16 El pasado tiene nombre
El día comenzó de la mejor manera posible.
Mary había decidido que sus invitadas necesitaban desayunar como reinas y, por la descomunal cantidad de comida que había colocado sobre la mesa, parecía haberse tomado aquella misión demasiado en serio.
Había café recién hecho, jugos, tostadas, huevos, frutas frescas, panqueques, mermeladas caseras y varias delicias más que Susanne ya había perdido la cuenta de intentar identificar.
—Creo que tu madre piensa que venimos de sobrevivir a una guerra —comentó entre risas mientras se servía otra porción.
Vivianne soltó una carcajada.—Te advertí que cocina en exceso.
—No, no. Tú dijiste que cocinaba bien.
—También.
—Eso no es lo mismo, Vi.
Mary apareció desde la cocina sosteniendo otra fuente humeante.—Coman, coman. Ayer casi no probaron nada.
Julie abrió los ojos de par en par.—Mary, por favor, ¡si hemos comido muchísimo!
—Eso dicen todas hasta que les sirvo el postre.
Susanne miró a Vivianne de reojo.—La adoro.
—Lo sé.
Mary les sonrió con ternura.—Ustedes pueden salir tranquilas. Aprovechen el día, que hace un clima precioso.
Vivianne asintió, terminando su café.—Queremos recorrer un poco el pueblo.
—Perfecto. Pero cuando regresen, ¿podrían pasar por el mercado?
—Claro, mamá.
Mary comenzó a enumerar mentalmente los ingredientes que le hacían falta para la cena.—Necesito tomates, cebollas, unas papas, carne y... —Sacó un papel doblado del bolsillo del delantal y se lo entregó a su hija—. Aquí está todo anotado.
Vivianne lo tomó y le echó un vistazo.—Parece una lista para alimentar a un ejército entero.
—Son cuatro personas, Vivianne.
—Precisamente.
Mary la miró con una sonrisa cargada de advertencia.—Y no quiero escuchar quejas.
—Yo nunca me quejo.
Julie y Susanne se miraron de inmediato.—¡Eso es mentira! —exclamaron casi al mismo tiempo.
Las tres rompieron a reír y, entre bromas, finalmente salieron de la casa.
El verano en aquel rincón de la provincia era sumamente agradable.
El aire se sentía cálido pero no resultaba agobiante; los frondosos árboles proyectaban sombras reconfortantes sobre las aceras y una brisa ligera corría entre las calles.
Vivianne caminaba en medio de sus amigas, señalando algunos lugares que recordaba de su infancia.
—Aquí antes había una tienda de ramos generales.
—¿Había? —preguntó Julie.
—Sí, cerró hace unos años.
—¿Y allí enfrente?
—Una cafetería antigua.
—¿También desapareció?
—Sí, la demolieron.
Susanne observó el entorno con una mueca pensativa.—Este pueblo está lleno de fantasmas, Vi.
Vivianne soltó una pequeña risa.—No exageres.
—No exagero. Acabas de mencionar dos lugares seguidos que ya no existen.
—Las cosas cambian, Su.
Julie la miró de soslayo.—Eso es exactamente lo que nos dijiste ayer.
Vivianne sonrió.—Porque es la verdad.
Continuaron el paseo por los senderos habituales.
Al principio, Vivianne no prestó demasiada atención a las personas que las observaban desde los portales.
Una mujer las barrió con la mirada desde la puerta de su casa; dos hombres que conversaban en una esquina interrumpieron su charla cuando ellas pasaron; una señora que compraba en un almacén se quedó contemplándola fíjamente durante varios segundos.
Pronto, los murmullos sordos comenzaron a flotar en el aire. Susanne fue la primera en percatarse.—¿Es normal que todo el mundo se nos quede mirando de esa manera?
Vivianne se encogió de hombros con aparente desdén.—No están acostumbrados a verme por aquí.
—Te están mirando como si fueras una celebridad de la televisión.
—No te emociones.
—No me emociona, me molesta.
Julie soltó una pequeña risa pacificadora.—Ignóralos, Su.
Susanne miró hacia atrás por encima del hombro.—Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano para no darme la vuelta.
Vivianne la contempló, divertida.—No vayas a armar una pelea con todo el pueblo en nuestro primer día.
—No prometo nada.
—Susanne...
—Está bien, está bien. —La rubia levantó ambas manos en son de paz—. Me comportaré.
Vivianne y Julie intercambiaron una mirada cómplice y volvieron a reír.
Por unos minutos, el paseo continuó con tranquilidad y Vivianne comenzó, por fin, a relajarse.
El barrio no parecía tan amenazador después de todo; las calles eran las mismas, las casas continuaban en sus lugares y el parque seguía cubierto de árboles.
Ella ya no era la misma persona que había habitado aquel paisaje; había transcurrido demasiado tiempo.
—¿Por dónde quedaba tu antiguo colegio? —preguntó Julie.
Vivianne señaló con el dedo hacia una bocacalle.—Por allí.
—¿Quieres que vayamos a verlo?
Vivianne dudó un instante. Miró hacia la dirección indicada y desvió los ojos.—Quizá después.
No quería dejar que aquel regreso se convirtiera en una visita guiada por sus peores recuerdos de adolescencia; quería disfrutar de la tarde, por una vez en su vida.
Siguieron caminando bajo la sombra de las copas verdes, hasta que una voz a sus espaldas hizo que Vivianne se congelara en seco.
Una voz que no había escuchado en casi cinco años, pero que reconocería de inmediato entre un millón.
—¿Vivianne?
