2 Caminos
Los grandes cambios se inician con una buena sacudida
—Vamos, bonita. No me hagas esto. —Hans cerró un segundo los ojos mientras el sonido del motor se ralentizaba hasta quedar apagado por completo. Apoyó la frente en el ajado volante y respiró hondo—. Vale, no pasa nada —se habló a sí mismo—. Nada de nada.
Con una última inspiración se incorporó en el asiento y compuso una sonrisa mirando a su alrededor.
Sabía que no servía de nada lamentarse, la vida estaba llena de imprevistos, y a él le encantaba vivir el devenir del día a día.
Aquello no era tan grave, tan solo tenía que localizar el sitio más cercano donde pudiese estacionar la furgoneta hasta arreglarla, a poder ser, un lugar con toma de agua y electricidad, y también debía conseguir una grúa que lo remolcara hasta allí.
Para todo ello debía dar primero con su teléfono, ya que el aparato andaba perdido, una vez más, en aquel caos que conformaba su casa rodante.
Consiguió localizarlo varios minutos después, bajo una pila de ropa por lavar.
Cuarenta y cinco minutos más tarde veía partir su vehículo siendo remolcado.
Arrancó la moto con una buena sensación en la boca del estómago, ya que, por fortuna, el lugar en el que su vieja furgoneta había decidido descansar de forma temporal, Costa Serena, tenía un espectacular mar azul y la luz del sol incidía de una forma especial en sus rincones.
No pudo evitar parar a contemplar el paisaje en un par de ocasiones durante el trayecto. Estaba tranquilo, pues el tipo de la grúa se encargaría de llevar a Iris hasta el lugar que le había indicado y no tenía ninguna prisa.
Aquella no era la primera vez que el vehículo se tomaba un descanso, tenía un considerable número de carreteras recorridas a sus espaldas y, aunque Hans la trataba con cariño y mimo y nadie adivinaría los años que llevaba en circulación guiándose por su interior reformado, los kilómetros recorridos juntos hacían sus estragos.
El sonido de un claxon alertó a Alana. Soltó el ratón del lento ordenador y agarró el walkie antes de salir hacia la cancela de vehículos.
—Hola, bonita —la saludó el conductor de la grúa.
—¡Hola! ¿Qué me traes por ahí? —le preguntó Alana recolocándose la gorra y la coleta.
Conocía al hombre desde que iba al jardín de infancia, puesto que se trataba del padre de su amiga Alba. El aludido, de prominente barriga, gran bigote negro y la misma sonrisa franca de su hija, bajó con algo de dificultad del vehículo.
—Un forastero se ha quedado tirado en la nacional y me ha pedido que lo remolque hasta aquí —explicó el hombre—. Debe de estar al llegar. Venía en moto.
—Entiendo.
—¿Crees que lo puedes colocar cerca del mar? —preguntó él—. Me ha prometido una buena propina si lo consigo.
Alana sonrió y meneó la cabeza.
—Veré qué puedo hacer.
—Eres la mejor.
—Gracias. Lo hago solo porque eres tú —rebatió ella acercándose al reducido edificio de la recepción.
Se debatió unos segundos entre enviarlo al lugar más alejado de la playa y, por consiguiente, fastidiarle la posible propina al hombre, o buscarle hueco en primera línea.
No es que fuese una tarea demasiado fácil, ya que estando en la primera quincena de agosto, y, por lo tanto, en temporada alta, el camping se encontraba a rebosar.
No obstante, para Alana no había nada imposible cuando se trataba de satisfacer al cliente, por algo su jefe la dejaba a cargo de todo siempre que él se ausentaba.
—Listo. Estará tan cerca del mar que como venga una ola más fuerte de la cuenta le va a dejar la furgoneta bien limpita —le dijo al padre de su amiga cuando regresó con las directrices.
El hombre contuvo una carcajada y siguió sus indicaciones hasta dejar la camper ubicada en el que sería su aparcamiento.
Alana se estaba despidiendo de él cuando llegó hasta su nariz el inconfundible aroma de una colonia masculina que conocía bastante bien.
—Qué larga se me está haciendo la mañana —se quejó su compañero al llegar a su lado.
