26 El fin de la ilusión
La casa de la familia Williams estaba sumida en un silencio denso y opresivo.
Tras la severa reprimenda de sus padres en la sala, Samantha se había refugiado en la intimidad de su habitación.
Tumbada boca arriba en la cama, con los ojos hinchados de tanto llorar y la mirada perdida en las sombras que proyectaba el techo, sentía que el cansancio le pesaba mucho más en el alma que en el cuerpo.
El arrepentimiento la carcomía por dentro como un ácido corrosivo.
Repasaba una y otra vez la escena del arroyo en un bucle tortuoso: el grito repentino de Julie, el sonido sordo de su cuerpo golpeando contra la piedra, la furia implacable de su hermano y, sobre todo, la mirada gélida y decepcionada de Julian.
Aquellas palabras de reproche seguían resonando en sus oídos con una fijeza insoportable: «¿Esta es la clase de persona que quieres ser? ».
Tenían toda la razón del mundo; había tocado fondo.
Durante meses, se había autoconvencido de que odiar a Vivianne era un acto de estricta justicia por su amor no correspondido, pero en la soledad de su cuarto, despojada de excusas y fachadas, la verdad resultaba mucho más patética: había atacado a una mujer inocente simplemente porque no soportaba el peso de su propia inseguridad.
El sonido brusco de la puerta al abrirse de golpe la sacó de su doloroso letargo.
Christine entró en la estancia como un vendaval, sin tomarse la molestia de llamar, y cerró detrás de sí soltando un bufido exasperado.
—Ay, por favor, Sam. No me digas que sigues llorando por la estupidez de esta tarde —soltó la rubia, cruzándose de brazos y rodando los ojos con evidente fastidio—.
Pareces una niña pequeña castigada por sus padres.
Samantha se incorporó lentamente, sentándose al borde del colchón.
La luz tenue de la lámpara de noche iluminó su rostro cansado y deslucido.
Miró a su amiga fijamente, sintiendo que la contemplaba por primera vez sin el filtro de la admiración ciega.
—¿La estupidez de esta tarde? —repitió Samantha.
Su voz sonó ronca y temblorosa—. Christine, empujaste a una persona hacia un arroyo lleno de rocas filosas.
La muchacha pudo haberse roto una pierna o golpeado la cabeza contra la piedra.
Pudo haber pasado algo verdaderamente terrible.
—¡Oh, vamos! No seas dramática —chilló Christine, agitando una mano en el aire para restarle total importancia al asunto—.
Esa forastera montó un teatro enorme por un simple raspón solo para llamar la atención de tu hermano y hacerse la víctima.
Al final del día, esas chicas de la ciudad son unas exageradas que solo buscan convertirse en el centro del universo.
Nosotras no hicimos nada malo. Fue un simple resbalón de montaña y punto.
Samantha la escuchó en un silencio imperturbable.
La voz de Christine, que antes le parecía el eco de alguien fuerte, sofisticado y seguro de sí mismo, ahora le resultaba insufrible, frívola y profundamente cruel.
De pronto, todas las piezas del rompecabezas encajaron en su cabeza con una claridad abrumadora.
Era perfectamente consciente de lo que murmuraban los vecinos en la localidad a sus espaldas: para todo el mundo, ella no era más que la secuaz tonta de Christine, el títere sin personalidad que siempre le hacía los coros para ganarse su aprobación.
Y lo peor de todo era que tenían razón. Había vendido su propia esencia por migajas de una falsa popularidad rural.
—Basta, Christine —dijo Samantha. Su tono no fue un grito, sino un murmullo firme, seco y agotado que tomó por sorpresa a su amiga—.
Se acabó el juego. Una cosa muy diferente era hacer comentarios venenosos en la barra del bar o mirarlas con desprecio, pero lo de hoy cruzó un límite ético que no estoy dispuesta a volver a pisar.
Tenemos que darles una tregua definitiva.
—¿Una tregua? —repitió Christine, abriendo los ojos de par en par, genuinamente ofendida—. ¿Acaso te volviste completamente loca, Samantha?
—Al contrario, me volví sensata por primera vez en mi vida —la corrigió Samantha, poniéndose de pie para enfrentarla cara a cara—.
Míralo de forma objetiva, Christine: aquellas dos ni siquiera pertenecen a este sitio, solo vinieron a pasar unos días de vacaciones en paz con su amiga.
Y la realidad, la única verdad que me negué a aceptar todo este tiempo, es que Vivianne nunca nos hizo absolutamente nada malo a ninguna de las dos.
Jamás se metió con nosotras. Todo este teatro de odio, este acoso constante que montamos, fue un capricho ridículo.
El rostro de Christine se contrajo en una mueca de indignación pura.
Su orgullo narcisista no soportaba ser cuestionado, mucho menos por quien consideraba su subordinada incondicional.
—¡Eres una blanda, una cobarde de primera línea!
—estalló la rubia, alzando la voz hasta rozar la histeria—.
¡Me das lástima, Samantha Williams! Te acobardas al primer regaño de tu hermanito y del idiota de Julian.
Si quieres ir a arrastrarte de rodillas y pedirles perdón a esas perdedoras, hazlo tú sola si te da la gana.
Pero a mí no me metas en tus crisis de moralidad barata.
¡Quédate sola, a ver quién demonios te soporta!
Dio media vuelta con violencia y salió de la habitación, dando un portazo tan descomunal que hizo temblar los marcos de madera de las ventanas.
Samantha cerró los ojos y dejó salir todo el aire que había estado reteniendo en los pulmones. En lugar de sentir el pánico previsible por haber perdido a su única amiga, una extraña, cálida y desconocida sensación de alivio absoluto le liberó el pecho de golpe. Estaba libre.