ERASE UNA VEZ 11 Recuperar lo que ni siquiera comenzó
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11 Recuperar lo que ni siquiera comenzó

Julian no había dormido casi nada. Había intentado convencerse de que lo mejor era no darle más vueltas al asunto, pero no sirvió de nada.

Cada vez que cerraba los ojos, la expresión de Vivianne antes de marcharse del bar se le clavaba en la mente.

Intentaba comprenderla y no lo conseguía.

Él había intentado decirle la verdad: no sabía que Christine y Samantha estarían allí, no había hablado con ellas, no había desvelado ningún secreto.

Entonces, ¿por qué ella lo había mirado con esa profunda decepción?

Quizá era por el peso de todo lo que esas víboras habían soltado. Quizá Vivianne simplemente había llegado a su límite y él estaba en el lugar equivocado. O quizá él había interpretado mal sus ojos. Fuera como fuese, Julian no conseguía sacársela de la cabeza.

Se levantó temprano, se preparó un café cargado y se quedó sentado frente a la mesa de la cocina con el teléfono entre las manos. Abrió el chat. La última vez habían conversado con total normalidad; después de eso, él se las había arreglado para complicarlo todo sin haber hecho prácticamente nada.

Pensó en escribirle. Lo postergó. Volvió a considerarlo y finalmente desbloqueó la pantalla.

Esta vez no quiso inventar una excusa barata; no quería redactar un mensaje fingiendo que tenía un motivo laboral o universitario.

Quería saber cómo estaba y, por encima de todo, quería volver a verla. Pero se negó a imponerle nada.

Tecleó: «Hola, Vi. Espero que estés bien». Esperó unos segundos antes de continuar. «Quería decirte que, si en algún momento te apetece hablar, me gustaría mucho que nos viéramos. Cuando tú quieras. No tienes que responder ahora mismo, ni aceptar si no te sientes cómoda».

Lo leyó una última vez y pulsó enviar. Dejó el dispositivo sobre la madera. Había hecho todo lo que estaba en su mano; ahora la decisión era exclusivamente de ella.

El mensaje llegó justo cuando Vivianne le daba el último sorbo a su café. El teléfono vibró sobre la mesa del restaurante y ella lo tomó de forma distraída. Al ver el remitente en la pantalla, su sonrisa se congeló durante un segundo.

Abrió la conversación y repasó las líneas una vez. Luego otra. No había presión en sus palabras, no había explicaciones exageradas, ni una disculpa culpable por algo que él no había cometido. Solo una invitación abierta para cuando ella estuviera dispuesta.

Vivianne apoyó el teléfono bocabajo sobre el mantel. Julie lo notó de inmediato.

—¿Quién es?

Vivianne dudó un instante.—Julian.

Susanne arqueó las cejas con picardía.—Ah...

—No pongas esa cara, Susanne.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Sí la estás poniendo.

Julie intervino con una sonrisa tranquila.—¿Qué quiere?

Vivianne volvió a consultar la pantalla.—Quiere verme.

Susanne apoyó los codos sobre la mesa, inclinándose hacia delante.—¿Y tú quieres verlo?

Vivianne abrió la boca para responder, pero la cerró.

No tenía una réplica inmediata. La noche anterior se había autoconvencido de que probablemente no volverían a cruzarse una palabra; ahora, la posibilidad real flotaba frente a ella.

Y, por primera vez, la idea no le generaba pánico ni deseos de huir. Le generaba una sincera curiosidad.

—Creo que sí —respondió finalmente, sintiendo un vuelco ligero en el estómago.

Julie asintió, animándola.—Entonces respóndele.

Vivianne tomó el dispositivo. No escribió de inmediato; miró primero a sus amigas, luego fijó la vista en los caracteres de la pantalla y sonrió.

Tal vez el pasado todavía estuviera al acecho, tal vez algunas personas del pueblo intentarían arrastrarla de vuelta al fango, pero ella ya no era la misma muchacha desamparada que había escapado a los dieciocho años.

Ahora tenía una vida sólida. Tenía amigas reales.

Tenía un futuro brillante y, sobre todo, había descubierto algo que siempre había sabido en la mente pero que apenas esa noche había conseguido sentir en el corazón: ya no tenía nada que temer.

Vivianne apoyó los dedos en el teclado y comenzó a escribir.