ERASE UNA VEZ 19 Las palabras que no podía borrar
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19 Las palabras que no podía borrar

Alfred había estado observando a Vivianne desde el instante mismo en que se enteró de su regreso.

No le había resultado una tarea difícil; el pueblo era pequeño y, como de costumbre, las noticias circulaban con una velocidad sorprendente.

No necesitaba preguntar demasiado para saber con precisión milimétrica dónde se alojaba, con quién salía a caminar o cuánto tiempo planeaba quedarse allí.

Al principio se limitó a vigilarla desde la distancia, intentando convencerse a sí mismo de que su presencia le era completamente indiferente. Sin embargo, cada nuevo cotilleo que llegaba a sus oídos le irritaba un poco más las entrañas.

Vivianne había vuelto. Había regresado después de tantos años como si nada hubiese ocurrido, con la frente en alto.

Caminaba por sus mismas calles, visitaba a su madre, salía de paseo con sus amigas, reía a carcajadas.

Y lo peor de todo para su orgullo: se la veía feliz.

No había en su lenguaje corporal el menor rastro de la vergüenza que él esperaba encontrar, ni culpa, ni arrepentimiento. Nada.

Para Alfred, aquello resultaba intolerable.

Había invertido años enteros en construir minuciosamente una narrativa en la que ella era la única responsable de la ruptura; la ingrata que lo había abandonado sin previo aviso, arruinándole la vida.

Y ahora reaparecía desarmando ese escenario, como si él nunca hubiera existido, como si todas las mentiras que él había esparcido durante años no tuvieran el menor peso.

Aquella tarde, Vivianne había salido sola.

Cuando dobló la esquina, Alfred materializó su silueta justo frente a ella, obligándola a detener el paso en seco.

Su cuerpo reaccionó mucho antes que su cabeza: durante un milisegundo de terror físico, volvió a sentirse como aquella adolescente indefensa que había aprendido a predecir la presencia de su opresor antes de escucharlo.

Pero forzó el aire en sus pulmones y respiró hondo. Ya no era esa chica.

—Tenemos que hablar —soltó Alfred, plantándose en medio de la acera.

—No. No tenemos absolutamente nada de qué hablar nosotros —respondió ella, intentando mantener la voz firme. Reanudó la marcha para rodearlo, pero él se desplazó con rapidez, interceptando el paso de forma intimidante.

—Vivianne... —pronunció con aquel tono denso que ella conocía de sobra; esa inflexión particular al modular su nombre que siempre había funcionado como una clara advertencia de que le convenía obedecer.

—No tenemos nada de qué hablar, Alfred —insistió. Notaba cómo los nervios comenzaban a escarbarle el estómago, pero se juró que no le daría el gusto de verlo.

—¿Ah, no? ¿Después de todo lo que pasó entre nosotros?

—Sí. Justamente por eso.

Alfred soltó una risa amarga, cargada de desprecio.—Claro... Ahora resulta que eres demasiado importante para rebajarte.

—Yo no he dicho eso. —Vivianne midió sus palabras; sabía perfectamente a qué terreno pantanoso quería arrastrarla.

—No te hace falta verbalizarlo, tu maldita actitud lo demuestra.

Vivianne intentó esquivarlo por el cordón de la vereda, pero Alfred volvió a cerrarle el paso, acortando la distancia.—¡Me abandonaste! —escupió con una rabia contenida—. No te importó nada de lo que teníamos. No te importé yo.

—No voy a ponerme a discutir contigo en medio de la calle, Alfred.

—¿Discutir? ¿Tienes una remota idea de cuántos años pasé intentando asimilar qué demonios te había ocurrido? ¿Por qué habías desaparecido de la noche a la mañana como una cobarde?

Vivianne lo observó fijamente, manteniéndose en un silencio gélido. Él continuó:—Te di todo lo que tenía, Vivianne. Mucho más de lo que te merecías, y tu forma de pagarme fue la huida. Te protegí cuando estabas sola. Te saqué de una casa donde nadie se preocupaba por tu maldita existencia.

Vivianne sintió que una cuerda sensible se rompía dentro de su pecho, transformando el nerviosismo en pura indignación.—No te atrevas a volver a nombrar a mi familia.

—Tu familia era un desastre y lo sabes perfectamente.

—Eso no te daba el menor derecho a hacerme lo que me hiciste.

Alfred sonrió con una suficiencia insufrible.—¿Y qué te hice yo, según tu retorcida versión?

—Tú sabes perfectamente lo que hiciste. No necesito refrescarte la memoria. —La pelirroja estaba llegando a su límite; la atmósfera se sentía asfixiante y necesitaba salir de esa encerrona cuanto antes.

—Yo te amaba, Vivianne.

