ERASE UNA VEZ 17 Un verano diferente
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17 Un verano diferente

Después del encuentro fortuito con Alfred, Vivianne tomó una firme resolución: no iba a permitir que su sola presencia le arruinara el viaje.

No había regresado al pueblo para pasarse los días pendiente de quién podía aparecer en la siguiente esquina.

Había vuelto para estar con su madre, para mostrarles a Julie y a Susanne el lugar donde había crecido, para recorrer aquellas calles que durante tanto tiempo había evitado recordar y, sobre todo, para descubrir si realmente era capaz de habitar ese espacio sin sentir la necesidad imperiosa de escapar.

Por fortuna, Mary parecía decidida a que aquellas vacaciones fueran memorables. Cada mañana encontraba una nueva excusa para llenar la mesa del comedor con toda clase de manjares.

—Mamá, por favor, somos tres personas, no un ejército —protestó Vivianne una mañana, contemplando la desmesurada cantidad de platos que había preparado.

Mary la miró de hito en hito, como si su hija acabara de decir una completa barbaridad.—Son tres muchachas jóvenes y están en edad de crecer. Necesitan comer bien.

—Comemos perfectamente, mamá.

—Eso lo dices porque vives sola en la ciudad y seguramente sobrevives a base de café instantáneo.

Julie levantó su taza con solemnidad, saliendo en su defensa.—En su favor he de decir que el café es un alimento básico en nuestra pirámide nutricional.

Mary soltó una carcajada resonante.—Por eso están las dos tan delgadas.

Susanne miró a Vivianne con complicidad.—Oye, Vi, creo que tu madre nos acaba de adoptar oficialmente.

—Te advertí que le caerían de maravilla.

—Me cae demasiado bien. A este ritmo, pronto va a estar sirviéndonos el desayuno en la cama.

Vivianne sonrió, sintiendo una calidez desconocida en el pecho. Aquellos desayunos prolongados se convirtieron rápidamente en su parte favorita del día. Mary cocinaba, ellas comían, charlaban, reían y, por unas horas de pura desconexión, el resto del pueblo dejaba de existir.

Una de aquellas tardes de calor decidieron salir a conocer una cafetería nueva que habían inaugurado hacía poco en las inmediaciones. Era un local pequeño, luminoso y provisto de mesas en la acera, rodeadas de plantas bajas y flores silvestres.

—Esto definitivamente no estaba aquí cuando me fui —comentó Vivianne, deteniéndose a evaluar la remozada fachada.

—Claro que no —respondió Susanne—. Te marchaste de aquí hace una vida entera, Vi.

—Tampoco hace tanto tiempo.

—Para la escala de un pueblo como este, créeme que sí.

Entraron en el local. El ambiente estaba bastante concurrido, poblado especialmente por estudiantes universitarios que, al igual que ellos, habían regresado a pasar el bache del verano con sus familias.

Pidieron café helado y algunas porciones de tarta.

Vivianne observó el entorno con una mezcla de curiosidad y extrañeza.

—Cuando era pequeña, en este mismo lote había una tienda de ropa antigua.

—¿Otra cosa que desapareció de la faz de la tierra? —indagó Julie, dándole un sorbo a su bebida.

—Sí, otra más.

—Entonces este lugar cambió mucho más de lo que estabas dispuesta a admitir.

Vivianne sonrió de lado, contemplando el vapor que ascendía de su taza.—Tal vez.

Aunque, en realidad, se dio cuenta de que ya no sentía aquella urgencia neurótica de comparar cada esquina con el recuerdo que había dejado atrás. Simplemente estaba allí, presente en el ahora. Y eso, por primera vez, era más que suficiente.

Unos días después, Julian y Fred arribaron por fin al pueblo tras finalizar sus últimas obligaciones. Julian le envió un mensaje a Vivianne apenas terminaron de desarmar los bolsos en sus respectivas casas.

«Julian: Ya estamos aquí».

Ella sonrió de forma espontánea frente a la pantalla y tecleó de inmediato.

