

—Somos ocho en total.

Él silbó con admiración.

—Vaya. Y tú eres la mayor, ¿no?

El tono que utilizo le provocó un cosquilleo en la columna. Asintió e intentó no prestarle atención a aquella sensación que notaba en la piel, ocasionada, sin duda, por el escrutinio penetrante de él.

Reconocía que ese aire despreocupado, junto con su físico, le daba un punto llamativo, a pesar de ello, para ser sincera, no entendía la revolución que se había formado entre sus compañeras desde que este había llegado al camping .

Era de locos. ¡Si podría ser su hija! De hecho, solo era unos tres años menor que su padre, dato que jamás admitiría haber buscado y memorizado al rellenar la ficha de huésped en el ordenador.

Zahara intentó soltarse de su mano, y ella no se lo permitió. La niña, que con tan solo tres años no comprendía por qué estaban allí parados y no iban a la tienda a comprar chucherías, tal y como le había prometido si se portaba bien, empezó a quejarse.

—Tengo que marcharme —se apresuró a decir Alana antes de que estallase la guerra.

—Claro. Ya nos veremos.

—Claro —repitió ella—. Hasta luego.

Alana rezó para que Hans no se hubiese enterado del comentario nada educado sobre su aspecto que había hecho Diana.

La niña tenía la boca de un camionero, un ingenio inigualable y un cargamento de hormonas revolucionadas propias de la preadolescencia, por lo que la combinación la había metido en más de un lío.

—¿Quién era ese? —le preguntó su hermano Guille con la despreocupación de sus siete años.

—El señor Müller —murmuró ella.

Hans, que aún observa cómo se marchaban todos diligentes tras su hermana mayor, sonrió negando con la cabeza y se juró que, antes de irse de aquel pueblo, conseguiría que se dejase de tanto formalismo.

Echó a andar, y se detuvo contrariado tras un par de pasos cuando su cerebro le trajo la imagen de Alana, no solo pronunciando su nombre de pila, sino gimiéndolo.

¿De dónde demonios había salido eso?