—Eso que me dabas no era amor. —El descaro de sus palabras la golpeó con fuerza; le parecía increíble que él de verdad mantuviera ese nivel de autoengaño.

—Por supuesto. Ahora resulta que yo fui el monstruo de la película.

—Yo nunca he usado esa palabra.

—No te hace falta. Se te nota en la fijeza de los ojos, en tu forma de mirarme, que lo crees.

Vivianne dio un paso atrás de forma instintiva para recuperar espacio personal, pero Alfred avanzó en sintonía.

—¿Tienes idea de lo que supuso para mí quedarme aquí dando la cara después de que te largaras?

Todo el pueblo husmeando, preguntando qué había pasado...

Todos murmurando que yo había sido un maldito idiota al que una mocosa manipuladora había engañado.

—Eso fue lo que tú elegiste contarles para salvar tu pellejo, Alfred. No pretendas hacerme responsable de tus propias mentiras.

Alfred apretó los dientes, guardando silencio durante un instante.

—Les dijiste a todos que me había ido con otro hombre —continuó Vivianne, negándose a adoptar el rol de espectadora mientras él se victimizaba—. No te dio la cara para sostener la verdad.

—¡Porque fue lo que pareció ante los ojos de cualquiera! ¿Qué querías que dijera?

—La verdad. No era tan difícil, Alfred. Bastaba con admitir que simplemente quise huir de ti y de esa casa. Toda la maraña de chismes que inventaste no nos dejaba bien parados a ninguno de los dos, pero imagino que tu soberbia no te permitió calcular las consecuencias con claridad.

Alfred soltó una carcajada seca, carente por completo de gracia, y se pasó una mano nerviosa por el cabello azabache.

Aquella mujer que tenía enfrente no encajaba en absoluto con la muchacha sumisa que guardaba en el recuerdo; esta Vivianne poseía una valentía que lo descolocaba.

Pero no iba a permitir que le pasara por encima.

—¿La verdad? ¿Quieres que hablemos de la verdad? —Su voz descendió un octavo, volviéndose cortante—. La verdad es que nunca fuiste la persona que yo imaginé.

Vivianne sintió un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal.—¿De qué demonios estás hablando?

—De que eras una niña desequilibrada, llena de traumas familiares. Necesitabas con urgencia que alguien te pusiera límites firmes, y yo cometí el error de intentar hacerlo por tu bien.

—Tú no eras nadie para ponerme límites a mí.

—¡Alguien tenía que hacerse cargo de ti!

Vivianne negó lentamente con la cabeza, mirándolo con una mezcla de lástima y profundo desprecio. Sabía que su mente operaba de forma distorsionada, pero constatarlo con semejante nitidez en el presente resultaba revelador.—Estás enfermo, Alfred. De verdad.

Alfred acortó la distancia de forma amenazante.—Y tú eres una maldita ingrata.

Vivianne retrocedió otro paso, manteniendo las distancias.—Apártate de mi camino ahora mismo.

—¿Qué pasa? ¿Ahora me tienes miedo? —Se burló él, detectando el movimiento—. Parecías sumamente valiente hace unos segundos.

—No te tengo miedo.

—Entonces quédate aquí y termina de escucharme.

—No quiero pasar un solo segundo más en el mismo espacio contigo. Ya nos hemos dicho más que suficiente.

—Claro que no. Nunca tuviste las agallas para enfrentar las consecuencias de tus actos.

—¿De qué consecuencias hablas? —Vivianne lo miró con genuina incredulidad; no lograba comprender la lógica de sus reclamos.

—De todo el daño que me hiciste.

—Yo no te hice nada, Alfred. Absolutamente nada. El único daño aquí lo causaste tú.

Alfred no respondió de inmediato, sosteniéndole la mirada con los ojos encendidos.—No tienes la menor idea de lo que viví cuando te marchaste —murmuró al fin, entornando los párpados.

—Quizá no sepa los detalles, pero me los imagino perfectamente.

Y si tanta curiosidad tienes por saber el motivo real de mi huida, te lo voy a decir con todas las letras: me largué de este maldito pueblo porque no soportaba un segundo más estar a tu lado, ni la farsa de vida que me obligabas a llevar aquí.

Él abrió los ojos de par en par, completamente desencajado por la crudeza del impacto verbal.

Jamás habría esperado que semejante declaración brotara de la boca de Vivianne.

En su mente narcisista, ella había sido feliz o, al menos, se había mantenido satisfecha dentro de los límites de aquella relación.

Alfred apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos del cuello se le tensaron.

—Después de todo lo que sacrifiqué por ti...

—Tú no sacrificaste nada por mí, Alfred. No me des vuelta la historia.

Aquella frase terminó por encender la pólvora que él intentaba contener.—¡Te salvé! —El grito resonó con violencia en las paredes de la calle desierta.

