25 Aguas revueltas
Aunque el grupo inicial tenía serias dudas sobre la repentina incorporación de aquel par, intentaron mantener la compostura y no dejar que la incómoda situación les arruinara el día.
Durante la primera hora de caminata, los cinco amigos lograron establecer una especie de burbuja protectora.
Frederick y Julie tomaron la delantera, enfrascados en un divertido intercambio de bromas sarcásticas que solo parecía alimentar la química evidente que existía entre ambos.
Detrás de ellos caminaban Vivianne, Julian y Susanne, manteniendo una conversación relajada, con Julian siempre atento al paso de la pelirroja y ofreciéndole la mano en los tramos más empinados y resbaladizos del sendero.
Unos metros más atrás, Samantha y Christine se arrastraban a paso lento, quejándose amargamente del calor, de los insectos del bosque y de la tierra que arruinaba su costoso calzado deportivo.
Sin embargo, la distancia física no impedía que lanzaran miradas cargadas de veneno cada vez que Julian le sonreía a Vivianne.
Tras una hora de constante ascenso, el rumor del agua los guio hasta el final del sendero.
El claro de la montaña se abría paso hacia un hermoso arroyo de aguas cristalinas que descendía en pequeñas cascadas entre piedras grisáceas y rocas cubiertas de un musgo verde esmeralda.
Árboles inmensos entrelazaban sus copas en las alturas, filtrando la luz del sol y creando un ambiente fresco, casi mágico.
El sonido constante de la corriente invitaba a la paz absoluta. O, al menos, eso era lo que parecía.
El grupo depositó las mochilas sobre unas rocas lisas.
Vivianne se acercó a la orilla, agachándose para refrescarse el rostro con el agua helada.
Julie, con una cantimplora en la mano, se dirigió hacia ella para llenarla en una de las pequeñas caídas de agua.
Fue entonces cuando Samantha y Christine vieron su oportunidad.
Intercambiaron una mirada cómplice y se aproximaron peligrosamente a la orilla.
La intención era clara: simular un resbalón y empujar a Vivianne hacia el agua helada para humillarla delante de todos y arruinarle el paseo.
Samantha dio un paso en falso calculado y Christine la empujó levemente para darle el impulso final.
Sin embargo, el objetivo falló. En ese preciso instante, Julie giró sobre sus talones para decirle algo a Frederick.
El cuerpo descontrolado de Samantha impactó de lleno contra el hombro de Julie.
Todo ocurrió en cámara lenta. Julie soltó un grito de sorpresa al perder el equilibrio; sus pies resbalaron sobre la piedra húmeda y cayó pesadamente hacia el arroyo, golpeándose la rodilla contra una roca filosa antes de hundirse en la parte más profunda de la orilla.
El sonido del chapoteo fue seguido por un silencio sepulcral, roto únicamente por el jadeo de Julie al intentar recobrar el aire tras tragar agua y el grito ahogado de Vivianne.
Frederick no lo pensó dos veces. Sin importarle arruinar su calzado ni su ropa, se lanzó al agua de un salto y tomó a Julie por la cintura para ayudarla a ponerse de pie.
La chica estaba empapada, temblando por el susto y con un feo corte sangrando en su rodilla derecha.
—¡¿Acaso están locas?! —rugió Frederick. Se giró hacia su hermana con los ojos inyectados en furia mientras sacaba a Julie del agua en brazos.
Vivianne y Susanne corrieron de inmediato a socorrerla, envolviéndola con una toalla seca que sacaron de los bolsos. Samantha, pálida y con los ojos muy abiertos por la sorpresa, retrocedió un paso sobre la tierra, tartamudeando.—¡F-fue un accidente! ¡Me resbalé!
—¡Nadie te cree ese cuento, Samantha! —le gritó Susanne, furiosa, mientras se arrodillaba para examinar la rodilla herida de su amiga.
La discusión estalló en la orilla del arroyo. Christine intentó defender a su amiga alzando la voz con arrogancia, pero la tensión ya era insostenible. Fue entonces cuando Julian intervino. Su rostro no mostraba una rabia descontrolada, sino algo mucho peor: una decepción absoluta.
—Ya basta —dijo Julian. Su voz sonó tan grave y firme que cortó el aire del claro.
