10 Un peso menos
Vivianne tardó bastante en quedarse dormida aquella noche.
No porque siguiera dándole vueltas a lo ocurrido con Christine y Samantha, ni por el escándalo del bar, ni siquiera por lo que Julian pudiera pensar de ella.
Después de mucho tiempo, su mente estaba ocupada por una sensación completamente diferente: el alivio.
Había hablado. Lo había contado todo. Y no a cualquiera, sino a las dos personas que más confianza le inspiraban desde que había llegado a la ciudad.
Contra todo pronóstico, el mundo no se había terminado. Julie y Susanne seguían allí. La seguían mirando de la misma manera; seguían siendo sus amigas. Vivianne se acomodó bajo las mantas y cerró los ojos.
Durante años había sabido, de forma puramente racional, que ella no había hecho nada malo.
Lo había sabido incluso cuando soportaba el peso de los rumores.
Sabía quién había sido el verdadero responsable de aquella relación, quién había mentido y por qué ella había tenido que escapar.
Entendía que no debía sentir vergüenza por haber sido manipulada cuando apenas era una adolescente.
Pero saberlo en la teoría y sentirlo en el pecho eran cosas muy diferentes.
Y aquella noche, por fin, ambas certezas parecieron coincidir.
No tenía nada de qué avergonzarse, nada que esconder.
No había sido ella quien destruyó su propia vida, ni quien inventó aquella historia, ni quien decidió juzgar sin preguntar.
Vivianne respiró profundamente. Quizá ya era hora de dejar de cargar con un fardo que nunca le había pertenecido. Con ese pensamiento, finalmente consiguió conciliar el sueño.
Cuando despertó, encontró a Susanne profundamente dormida en el sofá y a Julie hecha un ovillo a los pies de su cama.
La escena le arrancó una sonrisa espontánea.
Habían decidido quedarse; no porque ella se lo hubiera pedido, sino simplemente porque ninguna quiso dejarla sola tras aquella confesión.
La noche anterior habían seguido hablando durante horas, a veces sobre el pasado y otras sobre cualquier estupidez que pudiera hacerlas reír.
Había sido exactamente lo que Vivianne necesitaba: ni compasión, ni interrogatorios, ni consejos. Simplemente compañía.
—Buenos días —murmuró Julie desde el borde del colchón.
Vivianne se volvió hacia ella.—¿Dormiste algo?
—Poco.
Susanne abrió un ojo desde el salón.—Yo dormí perfectamente.
Julie soltó una carcajada.—Te quedaste frita con la televisión encendida.
—Eso es parte de mi estrategia.
—¿Qué estrategia?
—Dormir antes de tener tiempo para pensar demasiado.
Vivianne se rio, y aquella risa brotó con una facilidad que ya no recordaba, sin esfuerzo. Sus amigas la observaron en silencio.
—¿Qué? —preguntó ella, extrañada.
Julie sonrió con dulzura.—Nada.
—¿Qué me miran?
—Que estás mejor.
Vivianne se quedó callada un instante. Luego asintió.—Sí.
Y era verdad; estaba mejor. No porque el pasado hubiera desaparecido por arte de magia, ni porque Christine y Samantha fueran a olvidarse de ella, ni porque los rumores fueran a dejar de existir, sino porque ya no sentía la necesidad de esconderse de ellos.
Había pasado años huyendo de una historia que nunca había sido suya. Quizá ya era hora de dejar de correr.
—Vamos a desayunar —anunció Susanne mientras se desperezaba y se ponía en pie—. Necesito cafeína o voy a morir.
—Dramática —le espetó Julie.
—Realista.
Vivianne tomó una chaqueta del perchero.—¿Seguras que es hora de desayunar?
—Bueno, técnicamente no —respondió Susanne—. Es hora de almorzar. Son casi las doce.
Vivianne miró el reloj de reojo.—¿Cómo es posible que hayamos dormido tanto?
—Porque anoche bebimos como si no hubiera un mañana y no tuviéramos ningún examen pendiente.
Julie tomó su bolso.—Habla por ti.
—Tú también bebiste, Julie.
—Pero yo tengo autocontrol.
Susanne la miró con ironía.—Dormiste hecha un ovillo a los pies de una cama, parecías un cachorrito envuelto en una manta.
—Eso no demuestra nada.
Las tres salieron del apartamento entre risas.
Eligieron un pequeño restaurante cerca del campus; nada elegante, nada especial, solo un lugar tranquilo donde pudieran sentarse a hablar sin presiones.
Pidieron la comida y, durante un buen rato, evitaron deliberadamente cualquier tema relacionado con la noche anterior.
Charlaron de las clases, de la pasantía, de un profesor al que las tres consideraban insoportable y de los caóticos romances de Susanne.
Incluso comenzaron a planificar qué harían durante las próximas vacaciones.
Vivianne se descubrió sonriendo a cada momento. En un instante, levantó la mirada y encontró a Julie observándola fíjamente.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez con lo mismo.
Julie ensanchó su sonrisa.—Solo me gusta verte así.
Vivianne bajó la mirada hacia su plato, sintiendo un leve calor en las mejillas.—¿Así cómo?
—Tranquila.
Vivianne se quedó meditando en la palabra. Era un término sencillo, pero hacía una eternidad que no se sentía realmente de esa manera.—A mí también —respondió en un hilo de voz.
Susanne levantó su copa de agua.—Por las nuevas etapas.
Julie unió la suya al brindis.—Por las nuevas etapas.
Vivianne sonrió, chocando el cristal.—Por nosotras.
Las copas tintinearon y, durante un bocado, el resto del mundo dejó de importar.