13 Confesiones
Vivianne lo miró de hito en hito.—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo.
—No. —Ella negó suavemente con la cabeza—. Tú no hiciste nada malo.
—Pero...
—Julian. —Su tono fue pausado, casi balsámico—. No fuiste tú quien soltó esas bajezas.
Él bajó la mirada, avergonzado.—Lo sé. Pero estuviste incómoda por algo que ocurrió mientras nosotros estábamos allí.
—Eso tampoco fue culpa tuya.
Julian asintió, resignado.—Está bien.
Vivianne lo observó durante unos segundos en silencio.—Además, ya no importa.
—¿No?
—No. —Hizo una pequeña pausa, sosteniéndole la mirada—. No te guardo ningún rencor.
Julian levantó la cabeza, buscando confirmar sus palabras.—¿Estás segura?
Vivianne sonrió.—Completamente segura.
Aquella respuesta pareció quitarle un peso de encima, aliviándolo al instante.—Me alegro. De verdad.
Durante unos segundos volvieron a sumirse en el silencio.
Vivianne desvió los ojos hacia el otro extremo de la plaza.
Había estado dando vueltas a ese encuentro desde el momento exacto en que aceptó la invitación; había una pregunta que necesitaba formular, no porque quisiera lastimarlo ni porque tuviera miedo del resultado, sino simplemente porque, después de tantos años de aislamiento, quería escuchar la verdad de boca de alguien que había estado allí, en el epicentro de los rumores.
Se giró de nuevo hacia él.—Julian.
—¿Sí?
—¿Qué fue exactamente lo que escuchaste sobre mí en el pueblo?
Él se quedó inmóvil, tenso sobre el banco. Vivianne le sostuvo la mirada, implacable pero serena.—No hace falta que busques las palabras para no herirme. Ya no importa. Ya no me duele.
Julian respiró profundamente, midiendo sus fuerzas.—Escuché muchas cosas, Vivianne.
—¿Cómo qué?
—Que habías tenido problemas graves con tu familia. Aunque eso ya lo sabía de antes. —Vivianne asintió, invitándolo a continuar—. También escuché lo de tu relación.
Ella mantuvo la vista fija en él, sin parpadear.—¿Y qué decían de eso?
Julian dudó, incómodo.—Que estabas con un hombre bastante mayor.
Vivianne esbozó una media sonrisa amarga.—Eso era cierto.
—Después comenzaron a decir que él solo intentaba ayudarte, que tú eras una chica difícil, conflictiva... Que no estabas bien de la cabeza. —Ella no reaccionó; permaneció como una estatua de sal—. Y cuando te fuiste... —Julian hizo una pausa obligada—. La historia se volvió mucho más oscura.
—¿Cómo?
—Empezaron a difundir que lo habías dejado por otro hombre.
Vivianne bajó la mirada, anticipando el golpe.—El embarazo.
Julian asintió en silencio.—Sí. Eso.
Ella respiró lentamente, llenando los pulmones con el aire limpio de la tarde.—¿Tú lo creíste? —La pregunta brotó con una tranquilidad pasmosa, desprovista de reproches o resentimientos.
Julian negó con la cabeza de inmediato.—No. Jamás.
Vivianne lo miró de reojo.—¿Nunca?
—Nunca me pareció lógico.
—¿Por qué?
—Porque te conocía.
Ella sonrió ligeramente, con un deje de nostalgia.—Eso fue hace una eternidad.
—Precisamente por eso. —Julian se acomodó en el banco de madera—. Yo ya estaba estudiando aquí en la ciudad cuando comenzaron a circular los rumores más salvajes; de hecho, me había marchado del pueblo antes de que todo estallara. Solo regresaba durante las vacaciones.
Vivianne asintió, uniendo las piezas del rompecabezas.—Por eso no sabías muchos detalles.
—No. —Julian hizo una pausa, sopesando el recuerdo—. Cuando volvía de visita, escuchaba comentarios en los almacenes, pero nunca me parecieron de fiar.
—¿Y después?
—Después hablé con mi madre.
Vivianne levantó ligeramente las cejas, sorprendida.—¿Tu madre?
—Sí. —Julian bajó la vista hacia sus propias manos—.
Ella sí estaba más al tanto de los cotilleos, o al menos conocía mejor lo que se comentaba en las esquinas.
Me dijo que todo el mundo estaba convencido de que habías arruinado tu futuro; que habías desaparecido para ocultar un embarazo y que probablemente nunca tendrías el descaro de volver.
Vivianne soltó una pequeña risa seca. No tenía gracia, pero tampoco arrastraba dolor.—Qué imaginación tan perversa tenía esa gente.
Julian sonrió débilmente.—También me confesó que habían sido extremadamente crueles contigo.
La escasa sonrisa de Vivianne se evaporó.—¿Tu madre dijo eso?
—Sí.
—No parece el tipo de comentario que ella haría, después de cómo se comportó.
Julian suspiró, cargando con la culpa ajena.
—Mi madre te juzgó, Vivianne. Igual que hicieron todos los demás.
No voy a justificarla. Pero años más tarde, cuando las aguas se calmaron, reconoció que el pueblo había exagerado todo por pura maldad; que, en realidad, nadie sabía qué había pasado entre ese hombre y tú.
Vivianne clavó la vista al frente, observando los árboles de la plaza.—Porque nadie se molestó en preguntarme.
—Lo sé.
—Eso es lo que más me dolió. —Julian volvió la mirada hacia ella, extrañado—. No que hubieran inventado una mentira. Lo peor de todo, Julian, fue que nadie necesitó preguntarme para darla por cierta.
Julian permaneció callado, abrumado por el peso de sus palabras. Ella continuó en el mismo tono monocorde:—Nunca me dio miedo que supieran la verdad. Me daba una rabia inmensa que nunca quisieran conocerla.
Julian sintió un nudo opresivo en el pecho.—Ahora yo sí la conozco.
Vivianne sonrió de lado.—No toda.
—No. Supongo que no.
—Y tampoco tienes la obligación de hacerlo.
Julian asintió, respetando sus límites.—Solo quería que supieras que, para mí, nunca fuiste la chica de esos chismes.
Vivianne lo observó detenidamente durante unos segundos, midiendo la sinceridad de sus ojos azules.—Gracias, Julian. —Esta vez, su sonrisa fue completamente diferente: más relajada, limpia, sincera.
Se quedaron unos minutos en silencio, pero ya no era el ambiente tenso y defensivo del comienzo; era una calma densa y pacífica, como si ambos acabaran de cruzar una puerta blindada que llevaba demasiado tiempo cerrada bajo llave.
Julian consultó la hora en su muñeca.—¿Te apetece caminar un poco?
Vivianne lo meditó unos instantes antes de ponerse en pie y ajustarse la chaqueta.—Está bien. Vamos.
Comenzaron a pasear por los senderos de la plaza y, por primera vez desde su accidentado reencuentro, conversaron sin que los fantasmas del pasado parecieran estar agazapados detrás de cada palabra.
No sabían qué rumbos tomarían sus vidas a partir de esa tarde, pero aquella conversación había dejado una certeza grabada en el aire: todavía quedaban muchas historias por escribir, y la mayoría no tenía absolutamente nada que ver con lo que el pueblo había decidido creer.