ERASE UNA VEZ 24 La calma antes de la tormenta
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24 La calma antes de la tormenta

Las vacaciones estaban llegando a su fin.

Les quedaba menos de una semana para volver a sus respectivas rutinas en la gran ciudad y ya tenían planeado organizar una fiesta o alguna actividad especial de despedida para cerrar el verano por todo lo alto.

El atardecer bañaba el pueblo con sus últimos tonos dorados; las noches seguían siendo agradables y Fred había quedado en encontrarse más tarde con Julian para coordinar los últimos detalles del viaje.

Frederick estaba plácidamente recostado en un sillón del patio trasero de su casa, sosteniendo una cerveza helada en la mano, cuando escuchó llegar a su hermana acompañada por la única amiga que tenía, Christine.

Ambas habían regresado al pueblo esa misma mañana y venían charlando en un tono sospechosamente alegre, hasta que lo divisaron en la penumbra del jardín.

Por suerte o por desgracia, no habían coincidido demasiado; Fred amaba a su hermana, pero en el último tiempo se había vuelto una persona insoportable.

Su rabia desmedida e irracional hacia Vivianne, motivada por puros celos, era algo que él deseaba de corazón que fuera un bache pasajero.

—¿Estabas aquí? —soltó Samantha con desdén en cuanto lo vio—. Pensé que andarías metido por ahí con tus nuevas amiguitas. Qué bajo has caído, hermanito.

Él no se movió de su posición, mirándola con total indiferencia.

—Pues aquí me tienes, cariño, mal que te pese.

Te recuerdo que esta también es la casa de mis padres, por si acaso te lo habías olvidado.

Tengamos la noche en paz, anda. Haz de cuenta que no existo y sigan con lo suyo, respetables damas.

Samantha bufó, dándose la vuelta con indignación.

Odiaba que su hermano se juntara con aquellas arpías de la capital y, sobre todo, le carcomía las entrañas la presencia de Vivianne.

En su mente retorcida, estaba convencida de que la pelirroja era la única culpable de que sus posibilidades románticas con Julian fueran ahora mismo inexistentes.

—Qué raro que Julian no esté aquí contigo —insistió Samantha, cruzándose de brazos—. ¿O acaso está metido en la casa de esa?

—Sam, ¿estás aburrida? —le espetó Frederick, dejando la cerveza a un lado—. ¿Por qué insistes en buscar problemas donde no los hay? Si tantas ganas tienes de saber de su vida, puedes ir a preguntarle directamente a él.

Frederick no tenía la menor intención de seguir alimentando una conversación tan estéril.

Como vio que su hermana estaba dispuesta a librar una batalla verbal a toda costa, plantó bandera y se puso en pie, dispuesto a marcharse del patio.

Quizá lo mejor sería adelantar el encuentro con su amigo para respirar un poco de aire limpio.

Christine, que hasta ese momento se había mantenido al margen observando la escena con una sonrisa ladina, esperó a que el muchacho traspasara la puerta de la casa para susurrarle a su amiga:—¿Qué es lo que tiene esa bruja y sus secuaces?

¿Los habrán hechizado? Porque si no es por eso, de verdad que no me lo explico.

—Estoy segura de que es obra de Julian y de esa maldita pelirroja —respondió Samantha con resentimiento—. Seguramente traen algo entre manos y mi hermano les hace el juego.

Christine entornó los ojos, hilando una nueva idea.—Estuve escuchando en el almacén que ese grupito se reúne con demasiada frecuencia. Habría que averiguar qué más anduvieron haciendo a escondidas de todos, ¿no crees?

—¡Mañana mismo nos encargamos de eso! —sentenció Samantha de inmediato.

Y así, impulsadas por el rencor, ambas amigas quedaron decididas a no dejar en paz a ninguno de los cinco, apuntando sus cañones especialmente hacia Vivianne.

La mañana siguiente comenzó como de costumbre en casa de Mary: un desayuno abundante y delicioso, impregnado de risas compartidas y charlas animadas.

Ese día tenían planeado realizar una caminata por un sendero natural de las afueras junto a los chicos; el punto de encuentro fijado era la plaza principal y de ahí emprenderían la marcha todos juntos.