Vivianne permaneció inmóvil, como una roca en medio de la tormenta. Alfred continuó despotricando, completamente dominado por un rapto de furia:—¡Te saqué de esa miseria de familia! ¡Te di un propósito, te di una vida digna! ¡Te cuidé cuando nadie más en este maldito lugar movía un dedo por ti!

—Me aislaste de todo el mundo, maldito psicópata. Me encerraste. Me manipulaste.

—¡Porque tus amigas eran una pésima influencia que no te convenían! Lo hice estrictamente por tu propio bien.

—Y, además de todo, me engañabas a mis espaldas —remató ella, demoledora.

Alfred guardó silencio apenas una fracción de segundo, parpadeando.—Eso no tiene la menor importancia.

Vivianne lo contempló con absoluta incredulidad ante semejante despliegue de cinismo.—Claro que la tiene.

—¡No! Porque al final del día yo seguía regresando contigo. No te abandoné por ninguna otra.

—Hubiese preferido mil veces que me abandonaras, Alfred. Me habrías ahorrado el trabajo de tener que escapar.

—Tú tampoco eras precisamente una santa, Vivianne, no te laves las manos.

La pelirroja respiró hondo, buscando estabilizar las pulsaciones.

No quería seguir alimentando ese bucle de locura; no pensaba cederle un solo centímetro más de su energía.

Sin embargo, Alfred continuó arremetiendo, ciego de orgullo:—Y después de todo, tuviste el descaro de marcharte y ahora pretendes que el pueblo entero me apunte como el malo de la historia.

—Alfred, yo me fui de este lugar y jamás abrí la boca con nadie para contar los detalles de lo que tuvimos. Me llamé al silencio por completo.

—Precisamente por eso. —Una sonrisa maliciosa y torcida comenzó a dibujarse en sus labios—. Como nunca tuviste el valor de decir nada, todo el mundo me creyó a mí sin dudarlo.

Vivianne sintió que el cuerpo se le congelaba por completo. Alfred siguió hablando en voz alta, ebrio de su propia soberbia, sin percatarse de la atrocidad que acababa de admitir abiertamente sobre la acera.

—Yo tenía la obligación de explicarle a los vecinos por qué habías desaparecido de la faz de la tierra.

—Tú no tenías que explicarle nada a nadie.

Alfred soltó otra carcajada estridente.—¿Ah, no?

¿Qué pretendías que respondiera cada vez que alguien me preguntaba por tu paradero?

¿Querías que admitiera que una maldita mocosa de dieciocho años recién cumplidos me había dejado tirado como a un perro después de todo lo que invertí en ella? Ni loco.

Vivianne lo miró fijamente y comprendió, con una lucidez definitiva, que ese hombre jamás entendería razones. Su mente estaba blindada, completamente convencida de la veracidad del relato ficticio que se había fabricado para proteger su ego.

—Y, a pesar de todo, yo te amaba —añadió él en un susurro espeso, intentando suavizar la mirada.

—No, Alfred. Sabes perfectamente que lo nuestro nunca fue amor. No profanes esa palabra.

—Sí, lo fue —insistió, dando un paso al frente para acortar la distancia—. Yo todavía te amo, Vivianne.

—No hagas esto más patético de lo que ya es. Déjame pasar.

Alfred estiró el brazo, intentando tocarla. Fue en ese preciso instante cuando una voz masculina y firme irrumpió desde unos metros a sus espaldas, cortando el aire de la tarde.

—Creo que ella ya dejó bastante claro que no quiere pasar un solo segundo más aquí contigo.

Alfred giró la cabeza con violencia hacia el origen de la interrupción. Era Frederick Williams.

El muchacho había salido de su casa en dirección a la de Julian cuando divisó la silueta de Vivianne acorralada frente al oficial de policía.

No lo dudó un instante y apresuró el paso para intervenir.

Sin embargo, Frederick no era ningún improvisado: sabía perfectamente que no le convenía entablar un enfrentamiento físico directo con un hombre mayor que, además, portaba un arma reglamentaria.

En su lugar, había tomado una decisión mucho más inteligente: sostenía el teléfono celular a la altura del pecho y la lente de la cámara llevaba varios minutos registrándolo todo en alta definición.

Alfred entornó los ojos, midiendo al recién llegado.—¿Quién demonios eres tú?

—Un amigo de Vivianne —respondió Frederick, manteniéndose a una distancia prudencial pero firme.

—Esto es un asunto privado que no te incumbe. Lárgate.

Frederick sostuvo el dispositivo con ambas manos, sin inmutarse ante la orden.—Probablemente no sea de mi incumbencia el pasado, oficial. Pero le aseguro que lo que está ocurriendo en este momento en la vía pública sí me importa. Y está quedando perfectamente grabado.