18 Lo que dice el pueblo
Julian llevaba varios días regresando tarde a casa, un detalle que sus padres no habían pasado por alto.
Al principio no le dieron demasiada importancia; después de todo, estaba de vacaciones, aunque todavía le restaban algunos asuntos de la universidad por resolver antes de comenzar oficialmente una nueva etapa profesional.
Sin embargo, había una constante que empezaba a encender las alarmas de su madre: el muchacho pasaba cada vez más tiempo en la casa vecina. La casa de Vivianne.
A veces iba acompañado por Fred; otras, salían los muchachos con Vivianne y las amigas que ella había traído de la ciudad.
En ocasiones, Julian simplemente caminaba hasta allí porque sabía que las chicas estaban pasando la tarde con Mary.
No parecía haber un motivo concreto; simplemente ocurría, y Sara lo había notado perfectamente.
Aquella tarde, al regresar a su hogar tras compartir varias horas con ellos, Julian encontró a su madre en la cocina adelantando los preparativos de la cena. Ella lo barrió con la mirada en cuanto cruzó el umbral.—¿Te quedas a cenar?
—Sí.
—Vaya... Pensé que ibas a comer en casa de Mary, ya que últimamente pasas casi todo el día metido allí.
Julian la miró de reojo, detectando el doble sentido.—No, hoy no, mamá.
Sara continuó picando los vegetales con un ritmo crispado.—Vas demasiado seguido por esa casa. ¿Te estás volviendo muy amigo de «aquellas»?
—Somos todos amigos, mamá. Y las muchachas tienen nombre, por si te interesa saberlo.
Sara guardó un tenso silencio durante unos segundos, conteniendo la réplica.—No seas insolente, Julian. Solo era una pregunta.
—Mamá, no te he faltado el respeto en ningún momento. Solo respondí a tu pregunta y aclaré el punto.
Ella dejó escapar un suspiro cargado de frustración.—No te lo tomes de esa manera, Ju. Solo te transmito lo que el pueblo anda preguntando en las esquinas.
Julian sintió que una cuerda invisible se tensaba con fuerza dentro de su pecho.—¿El pueblo pregunta? No veo qué clase de curiosidad puede despertar el hecho de que un grupo de jóvenes de la misma edad pasen la tarde juntos, a la vista de todo el mundo y sin molestar a nadie.
—Yo no he dicho que molesten —se defendió Sara, acomodándose el cabello—. Pero tú conoces de sobra la reputación que arrastra esa muchacha desde que se fue.
—Eso no responde a mi pregunta, mamá.
Sara dejó el cuchillo sobre la tabla y lo miró fijamente.—Julian, sabes muy bien a qué me refiero. No te estoy acusando de nada malo, solo que no quiero ver tu nombre envuelto en rumores extraños por culpa de otros.
Julian cerró los ojos durante un instante, sintiendo el peso de la vieja hipocresía rural.—Por supuesto. Las apariencias, eso es lo único que importa aquí.
—No te pongas en ese plan, lo digo por tu propio bien. Quizá en la gran ciudad esas cosas pasen desapercibidas, pero aquí el ambiente es muy distinto.
—¿Y cómo quieres que me ponga? —espetó Julian, cruzándose de brazos—. No estamos haciendo absolutamente nada malo. Ahora entiendo perfectamente por qué Vivianne se negó a pisar este lugar durante años.
Sara abandonó por completo su tarea y adoptó un semblante severo.
—Solo te estoy advirtiendo, Julian. No querrás que los vecinos empiecen a señalarte con el dedo.
Como bien dices, tú no tienes la culpa de nada, pero el simple hecho de que te vean paseando con ella ya es motivo suficiente para que tu imagen pública se dañe.
—¿Por qué tendría que dañarse? No tiene el menor sentido nada de lo que estás diciendo. Y, sinceramente, si la gente quiere cotillear, que lo haga. No tengo nada que ocultar ni he cometido ningún delito. Ni yo, ni Vivianne, ni sus amigas.
—¡Basta, Julian! —Su madre ya se mostraba visiblemente frustrada; le exasperaba que su hijo creyera que el mundo funcionaba igual que en la capital—. Nunca he dicho que sean delincuentes ni mucho menos. Solamente me preocupa que te conviertas en el nuevo centro de los chismes del vecindario.
