1 Amistad
Quien tiene buenas amigas tiene buenos ataques de risa
Actualidad
Recibió el golpe de un champiñón en la frente y levantó la cabeza con brío.
El proyectil trazó un arco perfecto en el aire y, aunque ese detalle pasó desapercibido para Alana, que andaba concentrada en su manicura de colores, la sonrisa de África la delató.
—Ya te vale —se quejó repasando con sus dedos el lugar del impacto.
—Te dije que nada de verduras.
—Pero si no se notan —se defendió la dueña del apartamento.
—Y una mierda que no se notan —rebatió su amiga—. La semana que viene yo pido las pizzas , vosotras sois demasiado sensatas hasta para desmadraros encargando comida basura.
—Todos los domingos dices lo mismo y luego nos encasquetas a nosotras la tarea —bufó Alba, la tercera integrante del grupo, con todo el peso de la verdad a su favor.
—Hoy tenía una buena razón —se defendió—. Por fin me estaba dejando querer por el vecino de la rubia. —Señaló a Alana con la cabeza y su pelo de mechas lilas se movió gracioso con el gesto—. Como comprenderás, no pensaba parar antes de que me metiese mano.
Ambas amigas se miraron y negaron con la cabeza. África no tenía remedio, aun así, ellas la querían igual.
—Y que sepas que creo que tu padre me ha visto.
Alana la miró espantada.
—Estarás de coña.
—No. —Sonrió con docilidad—. De hecho, juraría que hasta me ha guiñado un ojo.
—¿Que te ha guiña…?
—¡Cállate, África! —la amonestó Alba interrumpiendo a una horrorizada Alana.
Alba solía ser la más sensata de sus dos mejores amigas y, aunque también había tenido una época en la que suspiraba embelesada cada vez que su padre iba a recogerla al colegio, ya hacía bastante tiempo que era consciente de cómo molestaba a Alana esa devoción física y la adulación que tenía que soportar de las demás chicas de clase hacia su padre, así que se abstenía de hacer comentarios.
Era obvio que a África se le olvidaba ese detalle. Continuamente, además.
—Por cierto, no cuentes conmigo para el jueves que viene —soltó la susodicha haciendo mención a la clase de pool dance a la que Alana la había arrastrado esa semana—.
Aún me duele el cuerpo de la tortura a la que me sometiste llevándome a esa lección de cómo ser un putón verbenero refregándote con un palo.
No me compensa ese horror para conseguir echar un polvo, amiga.
—Es que tienes una motivación equivocada —rebatió Alana divertida—. Vas pensando en unos objetivos que tú misma te has imaginado, cuando debes hacerlo por ti.
—Y por mí lo hago, para conseguir un buen meneo, y ya te digo yo que no me vuelvo a subir a la barra esa del demonio para parecer sexi, que por poco me parto la crisma y no lo cuento. —Alba contuvo una carcajada, y Alana puso los ojos en blanco.
»Tú no te rías, guapita —amonestó a Alba—. Algunas nos tenemos que buscar la vida como podemos porque no tenemos la suerte de tener un novio que nos adora y que nos tiene siempre entre algodones.
La aludida le sacó la lengua, y África le lanzó un nuevo proyectil alimenticio que esta esquivó con maestría.
—¿Al final vas a casa de los padres de Soto este verano?
Alba asintió.
—No sé cómo no te rebelas. Si con veintiún años ya estás veraneando con la familia política, ¿qué vas a dejar para cuando seáis dos carcamales? —cuestionó África.
—Casarnos. Tener hijos, un perro…
—¿Qué hemos hecho para merecer esta amiga tan aburrida, Alana?
—Eso suena a envidia cochina, ¿sabes?
—Oh, sí. Fíjate qué envidia te tengo que me pienso pegar todo el verano pasándome por la piedra a cualquier tío con el que me cruce mientras tú juegas al cinquillo con tu suegra.
—No seas mala —terció Alana terminando de enroscar la pata del bote de esmalte celeste—. Y yo sí que te tengo envidia, Alba. Me espera un verano movidito en el camping .
—No se puede ser tan responsable, chica. A veces hay que sublevarse contra el sistema. Somos demasiado jóvenes para malgastar el tiempo en trabajar, algo que ya haremos hasta aburrirnos cuando crezcamos.
