ERASE UNA VEZ 27 Verdades que duelen y liberan
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27 Verdades que duelen y liberan

La puerta del dormitorio volvió a abrirse un par de minutos después, esta vez con una calculada lentitud.

Frederick estaba apoyado contra el marco de la puerta, con las manos hundidas en los bolsillos y una expresión inusualmente suave en las facciones de su rostro.

Había permanecido en el pasillo y escuchado con atención cada una de las palabras del quiebre.

—Vaya... Por un momento pensé que el huracán rubio no se marcharía nunca —comentó Fred, ingresando a la estancia con pasos tranquilos.

Samantha agachó la cabeza de inmediato, abochornada.

Esperaba que su hermano continuara con la severa tanda de reproches de la tarde, pero él simplemente cruzó el cuarto y se sentó a su lado en el borde del colchón.

El somier se hundió ligeramente bajo su peso y rozó su hombro con el de ella, en un mudo gesto de fraternidad y apoyo silencioso.

Ya no quedaba el menor rastro de irritación en sus ojos; solo una profunda compasión.

—¿Por qué le aguantabas tanto, Sam? —preguntó Fred en un hilo de voz íntimo, casi en un susurro—. Tú no eres así en el fondo. Mamá y papá no nos criaron para ser crueles con los demás. ¿Por qué te empeñabas en actuar de esa manera?

Samantha tragó con dificultad el nudo espinoso que se le había instalado en la garganta y dejó que un par de lágrimas rebeldes le surcaran las mejillas.

—Porque ella parecía ser fuerte —confesó, clavando la vista en sus propias manos temblorosas y desnudando su alma por completo frente a su hermano—.

Yo siempre me sentí sumamente insegura en este lugar, Fred.

Sentía que no encajaba en ninguna parte.

Julian nunca me miró de la manera en que yo deseaba, y Christine...

Christine siempre tenía esa actitud descarada.

Parecía que el mundo entero le traía sin cuidado.

Pensé ingenuamente que, si me quedaba pegada a su lado, si imitaba su desprecio por el resto, algo de esa supuesta seguridad se me iba a contagiar por ósmosis.

Pero terminé convirtiéndome en su sombra, en una persona a la que detesto con todas mis fuerzas.

Hoy, cuando vi a Julie caer al agua... cuando caí en la cuenta de que alguien podía salir gravemente lastimado por culpa de mis berrinches, me di cuenta del monstruo en el que me estaba transformando.

Fred rodeó los hombros de su hermana con un brazo protector y la atrajo hacia su pecho con un apretón firme.

—Se necesita una cantidad enorme de valor para admitir algo así en voz alta, pequeña —le dijo, depositando un beso tierno en su coronilla—.

Todos cometemos errores estúpidos en la vida y a veces nos dejamos arrastrar a ciegas por nuestras propias frustraciones.

Lo verdaderamente importante es lo que decides hacer después de abrir los ojos y darte cuenta.

Samantha se apoyó en el hombro de su hermano durante unos instantes, respirando hondo y sintiendo cómo el peso asfixiante que le oprimía el pecho comenzaba a disiparse poco a poco.

—Sé perfectamente lo que tengo que hacer ahora mismo —declaró ella, separándose lo suficiente para sostenerle la mirada.

Había una determinación nueva, limpia y brillante instalada en sus ojos—.

Necesito ir de inmediato a la casa de Vivianne.

Fred asintió lentamente, aprobando la moción con la cabeza.—Si te hace sentir más segura, te acompaño en el coche hasta la puerta.

—No. Fui lo suficientemente cobarde para armar todo este desastre escudada en otra persona; ahora tengo que ser lo bastante mujer y valiente para solucionarlo por mi cuenta.

El trayecto a pie hasta la casa de Mary le pareció eterno.

La noche de verano ya había caído por completo sobre las calles, y el aire fresco de la madrugada le aliviaba el ardor persistente de los ojos.

Cuando se plantó frente a la entrada principal del porche, el corazón le latía desbocado, golpeándole las costillas con violencia.

Estuvo a punto de dar media vuelta en dos ocasiones, presa del pánico, pero se obligó a caminar por el pequeño sendero de piedra del jardín delantero y llamó al timbre con los dedos entumecidos.

Fue Susanne quien abrió la puerta. Al ver su silueta bajo la luz del porche, la sonrisa amable que lucía se borró de golpe, reemplazada al instante por una postura rígida, hostil y defensiva.

—¿Qué es lo que quieres aquí, Samantha? —preguntó Susanne.

Bloqueando la entrada con el cuerpo, sin alzar la voz para no alterar la casa, pero destilando una fría animadversión—.

Creo que ya causaste suficientes problemas y espectáculos por el día de hoy.