—Mamá, te quiero y sé que me lo dices porque te preocupa mi bienestar, pero de verdad te aseguro que no es necesario.
Deberías aprender a ignorar lo que comentan los demás, no te hace bien vivir pendiente de eso.
—Julian se pasó una mano por el rostro, agotado por una discusión que le parecía completamente absurda.
Sara dudó unos instantes, debatiéndose internamente antes de confesarle lo que verdaderamente le quitaba el sueño.
—La gente dice que Vivianne no regresó por casualidad, sino con una intención muy determinada.
Dicen que los está usando a ti y a Frederic para limpiar su imagen frente al pueblo.
Y antes de que saltes: yo no creo que sea del todo cierto, pero admite que resulta sumamente sospechoso que reaparezca después de tantos años y ustedes dos no se le despeguen ni un segundo.
Ni cuando eran niños tenían una relación tan estrecha.
Julian levantó una ceja, estupefacto. Aquello ya era el colmo del ridículo.
¿Acaso volver a tu propio hogar requería una agenda oculta o una estrategia de relaciones públicas?
No era un ingenuo; sabía que tras la abrupta huida de Vivianne se habían tejido miles de teorías conspirativas, pero ya habían transcurrido casi cinco años.
—No voy a seguir alimentando esta conversación, mamá. No nos lleva a ninguna parte y está claro que nunca vamos a ponernos de acuerdo.
Sara carraspeó, negándose a perder el último cartucho.—También hay quienes creen que volvió por Alfred, y que se acerca a ti, sobre todo, para darle celos a él.
Julian, que ya se disponía a marcharse hacia las escaleras, se detuvo en seco.
Se dio la vuelta lentamente y la clavó en el sitio con la mirada.
Tenía que ser una broma de pésimo gusto.
—Eso es lo más absurdo que he escuchado en mi vida.
Y aunque ella tuviera intenciones tan retorcidas, no creo ser tan idiota como para dejarme instrumentalizar de esa manera.
Te aseguro que ese escenario jamás ha estado sobre la mesa.
—Yo sé perfectamente que eres un muchacho inteligente y que nunca aceptarías algo así, Julian. Pero eso lo sé yo porque soy tu madre. El resto del pueblo...
Julian, completamente hastiado, la interrumpió antes de que pudiera completar la frase.
—Mamá, por última vez: si tú sabes perfectamente quién soy y cómo me comporto, no deberías perder el sueño por lo que comenten personas que ni siquiera saben a qué me dedico.
No está bien, ni ahora ni antes. Y si vas a seguir por esa línea, prefiero que seas honesta y admitas que no quieres verme cerca de Vivianne porque ni ella ni su familia te han caído bien nunca.
Eso lo podría comprender y respetar mucho más, aunque no lo comparta.
Sara suspiró de forma dramática, volviendo la espalda.—Haz lo que te plazca, entonces. Luego no vengas a decir que no quise advertirte.
Julian soltó una carcajada seca, teñida de incredulidad.—Sé cuidarme solo, no te preocupes. Y lo que murmuren en las esquinas me tiene sin cuidado.
—Julian...
—Mamá, llevas veinte minutos seguidos repitiéndome las teorías más descabelladas que se te han ocurrido. —Julian apoyó ambas manos sobre la madera de la mesa de la cocina, intentando contener el temperamento.
Sara guardó silencio, desarmada. En el fondo, sabía que su hijo tenía parte de razón.
Pero lo suyo no era únicamente una preocupación de madre; era aquella vieja inercia pueblerina, la necesidad casi biológica de husmear qué ocurría en las casas ajenas, quién frecuentaba a quién y qué narrativa morbosa podía construirse alrededor del prójimo.
Exactamente el tipo de dinámicas que Julian había aprendido a detestar desde que vivía fuera.
En ese instante, Rob entró en la cocina. Llevaba un rato escuchando los idas y vueltas desde el umbral del pasillo.—Sara —dijo, depositando unas herramientas sobre la barra.
Ella giró la cabeza hacia su esposo, sorprendida.—¿Qué?
—¿Llevas un buen rato dándole la tabarra al muchacho con lo que dice todo el mundo, verdad? —intervino Rob, desviando una mirada cómplice hacia su hijo—. Pues déjalos que hablen lo que quieran.
Sara abrió los ojos de par en par, ultrajada.—¿Qué quieres decir con eso, Robert?
