ERASE UNA VEZ 28 El cierre del círculo
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28 El cierre del círculo

El zumbido constante y frenético del tráfico de la gran ciudad representaba un contraste abismal con el susurro del viento y el murmullo de los arroyos del pueblo, pero a Vivianne ya no le incomodaba la diferencia.

Dejó las llaves sobre la pequeña mesa del recibidor, cerró la puerta a sus espaldas y dejó escapar un largo suspiro de profunda satisfacción.

Se descalzó de inmediato, sintiendo el alivio instantáneo en las plantas de los pies, y caminó despacio sobre el parqué hacia la cocina para prepararse un té herbal.

Habían transcurrido ya unas cuantas semanas desde que el verano llegó a su fin y todos regresaron a la capital, sumergiéndose de lleno en la rutina de sus obligaciones.

Para Vivianne, el cambio de aire había resultado sumamente revitalizante.

La pasantía en la empresa había superado con creces todas sus expectativas iniciales; atrás habían quedado los temores de no estar a la altura del puesto, adaptándose al exigente ritmo corporativo con una naturalidad que a ella misma la sorprendía.

Su jefe valoraba sus aportes en las reuniones, sus compañeros la respetaban y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba construyendo cimientos sólidos y duraderos para su futuro profesional.

El teléfono celular vibró sobre la encimera de mármol, sacándola de sus pensamientos. La pantalla se iluminó con una notificación de mensaje de texto. Era Julian.

Una sonrisa instintiva y mansa curvó los labios de Vivianne mientras repasaba las líneas.

Intercambiar mensajes al final de la jornada se había convertido en una costumbre reconfortante para ambos.

Tanto él como Fred estaban absolutamente enloquecidos con el inicio de su nueva etapa laboral.

Como flamantes egresados, habían ingresado de lleno en el competitivo universo de las inversiones y el análisis de mercado.

Julian le relataba a menudo, entre la queja y el entusiasmo, las interminables juntas, las proyecciones de riesgo y los cierres de balances que los retenían trabajando frente a las pantallas hasta altas horas de la madrugada; pero a pesar del agotamiento y de la tiranía de los números, se lo notaba profundamente feliz y realizado.

En su mensaje de esa noche, Julian no solo se quejaba con humor de la cantidad desmesurada de cafeína que había tenido que ingerir para sobrevivir a una junta con inversionistas extranjeros, sino que también le traía novedades frescas del campus universitario.

Le relató que se había cruzado con Samantha en los pasillos de la facultad.

Tal y como lo habían intuido al marcharse del pueblo, Samantha y Christine nunca habían vuelto a dirigirse la palabra tras su estrepitosa ruptura.

Aunque compartían el dictado de algunas materias y la rutina las obligaba a cruzarse en los claustros, se trataban como dos completas extrañas.

Sin embargo, Julian le aseguró que Samantha se veía radicalmente diferente: lucía más relajada, pulcra y genuina.

Al parecer, había comenzado a integrarse en un nuevo grupo de estudio y amistades mucho más sanas y afines a sus verdaderos intereses.

Vivianne tecleó una respuesta rápida y afectuosa, alegrándose de corazón por la evolución de la muchacha.

Aquel verano accidentado en las montañas del pueblo había funcionado como un punto de inflexión definitivo.

Había arrastrado tormentas densas y encerronas, sí, pero el agua limpia del arroyo había terminado por sanar muchas heridas invisibles.

Había resultado ser una temporada reparadora y de grandes transformaciones para casi todos los involucrados.

Las novedades del grupo no se limitaban a eso.

Según los reportes confidenciales que tanto Susanne como Julian le habían estado filtrando durante esos días, Julie y Fred se habían encontrado un par de veces en las confiterías del centro.

Oficialmente, ambos se apresuraban a catalogar los encuentros como simples «salidas casuales por un café», pero la innegable química que había germinado aquel verano parecía estar evolucionando hacia algo muchísimo más interesante.

Vivianne ensanchó su sonrisa al pensar en ellos; hacían una pareja curiosa, vibrante y complementaria, y les deseaba lo mejor en lo que estaba por venir.

Mientras el agua hervía en la tetera, Vivianne apoyó la cadera contra la encimera y reprodujo el chat de Susanne.

Su amiga le había enviado tres audios seguidos quejándose de lo difícil que le resultaba seleccionar un atuendo adecuado para la cita del viernes.

Susanne había comenzado a coquetear de manera asidua con un muchacho que conoció a través de una aplicación de citas.

Vivianne soltó una carcajada limpia y cristalina que resonó con calidez en la cocina vacía.

Apenas unos meses atrás, sentada con una copa en la mano, Susanne había declarado con una seriedad sepulcral y dramática que se mantendría estrictamente soltera y alejada de los hombres al menos hasta que cumpliera los cuarenta años.

La vida, con su ironía habitual, siempre encontraba la forma más hermosa de desbaratar los planes más rígidos.

Sirvió el agua caliente sobre las hebras de té y caminó con paso lento hacia el ventanal de su sala de estar, abrazando la taza de porcelana con ambas manos para absorber el calor del recipiente.

La inmensidad de la ciudad se extendía frente a ella, un océano de luces parpadeantes bajo el cielo nocturno de la capital.

Pensó detenidamente en Julian. Su relación con él no había dado un salto romántico inmediato, pero, para su propia sorpresa, a Vivianne aquello no le importaba en absoluto.

No había ninguna prisa por etiquetar lo que sentían, ni presiones externas, ni juegos de seducción forzados.

Habían edificado una amistad genuina, madura y profunda, asentada en los cimientos de la confianza absoluta y el respeto mutuo.

Podría decirse que eran dos buenos amigos que se entendían a la perfección con solo una mirada cómplice, y Vivianne no deseaba forzar los tiempos de nadie.

Si el destino decidía que debían dar un paso más adelante en el futuro, ocurriría de forma fluida y natural.

Por el momento, disfrutaba inmensamente de su compañía diaria y de la inquebrantable paz que él le transmitía.

Mirando su propio reflejo recortado contra el cristal de la ventana, Vivianne sintió que algo denso y pacífico terminaba de acomodarse en su interior. Hizo una pausa prolongada, aspirando el aroma herbal del té, y se permitió saborear la quietud del apartamento.

Sentía, de una forma muy tangible en el pecho, que por fin había logrado cerrar un círculo doloroso.

Todo el sufrimiento, las dudas iniciales, las inseguridades crónicas y las relaciones tóxicas del pasado habían quedado atrás, encapsuladas para siempre en valiosas lecciones aprendidas.

Había dejado de sobrevivir a los fantasmas para empezar a vivir de verdad, bajo sus propios términos.

Ya no era la chica asustada que huía desamparada de las esquinas de su pueblo, sino una mujer plantada con absoluta firmeza en su propio eje.

El futuro se abría frente a sus ojos como un lienzo en blanco.

Era incierto, por supuesto, porque la vida siempre guardaba sorpresas en los pliegues, pero por primera vez en toda su existencia, esa incertidumbre no le provocaba la menor ansiedad ni deseos de huir.

Le generaba una sincera emoción. Sabía que venían grandes cosas en el horizonte, porque ahora, por fin, estaba lista para recibirlas.