Caminó decididamente hacia Samantha, la tomó suave pero firmemente del codo y la apartó del grupo, llevándola unos metros más allá, cerca de la densa sombra de los árboles.
Samantha lo miró con los ojos cristalizados, esperando un grito furioso, pero él le habló en un tono bajo, pausado y lapidario.
—Mírate, Samantha. Mira lo que acabas de hacer —comenzó Julian, clavando sus ojos azules en ella—. ¿Esta es la clase de persona que quieres ser? ¿Alguien que lastima a otros por un capricho infantil?
—Julian, yo no quería... Yo solo... Ella... —intentó justificarse con voz temblorosa, señalando vagamente hacia donde estaba Vivianne.
—No la metas a ella en tus asuntos —la cortó él tajantemente—.
Esto se trata estrictamente de ti y de la película absurda que te armaste en la cabeza.
Escúchame bien, porque te lo voy a decir una sola vez en la vida: yo nunca te he visto como algo más que la hermana menor de mi mejor amigo.
Nunca te di una señal equivocada, nunca fui ambiguo contigo y jamás te di esperanzas de absolutamente nada.
Siempre te vi como parte de mi familia. Pero la chica que está frente a mí hoy, actuando con esta maldad premeditada, no es la persona que yo conocía.
Piensa muy bien en lo que acaba de pasar.
Julian la soltó y dio media vuelta sin esperar réplica, regresando para ayudar a Fred a cargar las mochilas de Julie.
Samantha se quedó paralizada junto a los troncos.
Las palabras de Julian no habían sido dagas de odio, sino un espejo crudo y limpio en el que, por primera vez, se vio reflejada con todas sus miserias.
El regreso al pueblo fue un auténtico velatorio. Nadie cruzó una sola palabra con el dúo de rubias durante el trayecto.
Al llegar a su casa, la aparente calma se desmoronó por completo.
Apenas Fred cerró la puerta principal de la residencia, se giró hacia su hermana y la bomba estalló de golpe.
—¡Eres una irresponsable! —le gritó Frederick, arrojando su mochila al suelo del vestíbulo—.
¡Pudiste haberla lastimado de gravedad! ¿Qué demonios tienes en la cabeza, Samantha?
¡Te dejaste envenenar por unos celos absurdos que no tienen el menor sentido!
Samantha, que había soportado el peso de la culpa y el silencio durante todo el camino de regreso, finalmente se quebró.
Se dejó caer en el sofá de la sala de estar, cubriéndose el rostro con ambas manos mientras rompía en un llanto desesperado, ruidoso y amargo.
En el fondo, ella no era una mala persona; había crecido rodeada de afecto y principios, pero se había dejado arrastrar por la frustración, la influencia tóxica de Christine y su propia inseguridad crónica.
—¡Lo sé! —sollozó entre espasmos, temblando de arriba abajo—. ¡Sé que actué como una completa idiota! ¡Me siento patética, Fred! ¡Yo no quería lastimar a nadie, te lo juro por Dios!
El escándalo de los gritos y el llanto fue tal que los padres de ambos, el señor y la señora Williams, salieron apresurados de su despacho privado.
Ya estaban al tanto de que algo andaba mal; el pueblo era pequeño y las noticias volaban.
Alguien los había visto ingresar al centro antes de tiempo con una de las muchachas empapada, envuelta en toallas y cojeando ostensiblemente.
—Suficiente —dictaminó el padre con una voz de trueno que rebotó en las paredes. Entró a la sala junto a su esposa, quien contemplaba a Samantha con una mezcla de severidad y honda preocupación—. Nos acabamos de enterar del vergonzoso espectáculo que dieron en la montaña.
La señora Williams se aproximó al sofá, negando lentamente con la cabeza.—Samantha, esto ha ido demasiado lejos. Tu comportamiento es del todo inaceptable y necesitamos hablar muy seriamente de lo que está pasando contigo. Se acabó el juego.
Fred suspiró, agotado por la jornada, y se apoyó contra la pared del pasillo. Viendo a su hermana desmoronarse entre lágrimas de un genuino y profundo arrepentimiento, supo que, de alguna manera dolorosa, la ilusión tóxica de Samantha por fin se había roto para siempre.