La pelirroja detuvo el paso. Julie y Susanne la miraron alarmadas al notar su rigidez. Vivianne no respondió. Durante unos segundos interminables permaneció inmóvil, asimilando el impacto. Después, reuniendo una entereza que no sabía que poseía, se giró lentamente.
Y allí estaba. Alfred Mars.
Había cambiado, aunque no demasiado. Seguía siendo un hombre alto, de aspecto impecable y pulcro, y conservaba aquella fijeza en la mirada que Vivianne recordaba con demasiada nitidez.
Sin embargo, ya no era el joven hombre de veinticinco años con uniforme rígido que había conocido.
El tiempo no pasa en vano: lucía otra madurez, otra expresión, otra manera de calibrar el entorno.
Para Vivianne, bastó un segundo frente a él para que los pasillos de su memoria se inundaran de golpe: el encuentro fortuito en el supermercado, las primeras conversaciones calculadas, las llamadas telefónicas de control, las tardes de encierro, las discusiones asfixiantes, sus propias lágrimas en la habitación, la opresión de sentirse atrapada y aquella última madrugada antes de escapar.
Todo el horror apareció durante un parpadeo, pero, de forma milagrosa, se disipó con la misma rapidez.
Vivianne respiró profundamente, anclándose en el presente. Ya no estaba desamparada en aquel supermercado; no tenía diecisiete años ni buscaba una tabla de salvación; no estaba atrapada. Estaba allí, de pie sobre la acera, flanqueada por sus verdaderas amigas. Libre.
Alfred avanzó un par de pasos hacia ellas, rompiendo la distancia.—No puedo creerlo.
Vivianne le sostuvo la mirada, imperturbable.—Hola, Alfred.
Él esbozó una sonrisa que pretendía ser cálida.—Realmente eres tú.
—Sí.
Susanne miró a Vivianne y luego clavó sus ojos en Alfred; no necesitaba que nadie le explicara quién era ese hombre. Julie tampoco articuló palabra, adoptando una postura protectora. Alfred desvió la atención hacia las dos jóvenes que acompañaban a la pelirroja.
—¿Viniste de visita?
—Sí.
—Después de tantos años...
Vivianne asintió con una calma pasmosa.—Después de tantos años.
Alfred dejó escapar una pequeña risa ensayada.—Pensé que nunca tendrías el valor de volver.
Vivianne lo contempló con absoluta tranquilidad.—Yo también lo pensé.
El silencio se volvió espeso, incómodo. Alfred parecía estudiar minuciosamente cada facción de su rostro, buscando un rastro de la debilidad de antaño.—Te ves muy bien.
—Estoy muy bien.
—Me alegro.
Vivianne no le devolvió la cortesía. El silencio regresó y Alfred volvió a sonreír, intentando recuperar el control de la conversación.—Supongo que tienes mucho que contarme.
La pelirroja enarcó una ceja, mordaz.—No especialmente.
—Bueno... Han pasado muchas cosas desde tu huida.
—Sí.
—Y hay algunas que todavía no logro entender.
Susanne se movió ligeramente, tensando los hombros. Julie le tomó el antebrazo con firmeza antes de que su amiga soltara una réplica, pero Vivianne, en cambio, permaneció inalterable, como si el hombre frente a ella fuera un completo desconocido.
—No tienes ninguna obligación de entenderlas, Alfred.
Él la observó en silencio y, por primera vez, la máscara de suficiencia de su rostro sufrió una fisura. Quizá había esperado gritos, reproches o el miedo de la chica que dejó atrás; no encontró nada de eso.
—Vivianne... —comenzó a decir con un tono más bajo.
Ella lo interrumpió con suavidad, pero con una firmeza implacable:—Estamos dando un paseo.
Alfred parpadeó, descolocado, y acabó por asentir.—Claro.
Vivianne se volvió hacia sus amigas, dándole la espalda de manera sutil.—Tenemos que ir al mercado.
Susanne ensanchó su sonrisa, captando la jugada.—Exactamente, se nos hace tarde.
Julie asintió con solemnidad.—Mary nos está esperando para preparar la cena.
Vivianne volvió a mirar a Alfred una última vez.—Fue un gusto verte.
Aquella frase hecha, pronunciada con total desapego, pareció desarmarlo por completo.—¿Eso es todo lo que vas a decirme?
Vivianne sonrió de lado, con una ligereza hermosa.—¿Qué más debería ser?
Alfred no supo qué responder. Vivianne hizo un leve ademán con la cabeza a modo de despedida.—Nos vemos.
Las tres se dieron la vuelta y comenzaron a alejarse a paso firme. Después de avanzar media cuadra, Susanne miró hacia atrás de reojo.—No puedo creer la templanza que tuviste frente a ese tipo. Me saco el sombrero.
Vivianne soltó por fin el aire que había estado reteniendo en los pulmones, sintiendo cómo el pecho se le aligeraba de golpe.—Yo tampoco lo creo, Su.
Julie la tomó del brazo con cariño, mirándola a los ojos.—¿Estás bien, Vi? De verdad.
Vivianne asintió y miró hacia el frente, donde las lonas del mercado municipal se divisaban unas calles más allá. Sentía el sol del verano en la piel y una certeza limpia arraigándose en su interior.
—Estoy perfecta —respondió con una sonrisa sincera—. Y creo que acaba de pasar algo sumamente importante.
—¿Qué? —quiso saber Susanne.
Vivianne ensanchó su sonrisa, sintiendo que por fin caminaba sobre tierra firme.—Me di cuenta de que ya no le tengo miedo.
Y, sin mirar atrás ni una sola vez, las tres amigas siguieron caminando.