—Como tu madre se canse de ti y de mantenerte te pone a limpiar pescado todo el verano. —Se rio Alba—. Y ya me gustaría ver cómo te pasas por la piedra a los lenguados y besugos de su pescadería, ya.
Alana y Alba se rieron mientras África les hacía un corte de mangas.
—Antes muerta.
—Ya visualizo el eslogan: «África: forense oceanográfica de día, putón verbenero de noche» —se cachondearon de ella.
En medio del estruendo de sus carcajadas no escucharon el sonido de la puerta y, para cuando se dieron cuenta, la cabeza de Bruno asomaba por el quicio de la entrada que conectaba la casa de sus padres con su apartamento.
—¿Qué te pasa? —preguntó su hermana mayor.
—Necesito que me guardes una cosa esta noche.
Lo miró con desconfianza al mismo tiempo que él le mostraba lo que escondía.
—¿Otra vez?
—¡Qué mono! —exclamó África acercándose al chico y acariciando la cabeza del gatito de apenas dos meses que dormitaba en sus brazos.
—Mamá lo ha descubierto.
—Mañana tengo que trabajar, Bruno —se quejó Alana sabiendo que era en vano—. Espero que no me dé mucha lata.
—Es muy buena —contestó su hermano con las mejillas arreboladas a causa de la cercanía de África—. Te debo una.
—Una más —puntualizó su hermana, y el adolescente asintió solemne.
Para cuando el chico se marchó, las tres acariciaban y emitían sonidos ininteligibles dedicados al cachorro.
Continuaron la reunión de cada domingo en voz baja una vez que el animal se hubo quedado dormido, arropado en un par de cojines del sofá.
África y Alba se marcharon un rato después, poco antes de medianoche.
Alana se puso un pijama liviano que la ayudase a combatir el calor de esas noches de principio de agosto y se observó en el espejo.
La mujer que se reflejaba era joven y enérgica, con una apariencia atlética e interesante.
Su cabello rubio caía alrededor de su rostro acentuando sus ojos azules, su nariz tenía un tamaño muy proporcionado y sus labios, gruesos y definidos, lucían de manera habitual sonrosados.
En general, le agradaba lo que veía cuando se analizaba, tenía una estatura normal, un físico saludable y le gustaba el hoyuelo que se le formaba en la mejilla derecha al sonreír, aunque no creía que el resto del mundo la considerara una chica segura de sí misma y no entendía del todo el porqué.
A decir verdad, no tenía demasiados complejos con su físico y se sentía feliz de ser como era, pese a que a veces hubiese deseado no tener una cara con un aire tan dulce y angelical y sí una apariencia más sexi, como la que tenía su amiga África.
Encogiéndose de hombros, se giró y abrió la puerta que conectaba con la vivienda de sus padres sin saber si los encontraría aún levantados.
Sonrió al contemplar la escena que se desarrollaba en la cocina, donde su madre bebía de una copa de vino mientras su padre, con uno de los pies femeninos sobre su regazo, charlaba con ella y masajeaba su pantorrilla.
—Hola, pequeña —le dijo Fede al divisarla—. ¿Ya se han ido las chicas?
—Sí, mañana cubro a una compañera y tengo que ir a dormir pronto. No creo que vaya a correr, papá.
Se acercó hasta ellos, y su madre le pasó un brazo por la espalda, acariciándola con cariño.
—¿A qué hora acabas?
—A las cuatro —respondió la joven robándoles un fruto seco del platito sobre la encimera—. ¿Necesitarás ayuda por la tarde?
—No te preocupes —contestó Estrella—. Mañana solo tengo ocupada la mañana, así que yo me encargo de los niños.
Alana asintió y besó la mejilla de su progenitora para luego hacer lo propio con la de su padre.
—Me voy a la cama.
—Descansa, cielo.
—Te queremos —añadió Fede con cariño.
—Y yo —contestó ella justo antes de marcharse.
Alana los dejó solos y no fue testigo de cómo su padre le exponía a su esposa sus miedos, pues, desde hacía unos años, Fede temía que su hija cayera en los mismos errores que ellos habían cometido en sus primeros años de relación, no obstante, aquello era algo que, por supuesto, no podía controlar, ya que la vida tenía planes para su primogénita que ni él ni nadie podrían frenar.
Tan solo le quedaba ser testigo de ellos.