—Lo sé —respondió Samantha. Su voz fue apenas un hilo audible y aferró las manos con fuerza a las correas de su chaqueta—. No vengo a pelear ni a justificarme, Susanne. Te lo juro por Dios. ¿Sería posible... podría hablar con Julie y con Vivianne un minuto? Por favor.

Susanne la escudriñó con la mirada durante unos largos y densos segundos.

Al reparar en los ojos notablemente hinchados de Samantha, en su respiración contenida y en la ausencia absoluta de arrogancia o altanería en su postura, dejó escapar un suspiro de resignación y se hizo a un lado, permitiéndole el ingreso a la sala de estar.

Vivianne y Julie estaban sentadas juntas en el sofá principal.

Julie mantenía la pierna derecha extendida sobre la mesa de centro, con un vendaje limpio y pulcro cubriéndole la rodilla herida.

Al ver entrar a Samantha al salón, ambas se tensaron en el acto, enderezando la espalda.

El silencio que se instaló en la habitación fue absoluto, denso y ensordecedor.

Samantha se detuvo justo en el centro de la alfombra, sintiendo el peso aplastante de las tres miradas clavadas en ella.

Tragó saliva, reuniendo el último gramo de coraje que le quedaba en las venas.

—Julie... —comenzó, dirigiéndose directamente a la joven lesionada—.

Vengo formalmente a pedirte perdón. Sé perfectamente que salir a decir que fue un simple accidente de montaña no cambia nada la realidad, porque mis intenciones al meterme en ese sendero eran malas desde el primer momento.

Fui una idiota irresponsable y pudiste haberte lastimado de gravedad por mis acciones. Lo siento muchísimo. De verdad.

Julie, que había mantenido el ceño fruncido y los labios apretados, pareció ablandarse un poco ante la sinceridad descarnada que vibraba en la voz de la chica.

No esbozó una sonrisa, pero asintió con lentitud.

—Acepto tus disculpas, Samantha —respondió Julie con una calma templada—.

Duele como el demonio y voy a pasar los últimos días de vacaciones cojeando, pero sobreviviré.

Solo espero que calibres lo verdaderamente peligroso que fue tu juego de hoy.

Samantha asintió frenéticamente, con los ojos húmedos, y luego giró la cabeza hacia Vivianne, quien la observaba desde su rincón con esa serenidad madura y pacífica que tanto la había irritado en el pasado, pero que en ese instante le imponía un profundo respeto reverencial.

—Vivianne... a ti es a quien más le debo una disculpa en esta vida —continuó Samantha, luchando con todas sus fuerzas para que la voz no se le quebrara por completo—.

Tú nunca me hiciste nada malo. Jamás me diste un solo motivo real para tratarte de la manera miserable en que lo hice.

Me dejé cegar por completo por mis propios celos absurdos por Julian y por mi necesidad patética de encajar a toda costa en el mundo de Christine.

Fui cruel, fui injusta y me dediqué a hacerte la vida imposible sin ninguna razón que lo justificara.

Me avergüenzo profundamente de mi comportamiento.

Vivianne cruzó las manos sobre su regazo con tranquilidad.

No había rastro de rencor ni de triunfo en su mirada, sino una suerte de comprensión empática que terminó por desarmar a Samantha.

—El resentimiento es un veneno demasiado pesado para cargar en la espalda durante toda la vida, Samantha —dijo Vivianne con una voz suave pero de una firmeza implacable—.

Entiendo perfectamente lo que es sentirse perdida, asfixiada y equivocarse de cabo a rabo, créeme.

Acepto tus disculpas sin reservas. Y te agradezco de corazón que hayas tenido el valor de venir hasta esta casa a decírmelo a la cara.

Samantha dejó escapar un suspiro tembloroso, sintiendo cómo los pulmones se le ensanchaban y finalmente volvía a respirar.

—No vengo con la pretensión de pedirles que seamos amigas —aclaró Samantha, barriendo con la mirada a las tres—.

Sé que rompí cualquier puente para eso y no espero que mágicamente confíen en mí de la noche a la mañana.

Pero al menos quería ofrecerles una tregua definitiva de mi parte.

Les doy mi palabra de que no volverán a tener el menor inconveniente conmigo.

—Tregua aceptada —concedió Vivianne, regalándole una leve, sincera y pacífica sonrisa.

Cuando Samantha salió de la casa de Mary y emprendió el camino de regreso bajo la luz mortecina de las farolas, el pueblo parecía exactamente el mismo de siempre.

Sin embargo, por primera vez en toda su existencia, ella se sentía una mujer completamente distinta.

Ya no era el eco ni la sombra de nadie; era simplemente Samantha Williams, dispuesta y libre para empezar de nuevo.