«Vivianne: Bienvenidos de vuelta».

La conversación virtual continuó durante unos minutos hasta que Fred intervino para proponer un encuentro esa misma noche.

Los muchachos habían descubierto un bar nuevo situado en las afueras, en una zona apartada del movimiento del centro pero lo bastante accesible para ir en coche.

El sitio abría sus puertas exclusivamente durante la temporada estival; contaba con una terraza amplia, guirnaldas de luces cálidas colgadas entre las copas de los árboles y espectáculos de música en vivo algunas noches a la semana.

—Suena de maravilla —aprobó Susanne en cuanto Vivianne les transmitió la propuesta.

Julie asintió, cerrando su cuaderno de apuntes.—Deberíamos ir, nos vendrá bien cambiar de aire.

—Entonces está decidido —concluyó la pelirroja.

El establecimiento era mucho más bonito y evocador de lo que habían imaginado en un principio.

La iluminación tenue y amarillenta suavizaba el entorno, haciéndolo parecer sumamente acogedor.

Había mesas rústicas repartidas por el jardín de césped corto, una pequeña pista de baile improvisada sobre la madera y un escenario bajo donde un grupo local interpretaba canciones de ritmos tranquilos.

Los cinco se reunieron cerca de la entrada principal.

—Por fin —exclamó Fred a modo de saludo—. Por un momento temí que fueran a hacernos esperar aquí toda la noche.

—Tú fuiste el que llegó tarde, Frederick —le espetó Susanne con ironía.

—Llegamos exactamente al mismo tiempo.

—Entonces los dos llegaron tarde. No hay vuelta de hoja.

Julian soltó una carcajada limpia, pasándose una mano por el cabello.—Fred, desiste. No vale la pena intentar discutir con ella, vas a perder.

—¡Por fin alguien con dos dedos de frente que me entiende en este grupo! —celebró Susanne, chocando los cinco con él.

Vivianne sonrió, contagiada por la ligereza general.

La velada comenzó a transcurrir con absoluta normalidad, sin sombras.

Charlaron sobre las vacaciones, los exámenes finales y la rutina en la gran ciudad; Fred relató algunas anécdotas hilarantes de sus últimos meses de carrera,Julie le hizo preguntas perspicaces y Susanne se interesó más por la propuesta musical del escenario que por cualquier otra cosa.

Julian y Vivianne conversaban de tanto en tanto, compartiendo comentarios cómplices sin necesidad de aislarse del resto de la mesa.

Todo fluía con una sencillez pasmosa. En un determinado momento, casi por puro reflejo defensivo, Vivianne desvió la mirada hacia la puerta de acceso del bar. No divisó a nadie conocido. Dejó escapar un suspiro de alivio, relajando los hombros.

Julian captó el ademán al instante.—¿Está todo bien? —le preguntó en voz baja, inclinándose ligeramente hacia ella.

Ella asintió, sosteniéndole la mirada azul.—Sí. Todo perfecto.

No hubo necesidad de añadir más detalles y él tampoco insistió en preguntar.

Julian sabía perfectamente que, tras el altercado de la última noche en la ciudad, cualquiera de ellos podía estar esperando con la guardia alta que un fantasma del pasado irrumpiera para quebrar la paz.

Pero la tregua se mantuvo. La noche continuó su curso idílico: sin Christine, sin Samantha, sin Alfred, sin rumores malintencionados ni escenas incómodas.

Solo ellos cinco, blindados por su propia sintonía.

Cuando ya llevaban varias rondas encima, Susanne alzó su copa al centro de la mesa.—Declaro oficialmente que este bar de veraneo es mil veces mejor que el antro de la última vez.

Julie unió su vaso al brindis, asintiendo.—Por una vez en la vida, voy a tener que estar de acuerdo contigo, Su.

—¿Cómo que por una vez? —Susanne fingió una profunda ofensa dramática.

—No arruines la magia del momento, anda.

Vivianne soltó una risa abierta. Julian la observó fijamente durante unos segundos, fascinado.