Alana lo observó y sonrió con cariño. Llevando el uniforme no debía destacar por su indumentaria, pero, sin duda alguna, la forma en la que Edu lucía su ropa era, cuanto menos, peculiar.
Le solían molestar las burlas de algunas de las compañeras cuando se referían a él, aun así, debía reconocer que llevaban parte de razón.
El muchacho, desde siempre, se sacaba muy poco partido, Alana lo había conocido siendo un adolescente y, aunque su cuerpo había ensanchado y duplicado su tamaño gracias a sus trabajados músculos, aún conservaba ese aire de tipo rarito, mezcla de empollón, señor octogenario y friqui, con pantalones bien amarrados gracias a sus tirantes y una eterna riñonera multiusos incluida en el lote.
—Prefiero mis horarios —admitió Alana, que solía hacer el turno de tarde y noche de manera habitual.
—¿A quién le toca reponer en la tienda?
—A mí, en media hora termino en recepción.
Su suspiro lastimero hizo sonreír a Edu.
—Yo lo haré.
Alana lo miró implorante.
—¿En serio? —El chico asintió sonriente—. ¿No te importa? —Edu negó con la cabeza y contuvo los latidos de su corazón—. ¡Ay, te debo una enorme!
Ella le echó los brazos al cuello y le dio un abrazo espontáneo que no fue correspondido. La rigidez en el torso y los brazos de su amigo no pasó desapercibida para Alana, que se apresuró en soltarse y volver a darle las gracias con algo menos de efusividad antes de marcharse hacia la recepción.
Por suerte, no encontró a nadie esperando, lo que le dio margen suficiente para revisar la dichosa impresora, que se negaba a escupir las facturas.
No es que ella tuviera demasiada soltura en el campo de la informática, aun así, apretar los botones al tuntún y darle un par de golpecitos solía funcionar en otras ocasiones.
—Maldita sea —masculló malhumorada un rato después—. Aparato del demonio, ojalá te jubilen pronto y…
—Hola, ¿te pillo en mal momento?
La voz masculina la hizo enderezarse de golpe.
Compuso su sonrisa más profesional, se giró para encarar al recién llegado y sintió que sus labios titubeaban al mantener el gesto.
La postura despreocupada y la sonrisa de aquel hombre la pusieron nerviosa, y no le pasó desapercibido dónde había tenido posados sus llamativos ojos del color de las avellanas: en su trasero.
Cogió aire con algo de dificultad.
—Buenos días, bienvenido al camping de Costa Serena, mi nombre es Alana Remo —recitó profesional—. ¿En qué puedo ayudarle, señor…?
La pausa le dio a entender a Hans que esperaba su respuesta.
Contuvo la risa que le provocaba aquel exceso de formalismo cuando un momento antes había estado maldiciendo como un camionero y le tendió su documento de identidad.
—Hans —respondió escueto—. Creo que la grúa ya ha debido de traer a…
—¡Ah, sí! —le cortó Alana, que, automáticamente, se fustigó por ello. Observó los datos que figuraban en el documento del cliente antes de disculparse—. Perdone, señor Müller, lo he interrumpido.
—Hans —repitió su nombre aguantando una sonrisa ante la turbación de aquella muchacha—.
¿Qué necesitas, Alana? —Ella se quedó mirándolo unos segundos con los ojos algo más abiertos de lo normal.
Por la mente de la chica pasaron varias respuestas.
Ninguna apropiada. Él, divertido e intrigado como pocas veces en los últimos tiempos, elevó ambas cejas y sonrió cuando las mejillas de ella se colorearon de forma sutil.
»¿Qué necesitas para el papeleo? —Se vio en la necesidad de aclarar—. ¿Te sirve con mi DNI o te hace falta algo más?
Alana asintió y tragó saliva algo desconcertada. Después de carraspear para aclararse la voz, le tendió un formulario y le recitó la información sobre el camping que todos los clientes debían conocer a su llegada.
Él se tomó con calma la tarea de rellenar los papeles, lanzándole miraditas de soslayo en el proceso. Alana se mantuvo paciente, ya que su responsabilidad en el trabajo la obligaba a sonreír y aguardar.
Cuando Hans se los entregó, ella los recogió diligente y le facilitó las indicaciones para llegar hasta su vehículo.