Rob se encogió de hombros con absoluta parsimonia.—Que Julian ya tiene veintitrés años. Tiene la edad suficiente para salir con quien le dé la gana, pasar el tiempo con quien le apetezca y meterse en los problemas que elija. Hace bastante tiempo que dejó de vivir bajo este techo, Sara.
—No se trata de eso, por favor. Yo solo quería...
—Sí, se trata exactamente de eso —espetó su esposo con firmeza.
Sara parecía no querer asimilar que su hijo ya no era un niño de escuela y que era dueño de tomar sus propias decisiones, siempre y cuando no le hiciera daño a nadie.
Rob arrastró una silla de madera, se acomodó en ella y continuó con el mismo tono pausado:—La gente de este lugar habla por los codos simplemente porque tiene demasiado tiempo libre y pocas obligaciones.
Este pueblo es aburrido por naturaleza, Sara.
Si mañana ven a cualquiera comprando un helado con la persona equivocada, tendremos escándalo garantizado para toda la semana.
Sara intentó morderse el labio para contener una sonrisa involuntaria.—No seas exagerado, Rob. No es para tanto.
—¿Ah, no? —Rob enarcó una ceja, divertido—. Pues recuerdo perfectamente que hace apenas una semana medio vecindario andaba murmurando que la panadera le había sonreído «más de la cuenta» al dueño de la florería, que por cierto es viudo.
Julian soltó una carcajada limpia que rompió la rigidez del ambiente.
Su padre nunca había mostrado el menor interés por los chismes locales, pero eso no significaba que fuera sordo.
Escuchaba, procesaba y sabía perfectamente qué se cocinaba en el pueblo; solo que, con los años, había aprendido que la gran mayoría de los rumores terminaban evaporándose con la misma rapidez con la que habían surgido.
—Además —añadió Rob, apuntando a su hijo con el dedo—, si a alguien del pueblo le molesta tanto que Julian pase sus tardes con Vivianne, que tenga los pantalones de venir a decírselo en la cara a él. Tú no tienes por qué intervenir como escudo.
Sara bajó la mirada, derrotada por los argumentos de su esposo.—Solo quiero protegerlo de las malas lenguas.
—Ya no es un niño al que debas llevar de la mano, Sara.
Julian sonrió hacia la mesa, aliviado.—Gracias, papá.
Rob lo miró fijamente, atemperando el ambiente.—No te emociones demasiado, Ju. Solo estoy exponiendo los hechos sobre la mesa, pero eso no significa que tu madre lo haga con mala fe. Ella solo se preocupa por ti a su manera.
Sara suspiró, buscando validación.—Me importa su bienestar. ¿Tiene algo de malo eso?
—Entonces preocúpate por él y por lo que siente —dijo Rob, acercándose a su esposa para rodearle los hombros con un gesto sumamente cariñoso—, no por las tonterías que invente el pueblo.
Un silencio pacífico se instaló en la cocina.
Julian contempló a su padre con una mezcla de sorpresa y profunda gratitud.
Robert le dio una última palmada afectuosa a su mujer y se dispuso a regresar al salón, pero antes de trasponer la puerta, se volvió hacia el muchacho.
—Haz lo que dicte tu sentido común, hijo.
Y si las cosas se complican por el motivo que sea, ya sabes que tu madre y yo estamos aquí para respaldarte. Siempre.
—Lo sé, papá. Gracias.
Rob sonrió de lado, dándose por satisfecho.—Bien.
Y, con paso tranquilo, abandonó la cocina. Sara permaneció unos segundos con la vista fija en la encimera, visiblemente más calmada.—No era mi intención molestarte, Julian. De verdad.
Julian respiró hondo, disipando los últimos restos de tensión.
—Lo sé, mamá. No quise ser grosero contigo tampoco.
No te llenes la cabeza de dudas por cosas que no están ocurriendo ni van a ocurrir.
—Se acercó un par de pasos hacia ella y añadió en un tono más suave—: Pero necesitas entender una certeza, mamá.
Vivianne no es el monstruo que todos en este lugar se han encargado de pintar.
—Tú no puedes saber eso con total seguridad, Julian —espetó su madre en un último susurro defensivo.
—Quizá no lo sepa todo —concluyó Julian, sosteniéndole la mirada con una fijeza implacable—. Pero tú tampoco conoces su verdad.
La frase quedó flotando en el aire de la cocina como una declaración de principios.