Había un cambio sutil pero radical en su lenguaje corporal: desde que había regresado a su casa, Vivianne parecía estar aprendiendo a respirar de nuevo, a expandir los pulmones.

No es que estuviera completamente relajada —él conocía lo suficiente sus tensiones como para notarlo—, pero ya no arrastraba esa actitud de alerta perpetua, como si estuviera a punto de huir.

Y verla así, dueña de sus pasos, le alegraba el alma.

—¿Qué pasa? —quiso saber Vivianne al percatarse de la fijeza de sus ojos verdes.

Julian negó con la cabeza, suavizando el gesto.—Nada.

—Me estabas mirando.

—Estaba pensando, que es distinto.

—Ten cuidado, en tu caso eso puede resultar sumamente peligroso —bromeó ella, picándolo.

—Lo tendré muy en cuenta de ahora en adelante.

Vivianne volvió a reír, y el sonido se perdió entre los acordes de la guitarra en vivo.

La noche siguió avanzando entre confidencias y bromas.

Cuando finalmente llegó la hora de emprender el regreso, ninguno había tenido que preocuparse por esquivar miradas ajenas.

Y eso, después de las últimas semanas de asedio, se sentía como un triunfo extraordinario.

A la mañana siguiente, el grupo volvió a congregarse alrededor de la mesa en casa de Mary. Como ya se estaba volviendo una sana costumbre, la madera crujía bajo el peso de las fuentes de comida casera.

—Mamá, de verdad, todo esto es completamente innecesario —insistió Vivianne, sirviéndose un vaso de jugo.

—Tú calla y come.

—Pero si ya comí una tostada entera.

Mary la fulminó con una mirada cargada de ternura maternal.—Eso no califica como comida bajo mi techo, jovencita.

Susanne intervino de inmediato, ganándose el favor de la dueña de casa.—Mary tiene toda la razón del mundo, Vi. No le lleves la contraria a la sabiduría culinaria.

Vivianne la miró de reojo, fingiendo indignación.—Eres una traicionera de primera línea, Susanne.

—Yo tengo principios muy claros: siempre le guardo lealtad absoluta a quien me alimenta bien.

Julie soltó una carcajada limpia y Mary sonrió, dándose por satisfecha mientras regresaba a la cocina. La conversación de la mesa derivó rápidamente en los acontecimientos de la velada anterior.

—El bar de las afueras estuvo impecable —comentó Fred, estirando las piernas bajo la mesa—. Deberíamos armar algún plan para aprovechar esta tarde.

—Totalmente —secundó Susanne—. Una caminata al aire libre o un paseo cerca del río vendrían de perlas. Quizá podamos visitar algún rincón turístico que las chicas no conozcan todavía.

Las propuestas comenzaron a brotar una tras otra en un murmullo animado.

Vivianne escuchaba los idas y vueltas de sus amigos mientras apuraba el fondo de su taza de café.

Por un instante, se distanció de la escena y se limitó a observar la estampa con detenimiento: su madre trajinando feliz en la cocina, Julie y Susanne discutiendo con vehemencia sobre cuál itinerario era el mejor, Fred intentando convencer a todos con sus argumentos exagerados y Julian, sentado a su lado, escuchando el caos con una sonrisa mansa en los labios.

Y allí estaba ella, en el centro de su propio hogar, rodeada de las personas que más quería en el mundo, sin muros defensivos, sin secretos y sin la necesidad de esconderse de nada ni de nadie.

—Hagamos el plan que quieran —intervino Vivianne finalmente, capturando la atención de la mesa—. Solo quiero disfrutar de la tarde con ustedes.

Julian se volvió a mirarla y sus ojos brillaron con una intensidad limpia.—Eso es algo que se puede arreglar fácilmente —respondió Fred con un guiño.

Y así, casi sin percatarse, comenzaron a diseñar un nuevo día juntos. Uno en el que, por primera vez en muchos años, Vivianne no estaba esperando con angustia que todo terminara mal.