En otra ocasión hubiese acompañado al huésped hasta la parcela asignada, sin embargo, con aquel hombre no lo haría.
No entendía lo que le pasaba, sentía que le costaba no repasar con la vista su indumentaria desgarbada, con aquella camisa blanca de tela tan desgastada que casi se transparentaba su torso, unos pies tan solo cubiertos por unas chanclas de cuero que habían visto tiempos mejores y aquel moño desgreñado que coronaba su cabeza, de mechones de diferentes tonos de castaño claro y rubio, en contraste con su barba algo más oscura.
Si hubiese tenido que explicarle a sus amigas el aspecto de aquel hombre, estaba segura de que la palabra «piojoso» aparecería en los labios de alguna de ellas tras su descripción, a pesar de ello, aquel tipo parecía de todo menos eso.
Sí, su ropa estaba desgastada y parecía que la moda era lo último que le interesaba, pero el aire bohemio y libre que desprendía era muy interesante.
Se sintió contrariada ante sus pensamientos.
—Alana, ¿sabes de algún lugar donde vendan piezas para la furgoneta?
Ella asintió, deteniéndose para escrutar el movimiento de las pecas de su cara al gesticular. Su piel bronceada resaltaba las marcas en sus mejillas y sobre el puente de su nariz, y se preguntó por qué todo en él le parecía tan estimulante.
Hans le concedió unos segundos que ella no aprovechó en rellenar con su voz suave.
Se sintió acariciado por su mirada y aquella sensación, que en cualquier otro momento habría sido el detonante para iniciar un juego de seducción del que sabía muy bien las reglas de tantas veces como había jugado, le provocó un pellizco en el estómago.
Soltó el bolígrafo en el mostrador y el sonido al caer trajo al presente a Alana.
—Voy a ir a instalarme. ¿Me paso luego y me das los datos del sitio?
Alana carraspeó.
—Por supuesto.
—De acuerdo, pues… hasta luego, Alana.
Sonrió, y la chica le devolvió el gesto, observando cómo salía del cubículo de la recepción.
—¡Que tenga buena estancia, señor Müller!
Casi tuvo que gritar la frase, porque, para cuando reaccionó, él ya cruzaba la puerta.
El tipo se giró unos segundos y soltó una risotada al confirmar sus peores sospechas; aquella monada no pensaba tutearle, algo que de manera habitual lo incomodaba y que la gente no solía molestarse en hacer al observar su aspecto.
Se dirigió hasta donde le había indicado y sus labios se curvaron en una sonrisa al ver lo cerca que estaba del mar.
Se agachó, llevó su mano derecha hasta el suelo, junto a la rueda de la furgoneta, y agarró un puñado de tierra. Realizó el ritual que hacía cada vez que llegaba a un nuevo lugar, llevándose la mano al pecho y cerrando los ojos.
Murmuró unas palabras de agradecimiento y abrió su mano. El gesto dejó salir su contenido, cayendo de nuevo al suelo.
Cuando se giró, un nuevo par de ojos que denotaban evidente interés lo escrutaban.
Hans sonrió a la chica uniformada que lo observaba a pocos metros.
Aquella resultaba mucho más llamativa físicamente que la anterior, con aquellas interminables piernas y ese rizado e indomable pelo moreno, sin embargo, sin saber en realidad el motivo, no le provocó nada en su interior.
—Bienvenido a Costa Serena, señor —le dijo esta con voz melosa justo antes de guiñarle un ojo.
Su boca carnosa dibujó una mueca de lascivia que a Hans le provocó un inevitable tirón en los pantalones, su cuerpo iba por libre.
Él inclinó la cabeza a modo de agradecimiento y le devolvió la sonrisa a la vez que ella giraba el cuello en su dirección y echaba a andar hacia el lado contrario.
Hans negó divertido y algo pasmado, y se giró a la vez que abría la puerta de la furgoneta. Supo con seguridad que iba a necesitar algo más que una sesión de meditación para calmar las últimas reacciones de su cuerpo.
—Ya estoy aquí, Iris. Espero que no me hayas echado mucho de menos —le habló al vehículo justo antes de desplomarse sobre la cama con un suspiro, sin dejar de sonreír.