15 Tan distinto e igual a la vez
El viaje llegó unas semanas después. Vivianne pasó buena parte del trayecto con la mirada fija en la ventanilla, observando cómo el paisaje comenzaba a transformarse a medida que dejaban atrás la gran ciudad.
Las amplias avenidas fueron desapareciendo y los edificios se hicieron cada vez menos frecuentes, hasta que empezaron a brotar las primeras calles que ella conocía de memoria.
Sintió una presión extraña en el pecho. No era miedo; era memoria. Había pasado tantos años intentando bloquear los recuerdos de aquel lugar que verlo nuevamente frente a sus ojos le resultaba casi irreal.
—¿Estás bien? —preguntó Julie, rompiendo el silencio.
Vivianne asintió con una mueca tensa.—Sí.
Susanne le tomó la mano sobre el asiento, apretándola con suavidad.—No tienes que fingir con nosotras, Vi.
Vivianne esbozó una pequeña sonrisa.—No estoy fingiendo.
Y era verdad. Estaba nerviosa, sí, pero el pánico no había hecho acto de presencia.
Cuando el automóvil se adentró en el pueblo, la primera sorpresa fue comprobar que el entorno no se sentía tan pequeño ni tan asfixiante como lo recordaba.
Quizá porque ella había cambiado, o quizá porque, tras vivir tantos años en la metrópoli, las calles que una vez le habían parecido enormes ahora cobraban otra dimensión.
El barrio donde había crecido seguía siendo bonito.
Las casas estaban bien cuidadas, los jardines estallaban en plantas y los árboles se extendían por las aceras formando una especie de túnel verde en algunas esquinas.
Vivianne reconoció varias fachadas de inmediato: una tienda, la bocacalle donde solía encontrarse con sus compañeros del colegio, la plaza...
Todo parecía estar exactamente donde lo había dejado y, al mismo tiempo, nada era igual.
—Es un lugar hermoso —admitió Susanne, mirando con curiosidad por el cristal.
Vivianne sonrió de lado.—Sí, lo es.
—Ahora entiendo por qué hablabas tanto de tu pueblo.
—Yo nunca dije que fuera feo.
—No. —Susanne miró alrededor—. Solo repetías que era minúsculo.
—Porque lo es.
Julie dejó escapar una risa baja.—Para alguien acostumbrada al bullicio de la ciudad, desde luego que sí.
Vivianne no respondió. Había matices en esa familiaridad que no necesitaba explicar.
Finalmente, el vehículo se detuvo frente a la casa de su madre.
Vivianne se quedó unos segundos inmóvil ante la puerta de entrada.
Había imaginado aquel momento en mil ocasiones y siempre había creído que volver a pisar esa acera le provocaría una profunda tristeza. Sin embargo, no fue exactamente así.
La fachada lucía diferente; habían pintado las paredes y el jardín delantero estaba mucho mejor cuidado, con flores frescas alineadas junto a las ventanas.
No parecía la casa gris y decadente que recordaba de sus últimos años allí.
Vivianne tomó aire y tocó el timbre. Al instante, escucharon pasos apresurados al otro lado. La puerta se abrió de golpe.
—¡Vivianne!
Mary Stuart, su madre, apenas tuvo tiempo de asimilar la imagen de su hija antes de estrecharla entre sus brazos.—Dios mío, hija mía...
Vivianne correspondió al abrazo, hundiéndose en el aroma familiar de su madre.—Hola, mamá.
Mary se apartó apenas un palmo para sostenerla por los hombros y recorrerla con la mirada.—Déjame verte bien.
Vivianne soltó una pequeña risa, algo abochornada.—Estoy bien, de verdad.
—Estás hermosa.
—Tú también lo estás.
Mary sonrió, restándole importancia con un gesto.—No digas tonterías. —Fue entonces cuando reparó en las otras dos muchachas que aguardaban con las maletas—. Ustedes deben de ser Julie y Susanne.
Ambas dieron un paso al frente con una sonrisa.—Sí, un placer.
—Pasen, pasen, por favor. No se queden ahí afuera.
Mary las recibió con una hospitalidad y una alegría tan genuinas que consiguieron que la última capa de tensión de Vivianne se disolviera. No hubo dobleces, ni preguntas incómodas, ni silencios extraños; solo una madre feliz de volver a tener a su hija bajo su techo.
Mientras entraban, Vivianne barrió el interior con la mirada.
Los muebles habían cambiado de posición y había fotografías nuevas en las repisas, pero quedaban pequeños detalles que seguían siendo exactamente los mismos: el viejo reloj del pasillo, una lámpara de pie gastada, un cuadro que llevaba colgado en el mismo sitio desde que era niña.
Aquella casa seguía siendo su hogar, aunque ella hubiera dejado de habitarla hacía una eternidad.
—Preparé comida para ustedes —anunció Mary, guiándolas hacia el comedor—. Sé que van a salir con que no tienen hambre por el viaje, pero no me interesa. Van a comer igual.
Susanne sonrió de oreja a oreja.—Creo que voy a llevarme extraordinariamente bien con usted.
