12 Una conversación pendiente
Vivianne seguía mirando la pantalla del teléfono. El mensaje de Julian continuaba allí. No parecía haber ninguna intención oculta; al menos no una que ella pudiera identificar.
—¿Qué le digo? —preguntó.
Susanne soltó una carcajada.—La verdad.
—Eso no ayuda.
—Claro que ayuda. Quieres verlo, ¿sí o no?
Vivianne levantó la mirada hacia su otra amiga. Julie sonrió de vuelta.—Creo que ya todas sabemos la respuesta.
La pelirroja suspiró. No sabía exactamente qué esperaba de aquel encuentro, pero, aun con dudas, tomó el dispositivo y comenzó a teclear.
«Puedo esta tarde, alrededor de las cuatro».
Leyó las palabras en la pantalla antes de enviarlas.—¿Eso está bien?
—Perfecto —aprobó Julie.
—Demasiado formal —agregó Susanne—, pero sirve.
Vivianne puso los ojos en blanco y envió el mensaje. La respuesta llegó casi de inmediato.
«Sí. Excelente. ¿Dónde?».
Vivianne meditó un instante.
«Hay una plaza cerca de mi apartamento. Podemos vernos allí».
«Claro. A las cuatro».
«Está bien. Más tarde te envío la ubicación».
La conversación virtual terminó. Vivianne dejó el teléfono sobre la mesa.—Listo.
Susanne levantó su copa, divertida.—Por la reunión con el misterioso vecino de la infancia.
—No tiene nada de misterioso.
—Para mí sí.
Julie soltó una carcajada.—Déjala. Está intentando encontrar una historia romántica donde no la hay.
Vivianne negó con la cabeza.—No hay ninguna historia romántica. —Pero, mientras lo decía, una pequeña sonrisa delatora apareció en su rostro.
◆◆◆
Julian llegó a la plaza mucho antes de la hora acordada.
No porque quisiera demostrar nada —al menos eso se repitió a sí mismo—, sino porque simplemente prefería esperar allí antes que correr el riesgo de llegar tarde.
Se sentó en uno de los bancos de madera y consultó el reloj.
Tres y cuarenta y siete. Todavía faltaban trece minutos.
Suspiró. La noche anterior había sido un desastre absoluto, pero ahora, al menos, tendría la oportunidad de hablar con calma.
Miró nuevamente las agujas. Tres y cincuenta y cinco. Se levantó. Caminó unos metros. Volvió al banco. Tres y cincuenta y ocho.
—Esto es ridículo —murmuró para sí mismo.
A las cuatro en punto clavó la vista en la entrada principal de la plaza. Nada. Pasaron dos minutos. Luego tres. Y finalmente la vio.
Vivianne caminaba hacia él. Llevaba unos pantalones de tiro alto, una blusa sencilla y una chaqueta ligera. Su cabello rojizo caía libremente sobre sus hombros y el viento de la tarde le movía algunos de sus rizos. Julian se quedó contemplándola, incapaz de evitarlo.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, ella le sonrió.—Hola.
Julian reaccionó de golpe.—Hola.
Vivianne se detuvo frente a él.—¿Esperaste mucho?
—No. Llegué un poco antes.
—¿Cuánto antes?
Julian esbozó una sonrisa colgada.—Un poco.
Ella negó con la cabeza, divertida.—No tenías que hacerlo.
—Quería llegar temprano.
Durante unos segundos, ambos permanecieron en un silencio expectante, hasta que Julian señaló el espacio a su lado.—¿Nos sentamos?
Vivianne asintió y se acomodó en el banco. El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero no era un silencio incómodo; simplemente era nuevo.
Finalmente, Julian rompió la barrera.—Quería pedirte disculpas por lo de anoche.