Una vez que terminaron de levantar la mesa y de proveerse de lo necesario, las tres muchachas quedaron listas para salir, ataviadas con ropas cómodas, zapatillas de montaña y toda la actitud dispuesta para divertirse.

—Chicas, lleven mucha agua y suficiente protección para el sol. Hoy el pronóstico anuncia que hará muchísimo calor —les advirtió Mary desde el umbral de la cocina, observándolas con cariño.

—Sí, mamá, no te preocupes. Tenemos todo el equipo necesario bien guardado —respondió Vivianne, ajustándose las correas de su mochila.

—Así es, Mary, hemos chequeado el equipaje varias veces —secundó Susanne—. Y si nos llega a faltar cualquier tontería, lo compramos en alguna tienda del centro antes de emprender el recorrido largo.

Mary les deseó un hermoso paseo y les pidió que, ante cualquier inconveniente, no dudaran en llamarla; ella se mantendría atenta al teléfono celular durante toda la tarde.

De camino al punto de encuentro, las tres amigas charlaban animadamente, ansiosas por descubrir los paisajes naturales que el sendero les deparaba.

Llegaron a la plaza principal y se acomodaron en un banco de madera, resguardadas por la densa sombra de un árbol ancestral.

Estaban distraídas revisando los mapas hasta que una voz chillona y sumamente familiar las arrancó de cuajo de su atmósfera pacífica.

—Vaya, vaya... ¿Las niñas consentidas de la ciudad ahora quieren jugar a ser campesinas? —soltó Christine con una ironía desbordante.

Lo que más les llamó la atención a las tres del dúo que acababa de plantarse frente a ellas fue su vestimenta: Christine y Samantha llevaban ropa deportiva de senderismo, sospechosamente similar a la de ellas.

Antes de que pudieran formular alguna hipótesis al respecto, Frederick y Julian aparecieron en la plaza a paso rápido.

—Hola, chicas. Perdonen el retraso, estábamos acomodando las últimas provisiones que vamos a nece... —Fred se cortó en seco a mitad de la frase, clavando la vista en su hermana y en la rubia que aguardaban junto al banco. El semblante se le endureció al instante—. ¿Qué hacen ustedes dos aquí?

Samantha dio un paso al frente con total soltura.—Hermanito, mamá me comentó anoche sobre su día de senderismo por el bosque y me dijo que podíamos unirnos al grupo. No tienen ningún problema con eso, ¿verdad?

Julie y Susanne se intercambiaron una mirada de absoluta indignación; no pensaban permitir que esas víboras vinieran a arruinarles el día y estaban dispuestas a soltar un "no" rotundo, cuando la voz tranquila de Vivianne se anticipó en el aire.

—Si no tienen ningún inconveniente en compartir el día con nosotras, por nuestra parte no hay ningún problema —declaró la pelirroja, sosteniéndoles la mirada con una serenidad aplastante—. Mientras más seamos, mejor.

Julian observó de reojo a Vivianne y luego desvió una mirada de profunda advertencia hacia Frederick. No tenía la menor intención de volver a experimentar el calvario y la tensión de aquella noche en el bar Le Brum.

—Bien dicho, Vivi. Veo que eres una persona sensata después de todo —sentenció Christine con una sonrisa cargada de veneno.

Julian tomó a su amigo por el brazo de forma discreta y lo apartó unos metros del grupo para hablarle en un susurro apurado.

—Hermano, esto va a salir rematadamente mal.

Esas dos no vinieron aquí en son de paz ni porque les interese la naturaleza.

No quiero ser malpensado, pero los antecedentes con ellas no son los mejores.

—Tienes toda la razón del mundo, Ju —coincidió Frederick, vigilándolas de reojo—.

No sé qué demonios están tramando, pero creo que en este punto es mejor tenerlas cerca y bien controladas.

Si empiezan con sus comentarios ponzoñosos o intentan armar una escena, pegamos la vuelta en el acto, nos regresamos y hacemos otros planes por nuestra cuenta.

Ninguno de los dos muchachos estaba convencido de la situación, pero a esas alturas de las vacaciones, se negaban rotundamente a cancelar sus planes de despedida por culpa de las provocaciones de ellas. El grupo, ahora peligrosamente dividido, comenzó a caminar hacia la entrada del sendero