Mary soltó una carcajada resonante.—Eso espero, querida.
Vivianne observó a su madre en silencio mientras servía la mesa.
Había algo radicalmente diferente en ella, y no se trataba solo del paso del tiempo.
Mary había envejecido, era evidente; lucía nuevas líneas de expresión alrededor de los ojos y las canas ganaban terreno en su cabello.
Sin embargo, no quedaba ni rastro de la mujer que Vivianne recordaba antes de su huida.
Aquella mujer del pasado había estado consumida por la amargura, triste, apagada.
Había pasado meses enteros encerrada en su habitación, arrastrando los pies y casi sin articular palabra.
La mujer de ahora estaba allí, enérgica, caminando de un lado a otro de la cocina, haciendo bromas, interesándose por sus amigas y viviendo de verdad. Vivianne se quedó ensimismada mirándola hasta que Mary lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Me estás mirando de una forma rara, Vivianne.
Vivianne suavizó el rostro.—Te veo diferente.
La mujer se quedó quieta un instante, con la fuente en las manos.—¿Para bien o para mal?
—Para muy bien, mamá.
Mary sonrió con ternura.—Bueno... Han pasado unos cuantos años.
—Sí.
—Supongo que todos cambiamos un poco.
Vivianne asintió, sintiendo un nudo tibio en la garganta.—Supongo que sí.
Mary regresó a lo suyo.—Ahora vengan a la mesa antes de que se enfríe todo.
Vivianne la siguió. Por primera vez en muchos años, cruzar el umbral de esa cocina no le produjo el impulso inmediato de querer escapar.
La tarde transcurrió entre platos caseros, conversaciones fluidas y anécdotas.
Mary quiso saber cada detalle de la vida de Vivianne en la ciudad: preguntó por sus calificaciones en la facultad, por sus jornadas en la librería, por los pormenores de la pasantía y por la dinámica con sus amigas. Vivianne contestó a todo con soltura.
Incluso, en un momento de la charla, mencionó a Julian. Solo dejó caer su nombre de pasada, pero Mary lo cazó al vuelo de inmediato.—¿Julian Wolf?
Vivianne asintió, fingiendo indiferencia.—Sí, él.
Mary sonrió con nostalgia.—Hace una eternidad que no sé nada de él.
—Va a regresar al pueblo dentro de unos días de vacaciones —añadió Vivianne.
—¿De verdad?
—Sí, me lo comentó hace poco.
Mary se quedó pensativa unos instantes.—Frederick Williams también vendrá, supongo.
—Eso creo.
Vivianne volvió la atención a su plato, dando por zanjado el tema. Sin embargo, Julie y Susanne intercambiaron una mirada de complicidad tan evidente que la pelirroja optó por ignorarla deliberadamente.
Tras la cena, las tres se instalaron en la antigua habitación de Vivianne. Hablaron durante horas sobre la ciudad, la rutina universitaria y sus vidas, deslizando el hilo hacia el pasado de vez en cuando. Pero esa noche, los fantasmas de antaño ya no se sentían tan pesados.
Vivianne abrió la ventana de par en par.
Desde su posición podía contemplar los techos del barrio, las mismas calles, las mismas casas y, tal vez, las mismas siluetas.
Los recuerdos seguían allí, pero ella ya no era la niña vulnerable que se había marchado rota.
Había regresado por su propio pie y, por primera vez, no sentía que estuviera pisando territorio enemigo.
Estaba reconquistando un espacio que alguna vez le había pertenecido.
Antes de apagar la luz para dormir, Vivianne tomó el teléfono de la mesa de noche. Tenía una notificación nueva.
«Julian: Espero que hayas llegado bien».
Vivianne sonrió frente a la pantalla y contempló los caracteres durante unos segundos antes de teclear su respuesta.
«Vivianne: Sí. Gracias. Ya estoy en casa».
La réplica de él no tardó en iluminar el dispositivo.
«Julian: Me alegro mucho».
Vivianne meditó un instante y continuó escribiendo.
«Vivianne: Mi madre está igual y diferente al mismo tiempo».
«Julian: ¿Igual?».
«Vivianne: La casa. El barrio. Todo se ve idéntico. Pero ella está completamente cambiada».
Julian se tomó unos segundos antes de enviar su respuesta.
«Julian: Quizá todos cambiamos un poco con la distancia».
Vivianne leyó la frase en la penumbra del cuarto. Sonrió para sí misma.
«Vivianne: Quizá sea eso».
Dejó el teléfono a un lado y se acomodó bajo las sábanas.
Mientras cerraba los ojos, comprendió que regresar no se sentía en absoluto como había anticipado en sus peores pesadillas.
No estaba volviendo para desenterrar hachas de guerra, ni para mendigar una reputación limpia, ni mucho menos para demostrarle nada a los vecinos.
Había vuelto porque, después de tantos años de huida, finalmente se sentía lo suficientemente fuerte como para hacerlo.
Y quizá, pensó mientras el sueño la vencía, esa libertad era lo más parecido a haber dejado atrás el pasado para siempre.